33. The Madison Hotel, las Tierras Altas de Escocia
The Madison Hotel, las Tierras Altas de Escocia
Joel
Boyd conduce la limusina hasta la puerta principal del Madison Hotel.
Ebony se sienta a mi lado en el asiento trasero, las manos entrelazadas sobre el regazo.
Hemos discutido otra vez antes de salir de la casa de moda esta noche.
Se está convirtiendo en un hábito que ninguno de los dos consigue romper.
Nuestras diferencias hace mucho que dejaron de tener arreglo.
No hay terreno común que encontrar. Estamos viviendo esta mentira.
Ebony actúa como si fuéramos pareja, incluso delante de quienes saben que no. Me incomoda. Es como si creyera que, si lo intenta lo suficiente y durante el tiempo suficiente, cederé. Pero no lo haré. Nunca sustituiré a Nicky. Se lo he dejado claro una y otra vez.
Insiste en que esos toques extra, su mano en mi brazo, los besos en la mejilla, son para guardar las apariencias. Pero yo sé que no. Puedo sentir que para ella significan más. Y quizá por eso me siento culpable.
Ebony es una mujer rota. Vivió durante años bajo la ira de su exmarido. Su trabajo y mi amistad eran su único escape. Esta relación, nuestra fachada, significa para ella más de lo que jamás podría significar para mí.
Sé que tuvo celos cuando conocí a Nicky. Mi vida cambió de la noche a la mañana, y la suya también. Nuestras quedadas habituales desaparecieron. La situación redujo nuestro vínculo al trabajo y nada más. Nuestra amistad se evaporó junto con mi tiempo.
Cuando se destaparon sus mentiras, las que hicieron implosionar mi vida desde dentro, quise despedirla en el acto.
Mi primera reacción fue decirle a Boyd que se deshiciera de ella y la tirara al Clyde.
Pero mi madre me hizo entrar en razón, como suele.
Ella había vivido con un hombre maltratador; eso puede llevar a alguien a hacer cosas desesperadas.
Ebony, con todos sus celos, había apoyado a la familia Parker durante mucho tiempo.
Era nuestro deber protegerla, por muy mal que me sentara personalmente.
Además, por estar tan dentro, con múltiples conexiones dentro y fuera de nuestras empresas, sabe dónde suelen enterrarse los cadáveres y tiene información de sobra para causar algo más que un simple dolor de cabeza.
Así que cedí y la dejé quedarse. Cada día me pregunto si fue la decisión correcta. Hoy no es distinto.
No hemos hablado desde la reunión del consejo de esta mañana.
Mi madre ha abierto la reunión de esta mañana felicitándonos a ambos por la pantomima de PR que hemos montado estas semanas.
Cenas de negocios, apariciones en medios y actos públicos han llenado mi agenda dentro y fuera de la ciudad, una declaración de que Joel Parker ha vuelto, está cuerdo y recién emparejado con una mujer a la que la prensa adora.
La presencia de Ebony a mi lado se ha convertido en parte de la marca Parker.
Es de fiar. Encantadora. Profesional. El titular perfecto para acompañar la foto ideal en una portada.
Lo bastante singular y exitosa para resultar interesante.
Lo suficientemente suave en los bordes como para que nuestra relación parezca real.
Era más fácil seguirles la corriente que enfrentarme a mi madre, a Boyd y a Ebony. No me quedaba nada que perder. Nicky dejó claro que no tenemos ninguna posibilidad de reconciliación. El negocio no tenía por qué autodestruirse solo porque yo ya lo he hecho.
Y, al final, tenían razón. Al público le encanta un arco de redención. Un hombre reconstruido tras un desamor con una mujer fuerte a su lado. Somos el sueño de cualquier agencia de comunicación.
Aún estoy repasando la reunión de esta mañana en mi cabeza cuando la voz de Boyd rompe el silencio incómodo del coche.
—Tienes el ático —me informa Boyd—. Ya he recogido tus llaves y he hecho que manden el equipaje a la habitación.
Las camareras de piso están deshaciendo tus maletas y colocando tus cosas ahora.
La cena es a las ocho en el comedor privado de la planta decimonovena.
Todos tus invitados han reconfirmado su asistencia esta misma mañana.
—Gracias, Boyd. No sé qué haría sin este hombre.
—De nada, señor —dice, deteniendo el coche y bajando a la acera. Me abre la puerta y luego rodea hasta el lado de Ebony, tendiéndole la mano para ayudarla a salir.
Por mucho que me fastidie admitirlo, está deslumbrante con el pelo oscuro recogido bien alto. El maquillaje es sutil pero brilla junto a sus ojos de azul profundo. Lleva un vestido de lana azul suave, de manga larga, a la vez elegante y sexy.
Le ofrezco mi brazo. Ella lo toma como si significara algo, y entramos juntos en el hotel.
El Madison Hotel está escondido en las Tierras Altas de Escocia, lo bastante lejos de la ciudad como para albergar las conversaciones privadas que necesito. Asegurado tras oscuras verjas de hierro, es la quintaesencia de la opulencia discreta. Una mansión de otros tiempos modernizada.
Lámparas de araña de cristal cuelgan en el alto vestíbulo abovedado.
A un lado, un caballero de esmoquin toca con facilidad un piano de cola pequeño.
Los tacones de Ebony repiquetean sobre el suelo blanco pulido a cada paso mientras nos dirigimos al ascensor, con Boyd delante, abriendo camino con la llave de nuestra habitación en la mano.
Al llegar a las puertas, Ebony por fin habla, tan bajito que solo yo puedo oírla. —Tengo muchas ganas de que llegue esta noche.
Pulso el botón de llamada, reprimiendo las ganas de suspirar, y la miro. —Es un viaje de trabajo .
Asiente. Sus labios se afinan en una pequeña sonrisa, pero algo le chispea en los ojos. Conocimiento, quizá. Seguridad, desde luego.
—No quiero que esto sea más incómodo de lo necesario —le digo.
Murmura algo parecido a un acuerdo. El ascensor llega con un timbrazo familiar y entramos. Un ascensorista nos espera allí con un uniforme oscuro impecablemente planchado.
—Buenas noches, señor Parker —se dirige a mí, y luego asiente a Ebony—. ¿El ático?
Boyd me pasa la llave de mi habitación.
—Sí, por favor —digo, mientras Boyd se da la vuelta para irse. —Es una habitación impresionante —nos dice el hombre mientras se cierran las puertas; el ascensor inicia de inmediato la subida—, perfecta para una escapada romántica.
Desvío la mirada hacia Ebony, que permanece callada. Sus mejillas se tiñen de rosa mientras aprieta los labios.
—No es ese tipo de noche —murmuro.
Las puertas del ascensor se abren directamente al ático.
Una gruesa moqueta azul marino cubre el salón.
Una iluminación dorada y suave realza las paredes.
Cada detalle y remate grita riqueza. Las cortinas oscuras están corridas.
Este es el tipo de privacidad que compra el dinero. Regio, oculto y silencioso.
El ascensorista nos indica que salgamos. Ebony me sigue el paso.
—Que pasen una buena velada, señor Parker. Señorita —dice con una cortesía, inclinando la cabeza antes de que se cierren las puertas.
Impresiona. Me decepcionaría si no lo hiciera. Techos altos, una chimenea de mármol, una mesa de comedor puesta para dos. Todo según lo previsto.
Excepto que solo hay otra puerta.
Camino hacia esa estancia, me detengo en el umbral y miro dentro. Se me cae el estómago. Solo hay un dormitorio.
Una cama extragrande, abierta con sábanas de seda azul marino. Rosas esparcidas sobre la colcha, bombones en la almohada, albornoces doblados al pie. Se me tensa la mandíbula.
—Ebony —digo sin girarme. La siento a mi hombro. —¿Dónde está el segundo dormitorio?
Ella pasa a mi lado, camina hasta la cama y deja el bolso.
—No hay —me mira directamente a los ojos, imperturbable—. Tenía sentido… para la narrativa. Una suite romántica vende mejor la historia si alguien investiga .
—¿Para la narrativa? —repito sus palabras. No sé qué más decir.
—¿Qué clase de pareja poderosa duerme en camas separadas? —alza una ceja, provocándome para que discuta.
—Una que no existe de puñetera casualidad —suelto, entre dientes—. No estamos jugando a las casitas.
No pestañea. —El hotel está completo. Hay una boda. Aunque quisiéramos cambiarlo, no hay nada más disponible.
—¿Y eso lo sabías desde cuándo?
—Ayer me lo dijo Boyd. Me preguntó si quería mantener la reserva. Dije que sí.
Por supuesto que lo hizo.
Me paso la mano por la cara y suelto el aire. —Esto no es lo que acepté. Tú y yo somos de mentira.
—Tampoco es lo que yo quería —asiente.
Eso me frena. Por un segundo, casi la creo.
Pero ya está cruzando la habitación, deslizándose los tacones de los pies como si no acabáramos de echar otro galón de gasolina a este contenedor en llamas. Miro la cama, luego a ella.
No contesta. Sabe que ha ganado.
***
Más tarde esa noche, Ebony se planta ante el espejo de cuerpo entero y se aplica un carmín rojo rubí con precisión. Su vestido rojo ceñido marca cada curva, y sus tacones de vértigo le alargan las piernas. Está impresionante. Me acerco por detrás y ella esboza una sonrisa suave en el espejo.
—Siento lo de antes —digo—. He sido brusco con las palabras, pero necesito estar seguro de que no tengas una idea equivocada de lo que es esto.
Se sonroja y aparta la mirada. —Sigo profundamente enamorado de Nicky.
—Mis palabras golpean fuerte y el dolor se dibuja en sus facciones—. No habrá nadie más.
—No te he pedido nada —murmura.
—No hace falta. Lo noto. —Me aparto antes de que pueda responder.
Hubo un tiempo en que la tensión de mi situación con Ebony y la cena de esta noche me habría llevado directo a la botella. Una copa y luego otra para afianzar los nervios. Aprendí a vivir entre la niebla. A veces me pregunto si la sobriedad es una bendición o una condena.
***
El comedor privado es todo terciopelo y plata pulida.
El aire está cargado de whisky, política y olor a aftershave caro.
Los líderes influyentes de la ciudad llevan media botella de whisky Macallan encantados de estarse acariciando el ego.
Estos son los hombres que rubrican contratos y hacen desaparecer titulares.
Mientras escaneo la sala, mi mirada se posa en una melena rubia cortada a la altura de la mandíbula, sentada a la mesa.
Un peso frío se me instala en las tripas.
Sophie está sentada al lado del nuevo jefe de policía.
Se ríe de cada palabra que sale de su boca, con la mano un punto demasiado alta en su muslo.
—Qué detalle que te unas a nosotros, Parker —anuncia Neilson Graham. Actualmente dirige la oficina de urbanismo del Ayuntamiento de Glasgow—. Pensábamos que íbamos a tener que gastarnos tu dinero sin ti.
—Parece que ya le habéis dado un buen tiento —replico.
Los ojos de Sophie me recorren, pasan a Ebony y vuelven a mí. Frunce el ceño. Menuda caradura; fue su amiga quien me dio puerta. —Señoras y señores, permitidme que os presente a mi acompañante esta noche, Ebony.
Un murmullo de bienvenida recorre la mesa. Me acerco a los dos asientos libres que quedan, le saco la silla a Ebony y luego me siento en la mía, justo frente a Sophie.
—Qué gusto verte otra vez, Joel —dice. A su acompañante se le salen los ojos de las órbitas.
—¿Os conocéis? —pregunta él.
Antes de que yo responda, Sophie dice: — Sí, estuvo casado con mi mejor amiga.
La mesa se queda en silencio. Sophie me dedica una sonrisa ladina y luego su mirada se desplaza a Ebony, que por una vez parece incómoda.
—Así que, al final, vosotros dos acabasteis juntos —musita Sophie. Entrecierro los ojos. —Tu insistencia dio sus frutos, Ebony.
—¿Eso qué se supone que significa? —salta Ebony. Dos pares de ojos, bien cargados de máscara, se fruncen, clavados la una en la otra. Sophie suelta una risita, disfrutando claramente del numerito.
—Conseguiste lo que querías —dice, inclinando la cabeza hacia mí. Su tono dista mucho de ser inocente—. A él.
Ebony va a responder, abre la boca y la cierra enseguida. Por una vez, se queda sin palabras. Parte de mí se impresiona con la jugada de Sophie, y la otra quiere salir corriendo.
—¡Ay! No me pellizques —le sisea Sophie a su cita, recuperando la atención de la sala—. Solo les estoy picando. Joel y yo nos conocemos desde hace mucho. Él sabe que bromeo.
Se me hunde el ánimo al darme cuenta de que todo lo que pase esta noche se lo contarán tal cual a mi exmujer. Sophie siempre ha sabido cómo girar el cuchillo, y esta noche apunta al corazón.
Nicky lo sabrá todo por la mañana. Cada mirada. Cada palabra.