Parker 31. Nickys Designs, Buchanan Street #2
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31. Nickys Designs, Buchanan Street #2

—De momento la muerte se considera no explicada, pero no hay motivos para sospechar de terceros. ¿Cuándo fue la última vez que vio a su madre?

—Hace años. Probablemente hará cuatro que no hablamos —respondo.

—¿Podemos llamar a alguien para que venga a acompañarla? —insiste uno de ellos, pero yo ya no estoy atenta—. ¿Algún amigo, quizá, o un familiar?

Boyd aparece en la puerta. Los agentes se giran al sonido de la campanilla.

—¿Está todo bien, Nicky? —pregunta, mirándonos a los agentes y a mí.

—Es mi madre, Boyd —digo, aturdida—. Ha muerto. —Se acerca, coge una silla de detrás del mostrador y me ayuda a sentarme. Un malestar me bulle en el estómago—. Se ha ido.

Se vuelve hacia los hombres portadores de la mala noticia. —Agentes, gracias por su profesionalidad. A partir de aquí puedo ocuparme yo de la señora Parker. Me aseguraré de que llegue a casa sana y salva. Aquí tienen mi tarjeta. —Los agentes se miran entre sí al oír que usa mi apellido de casada.

Boyd les tiende una tarjeta de visita que saca del bolsillo interior. —Cuando haya que hacer gestiones, contacten conmigo directamente, por favor.

Asiento a los agentes en señal de acuerdo y Boyd los acompaña a la puerta.

Mantiene con ellos una breve conversación antes de estrecharles la mano, y se marchan.

Empuja la puerta para volver a entrar y se va directo al cuarto de atrás.

El sonido del hervidor al encenderse me dice que está preparando té.

Unos minutos después, coloca una taza humeante entre mis manos.

—¿Quieres que llame a Sophie? —pregunta.

Niego con la cabeza. —No, está a kilómetros con su familia. Lo último que quiero es fastidiarle la Navidad.

—Muy bien. Bébete eso y haré un par de llamadas. Luego te llevo a casa. —Sale a la calle y saca el móvil del bolsillo. Tras dar unos toques a la pantalla, se lleva el auricular a la oreja y empieza a pasear arriba y abajo delante de la tienda.

Sé a quién está llamando. Decirle que no lo haga sería inútil. Durante cinco minutos, sorbo la deliciosa infusión y lo veo organizar lo que sea que tenga que organizar. Al terminar la taza, la dejo en el mostrador y acabo de recoger mis cosas. —¿Lista? —Su voz me sobresalta detrás.

—Sí, Boyd. Gracias. Te agradezco que me acerques. No me apetece usar el transporte público esta noche —digo.

—Fuera está resbaladizo —aconseja, y me ofrece el brazo. Salimos por la puerta, que solo cerramos con llave al marcharnos. Luego me conduce por la calle peatonal hasta un coche rojo bajito aparcado en la acera esperándonos.

Lo reconozco al instante y le lanzo una mirada de fastidio.

Joel sale del lado del conductor y se acerca a zancadas. Abre los brazos y me rodea con ellos, besándome la frente cuando apoyo la cabeza en su pecho.

—Estoy aquí, cariño —me susurra en el pelo—. No estás sola. Nos ocuparemos de esto juntos. —Boyd me entrega al abrazo de Joel. Él me guía hasta el coche y prácticamente me alza hasta el asiento del acompañante .

—¿Adónde me llevas? —pregunto al ponernos en marcha.

—A casa —responde, sin más.

—No, Joel. Quiero ir a mi casa. A donde vivo ahora.

Llévame allí, por favor. —Bufa, audiblemente.

Los dedos se le tensan en el volante, frustrado—.

Joel, llévame a casa o no te vuelvo a hablar.

—En el siguiente cruce, gira el coche en redondo.

Otro conductor hace sonar el claxon con furia por la maniobra.

Veinte minutos después, aparcamos frente a mi bloque. No hemos hablado en todo el trayecto. De vez en cuando apartaba la mano del volante hacia su muslo, casi intentando coger la mía. Cada vez se lo pensaba mejor y la devolvía al volante.

Las puertas se desbloquean y salimos los dos.

Rebusco en el bolso las llaves. Por fin las encuentro escondidas bajo una compresa y una revista femenina.

Joel me sigue por el caminito hasta la puerta comunitaria.

—¿Quieres subir? —pregunto. Sus ojos buscan los míos, pidiendo indicaciones.

Se me encoge el corazón. Me cuesta horrores no tocarle. Joder, le echo de menos.

—Solo para asegurarme de que estás a salvo —murmura. Subimos las escaleras, pasando por montones de zapatos fuera de la puerta del vecino, y casi tropezamos con un gato tumbado en el primer peldaño del segundo piso.

—Vaya puto peligro de lugar. —Frunce el ceño mientras se fija en el entorno .

Me paro ante la puerta blanca de mi piso, con el apellido Parker escrito en una placa rosa.

No dice nada. Dentro, nos quitamos los zapatos y me sigue al salón.

Nuestra foto de boda preside orgullosa la repisa de la chimenea.

—Aún tienes nuestras fotos a la vista —dice, con sorpresa evidente en la voz.

Le dedico una sonrisa suave. —Aquellos fueron los días más felices de mi vida. Recuerdo nuestro tiempo juntos con cariño, Joel. No me arrepiento de nada. —Me desprendo del abrigo y lo tiro sobre la silla del comedor encajada junto al sofá—. ¿Quieres algo caliente? —Asiente—. ¿Té? —Vuelve a asentir.

—Acogedor el sitio que tienes —dice, intentando hacer conversación.

Me río por lo bajo.

—¿Qué? —salta.

—Sí, es acogedor. Desde luego, comparado con donde nosotros… bueno, donde yo vivía antes.

Se le cae el alma.

—Está bien, me gusta aquí. Es la primera vez en mi vida que tengo mi propio espacio. Un sitio solo para mí.

Me sigue a mi cocina-cuarto trastero y me observa mientras preparo dos tazas. —Tu biblioteca te dio esa libertad.

Dirijo la atención hacia él un segundo y vuelvo a la tarea.

—Lo siento por todo, Nicky. Por no creerte.

Por ocultarte tanto sobre mi familia. Quiero que sepas, eso sí, que nunca hubo nada entre Ebony y yo.

—Hace una pausa—. Después de que te fueras, se mudó a la casa una temporada.

—Alzo las cejas, aunque ya lo sé. Me sorprende que me lo cuente—.

No era en ese plan —dice—. Su marido le pegaba y necesitaba un sitio seguro donde quedarse.

Pero durante el tiempo que estuvo en la casa, intentó algo conmigo.

Abro la boca para decir te lo dije, y él alza la mano para detenerme.

—Lo sé —dice—, me dijiste lo que quería y yo estaba demasiado ciego para ver lo que pasaba.

Pero la rechacé y no le sentó nada bien.

—Coge la taza de té que le tiendo mientras habla—.

Tuvimos una conversación larga sobre Parker Fashion, su matrimonio y cómo te trató.

Sé que los correos estaban falsificados. Debería haberte pedido perdón antes.

—Joel, ya estoy más allá del enfado, del dolor y de la decepción. He asumido lo que ha pasado entre nosotros. —Deja la taza en la encimera y da un paso hacia mí, me toma la cara entre las manos y posa sus labios sobre los míos. Me aparto—. Joel —balbuceo—. Esto no puede pasar .

Me calla las protestas con la boca, apretándome la espalda contra la encimera. —Te necesito, Nicky —susurra—. Una última vez. Por favor, déjame hacerte el amor.

El corazón le gana a la cabeza, y cedo a su petición. Una última vez será un cierre para los dos. Después de esta noche, no necesitaremos volver a vernos.