Capítulo 4 #2
El rostro de Elizabeth se puso blanco de rabia. —¿Ves algún comunicado en papel rojo? ¿O están todos a tu nombre?
Eso le hizo callar.
—El dinero sigue en la cuenta conjunta. Mira... —Alargó la mano hacia su teléfono para enseñarle las cuentas bancarias por internet, pero ella se le adelantó.
—No —dijo con calma, lo cual era aún más desconcertante—. Quiero que seas sincero conmigo. Sincero. Al cien por cien. —Hizo una pausa. En el fondo, él sabía la pregunta que estaba a punto de salir de sus labios—. ¿Has vuelto a usar nuestro dinero para apostar?
Jake chasqueó la lengua y negó con la cabeza. —Eres increíble —dijo—. ¿De verdad crees que soy tan estúpido como para tirar el poco dinero que tenemos en algo tan idiota? La última vez no llegué a hacerlo, y no he tocado esa cuenta desde entonces.
—¿Entonces cómo explicas esto? —Señaló la carta de demora repetidamente.
—¡Y yo qué sé! ¡Me la acabas de dar ahora mismo!
Un bienvenido silencio fue un breve interludio en su conversación.
—Llámalos —dijo ella con tal rotundidad que Jake supo que aquello significaba el fin de la conversación.
No hacía falta decir nada más.
Jake encontró un pequeño espacio tranquilo en la esquina de una habitación vacía.
Las sillas eran incómodas y sentía cómo el metal se le clavaba en la espalda.
Una distracción bienvenida. Algo que calmara la frustración que recorría su cuerpo.
No estaba enfadado con Elizabeth; ¿cómo podría estarlo?
No era culpa suya que su padre estuviera gravemente enfermo.
No era culpa suya que sus cuentas estuvieran hechas un desastre. De eso solo él tenía la culpa.
Pero...
¿Has vuelto a usar nuestro dinero para apostar?
La acusación. La insinuación de que él pondría en peligro su situación de forma tan drástica. Eso dolía más que cualquier aguja o incisión.
Sostenía el documento en sus manos, y las letras gigantes, rojas y aterradoras le gritaban.
Fracaso, fracaso, fracaso , decían.
Y entonces, para exacerbar los pensamientos de su cabeza, aparecieron Maisie y Ellie, aferradas a las manos de su madre. Recordatorios constantes de lo que estaba en juego si todo salía mal.
—¡Papi! —gritó Maisie y corrió hacia él. Se lanzó a sus brazos, tirando la factura al suelo.
Jake la abrazó e inhaló profundamente. Su pelo olía a fresas y su ropa estaba recién lavada. Llevaba el abrigo vaquero nuevo que tanto había suplicado. En la espalda llevaba bordado el reparto de Tangled, de Disney.
A unos pasos de ella venía Ellie, la más pequeña.
—¿Cómo están mis niñas? —Jake colocó a Maisie en una pierna y a Ellie en la otra.
—Estamos bien, papi —dijo Maisie—. Los hospitales son aburridos.
Jake soltó una risita. —No se supone que tengan que ser divertidos, Maisie.
—¿Por qué no?
—Porque a veces la gente se pone malita y viene aquí para ponerse mejor.
—¿Como el abuelo?
—Sí, como el abuelo.
—Pero ponerse mejor debería ser divertido.
—Paseó sus ojos infantiles por la sala de espera.
Jake solo podía imaginar lo que ella veía en las cosas más intrínsecamente aburridas: una silla transformándose en un castillo; enredaderas trepando por las paredes.
Un universo de asombro y alegría. Todo aquello que la complejidad y la realidad de la vida moderna terminaban por corroer.
—Hola, Jake —dijo su madre mientras se sentaba a su lado.
Jake le dio un beso.
—¿Cómo está Alan?
Antes de responder, Jake bajó a las niñas de sus piernas y les dijo que jugaran en las sillas. Luego centró su atención en su madre.
—Necesita un riñón nuevo. Me he ofrecido voluntario.
—Qué generoso por tu parte. ¿Lo has pensado bien?
—¿Hace falta?
—Siempre que seas consciente de los riesgos. Pueden ser peligrosos.
—También lo es cepillarse los dientes, conducir el coche o subir las escaleras, y hacemos esas cosas todos los días.
Ella le miró con desdén, como solo una madre sabe hacer. —Hay cosas más peligrosas que otras.
—Lo tendré en cuenta.
Denise le puso una mano en el antebrazo. —¿Todo bien en el trabajo?
—Lío. Como siempre.
—Elizabeth ha dicho que ha intentado llamarte una docena de veces.
Prueba con dos docenas.
—Estaba trabajando.
—¿Eso es lo que le has dicho a ella?
—Eso es.
—¿Y dónde estabas de verdad?
Jake la miró de reojo y ella le devolvió la mirada. Había una expresión en su rostro que le decía que, de algún modo, ya sabía que estaba mintiendo. Instinto maternal. Un sexto sentido que poseen para detectar las mentiras desde el nacimiento.
—Estaba visitando a un viejo amigo —dijo él, y luego se dio cuenta de que había hecho que sonara como si tuviera una aventura.
—Oh, Jake.
—No de ese modo. El chico al que apuñalaron y que fue hospitalizado, aquel cuyo padre murió delante de él. Ese . Lo estaba visitando para asegurarme de que se ha instalado bien en su nuevo hogar de acogida.
—Estabas haciendo de padre.
—¿Y?
A Jake no le hizo gracia la acusación, pero difícilmente podía negar su validez.
—Solo no olvides que tienes una familia real en casa, Jake. Esperándote.
Inspirar. Hacia dentro. Mantener. Fuera.
—¿Aceptarías un consejo?
¿Cuándo ha respondido alguien afirmativamente a esa pregunta en toda la historia de la humanidad?
Denise continuó. —Eres igual de testarudo que tu padre.
Él siempre era así, pensando que era el que más sabía.
A veces me sacaba de quicio. A veces, si te cuentas la misma mentira una y otra vez, empiezas a creértela.
Esa mujer de ahí fuera quiere ayudarte. Pero si sigues haciendo lo que haces —siendo un idiota con todo—, vas a echarlo todo a perder.