37. Lugar desconocido
Lugar desconocido
Nicky
Se me abren los ojos aleteando. Mierda, me duele la cabeza.
El hedor a humedad me llena las fosas nasales.
Estoy tumbada sobre lo que parece la cama más incómoda jamás creada.
Miro el techo amarillento. Trozos de yeso se desprenden por las esquinas.
Una tubería sisea; hay algo a presión —agua, aire, gas— empujándose por una pequeña apertura. ¿Y si me están gaseando?
¿Dónde estoy?
Llevo las manos al precioso cargamento de mi vientre, y un piecito me clava una patada por dentro. Sigue ahí, me relajo un poco. A no ser que esa patadita haya sido la última.
Me impulso para sentarme y balanceo las piernas por el borde de la cama, sin dejar que los pies toquen el suelo.
Me da vueltas la cabeza y cierro los ojos de golpe.
Los abro enseguida para escudriñar la habitación.
Está medio a oscuras. Las únicas fuentes de luz son una ventana mugrienta y una lámpara pequeña en el suelo.
Sombras oscuras revolotean por las paredes, reflejo de la luz lamentable que entra por la ventana.
Alguien ríe a lo lejos en el exterior, una risa profunda y amenazante.
Debajo de mí hay sábanas blanquecinas, ajadas, y una manta de lana vieja salpicada de agujeros. El único mobiliario de la habitación húmeda es la cama, una silla de madera y un espejo roto que cuelga torcido en la pared.
Mi reflejo se fragmenta en astillas dentadas. Apenas me reconozco respecto a la mujer que era en el espejo de mi baño cuando me vestí para ir a trabajar. Esta mañana me puse rímel. Ahora está corrido como pintura de guerra.
Tengo el ojo izquierdo de un morado intenso, y un bulto rojizo se ha formado en la frente. Un reguero de sangre seca baja desde la nariz, ambos restos del manoseo sufrido antes. Estoy segura de que en algún momento me di con el marco de una puerta. En el caos era difícil saberlo.
Parezco medio muerta, con los ojos huecos, casi espectrales. Las náuseas a las que ya me he acostumbrado me suben por la garganta y las obligo a bajar.
Pruebo primero la puerta. Está cerrada.
La vejiga me dice que tengo que ir. Llamo a la madera agrietada.
—Hola, ¿puede alguien oírme? Silencio. No hay respuesta.
—¡Ayuda! —grito a pleno pulmón.
Nada. —¿Hola? Por favor.
—Cállese, señora —ladra al otro lado una voz masculina airada.
—Necesito ir al baño.
—Use el cubo —responde.
Al darme la vuelta hacia la cama, veo un cubo de metal oxidado en el suelo, junto a ella. Me han convertido en un animal, una delincuente cualquiera en cuestión de horas. Creo que son horas. Podrían ser días. He perdido la noción.
Mi hijo se mueve otra vez. Un pie diminuto flexionándose contra mi útero. Me duelen las caderas por la incomodidad de estas últimas horas. Las lágrimas afloran. Me deslizo por la puerta y me desplomo hecha un ovillo en el suelo.
—¿Dónde estoy? —sollozo—. ¿Qué quieren?
El hombre enfadado no contesta, y yo no uso el cubo.
A gatas vuelvo hasta la cama, me subo y me hago una bola, y luego lloro.
Mientras me duermo, mis pensamientos van hacia Joel.
Él vendrá. Tiene que venir. ¿Cómo me va a encontrar aquí?
¿Y si ni siquiera me busca? No sabe que va a ser padre; no tiene motivos para querer hacerlo.
***
—Buenos días, señora Parker —dice una voz masculina jovial, sacándome del sueño.
El sol entra a raudales por la ventanita directamente a mi cara.
—Debo pedir disculpas por el trato que le dieron mis hombres. Mis órdenes eran que la trajeran ilesa, pero creo que les dio bastante tarea llevarla hasta aquí. Félix tiene la nariz rota.
Suelta una risita.
—No vio venir esa sandalia suya. Muy buena idea, señora Parker, quitársela en la furgoneta.
—Mi apellido es Smith —murmuro—. Estoy divorciada. —No sirve de nada meter emoción. Los hechos quizá nos mantengan con vida a mi hijo y a mí.
Al abrir los ojos, me encuentro mirando a un hombretón.
Uno al que reconozco al instante: Drayton.
Es excepcionalmente alto, con músculos que revientan una camiseta negra lisa; lleva el pelo rapado casi al ras.
Tiene ojos oscuros y astutos, y tatuajes que le cubren ambos antebrazos.
Las palabras love y peace aparecen en letra céltica. Me sonríe mostrando dientes rotos.
Una larga cicatriz se extiende desde la oreja derecha hacia abajo por la mandíbula. La tiene tatuada por encima para que parezca alambre de espino. Es el tipo de hombre que te visita en pesadillas. Joel me contó cómo se hizo la herida, pero no termino de recordarlo.
—¿Dónde estoy? —pregunto en voz baja, sin arriesgarme a apartar la mirada.
Una vez más, me incorporo para sentarme en el borde de la cama mugrienta. Él me tiende la mano para saludar. En piloto automático, la estrecho. La palma le suda. Mis huesos crujen bajo la presión de su agarre.
Quiero limpiarme la mano en la falda, pero no lo hago. Que piense que estoy tranquila.
—Un placer, como siempre, señora Parker —dice—. Ahora mismo está en un hotel al que mis hombres y yo venimos a menudo. Similar al de su marido, pero no tan fino. Las chicas aquí son más asequibles, digamos. Aún no podemos pagar los precios Parker. Pero nos acercamos.
Me recorre la cara con la mirada, evaluando mi reacción. Mantengo la expresión lo más impasible posible, aunque por dentro estoy gritando.
—¿Ha oído hablar de mí últimamente? —pregunta.
—¿Debería? ¿Hay algo en lo que pueda ayudarle? —digo, fingiendo seguridad.
Se echa a reír. Una sonrisa amplia le explota en la cara. Niega con la cabeza, secándose unas lágrimas.
—Ay, cariño, va a suplicarme que la ayude. ¿Quién es el padre?
El cambio de tema me pilla por sorpresa y me quedo mirándole muda.
—He dicho, ¿quién es el padre? —Me empuja la barriga hinchada con un dedo.
Sabiendo que decirle que Joel es el padre sería un error, miento.
—Una noche loca —tartamudeo—. Una borrachera. No sé cómo se llamaba. No lo he vuelto a ver.
—Zorra mentirosa —gruñe, echando la mano atrás.
Me estampa la palma en la mejilla. La habitación se me inclina de lado cuando la cara me estalla de dolor.
No voy a llorar. No le voy a dar el jodido gusto.
—Y yo pensando que podíamos trabajar juntos.
¿Es el cabroncete de Parker lo que lleva usted?
No me imagino que dejara a nadie acercarse lo suficiente como para tocarla, y menos dejarla preñada.
Me agarra de las muñecas y me pone en pie de un tirón. —Escúcheme, zorra. Trabajé para esa familia durante años, décadas, y nunca tuve el reconocimiento que merecía. Quiero lo que es mío. Años siendo ninguneado por Evander Parker y ahora su marido…
—Exmarido, lo sabe —le corto en seco. Me fulmina con la mirada. Espero un segundo golpe, pero no llega.
—Exmarido o no, Joel Parker sigue considerándola muy suya. El hecho de que la tenga yo lo estará matando. Y eso es lo que quiero: a ese cabrón delante de mí suplicando. Suplicándome clemencia —alardea Drayton, con el pecho hinchado como si hubiera ganado algún premio.
—Joel y yo no estamos juntos —le digo—. Tiene una nueva pareja. Los habrá visto en la prensa.
Vuelve a reír. —¿Se refiere a Ebony?
—Sí.
—Si desapareciera, dudo que perdiera mucho el sueño. Fue todo un montaje de relaciones públicas.
Se me revuelve el estómago. Lo dice con tal seguridad, como si supiera que es un hecho, y sé que lo sabe. La idea se me había pasado por la cabeza, pero no podía creerla. Joel siguió adelante para que yo pudiera hacer lo mismo.
—Se parece un poco a usted —añade—. Más refinada.
Quizá lo vio como una mejora a ojos de los medios.
—Los viejos temores contra los que luché durante años regresan.
No eres suficiente. Desde fuera la veían como una mejora respecto a mí.
Yo era una versión rota de lo que él necesitaba y ahora tiene el modelo de gama alta.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —pregunto, intentando cambiar de tema, sin querer pensar en Joel con ella, fuera real o no la relación.
—Tres días. —Me lanza una mirada sombría—.
No recordará nada. La hemos tenido tranquilita.
Es increíble lo que hace la medicación hoy en día.
Pero no se preocupe, ha estado encerrada aquí todo el tiempo.
Nos ha dado un poco de trabajo conseguir que usara eso.
—Señala el cubo—. Los hombres tenían otras ideas, pero no podía permitir que se divirtieran con una embarazada. No me habría sentado bien.
Se me oprime el pecho. La verdad cruda me golpea y me tumba la poca seguridad que me queda. Pueden hacerme lo que les dé la gana. Estoy más vulnerable que nunca.
—¿Pero cualquier otra mujer les vale? —escupo, y él se encoge de hombros.
—Un hombre tiene sus necesidades. Mis hombres trabajan duro y están acostumbrados a conseguir lo que quieren.
Si alguien les hace tilín, tienen técnicas de persuasión muy contundentes.
Sobre todo si la señorita no está cien por cien por la labor.
—Saca un paquete de cigarrillos del bolsillo trasero y se enciende uno.
—¿Quiere uno?
Niego con la cabeza.
—¿Sabe Joel que estoy aquí? —Él esboza una sonrisilla y sigue fumando tan pancho—. ¿Qué pasa ahora?
—Esperamos. El vídeo de usted tirada en la cama, hecha un cristo, hará el trabajo.
Un hombre como él tiene recursos infinitos en sitios muy altos.
Nos encontrará, y cuando lo haga, estaremos preparados.
—Tira el cigarrillo al suelo y lo aplasta con una bota negra pesada—. En fin, debo irme. Cosas que hacer.
Me da la espalda. Aprovecho mi oportunidad. Agarro la silla de madera y la balanceo con todas mis fuerzas, dándole fuerte en la espalda.
Se tambalea pero no cae. Se vuelve hacia mí con los ojos encendidos de furia. —¡Puta de mierda! —Su voz baja a un susurro maligno—. Y yo pensando que podíamos volver a ser amigos tras nuestra conversación tan cordial.
Avanza hacia mí, me agarra de las muñecas y me lanza hacia atrás, con fuerza, contra la pared. Algo cruje, los dientes me chocan entre sí cuando el dolor me prende en la columna.
Mi hijo. Caigo al suelo, abrazándome la tripa. Muévete, bebé. Necesito saber que estás bien.
Me palpita la mejilla. Me zumban los oídos. El pánico me recorre todas las venas, pero no siento nada en el vientre. La desesperanza me engulle entera. Si muero aquí, muero con nuestro hijo en mi vientre. Y nadie lo sabrá jamás.
Por favor, encuéntrame, Joel, antes de que sea demasiado tarde.