Pasarse la Raya (DC Jake Tanner 5) Capítulo 4
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Capítulo 4

AL RUEDO

— A lan Clarke —dijo Jake al miembro del personal que estaba tras el mostrador—. Mi suegro. Ha ingresado hace unas dos horas. Alan Clarke. ¿Puede ayudarme a encontrarlo?

Jake esperaba que su voz proyectara la urgencia de la situación con eficacia, pero la mujer no se mostró dispuesta a responder con tanta facilidad.

—¿Es usted un familiar o un amigo?

—Familiar. Es mi suegro. Acabo de decir...

—Un momento, por favor. Creo que estaba... Sí, debería estar en el ala este, habitación 312.

Jake le dio las gracias profusamente antes de salir disparado hacia la habitación.

Recorrió infinidad de pasillos, varios tramos de escaleras y cruzó numerosos juegos de puertas dobles hasta que, finalmente, encontró lo que buscaba y entró de golpe en la habitación, perturbando el aire quieto y solemne.

Un trío de cuerpos rodeaba una cama de hospital.

Elizabeth. Su madre, Martha. Y su hermana, Tegan.

En cuanto entró, todas las cabezas se volvieron hacia él. Sin decir nada, Elizabeth abandonó el lado de su padre y se acercó corriendo.

—¿Dónde has estado? —preguntó, intentando sin éxito mantener la voz en un susurro, y esforzándose aún más por no soltar un juramento.

—Trabajando —respondió Jake. No era una mentira total, aunque la visita hubiera sido puramente personal.

Seguía habiendo una conexión entre Lewis y la investigación de Henry Matheson; Jake solo quería mantener la visita en secreto.

Después de oír lo que el chico había hecho y de lo que era capaz, Elizabeth no quería que Jake estuviera cerca de él.

Decía que el niño necesitaba profesionales en su vida, y que Jake no era uno de ellos.

Jake no estaba de acuerdo. Lo que Lewis necesitaba era una figura paterna, y Jake era, sin duda, una de ellas.

—¿No has recibido mis llamadas?

—Tenía el móvil en silencio. Estaba sobre mi mesa. No lo he oído.

Eso tampoco era del todo mentira.

Jake tomó la mano de Elizabeth y miró por encima de su hombro.

Mientras sostenía su mano entre las suyas, no pudo evitar notar la falta de entrega y fuerza en su apretón.

Era casi como si, después de todo, no le importara que él estuviera allí.

Alguien a quien recurrir y a quien apartar con la misma facilidad.

—¿Está todo bien? —preguntó Jake, ignorando las voces destructivas de su cabeza—. ¿Se va a poner bien?

—Son los riñones. Necesita un trasplante.

Jake apartó la atención del padre de ella y se centró en Elizabeth. Había un dolor y un sufrimiento etéreos que no le había visto antes.

—¿Qué es lo siguiente que hay que hacer? —Fue lo único que se le ocurrió preguntar.

—Entrará en una lista de espera y estará en diálisis hasta que consiga uno.

—¿Cuánto puede tardar eso?

—Semanas. Meses. Años. Hay gente que muere sin llegar a recibirlo nunca.

—Liz... —dijo Jake, acariciándole el brazo y apretándole la mano de nuevo; esta vez ella le devolvió el gesto—. ¿Ninguna de vosotras es compatible?

Elizabeth negó con la cabeza, cerrando los ojos.

—¿Y tu madre? ¿Tu hermana?

—Ninguna. Todas tenemos grupos sanguíneos distintos. Hay un riesgo mayor de que su cuerpo rechace el riñón.

Jake vaciló un momento, con la mente en blanco. Miró a Alan, que yacía en la cama, conectado a las máquinas como si estuviera en Matrix. El hombre que había llevado a su mujer al altar hacía solo unos años, erguido y orgulloso con su traje, reducido ahora a un guiñapo en la cama.

—¿Y yo? —preguntó Jake—. ¿Qué hay de mi riñón?

—No —dijo ella—. De ninguna manera. No voy a permitir que te pase nada a ti . No quiero perder a los dos hombres de mi vida. ¿Y si algo sale mal?

—Ese riesgo existe para todo el mundo. No es algo que me pase solo a mí.

—No me gusta.

Jake la ignoró y se acercó a Alan. No se trataba de lo que a ella le gustara o dejara de gustar: él quería hacer todo lo posible por ayudar. Al lado de la cama, saludó a Martha y a Tegan, las besó en la mejilla y las abrazó antes de volver al otro lado del lecho.

—Liz ha dicho que ninguna de vosotras es compatible para una donación. ¿Y yo? Quizá pueda darle uno de los míos. ¡Total, no los estoy usando para nada!

El dudoso intento de humor fue recibido con ceños fruncidos de desaprobación. Lee la situación, Jake. Ten un poco de tacto. Pero antes de que ninguna de las mujeres pudiera responder, las puertas se abrieron y entró un enfermero vestido con pijama sanitario, que cruzó la habitación a toda prisa.

—¿Les importa darnos un par de minutos de privacidad? —preguntó el enfermero, saltándose las cortesías—. Voy a tener que pedirles que salgan.

—Sí, por supuesto —dijeron Elizabeth y Tegan al unísono. Solo se llevaban unos pocos años —Elizabeth era la mayor—, pero se parecían en más aspectos de los que Jake podía comprender.

Lentamente, Elizabeth, Martha y Tegan se alejaron de Alan. Jake esperó hasta que se quitaron de en medio antes de aprovechar su oportunidad.

Se dio la vuelta, tocó el brazo del enfermero y dijo: —Oiga, ¿es posible... hacerme pruebas para un trasplante? Para ver si soy compatible. Parece que todo me funciona bien. Me gustaría poder ayudar.

—Jake...

La voz débil, ronca y drogada procedía de Alan, a su lado. La sombra de la barba de varios días alrededor de su barbilla hacía que pareciera que llevaba ingresado en la sala del hospital una eternidad.

—No tienes por qué hacer eso.

—Sí —interrumpió el enfermero—. Podemos hacerle algunas pruebas. No hay garantías. Y, en este momento, señor Clarke, creo que debería considerar todas las opciones posibles.

El enfermero se volvió hacia Jake. —Si espera fuera, comentaré con usted los siguientes pasos en cuanto termine aquí. Tengo mucho que hacer y más pacientes a los que ver.

Jake no dijo nada más y aceptó el comentario pasivo-agresivo.

Siendo él mismo un trabajador de emergencias, no envidiaba el papel que los enfermeros y médicos desempeñaban cada día.

Su trabajo era física y mentalmente más exigente que el suyo o el de cualquier otro en los servicios públicos, así que le perdonó un poco de pasivo-agresividad.

Puso su mano sobre la de Alan y la acarició, sintiendo cómo su dedo recorría el prominente río de venas, y después salió.

Al cerrar la puerta tras de sí, Elizabeth se plantó justo delante de él y Jake percibió el aroma de su perfume, Black Opium de Yves Saint Laurent. Cada mañana se rociaba una fina bruma en el cuello y el pecho que solía bastar para todo el día, pero que ahora era tan débil como el apretón de Alan.

—¿Qué ha dicho?

—Va a salir en un segundo para discutir las opciones cuando termine con tu padre. ¿A dónde han ido tu madre y tu hermana? ¿Y dónde están las niñas?

—Han ido a por un café. Vamos a estar aquí toda la noche.

—¿Y nuestras niñas?

—Están con tu madre.

—¿Mi madre está aquí? —preguntó Jake con incredulidad. Su voz resonó por el pasillo—. ¿Por qué?

—Le pedí que viniera. Como tú no respondías a tu maldito teléfono, necesitaba a alguien que cuidara de las niñas. Estoy segura de que ella será quien te diga que es una idea ridícula darle a mi padre uno de tus riñones. Le harás caso a ella antes que a mí, como haces siempre.

Jake ignoró el comentario. Incluso lo permitió.

Ella estaba muy sensible. Estaba estresada, cargando con los problemas de todo su mundo sobre los hombros; él lo sabía.

Llevaban casados el tiempo suficiente para que él supiera que sus palabras nacían de la ira y la frustración, más que de la malicia o la intención. Pero eso no hacía que dolieran menos.

Elizabeth se sentó en un pequeño banco y dejó el bolso a sus pies. Jake se unió a ella y rodeó con el brazo su menudo cuerpo. Mientras le acariciaba la espalda, deslizando los dedos sobre la textura de su top, ella rebuscó en su bolso para sacar un trozo de papel.

—Esto ha llegado hoy —dijo. Las lágrimas asomaban a sus ojos, y ella las contuvo a base de parpadeos.

Jake cogió la carta y leyó. Era de su proveedor de gas, British Gas. Dirigida a él. Sr. Jake Tanner. En la esquina superior izquierda del documento aparecían su dirección y, justo debajo, su número de cuenta.

En la parte superior del cuerpo de la carta, escrito en una fuente roja brillante, negrita e inevitable, aparecían las palabras: AVISO: CUENTA CON DEUDA PENDIENTE.

Por favor , pensó Jake. Ahora no. Otra vez no.

Justo cuando, tras meses de intentarlo, sus finanzas empezaban por fin a sanearse.

No podían permitirse tener otro problema entre manos.

Su calificación crediticia ya era tan baja como las cifras de su banco; una cuenta en mora solo la empeoraría diez veces más.

Los problemas de dinero no les resultaban desconocidos.

Tenían cuatro bocas que alimentar, una hipoteca que pagar, facturas y otros gastos cotidianos.

Y todo se agravaba por el hecho de que Elizabeth llevaba meses sin trabajo.

Tras fracasar en su intento de lanzar su carrera como fotógrafa, había empezado a trabajar para una agencia de modelos.

En una de las sesiones, tuvo que posar en biquini para la colección de verano de una empresa.

Durante la sesión, sin embargo, a uno de los fotógrafos le gustó demasiado lo que veía y le manoseó los pechos, violando su intimidad y su confianza en la profesión.

Pero cuando ella se quejó a los directivos, estos le dieron la espalda y, en su lugar, la despidieron.

Desde entonces le costaba encontrar trabajo, así que lo poco que ganaba Jake se gastaba ahora en cubrir todos los costes...

y en los posibles gastos de acciones legales.

—¿Por qué has abierto esto? —espetó Jake.

—¿Qué?

—¿Por qué has abierto esto? Va dirigido a mí. Yo no abro tu correo.

—¿Me vas a echar la culpa a mí? Pensé que todo estaba solucionado. Pensé que habíamos liquidado todas las deudas. Pensé que estábamos haciendo los pagos... pensé que tú estabas haciendo los pagos.

—¡Los hago! ¡Los he estado haciendo!

—Pues está claro que no.

—¿Y qué hay de tu parte de las facturas? ¿El agua? ¿Internet? ¿Estás pagando tú eso ?