Capítulo 5
ATRASOS
L a señal de llamada resonaba en su oído, acallando los pensamientos de rabia que le martilleaban la cabeza.
Otro sermón era lo último que necesitaba.
Demasiadas veces la gente creía que tenía derecho a interferir en su matrimonio y en su vida, por motivos que le resultaban insondables.
No tenían ni idea de lo que estaba pasando, del mismo modo que él no tenía ni idea de lo que ocurría en la vida de los demás.
No era asunto suyo, ni tampoco de ellos.
Entonces, ¿por qué les parecía aceptable?
Después de que su madre terminara de reprenderlo —algo que todas las mujeres de su vida parecían estar haciendo esta noche (excepto Ellie; la dulce e inocente Ellie)—, se llevó a las niñas a dar otro paseo para que estuvieran distraídas, dejándolo solo en la sala.
Se estableció la comunicación.
—Buenas noches, le atiende British Gas. Mi nombre es James, ¿en qué puedo ayudarle? —La voz del hombre era seca y monótona, y contenía un leve rastro de acento.
—Hola —empezó Jake—. Tengo una cuenta con ustedes y acabo de recibir una carta por correo. Me preguntaba si podría decirme de qué se trata.
—Por supuesto, caballero. ¿Qué dice el escrito?
—Dice que mi cuenta presenta atrasos. Estoy bastante seguro de que estoy al corriente de todos los pagos. No creo que haya habido ningún problema.
—Tendré que pasarle con nuestro departamento de pagos. ¿Le importa que le ponga en espera?
—En absoluto.
Una música animada sonó en su oído, ahogando cualquier pensamiento sobre Elizabeth y su frustración hacia ella. Unos minutos más tarde —después de haber escuchado el hilo musical repetirse un par de veces—, otra voz le habló. Otro acento.
—Buenas noches, soy Phillip, de pagos. ¿En qué puedo ayudarle?
Jake le explicó el problema.
—¿Tiene el número de cuenta a mano? Solo necesito acceder a la ficha.
Jake se lo dio, leyéndolo de la carta que tenía delante. Al otro lado de la línea, Phillip tecleaba en el ordenador.
—Vamos a tener que pasar unas preguntas de seguridad, ¿le parece bien?
—Sí, claro.
—¿Cuál es su lugar de referencia?
Jake rebuscó en su memoria. —Coffee.
El nombre de la cafetería donde Elizabeth y él se habían conocido. En aquel entonces, cuando vivían sumidos en una dichosa ignorancia y no tenían problemas. En aquel entonces, cuando las cosas iban bien.
—Gracias, perfecto. ¿Y cuál es el nombre de su amigo de la infancia?
—Darren.
—Muy bien. ¿Y el nombre de su equipo de deporte favorito?
—Chelsea.
—Excelente. La última. Si pudiera confirmarme los dos últimos dígitos del código de sucursal y del número de cuenta donde se emite el recibo, sería perfecto.
Jake sacó la cartera del bolsillo, extrajo su tarjeta de débito y dictó los números.
—Maravilloso. Gracias por los datos. Todo forma parte de la seguridad hoy en día, por desgracia. No sabe la de vueltas que nos hacen dar —explicó Phillip.
Jake intuyó que intentaba ser amable y cordial, pero no estaba de humor para charlas.
—Ya estoy dentro de la cuenta. Veamos… Bien… Sí, ya veo lo que ha pasado. Parece ser que, por alguna razón, se le envió el aviso por error. Ha habido un fallo en nuestro sistema. Ha confundido una cantidad pendiente en su cuenta con un impago.
—Ya… —dijo Jake, sentándose en la silla más próxima—. ¿Entonces qué significa eso? ¿No hay ningún problema con la cuenta? ¿Nada que pagar?
—No exactamente, caballero. Hay un saldo pendiente de dos libras con treinta y ocho que queda por pagar este mes. Su última lectura del contador ha revelado que hubo un pequeño error de cálculo en su tarifa.
—¿Solo tengo que pagar eso y asunto arreglado?
—Exacto. La domiciliación bancaria seguirá vigente y el dinero se seguirá cobrando a la misma hora todos los meses. ¿De acuerdo?
Jake buscó en su mente cualquier razón por la que aquello pudiera suponer un problema. No encontró ninguna.
—Haga lo que tenga que hacer —dijo.
—¿Tiene su tarjeta de débito a mano?
Jake respondió que sí; luego dictó el número de dieciséis cifras del frontal, la fecha de caducidad y el código de seguridad del reverso. Pagó las dos libras con treinta y ocho restantes y le dio las gracias a Phillip por su ayuda.
—Con esto debería quedar todo solucionado —dijo Phillip después de que el pago terminara de procesarse—. No debería recibir más cartas por correo. Pero si ocurriera, por favor, no dude en ponerse en contacto con nosotros. ¿Hay algo más en lo que pueda ayudarle hoy?
—No —dijo Jake, negando con la cabeza—. Ha sido impecable. Muchas gracias por su ayuda.
Phillip le deseó una buena noche y colgó.
Unos segundos después, Jake recibió un mensaje de texto de British Gas, pidiéndole que completara una encuesta de satisfacción del cliente.
Se propuso rellenarla más tarde, se guardó el teléfono y volvió a buscar a Elizabeth.
La encontró haciendo saltar a Maisie sobre sus piernas.
—¿Y bien? —Elizabeth se puso en pie en cuanto lo vio.
—Solucionado. Ha sido un error.
—¿Entonces no estamos en números rojos?
—No. Solo he tenido que liquidar un saldo pequeño. Pero todo está bien. —Jake se detuvo junto a ella y miró hacia las puertas que daban a la planta—. ¿Dónde están tu madre y tu hermana?
—Están ahí dentro con él. El enfermero te estaba buscando.
Maisie bajó de los brazos de Elizabeth y alzó los suyos hacia él de forma implorante, rogando que la cogiera. Sonriendo, Jake se agachó y la levantó. De inmediato sintió la tensión bajo los brazos. O se estaba volviendo más débil, o ella estaba creciendo tan rápido que no se había dado cuenta.
Con Maisie en brazos, entró en la habitación del hospital. Justo al entrar, tropezó con el enfermero. El cuerpo del hombre era sólido, tenso. Como si tuviera una presencia física real que se adivinaba bajo el ajuste de su uniforme.
—Justo a la persona que buscaba —dijo el enfermero—.
Querías más información sobre la donación.
—Le entregó a Jake un puñado de folletos—.
Toda la información que necesitas está ahí.
Yo consideraría discutirlo con todos antes de decidir seguir adelante.
Es una decisión importante. Una vez que te hayas decidido, podemos pedir cita para una prueba y ver si vuestros grupos sanguíneos son compatibles.
Jake le hizo un gesto a Maisie para que cogiera los folletos del hombre. Mientras los sostenía en alto, ella preguntó:
—Papi, ¿estás malito?
—No —Jake soltó una risita—. Pero voy a intentar que el abuelo se ponga mejor.
—¡Yo también quiero que el abuelo se ponga mejor!
—Ya lo estás haciendo —dijo Jake—. Tú sigue dándole muchos mimos.
Jake la dejó en el suelo y observó cómo corría hacia Alan, saltaba al asiento que había al lado y se subía a la cama. Jake se volvió hacia el enfermero. Su decisión ya estaba tomada y nada iba a hacerle cambiar de opinión.
—¿A dónde tengo que ir?