Pasarse la Raya (DC Jake Tanner 5) Capítulo 3
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Capítulo 3

EL QUE BUSCAS

—¡ M e estás tomando el pelo, lo sé!

Jake Tanner dedicó al chaval una mirada de desdén y decepción.

—¿Acaso le hablabas así a tu padre? —preguntó, y al instante deseó no haberlo hecho.

La reacción de Lewis Coyne no fue la que esperaba.

A pesar de que su padre había muerto hacía unos meses y de que aún vivía con las emociones a flor de piel, se lo tomó bastante bien.

Jake sabía, por la incesante y dolorosa experiencia, que nadie superaba realmente un duelo.

Nunca era tan sencillo. Desconectar y olvidar.

Siempre había recordatorios constantes, vivos y palpitantes, dondequiera que mirases.

—Creo que ya sabes la respuesta —respondió Lewis. Su voz sonó más grave de lo habitual. Quizá fuera porque la pregunta le había provocado un nudo en la garganta. O quizá fuera porque estaba entrando en una nueva etapa de su desarrollo hacia la edad adulta.

—Bueno, yo no soy tu padre —replicó Jake—, así que no vas a salirte con la tuya usando ese lenguaje conmigo.

Lewis sonrió, enseñando los dientes. —Sí, jefe. Perdón, jefe. No volverá a pasar, jefe.

Jake se inclinó hacia delante y cogió el vaso de plástico que había sobre la mesa.

Bebió un sorbo, tragó el agua fría y, mientras dejaba el vaso, examinó los alrededores.

La habitación en la que estaban era señorial.

Jake estaba en un sofá y Lewis en otro. Había una chimenea vacía frente a él, con una rejilla metálica manchada de blanco y negro por los años de uso, los restos de ceniza y los dedos curiosos de los niños.

El papel pintado era de un tono rosa oscuro y empezaba a despegarse por el techo, y la moqueta era de un color naranja atardecer igualmente chillón.

Parecía sacado de la casa del terror de un parque de atracciones.

O peor, de una alucinación. Y para exacerbar el horror de la estancia estaba el olor.

A Jake le recordaba a la casa de su bisabuela: ese estado perpetuo de vejez , de haber sido vivida, respirada y sudada durante una eternidad, de decadencia pintada en las paredes. De muerte inminente.

—Parece un sitio agradable —dijo Jake, rompiendo el incómodo silencio que se había formado.

Lewis puso los ojos en blanco. —Sí, claro.

—Sé que puede que no parezca gran cosa, pero al menos tienes un techo. Hay otros en tu situación que no tienen tanta suerte. Tienes mucho que agradecer.

—Si tú lo dices.

—¿Y la gente? ¿Son amables?

Lewis se encogió de hombros, desafiante, como el adolescente en el que se estaba convirtiendo poco a poco. —La señorita Thomas está bien. Me ha estado ayudando con el instituto y esas cosas.

—Es un detalle por su parte.

—Está intentando enseñarme a tocar la guitarra. Estuvo en una banda allá por los setenta, pero hace mucho que no toca.

—Hay cosas que nunca se olvidan —dijo Jake con una sonrisa.

Llevaba mucho tiempo esperando este encuentro y, ahora que por fin estaba allí, no quería que terminara.

La cita llevaba meses en su calendario y, durante las últimas horas, le había dedicado toda su atención a Lewis Coyne. El hijo que nunca tuvo.

—¿Y los otros chicos? —preguntó Jake—. ¿Has hecho algún amigo?

Lewis bajó la cabeza, se miró el regazo y jugueteó con las manos, entrelazando los dedos.

Era increíble pensar que, hacía solo unos meses, Lewis había sido testigo de tres muertes horribles —incluida la de su propio padre— y había estado lleno de resentimiento y rabia, no solo contra Jake por ser policía, sino contra el mundo entero.

Lewis parecía un hombre entonces. Lleno de bravuconería, con un exterior duro.

Habiendo experimentado y presenciado cosas que ningún adolescente debería ver.

Pero ahora, aquí estaba, aparentando su edad y comportándose como tal.

Ese exterior —su caparazón resistente— era algo más que un papel; era un mecanismo de defensa, una capa de protección para la fragilidad que yacía debajo.

Al fin y al cabo, solo era un niño, y no había cantidad de experiencia o sufrimiento que fuera a cambiar eso.

Necesitaba ayuda, tanto como todos los demás niños en su situación.

—¿Qué pasa? —insistió Jake.

—Son distintos aquí. —Lewis levantó la cabeza—. Todos ellos. Hablan distinto. Hablan de cosas distintas. Es como si estuvieran en sus propios munditos.

—¿Te sientes excluido?

Lewis asintió suavemente.

—¿Has intentado hacer un esfuerzo?

—Bueno... yo...

—A lo mejor ellos piensan lo mismo que tú, chaval.

A lo mejor están esperando a que tú des el primer paso.

Habla con ellos, conócelos. Estoy seguro de que, después de un tiempo, verás que podéis llevaros bien.

No deberías juzgar a los demás antes de conocerlos.

Pero tampoco deberías cambiar quién eres solo para encajar, ¿entiendes?

Eso es igual de importante. Si no más. —Jake hizo una pausa para calibrar la reacción de Lewis; su atención flaqueaba según avanzaba el sermón.

Jake cambió de tema—. ¿Y el instituto? ¿Tienes muchos amigos allí?

—Algunos.

—Ahí lo tienes. Con unos pocos basta. —Jake se inclinó hacia delante y bajó la voz—. Y, entre tú y yo, a nadie le caen bien los populares de todas formas.

—Eso solo lo dices porque tú nunca fuiste uno de ellos.

—Y todavía me duele cada día. Todo el mundo piensa que son unos idiotas.

Le guiñó un ojo a Lewis, arrancándole una risita.

—¿Ahora quién es el que dice palabrotas?

Jake se dio un toque en un lado de la nariz. —Haz lo que yo diga, no lo que yo haga.

Lewis rió un poco más y luego, como si se hubiera apagado un interruptor en su cabeza, se detuvo de repente.

Su semblante decayó y se quedó mirando fijamente hacia delante, ausente, con los ojos clavados en la moqueta.

Ya era la segunda vez que pasaba, y Jake sabía exactamente en qué estaba pensando el chico; él mismo llevaba diecisiete años pensando lo mismo.

Flashazos de su padre en su mente, un recuerdo aleatorio, una brizna de esperanza de que se materializara y apareciera por la puerta en cualquier momento.

Jake se desplazó por el sofá, acercándose al joven.

—Se vuelve más fácil, chico. Confía en mí.

Puede que ahora no lo parezca, pero tienes que perseverar.

El sentimiento de dolor no desaparecerá nunca, pero solo durará tanto como tú le permitas.

Todo el dolor y sufrimiento que sentimos en nuestras vidas está controlado por nosotros.

Si dejamos que algo nos perturbe durante mucho tiempo, lo hará.

No te pido que te olvides de él; no puedes, y nunca serás capaz.

Pero acepta el consejo de alguien con experiencia: habrá momentos duros, pero también habrá momentos buenos.

Cada vez que veo al Chelsea, pienso en mi padre.

De hecho, cada vez que veo algo relacionado con el fútbol, pienso en él.

Pero no me pone triste; me hace sentir orgulloso.

Solo tienes que encontrar la forma de convertir tus sentimientos negativos en algo positivo.

Jake hizo una pausa para recobrar el aliento.

—Escucha. Sé que probablemente lo habrás oído mucho —estoy seguro de que tu terapeuta o los servicios sociales te lo están machacando a todas horas—, pero si necesitas hablar con alguien, quepas que hay mucha gente ahí fuera que puede ayudar.

No estás solo en esto; ninguno lo estamos.

Y tienes mi número también, así que puedes llamarme si necesitas charlar.

A veces puede que no responda —demasiado ocupado atrapando a los malos—, pero intentaré hacerlo siempre que pueda. ¿Entiendes?

Lewis levantó la cabeza. Unas finas culebrillas rojas invadían sus iris y una delgada línea de humedad brillaba en el borde de sus ojos.

—Tengo catorce años. No cuatro.

—Y a veces te comportas como si tuvieras veinticuatro. Cosa que la gente se olvida de reconocer. Eres un niño, Lewis. Está bien portarse como tal. Nadie te va a juzgar por eso. Todos fuimos niños en algún momento de nuestras vidas.

—¿Cómo están los tuyos? —preguntó Lewis, arqueando las cejas y revelando más el blanco de sus ojos.

Antes de que pudiera responder, el móvil de Jake vibró. Lo sacó del bolsillo y miró: un mensaje, número desconocido. Jake desbloqueó el dispositivo y abrió el chat en la parte superior de la pantalla.

El que buscas es D

Jake vaciló un momento, sumido en una confusión instantánea. El mensaje parecía incompleto, como si el remitente hubiera pulsado enviar por error. Pero cuando no apareció otro pasados diez, veinte, treinta segundos, empezó a sospechar que no había error alguno.

—¿Jake? —dijo Lewis, pero apenas le oyó.

El que buscas es D...

D.

D.

El grupo de personas que Jake conocía que empezaran por D se limitaba a tres.

Danny Cipriano.

Drew Richmond.

Darryl Hughes.

Dos de los cuales estaban muertos. Uno de los cuales estaba muy vivo.

—¡Jake! —Lewis agitó la mano frenéticamente frente a la cara de Jake, logrando finalmente que reaccionara.

Jake se sacudió para volver a la realidad, respondió rápidamente al mensaje preguntando «¿Quién es?

», y luego volvió a centrar su atención donde era necesaria.

El muchacho había pasado por tanto abandono en los últimos meses, saltando de hogar de acogida en hogar de acogida, que Jake no quería sumarse a eso.

—Perdona, Lew, ¿qué decías?

—Tus hijas. ¿Cómo están Ellie y Maisie?

Una imagen de sus hijas apareció en su mente y le trajo una cálida sonrisa al rostro. —Están bien. Todo el mundo está sano.

En ese momento, la puerta se abrió y entró una mujer rubia de edad avanzada que vestía un jersey rojo brillante.

Tenía la piel enrojecida —con los vasos sanguíneos a punto de estallar bajo su piel— y su nariz parecía una porción de pizza.

Era la misma mujer que le había recibido a la entrada del centro de acogida y le había acompañado hasta el salón.

—Siento interrumpir —dijo ella. Su voz era ronca y profunda, un síntoma, supuso Jake, de años de gritos y de lidiar con niños de acogida desobedientes—.

Pero, Lewis, la señorita Thomas ha tenido que adelantar tu clase de guitarra.

Te está esperando arriba. —Giró la cabeza hacia Jake—. Espero que no le importe.

No es que tuviera voz ni voto en el asunto.

—Pero yo... —empezó Lewis.

—No pasa nada —dijo Jake, levantándose de su asiento—. Ve a tu clase. Yo ya estaba a punto de irme. Tengo que volver a casa. Creo que Elizabeth va a preparar pasta al horno.

—Pero... —suplicó Lewis, con el blanco de sus ojos reflejando la iluminación artificial del techo.

—Venga. Arriba. Pero volveré a verte pronto.

—¿Lo promete?

—Lo prometo.

Lewis extendió el dedo meñique y Jake lo entrelazó con el suyo. La mujer instó a Lewis a salir de la habitación y él obedeció, marchándose cabizbajo y con los hombros hundidos.

Jake luchó para que el nudo de su garganta volviera a su sitio.

Ver a Lewis de nuevo hacía que resurgieran muchos de sus propios recuerdos.

El más feroz, la muerte de su padre. Era un recuerdo que había reprimido, y que solo le atormentaba en los momentos más oscuros.

Rara vez dejaba que nadie entrara en su mente o supiera lo que sentía.

No porque no quisiera preocuparles o cargarles con su estrés, sino porque podía manejarlo solo.

Tenía una licenciatura en psicología: conocía los entresijos de su cerebro, su comportamiento y sus pensamientos, así que ¿por qué demonios necesitaba compartirlos con otra persona?

Algunos decían que no era saludable dejar que sus demonios le mordisquearan a diario, pero él lo tenía bajo control.

Hacía pleno uso de su antídoto: consumirse en el trabajo para ayudar a ahogar parte del ruido.

El que buscas es D...

—¿Está todo bien, señor? —preguntó la mujer desde el umbral.

Jake no se había dado cuenta, pero se había quedado absorto mirando fijamente a la mujer, con los hombros caídos.

—Sí —respondió él—. Todo está bien. Sé salir solo.

La mujer salió de la habitación y el sonido de la puerta al cerrarse puso a Jake en acción.

Metió la mano en el bolsillo de la americana y sacó el móvil.

Fue entonces cuando se percató de la avalancha de notificaciones.

Diecisiete llamadas perdidas. Trece mensajes de voz.

Todo lo cual se le había pasado porque había estado conduciendo hasta allí con el móvil en silencio y la americana tirada en el asiento del copiloto.

—Mierda —dijo Jake entre dientes.

Eran todas de Elizabeth. La última vez que había recibido tantas llamadas de ella fue la primera vez que celebraron el milagro del nacimiento.

Salvo que, aquel día, ninguno de los dos había estado de humor para disfrutarlo: Elizabeth, porque estaba pariendo a un bebé y experimentando niveles de dolor antinaturales, y Jake porque había estrellado el coche de camino al hospital.

Desbloqueó el teléfono y fue directamente al buzón de voz.

—¡Jake! Cuando por fin escuches esto, ¿puedes llamarme, por favor? Estoy de camino al hospital. A mi padre lo han llevado a urgencias. Tengo a las niñas conmigo, están bien. Te llamaré cuando llegue. Por favor, date prisa.

Mierda . Al bajarse el teléfono de la oreja, comprobó la hora de la llamada. Mierda por partida doble . Era de hacía más de una hora. Estaba claro que le esperaba una bronca monumental cuando llegara al hospital.

Intentando no pensar en ello, se guardó el móvil, salió a toda prisa del centro de acogida y corrió hacia su coche.

Superó el límite de velocidad durante todo el trayecto.