Parker 39. Casa de Joel y Nicky, Glasgow
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39. Casa de Joel y Nicky, Glasgow

Casa de Joel y Nicky, Glasgow

Nicky

Tengo los cojines apilados a mi alrededor mientras me siento en la cama enorme, en medio de la habitación forrada de libros.

Un volumen encuadernado en piel de Mujercitas descansa abierto sobre mi barriga de nueve meses.

Leer se ha convertido en mi escapatoria diaria de la realidad en las semanas que llevo aquí.

Desde que empezó el octavo mes, todo lo relacionado con mi embarazo ha sido un asco. La espalda se me parte intentando llevar este cargamento gigante. En lugar de tobillos, tengo columnas, y los pechos se me han hinchado tanto que ninguno de mis sujetadores puede contenerlos.

Trozos de carne se me escapan en todas direcciones alrededor del encaje bonito. A estas alturas, no necesito lencería, necesito andamiaje. Durante las dos últimas semanas, lo único que he hecho ha sido vaguear por la casa y pasear por el jardín cuando me ha apetecido. Esa parte ha sido una delicia.

Sophie se ha hecho cargo de la tienda. Hemos contratado a una costurera a tiempo parcial para ayudar con la carga de trabajo. Espero volver a las pocas semanas de dar a luz.

He echado de menos trabajar con mi amiga desde el secuestro. No hubo tiempo suficiente entre recuperarme de mi calvario y estar demasiado grande como para volver. Ya tiene un parque y una cuna montados en el cuarto de atrás, así que tenemos una guardería en el propio local lista para cuando pueda.

Las pesadillas llegan con la oscuridad, con recuerdos de mi tiempo en el burdel. La mayoría de las noches me quedo despierta reviviendo el terror que me hizo pasar Drayton.

Joel está al otro extremo del pasillo, en nuestra antigua cama matrimonial, solo. El deseo de ir con él es abrumador, de sentirme segura en sus brazos una vez más.

La puerta a cualquier cosa que no sea una relación platónica parece haberse cerrado del todo.

Me cuida y me vigila constantemente, pero ni una sola vez ha insinuado algo más.

Quizá no quiere presionarme. O quizá solo hace esto por su hijo, para asegurarse de que no huyo.

Puede que sea el deber, no el amor, lo que lo mantiene cerca.

El día después de mi rescate, discutimos. Estaba furioso conmigo por no haberle contado lo del embarazo. Cuando me preguntó si alguna vez pensaba decírselo, mi respuesta le cortó hasta el alma. Lo vi en sus ojos.

—No lo había decidido —dije—. Joel, tu mundo es peligroso. Se espera que nuestro hijo tome las riendas después de ti. No había decidido si quería someter a mi hijo a esa vida, por mucho que ame a su padre.

Se dio la vuelta y se encerró en su despacho, trabajando durante horas. Cada vez que pasaba por la puerta, estaba gritándole a algún pobre desgraciado por teléfono. Me retiré a la cama antes de que reapareciera.

Al día siguiente, fue como si nuestra discusión no hubiera ocurrido.

Un dolor me atenaza el estómago y abro los ojos de golpe.

Las manos me rodean la barriga de forma automática cuando intento maniobrar para salir de la cama.

En cuanto los pies tocan el suelo, otra oleada de dolor me recorre.

Bajándome de la cama hasta el suelo, avanzo a gatas hacia el baño.

Me alzo para encender la luz cuando... Una humeda d

repentina me corre por las piernas. Lo primero que pienso es en sangre. Aborto.

—Joel —chillo—. Joel. Mis ojos registran el suelo y mis piernas buscando el rojo delator, pero no está. Momentos después, él irrumpe por la puerta.

—¿Qué pasa? ¿Qué te ocurre? —Las palabras se le amontonan mientras corre hacia mí en el baño. Pisa una zona mojada del suelo y se desliza por la habitación, aterrizando de cabeza en la bañera enorme.

—Joder —ladra. Sus piernas desnudas y su culo prieto sobresalen de la bañera, pero sus rizos rubio oscuro no se ven por ninguna parte. Mientras se empuja para salir del aprieto, los músculos de los hombros se marcan cuando carga el peso sobre las manos.

El corazón me da un vuelco. Mirar su cuerpo aún me pone. Se gira hacia mí, rojo, probablemente por la humillación y la furia.

—¿Dónde está el fuego? —salta, y yo estallo en carcajadas. Está glorioso con esos calzoncillos diminutos, la frustración absoluta y lo increíblemente follable que está. ¿Y qué coño había en el suelo?

—Eso significa que tu hijo está de camino —le digo—. Ha salido de mí.

—¿Estás de parto? —susurra con una mirada aterrorizada.

Me doblo por otra oleada de dolor.

—Mierda. ¿ Qué hago? —pregunta, apresurándose a mi lado para cogerme del brazo y guiarme de vuelta al dormitorio.

Dándome cuenta de que aquí me toca ser la adulta y tomar el control de la situación, le hablo con calma y despacio, como se hace con un niño pequeño.

—Joel, vete a vestirte. Luego vuelve aquí y coge la bolsa. Tenemos que ir al hospital. —Otra sacudida de dolor me golpea con fuerza—. Ahora.

Sale disparado de la habitación, con el foco puesto en su tarea. Suelto una risita por lo bajo antes de cerrar los ojos para esperar la siguiente ola.

Diez minutos después, un jefe de la mafia mucho más sereno aparece en mi puerta. Está guapísimo, con vaqueros y camiseta blanca entallada, el pelo recién alborotado. El corazón me hace una voltereta cuando se acerca. La sonrisa suave en sus labios me deja atónita.

Céntrate, Nicky; vas a tener un bebé. Babear con tu exmarido, más tarde.

Me tiende la mano.

—¿Lista para tener un bebé, señora Parker?

—Joel, ya no estamos casados —digo en voz baja .

—Para mí, siempre serás mi esposa. Nuestro divorcio es un documento. Un trozo de papel. No cambia lo que siento por ti, esa parte de mí que nunca dejó de amarte.

Sus palabras quedan flotando en el aire.

—Vamos al hospital a tener a nuestro hijo. Ya resolveremos los detalles después.

***

—Has estado increíble —me susurra en el pelo, besándome la frente mientras lágrimas de felicidad le corren por la cara. Joel se sienta junto a mi cama, cogiéndome la mano mientras nuestro niño duerme en su cuna—. Aunque me has vuelto a dar un susto de muerte —murmura.

Las cosas se complicaron en el parto. Tras doce horas de parto infructuoso, me llevaron a toda prisa a una cesárea de urgencia cuando nuestro hijo empezó a sufrir.

Exhausta y dolorida, me abrieron como a un haggis, sacaron de mí a un ser humano nuevo y me volvieron a coser. Nos dejaron a los dos en esta habitación privada, como si supiéramos cuidar de ese diminuto ser dormido.

—¿Has pensado en un nombre? —pregunta. Sus ojos intensos buscan respuestas en los míos.

—No quiero visitas aún —le digo—. Excepto Soph.

Frunce el ceño: he esquivado la pregunta.

—Lo que sea. Lo que quieras. No tenemos por qué ver a nadie hasta que estés preparada.

Desde que llegamos a esta habitación hace diez minutos, me ha mostrado más afecto que en semanas. La distancia entre nosotros se ha evaporado.

Un llanto sale de la cuna. Soltando mi mano, se pone en pie al instante y cruza la habitación. Levanta a su hijo de la cuna y acuna en sus brazos su cuerpecito envuelto en la manta.

—Tu mamá es tan lista. Ella te hizo, con un poquito de ayuda de papá —le dice.

—Tengo un nombre en mente —digo, y me mira—. ¿Qué te parece Evan? Por tu padre.

—Mi padre y yo no tuvimos la mejor relación. No estoy seguro de que apreciara el gesto. —Se queda en el aire, dejando el resto sin decir.

—En tu familia todo va de valores y tradiciones. Tu padre hizo lo que hizo por cómo le criaron y por las expectativas que pusieron sobre él.

Joel escucha, pero no dice nada.

—Tú has dado un paso al frente y te has convertido en el Parker que siempre quiso que fueras. Estaría orgulloso de ti. Nuestro hijo será la siguiente generación. Quiero que tenga un nombre que lo diga .

Joel se queda inmóvil, su atención cien por cien en el niño de sus brazos, hasta que dice, al cabo de unos minutos: —Hola, Evan. Bienvenido a la familia.

***

Diciembre de 2021

—Cierra los ojos —me indica Joel mientras me guía hacia el cuarto del bebé con las manos sobre mis hombros. La puerta se ha mantenido cerrada y con llave. No me dejaron ver el interior hasta que llegó Evan, y de eso hace diez semanas.

Una infección uterina, que pasó al torrente sanguíneo y derivó en sepsis, supuso una estancia prolongada en el hospital. Se propagó rápido y me tuvo inconsciente en la cama unos días.

Podría haber vuelto a casa antes, pero Joel insistió en que me quedara donde la mejor atención médica estaba al alcance de la mano.

Alquiló una planta entera, puso guardias en todas las entradas, y aquello fue como nuestro hogar fuera de casa mientras yo me recuperaba y Evan vivía sus primeras semanas de vida.

—Nada de espiar —me regaña. Nuestro hijo está encajado a salvo en mis brazos, durmiendo plácidamente. No tiene ni idea de lo emocionado que está su padre por enseñarle la habitación que no usará hasta dentro de unos meses.

Nos detenemos ante la puerta y Joel la abre. Un enorme caballo balancín blanco ocupa el centro, rodeado de montones de juguetes de madera y libros. Cada uno está envuelto por separado con un lazo azul.

En las ventanas cuelgan visillos blancos largos.

Las paredes son de un azul suave con un mural del skyline de Glasgow que incorpora personajes legendarios de dibujos animados pintados por toda la superficie.

Una cama trineo blanca está cargada con sábanas de seda azules y un oso de peluche blanco gigante.

—Joel —murmuro, atónita—. Es increíble. Se me va la mirada por toda la habitación, abarcándolo todo.

Sus ojos no abandonan mi cara mientras evalúa mi reacción.

—Es la habitación infantil más impresionante que he visto nunca.

Me quita a Evan de los brazos y lo deposita con suavidad sobre una mantita de juegos en el suelo. Luego, volviendo a ponerse delante de mí, me toma ambas manos antes de bajar de rodillas.

—Cariño —dice—, te quiero. Nunca podré agradecerte lo suficiente que me hayas dado el regalo de un hijo. Estoy tan orgulloso de ti .

Me quedo rígida, sin saber adónde se dirige su discurso. Durante las semanas en el hospital, no hablamos de nosotros como pareja. Estaba allí como el padre de Evan. Repitió lo agradecido que estaba porque le hubiera dado un hijo, pero las complicaciones de nuestra relación quedaron sin tocar.

Con cada beso en la frente o apretón de mano, yo esperaba que quedara algo por lo que luchar. Pero él no dejó entrever nada. La única vez que intenté sacarlo, dijo que podía esperar a que yo me recuperara y estuviera en casa.

No estaba segura de si se refería a mi casa, a su casa o a nuestra casa. Pero ahora sé que se refería a aquí. Esta casa, este momento, esta familia.

—Tú y Evan sois mi todo, Nicky. Me diste un hijo; me devolviste el corazón.

Sé que te fallé. Dejé que la culpa levantara muros donde debería haber construido puentes.

Pero te juro que, quieras que sea tu pareja, tu amigo o solo el padre de Evan, estaré a tu lado el resto de mi vida.

Seré tuyo en la forma en que me dejes. —Se pone en pie y deposita un beso suave en mis labios.

—Me repetía que estabas más segura sin mí, pero la verdad es que tenía miedo.

Miedo de haber roto lo nuestro más allá de toda reparación.

Miedo de no ser suficiente para ti o para él.

Pero ya no voy a esconderme de eso. Estoy aquí.

Y no me voy a ir a ninguna parte. Mi corazón siempre ha sido tuyo, incluso cuando yo no merecía el tuyo.

Rota por lo que hemos pasado, por sus palabras y por lo mucho que le necesito, llevo las manos a su pelo y lo atraigo hacia mí.

Me pongo de puntillas y nuestros labios se encuentran con urgencia.

Nos besamos. Lento y apasionado, con los ojos cerrados, saboreando cada instante de nuestro reencuentro.

Sus brazos se enroscan a mi cintura, sujetándome con fuerza contra él.

Se endurece contra mi vientre y yo esbozo una sonrisilla contra sus labios.

—Hay cosas que no cambian —susurro.

—Me perteneces, cariño. Siempre ha sido así.

Cada cicatriz, cada aliento, cada segundo que he vivido desde que te perdí.

He estado esperando a que volvieras a casa.

—Sus labios se mueven hasta mi sien, y va dejando besos por el lateral de mi cara, deteniéndose en mi oído—.

Nuestro cuento de hadas se reinicia esta noche.

Voy a ser tu príncipe oscuro por la eternidad.

Ya me prometió un cuento de hadas antes. Muy al principio, cuando todo aún brillaba con promesas. Y ahora, después de todo lo que hemos soportado, aquí está. Cambiado. Magullado. Endurecido. Pero sigue siendo mío.

—Siempre has sido la fuente de luz de mi vida —murmuro.

—Nicky, lo tienes al revés. La mía eres tú.

Evan se despierta y llena la habitación con su llanto urgente.

—Hasta luego —susurra Joel, soltándome. Coge a su hijo y me lo pasa con cuidado, como si me entregara el mundo. Me acomodo en la butaca orejera azul del rincón de la habitación, lista para alimentar a mi niño mientras mi hombre nos contempla.