Parker 32. Parker Fashion, Glasgow
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32. Parker Fashion, Glasgow

Parker Fashion, Glasgow

Joel

—Drayton se ha ido por libre —dice Boyd por segunda vez. Le echo una mirada y vuelvo a bajar la vista a las fotos de mi mesa. —Se le vio por última vez con cuatro de los del club, rumbo a los muelles.

—¿Qué falta? —pregunto, sin interés.

Los hombres siempre ponen a prueba a un nuevo líder. Desde que tomé el mando, unos cuantos han intentado ir por libre y han fracasado. Están todos en el fondo del río Clyde. Si le pones suficiente peso, nada flota.

—Un Ferrari y un Mercedes. Las matrículas, seguramente cambiadas.

No hay compradores esperando a ninguno. Eran stock sobrante.

Solo escucho a medias. Lo único que necesito saber es que no perjudica nuestros planes.

Tengo la cabeza en mi exmujer y en su empeño en que la deje marchar.

—Mira esto —dice Boyd, colocándose detrás de mi mesa, móvil en mano.

Me lo pasa. —Discreción, cero. Los putos idiotas están paseándose por la ciudad, intentando reclutar.

Con ojos en las nóminas del gobierno y de la policía, tenemos acceso completo a todas las cámaras de la ciudad, lo cual nos está resultando utilísimo para localizar a cualquiera que crea que puede apuñalarme por la espalda.

También ayuda a vigilar a mi exmujer. El equipo se ha retirado de Nicky.

Mantenemos la mayor parte de la vigilancia a través del sistema de cámaras.

Boyd me convenció para darle algo de espacio.

Mi retirada fue a regañadientes, pero necesaria.

Necesito saber que está a salvo. Eso es lo que me digo, al menos.

—Jefe. —La impaciencia de Boyd se impone. Vuelvo en mí. —¿Qué quieres que hagamos? Tenemos que hacer una demostración.

Mi silencio le enfurece aún más. —Joel. Por el amor de Dios, céntrate y saca la cabeza del coño de Nicky .

—Cuida la boca —le suelto, lanzándole una mirada furiosa—. Traedlos. Dejad que los chicos se diviertan en el almacén y luego os deshacéis de ellos.

Pero, incluso mientras doy la orden, mi cabeza vuelve a Nicky, el único problema de mi vida que no se resuelve por la fuerza.

Desde que nos acostamos en Nochebuena, solo la he visto una vez, hace seis semanas, en el funeral de su madre. Insistí en recoger a Nicky y llevarla yo mismo. Fue un acto pobre, con un puñado de personas que fueron a presentar sus respetos.

Se sentó a mi lado, mirando sus pies mientras lágrimas silenciosas le resbalaban por las mejillas. —Me siento tan culpable —admitió—. Murió sola en casa, sin nadie. Tardaron semanas en encontrarla. A nadie le importó lo suficiente como para ir a verla.

Solo lloró y me agarró la mano. Cuando llegamos a su piso, la soltó. El hueco entre nuestros dedos dolió más de lo que esperaba. Fue como si alguien me hubiera abierto un boquete en el pecho. El hilo de esperanza al que me aferraba se desintegró.

—Gracias por venir conmigo —murmuró.

Saqué un pañuelo del bolsillo lateral del coche, me incliné y le sequé las lágrimas. —Te acompaño arriba .

Negó con la cabeza. —No, Joel. Después de la última vez...

—La última vez fue mágica. Le metí un dedo bajo la barbilla, levantándole los ojos hacia los míos. Los tenía abiertos, acuosos y llenos de dolor. Todo lo que quería era quitarle el dolor. Sabía que podía hacerlo, aunque solo fuera por una noche, si me dejaba.

—No —dijo, más firme—. No puedes subir. Acabaremos en la cama. No es bueno para ninguno de los dos. No podemos seguir reabriendo la herida. Los dos tenemos que seguir adelante.

—Quizá yo no quiera —susurré. Apartó la mirada y se echó hacia atrás, con los dedos aferrados a la manilla de la puerta. No se abrió.

—Joel, abre los seguros. Déjame ir. Las palabras eran simples, pero me arrollaron como un tren. Necesitaba que la soltara, pero no estaba seguro de poder. —Por favor —añadió.

Sin decir nada, pulsé el botón de desbloqueo, observando cómo Nicky salía del coche.

Mi mirada la siguió mientras desaparecía en las sombras de su edificio.

Cuando se encendió la luz tenue del interior, apareció en la ventana, su silueta recortada por un instante antes de correr las cortinas, dejándome fuera. El último golpe al estómago.

Debería haberme ido. Sé que debería. Pero mis manos se negaron a girar el volante. En su lugar, me quedé sentado en silencio, con el motor del coche como único sonido.