Parker 40. Casa de Joel y Nicky, Glasgow
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40. Casa de Joel y Nicky, Glasgow

Casa de Joel y Nicky, Glasgow

Joel

Anoche, por fin, estaba en casa. Hundido bien dentro de ella. Nuestros cuerpos entrelazados como necesitaban estar. Donde yo acababa, empezaba ella, en cuerpo y alma.

Un año entero sin esa conexión había sido una agonía.

La necesidad que tenía de ella era tan abrumadora que me fui al baño a hacerme una paja mientras ella daba de comer a nuestro hijo y lo acostaba en la cuna para la noche.

Acababa de dar a luz y de pasar por una operación; hasta dónde llegaría la noche era una incógnita.

Lo último que quería era espantarla con mi entusiasmo.

Hubo un tiempo en el que no habría estado aquí, la versión anterior a que ella me conociera, con el pánico retumbándome en la cabeza y whisky en el aliento. Me abrí paso a zarpazos lejos de ese tipo y la encontré a ella. Y ahora estoy lo bastante presente como para vivir cada momento a todo color.

Nicky estaba sentada en la chaise longue de terciopelo de nuestro dormitorio, con las piernas elevadas y cruzadas por los tobillos. Parecía una estrella de Hollywood. El camisón de seda negro y sus rizos oscuros contrastaban con el terciopelo plateado que la rodeaba.

Me miró desde debajo de unas largas pestañas negras. La emoción y el terror se me mezclaron en la garganta. No la cagues. Esta es tu oportunidad de arreglar esto. De recuperarla para siempre.

Mientras me acercaba, apartó las piernas del sofá y dio unas palmaditas en el espacio a su lado.

Me dejé caer junto a ella, sentándome lo más cerca posible sin tocarla.

Hacía unas horas de nuestra reconexión en la biblioteca, y estábamos los dos en ascuas por lo que estaba por venir.

Alargó la mano, me la cogió y la posó sobre su regazo.

—Nicky, esta noche no tiene por qué pasar nada que no quieras —dije en voz baja—. Tenemos toda la vida. Me apretó la mano. —Pero ¿dormirás aquí esta noche? ¿Conmigo? Que estés en el otro extremo del pasillo es una tortura.

Había movido la cuna de Evan a nuestra habitación más temprano. Sus suaves ronquidos nos llegaban desde la esquina. Sus ojos se fueron a nuestro hijo y sonrió con ternura. Se me hinchó el corazón.

—Me quedaré —dijo—. Pero tenemos que estar en silencio.

—Nada que no quieras —le aseguré. Me incliné, mis labios rozaron los suyos y la electricidad chisporroteó a nuestro alrededor. Me levanté y le ofrecí la mano. La tomó de buena gana, y la conduje hasta nuestra cama.

Después de echar hacia atrás las sábanas de satén negro, subió a lo alto del colchón.

Me tumbé a su lado, apoyado en un codo para mirarla desde arriba, a la mujer que a la vez me acuna y me rompe el corazón.

Los pezones se marcaban a través de la seda, y sus caderas temblaban como lo hacen cuando está excitada.

Podía haber pasado un año, pero conozco su cuerpo a fondo. Si hiciera falta un mapa, podría dibujarlo. Cada movimiento y cada sonido que hace durante el sexo están grabados en mi mente, archivados para futuras consultas .

Mis dedos recorrieron la tela sobre su vientre, moviéndose despacio de un lado a otro. Dejé un beso en su hombro y ella posó sus labios en mi frente.

—Te quiero —susurró—. Hazme el amor. Los dos necesitamos esto esta noche. Necesitamos volver a estar juntos.

Se escurrió fuera del camisón y se quedó solo con unas braguitas de encaje negro.

Mi boca exploró su piel, empezando por el cuello y bajando, sin dejar rincón sin tocar. Me detuve cuando la cicatriz del vientre salió a la luz, esa marca prueba de todo aquello de lo que no la había protegido.

Me despeinó con los dedos.

—Está bien —dijo—. Solo tenemos que tener cuidado.

Esta mujer ha pasado por tanto para darme un hijo; le debo el mundo.

Mi confianza crecía con cada beso, con cada caricia. Cuando hacía sonidos de placer, me animaban a seguir, confirmándome que estaba disfrutando nuestro momento. Mis labios llegaron a su sexo y me acomodé entre sus piernas, respirando su aroma hasta que impregnó cada parte de mí.

Quería que me consumiera, sentirla en cada rincón de mi cuerpo.

Mientras dejaba un rastro de besos por sus muslos, un dedo exploró su entrada, masajeando con suavidad por encima de las braguitas.

Se fueron humedeciendo poco a poco hasta empaparse.

Apartándolas a un lado, deslicé un dedo dentro sin dificultad.

Gimió con la intrusión y empecé a moverlo con suavidad.

Sus rodillas se alzaron —una señal de que la sensación crecía en su interior—. Sus paredes resbaladizas se cerraron con fuerza alrededor de mi único dedo, y añadí un segundo.

—Joel, por favor. Te quiero dentro de mí.

—Paciencia, cariño. Esta noche va toda de ti. Si algo te incomoda y necesitas parar, dímelo.

Gateando de nuevo por su cuerpo, me acomodé a su lado para poder ver sus expresiones conforme se acercaba al orgasmo.

Mis dedos siguieron con su asalto mientras la palma creaba fricción en su clítoris.

Con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, sus pechos se alzaron en el aire, los pezones duros orgullosamente en lo alto.

Incapaz de contenerme, jugueteé con las dulces puntas con la lengua.

Gimió, y la penetré con los dedos con más fuerza.

Su sexo se contrajo mientras el cálido fluido me bañaba la mano.

Retiré los dedos y me los llevé a los labios; lamí cada uno, saboreando su delicioso cóctel.

Pupilazas oscuras, llenas de deseo, me observaban con intensidad.

—Ahora, tómame —dijo.

No respondí. No hacía falta. Ella ya sabía lo que iba a ser.

Yo era suyo. Y haría lo que quisiera.

Esta mañana me he despertado y ella no estaba a mi lado.

—Nicky —llamé a la luz temprana de la mañana, aún medio dormido mientras mi mano buscaba el hueco vacío de la cama.

—Estoy aquí —respondió, con voz queda.

Al darme la vuelta hacia donde sonaba su voz, me encontré con la visión más hermosa. Volvía a estar sentada en la chaise, desnuda, nuestro hijo acurrucado en sus brazos, prendido a su pecho. Mamaba ávido, disfrutando del desayuno.

Su atención estaba al cien por cien en él, madre e hijo en su forma más pura.

Era un momento que jamás creí que llegaría.

Mi familia ya estaba completa.

La puerta de mi despacho se abre de golpe, arrancándome del recuerdo de anoche. Boyd entra a zancadas sin avisar. Me recoloco con discreción dentro del traje.

—¿Has oído hablar de llamar a la puerta? —gruño.

Me lanza una mirada furiosa. —Se ha metido bajo tierra. El equipo lo perdió anoche, otra vez.

Me enderezo. —Estás de coña.

Tiene el gesto crispado de preocupación. —He desplegado dos equipos más para vigilar la casa. Están en la puerta principal.

—Joder—. Me paso la mano por la cara.— Todavía no se lo he dicho a Nicky. ¿Cómo se nos ha vuelto a colar ese cabrón?

—Tiene amigos, Joel. Muchos. Se ha pasado años haciendo contactos y preparándose para esto. Tienes que decírselo. ¿Por qué demonios no lo has hecho?

Últimamente, Boyd me trata más como a un hijo que como a su jefe. Debería cabrearme, pero no. Le confiaría mi vida. Sigo su guía.

En el rescate, Drayton recibió un disparo en la parte alta del pecho y se le dio por muerto.

Lo dejaron tendido donde cayó. Mientras todos nos centramos en Nicky y en dar caza a los demás miembros de la mafia, se escabulló sin que nadie lo viera.

La amenaza no había desaparecido, y yo no se lo había contado a Nicky.

Cuando estaba en el hospital o descansando por la casa, no pasaba nada. Pero ahora habla de volver al trabajo, y empieza a ser un problema.

—No se lo dije porque se despierta por la noche gritando aunque cree que está muerto —escupo—. ¿Sabes cuántas noches me senté fuera de su puerta, dudando si entrar mientras sollozaba? ¿Cuántas noches oí el terror que sentía por haber estado cautiva?

Boyd sostiene mi mirada, con los labios apretados, pero no dice nada.

—Acabo de recuperarla. Pensé que lo atraparíamos antes de que pudiera volver al trabajo. Va a querer vivir con normalidad —ya sabes cómo es—. Acabamos de encontrarnos de nuevo. Va a saber que le he mentido.

—Pues díselo de una puta vez —gruñe, dándose la vuelta y saliendo disparado de mi despacho.

Le frunzo el ceño mientras se va, molesto porque me haya reñido, y más jodido aún porque tiene razón.

Drayton ha estado callado desde que se llevó la bala, pero no está escondiéndose. Lo han visto en clubes de la ciudad, bebiendo y observando, sin cruzar la línea hacia territorio de los Parker, pero rozándola. Lo bastante cerca para provocar. Lo bastante cerca para ser un problema.

Se agazapó durante años como parte de mi equipo antes de moverse. Drayton tiene paciencia, un rasgo peligroso en un enemigo. Esperará para crear la situación que le dé la mayor probabilidad de lograr su objetivo de acabar con el dominio de los Parker en Glasgow.

Mi móvil pita. Nicky.

¿Por qué hay vigilantes de seguridad en nuestra puerta? xoxo

Se me tensa la mandíbula de la frustración; a veces Boyd es demasiado jodidamente bueno en su trabajo.

Voy para casa. Te lo explico cuando llegue. xoxo

Recojo el despacho, cojo las llaves y me voy hacia el coche. Louise arquea las cejas cuando aparezco. Solo es la una de la tarde.

—No pases llamadas salvo que sea urgente. Todo puede esperar a mañana —le digo por encima del hombro mientras paso a zancadas. Ella farfulla en señal de que se ha enterado y se despide.

El trayecto a casa pasa en un suspiro. Repaso la conversación con Nicky en mi cabeza. Cuando me doy cuenta, estoy sentado fuera de mi casa, nervioso por entrar. Hace años, sus instrucciones eran que le contara solo lo necesario.

Hasta ahora, esto no lo era.

Espero que esté de acuerdo.

La puerta principal se abre antes de que llegue. Nicky sale al porche, con la preocupación grabada en la cara.

Cierro la puerta del coche tras de mí y cruzo la grava. Sus ojos no se apartan de mí .

—¿Dónde está Evan? —pregunto.

Sonríe, junta las manos y se las lleva a la mejilla, como señal de que está dormido.

—Bien, porque tenemos que hablar. Me lanza una mirada curiosa.

La sigo al interior de la casa, con el aire cargado de todo lo que no se ha dicho. En la mesa, ocupo la cabecera: costumbre, instinto. Ella elige la silla a mi izquierda. Cerca. Alargo la mano y le cojo las suyas, para calmarnos a los dos.

—Nicky, Drayton no murió allí mismo. Abre los ojos de par en par.—Al día siguiente supe que había desaparecido. Siento no habértelo dicho, pero estabas muy mal. Lo último que quería era asustarte.

—Joel, eso fue hace meses —susurra. La voz se le resquebraja. Sus ojos vuelan a la pantalla del vigilabebés. Evan duerme en paz.

—Aquí estás a salvo —digo, rápido—. Sé que debería habértelo dicho.

Pero fue pasando el tiempo y estabas aquí conmigo, segura.

Luego llegó Evan y éramos tan felices...

Quería proteger eso. Protegerte. Protegernos.

—Una chispa de sonrisa le tira de los labios—.

Esperaba que lo encontráramos antes de que necesitaras saberlo.

Las noches que te oí gritar de terror fueron las peores.

—¿Me oías? —pregunta, atónita.

—Todas y cada una. Me sentaba fuera de tu puerta, intentando decidir si entrar. Quería abrazarte. Quería quitártelo todo. Pero no estaba seguro...

—¿Por qué no lo hiciste?

—Porque no estaba seguro de si aún tenía ese derecho. No podía arriesgarme a presionarte. No cuando acababa de recuperarte. Ya la he cagado antes. No iba a volver a hacerlo.

Me aprieta las manos entre las suyas. Siento su fuerza en el gesto más pequeño.

Siempre me había dejado boquiabierto. Ahora, aún más.

—Anoche fue la primera noche que dormí del tirón sin pesadillas —dice—. Y es porque estaba en tus brazos.

Sus palabras me anclan. No solo estamos sanando; estamos peleando por lo nuestro.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunta.

—Encontrar al cabrón.

Asiente una vez. Y en sus ojos veo algo peligroso.

Sed de venganza.