Parker 41. Casa de Joel y Nicky, Glasgow
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41. Casa de Joel y Nicky, Glasgow

Casa de Joel y Nicky, Glasgow

Nicky

Suena el telefonillo de la puerta de entrada. Joel no está en casa todavía; quizá se ha olvidado la llave. Voy al interfono para comprobar quién es. Nada de más riesgos. He aprendido de mis errores .

—¿Hola?

—Soy yo —responde Sophie, e inmediatamente pulso el botón de apertura.

Asomándome por la ventana del salón, la veo subir la entrada a paso ligero.

Qué raro. ¿Dónde está su coche? Tiene la mirada clavada en la casa, pero de vez en cuando mira a su alrededor con rapidez, como si escaneara en busca de peligro.

Se mueve a sacudidas, casi como una cierva acechada.

Puede que los guardias de seguridad la pongan nerviosa.

Salgo al porche para recibirla y ella se echa a mis brazos.

—Soph —susurro, preocupada—. ¿Qué ha pasado? Entra, vamos a ponerte a tono. Tiembla violentamente mientras las lágrimas le corren por la cara.

—¿Dónde está Evan? —exige, con la voz vibrando de miedo.

—Lo tiene Imelda. Están con Boyd. Querían darme un día para mí. Cariño, ¿qué pasa?

—Ha venido a la tienda —balbucea—. Buscándoos a ti y a Evan.

—¿Quién? —pregunto, confundida.

—Drayton —susurra—. Eso es lo que dijo que era. Era enorme, Nicky, con los tatuajes y los dientes rotos, tal y como lo describiste. Se me hiela el cuerpo entero. Dijo que tú y él teníais un acuerdo, pero que no habías cumplido tu parte del trato.

—¿Un acuerdo? —sueno cortante—. ¿Qué dijo ese cabrón?

—Que eras su topo en la familia Parker. Que le llevabas filtrando información años. Ayudándole a preparar este golpe. —Baja la voz y mira alrededor de la habitación—. ¿Hay cámaras aquí?

—No, por supuesto que no. Dime qué dijo, Soph. Exactamente. —El pavor me revuelve las tripas. Se me cierran los puños. Ese bastardo ha vuelto. —Me tiende un trozo de papel, una foto de vigilancia de Imelda empujando a Evan en su carrito esta mañana—. ¿De dónde has sacado esto?

—Me lo dio con un recado. Esto se tomó hoy en su paseo matutino. Me dijo que ella volverá a sacarlo a pasear a las seis de la tarde. Es lo que hace siempre. —Se le tuerce la cara como de dolor—. Cuando salgan, Evan no volverá a casa a menos que hagas lo que dice.

Se me desploma el corazón y alargo la mano hacia el teléfono.

—No —chilla—. Joel no puede saberlo.

Habla entre sollozos, a duras penas manteniéndose entera.

—¿Qué quiere?

—Tenemos que estar en este sitio a las cinco. Solo nosotras. —Me pasa un papelito con unas coordenadas garabateadas en el centro—. Si hay el más mínimo indicio de seguridad, dará la orden; el equipo que vigila a Evan se abalanzará. No me ha querido decir nada más.

Mi mente zumba. Imágenes de mi bebé siendo arrancado de su carrito me inundan la vista. No voy a permitir que eso ocurra.

Las coordenadas llevan a una nave abandonada de astilleros en Govan, junto al río. La empresa quebró hace años. Nadie ha comprado aún el edificio.

—¿Dijo algo más? —apremio a Sophie—. ¿Tenemos que llevar algo?

Niega con la cabeza.

—Solo estar allí a las cinco. Sin seguridad. Sin tonterías. —Gime de nuevo—. ¿Qué vamos a hacer?

La preocupación se me atasca en la garganta. Joel se va a poner hecho una furia si voy a la cita sin decírselo. No tengo ni idea de cómo salir de la casa sin alertar a mi seguridad constante.

—Vamos —digo con toda la convicción que puedo—. A mi hijo no lo van a usar como peón en este retorcido juego de poder.

Los ojos aterrados de mi amiga se clavan en los míos.

—Necesitaremos tu coche.

Asiente.

—Arriba hay armas.

Echo a correr hacia ellas y ella me sigue en silencio.

Joel me dio una pistola para guardarla en la mesilla cuando nos casamos.

Debería seguir allí. Sabía que tener un arma me hacía sentir más segura.

Me alivia encontrarla donde la dejó hace años, intacta.

La cojo de su reposo y la dejo sobre la cama; luego voy al armario y abro las puertas.

Dentro hay varios bates y cuchillos; mi hombre siempre está listo para la guerra. Sophie ahoga un grito.

—Estoy casada con un jefe mafioso. Tenemos enemigos.

—Pero ya no estás casada —replica.

—En este mundo, cuentan los hechos, no el papeleo —respondo, y continúo revisando las armas disponibles—. No tienes por qué venir conmigo.

—Nicky, he cambiado de idea. Creo que deberíamos decírselo a alguien.

—No —ladro—. Eso es lo que quiere que haga. Que corra a contárselo a Joel para que él vaya a toda prisa y lo acribillen. No voy a sacrificar a mi marido.

—¿Pero te sacrificarás tú?

—No me espera a mí, y no me hará daño. Me necesita para atraer a Joel allí —le explico—. Soph, voy a hacerlo, con o sin tu ayuda. Si se lo cuentas a Joel a mis espaldas, se acabó lo nuestro. Tienes que confiar en mis instintos.

Se le cae el alma a los pies y luego se cubre la cabeza con las manos, como si estuviera completamente perdida ante la situación que se despliega a su alrededor.

Quiero consolarla, pero no queda espacio para la suavidad.

La culpa me borbotea en el estómago. Mi preciosa y leal amiga ha sido arrastrada a esto.

No tiene nada que ver con ella, y ahora se espera que me acompañe a la oscuridad.

—No puedo perderte, Nicky. Eres mi mejor amiga y estoy asustada. Pero confío en ti —susurra, y me rodea la cintura con los brazos—. ¿Qué necesitas que haga?

***

Sophie se aleja de la casa y baja por la entrada. A mitad de camino hacia la puerta, se gira y me hace la señal de que me llamará como hemos planeado. Yo agito la mano con entusiasmo para despedirme. Los guardias no pueden notar que pasa nada.

Son las 15:27.

Recojo la mochila que he preparado antes con la pistola, unos cuantos cuchillos pequeños y un bate de mango corto. Las temperaturas invernales me permiten vestir unas mallas negras largas y un jersey sin levantar sospechas. Encima, me pongo el abrigo gordo de invierno.

Nuestro jardín está amurallado por detrás y da a un descampado por donde la gente pasea a los perros.

El límite tiene CCTV, pero sé que hay un punto ciego en la esquina del fondo.

El viento empuja la cámara y a menudo la descuadra.

Volvió a pasar durante una tormenta la otra noche, y no lo han arreglado.

Lo compruebo en la app del móvil para estar segura.

La voz de Sophie resuena al frente de la casa, riendo a carcajadas mientras charla con uno de los guardias. Mi móvil vibra con una sola palabra.

Ahora.

Llevando una cesta de ropa al tendedero, empiezo a colgar sábanas como tapadera. Mi ruta me lleva al punto ciego. El muro se alza sobre mí, pero una antigua carbonera me ofrece la oportunidad de trepar. Cojo la bolsa y me encaramo, raspándome las rodillas con los viejos ladrillos en el proceso.

Los músculos me gritan mientras me izo. El peso de la mochila tira de mi espalda. Mi core aún no está fuerte tras la cesárea. Un dolor me muerde en el costado, pero aprieto los dientes. Esto es por Evan. Por mi familia.

De pie, precariamente, sobre el techo carcomido del cobertizo, me pongo de puntillas y apenas alcanzo a ver por encima del muro.

La costa está despejada, salvo por dos guardias de seguridad que miran hacia otro lado.

Vacilo. Una mirada repentina y todo se desmorona. Se me revuelve el estómago. Es la mayor estupidez que he hecho nunca. Pero también, la más necesaria .

Por un momento, una oleada de culpa me invade. Joel los matará si me pasa algo porque me dejaron escapar.

El coche de Sophie espera a cincuenta metros, en la acera.

Un viejo Renault Clio rojo con más abolladuras que otra cosa.

Si Sophie hubiera conducido hasta la fachada de la casa, me habrían preguntado adónde íbamos.

Intentar salir de mi casa como en una fuga de prisión era la única opción para irme sin ser vista y, aun así, con la seguridad de Joel, era poco probable.

Comprobando de nuevo que no hay ojos puestos en mí, uso todas mis fuerzas para encaramarme y dejo caer el cuerpo al otro lado.

Caigo con fuerza; el impacto me sacude las rodillas.

No hay tiempo de mirar si me he hecho moratones; echo a correr.

Sophie abre de golpe la puerta del acompañante desde el asiento del conductor.

—Date prisa —chilla.

Estallan gritos a mi espalda. —¡Está al otro lado del muro! Botas que resbalan en la grava.

Me zambullo dentro y doy un portazo. Sophie pisa a fondo. En el retrovisor, dos hombres vestidos de negro sacan el móvil del bolsillo. Tenemos que darnos prisa.

—Dame tu móvil. —Sophie me lo entrega sin rechistar.

Saco la SIM, la rompo y tiro por la ventanilla tanto el teléfono como la tarjeta.

Joel puede rastrear cualquier cosa. Sin duda, mi propio teléfono está vibrando como loco donde lo he dejado.

Casi puedo oírlo gritar mi nombre. ¿Me perdonará Joel alguna vez?

Si muero intentando protegernos, ¿me odiará?

Miro el reloj.

—Tenemos que escondernos durante treinta minutos —digo—. Hay un parque justo aquí arriba. Métete en el aparcamiento. —Sophie hace lo que le pido—. Allí, detrás de ese edificio, para ahí. El resto podemos hacerlo a pie. Está a unos diez minutos.

El coche se detiene. Ella apaga el motor.

Nos quedamos en silencio, perdidas en nuestros pensamientos. Parte de mí quiere rezar, pero no me salen las palabras. Solo me aferro a la rabia y al amor. Esto no es un plan, pero es la única baza que tengo.

El reloj del coche marca las 16:47.

Tiro de la manecilla, abro la puerta y salgo bajo los cielos oscurecidos de Escocia. Sophie hace lo mismo. Nos resguardamos detrás del bloque de baños en desuso y vaciamos el contenido de nuestras mochilas en el suelo.

Le doy a Sophie los cuchillos y el bate. Se mete las hojas en los bolsillos profundos y esconde el bate en la chaqueta. En mi bolsillo va nuestra única pistola y en el otro, un cuchillo. Nos calamos las gorras y echamos a andar hacia lo que venga.

** *

La zona industrial está desierta en un viernes por la tarde. Nuestro destino se alza en lo que debe de ser una hectárea de hormigón yermo, un enorme edificio rectangular con las ventanas rotas y grafitis.

Nos detenemos ante las puertas metálicas abiertas, ancladas por el óxido.

—Acabemos con esto —murmuro entre dientes.

—¿Vas en serio? —susurra Sophie—. ¿Vamos a entrar sin más? ¿Ese es tu plan? Podrían dispararnos en cuanto nos vean.

—Hemos seguido las instrucciones. Sin apoyo.

Solo nosotras. No nos matará de inmediato: me necesita viva.

—Mantengo la voz firme—. Con suerte, se acercará lo suficiente para que le clave este hierro en las costillas.

—Palpo el arma oculta bajo el abrigo—. Ya saben que estamos aquí.

Si quieres echarte atrás, vete ahora —le digo—.

Yo estoy aquí para proteger a mi familia. Esta pelea es mía, no tuya.

Por un momento, creo que va a salir corriendo; luego me coge la mano. Y le vuelvo a dar las gracias, una vez más, a mi mejor amiga.

Entonces, juntas, caminamos hacia la nave.