31. Nickys Designs, Buchanan Street
Nicky's Designs, Buchanan Street
Nicky
En la tienda retumban villancicos por los altavoces.
Estoy rematando un dobladillo en un vestido muy específico que una clienta pidió para una fiesta en Nochebuena.
La falda, de estilo años cincuenta, lleva Papás Noel bailando alrededor del bajo y se une a un cuerpo ajustado, todo en rojo buzón.
La mujer que lo va a llevar es grande, excéntrica y desatada.
Vende letreros y adornos hechos a mano para el árbol.
El que me hizo a mí, con el nombre de la tienda y dos chicas que se parecen a Sophie y a mí, cuelga en el escaparate.
La campanilla anuncia que ha entrado un cliente nuevo, y levanto la vista para ver a Michael, otro comerciante de unos pocos locales más abajo, entrar. Vende todo tipo de utensilios de cocina y accesorios de mesa, de esos que miras y piensas que están bien hasta que ves la etiqueta del precio.
—Buenos días, Nicky —dice—. ¿Sigues tan atareada como siempre? La vorágine navideña este año parece no tener fin.
Asiento y farfullo algo en señal de acuerdo con la boca llena de alfileres. Es más joven que yo, rondará los treinta, pelo negro azabache y ojos azules. Guapo en plan chico de al lado, lleva vaqueros con un jersey de muñeco de nieve que se ilumina.
—¡Me encanta la Navidad! —exclama—. ¿Y a ti? —Vuelvo a musitar algo ininteligible. Sus ojos recorren la tienda—. ¿Está Soph? —pregunta, y niego con la cabeza—. Bien, porque quería pedirte una cosa.
Dejo lo que estoy haciendo y me quito los alfileres de la boca. —¿Pasa algo? —pregunto.
—Sí, quería saber si te gustaría salir a cenar conmigo algún día.
Llevo queriendo preguntártelo una eternidad, pero siempre me acobardaba.
—Se ruboriza y se retuerce las manos nervioso.
Miro al hombre tan majo que me está pidiendo una cita.
No he estado con nadie desde Joel, y ya va siendo hora de volver a la carga.
—Vale —digo—. ¿Te va bien el viernes?
Abre mucho los ojos, sorprendido. —Sí —dice, y la cara se le ilumina con una sonrisa radiante—. El viernes es perfecto. Paso a recogerte aquí, digamos, a las siete. Reservo en algún sitio. ¿Hay algo que no comas?
—No, me apaño con cualquier cosa —le digo—. Y, Michael, gracias por preguntarme. Me hace ilusión.
***
Llega la noche del viernes y estoy en el cuarto de atrás de la tienda dándome los últimos toques de maquillaje.
Llevo un jersey de punto suave con vaqueros y botines de cuña.
Me planto el abrigo de invierno encima y luego me calo el gorro rosa con pompón.
Michael espera con paciencia delante desde que ha llegado pronto, hace diez minutos.
Lo veo por la rendija de la puerta, dando botes nerviosos de un pie al otro.
Está bastante guapo con su camisa azul impecable y sus pantalones de vestir.
—¿Lista? —digo, saliendo a su encuentro.
Me dedica una sonrisa de oreja a oreja. —Guau. Estás increíble —dice, entusiasmado—. Caminaré unos pasos por detrás para no eclipsar tu belleza.
Me sonrojo y suelto una risita nerviosa. Él me tiende la mano y yo se la cojo. Salimos a las bulliciosas calles de la ciudad.
Las tiendas abren hasta tarde en esta época del año.
La gente deambula por las calles con los brazos cargados de bolsas con regalos de Navidad para sus seres queridos.
Luces adornan cada escaparate. En las farolas cuelgan enormes bolas rojas.
Hace cero grados, pero el frío es seco y el cielo está despejado.
Todas las superficies se están volviendo blancas, lo que suma al ambiente festivo.
Caminamos de la mano, sin hablar, empapándonos de la atmósfera.
—Había pensado que podríamos tomar algo aquí primero —propone, parándose frente a un bar de cócteles glamurosísimo. Dentro todo el mundo va puesto de punta en blanco. Me miro de reojo en el cristal—. Estás preciosa —dice mientras me conduce al interior.
Nos sentamos en una mesa para dos junto al ventanal.
Recorro las interminables opciones de la carta.
Al final, elijo un mojito sin alcohol y pido cuando llega la camarera.
La conversación fluye, pero por mi parte no hay química sexual.
Él es educado y encantador, pregunta un montón sobre mí y sobre la tienda.
Al cabo de una hora, se disculpa para ir al baño antes de que nos vayamos hacia el restaurante .
Al mirar fuera, me topo con los furiosos ojos verdes de mi exmarido al otro lado de la calle, observándome.
Joel va con su traje impecable y dos de sus hombres de seguridad a cada lado.
Cruza hacia el bar y entra a zancadas, casi arrollando a un pobre camarero al pasar.
Sus hombres se quedan fuera, en la acera, oteando posibles amenazas.
—¿Qué te crees que estás haciendo? —sisea.
—Estoy tomando algo con un amigo —digo, y su expresión se ensombrece.
—No vas por las jodidas calles de Glasgow cogida de la mano de un amigo. —Nos ha estado vigilando, o alguno de su equipo.
—No es asunto tuyo —le espeto.
—Tú siempre eres asunto mío. Eres mía, Nicky. Siempre lo serás —gruñe.
Michael vuelve a la mesa, y se le agrandan los ojos ante la escena que tiene delante. —¿Señor Parker? —pregunta, confundido. Joel fulmina con la mirada a mi cita—. Michael Evans. Trabajé en uno de sus locales un tiempo —explica, ofreciéndole la mano. Mi exmarido la ignora.
—No me suenas —escupe Joel—. Ahora, vete a la mierda.
—Eh… —dice Michael—. Pero Nicky y yo estamos en una ci ta.
—Pues ahora ya no, joder. Vete ya, antes de que mande a mis hombres a sacarte. —Los dos se miran fijamente. Pero Michael, obviamente, considera que es mejor no discutir y se levanta para irse.
—¿Vas a estar bien, Nicky? —me pregunta.
—Nicky es mi esposa —interviene Joel—. Por supuesto que estará bien. Me paso la vida manteniéndola a salvo.
—¿Tu esposa? —A Michael se le abren los ojos como platos, horrorizado.
—Exesposa —digo, inexpresiva, y frunzo el ceño a Joel—. Muy ex.
Michael levanta las manos, dándose por vencido. —Os dejo con lo vuestro, entonces. Suena a que tenéis mucho de lo que hablar. Sobre todo si uno de los dos se cree que seguís casados. Hasta luego, Nicky —dice, se mete las manos en los bolsillos y se pierde en la noche.
—¿Pero qué coño ha sido eso? —le grito a mi exmarido—. ¿Cómo te atreves a interrumpirme cuando estoy socializando? Puede que controles Glasgow, capullo. Pero a mí no me controlas.
—Baja la voz —gruñe, cogiéndome la muñeca—. Solo quiero hablar contigo.
—¿Después de ese numerito? Ni de coña. Lárgate —le suelto, liberando mi muñeca de su agarre, bajándome del taburete de un salto y poniéndome el abrigo—. Aléjate de mí.
Saca un billete de cincuenta libras del bolsillo y lo deja sobre la mesa, luego me sigue a la calle. Sus zancadas largas valen por dos de las mías, y me alcanza con facilidad mientras yo avanzo a toda prisa de vuelta a la tienda.
—Vete —le digo por encima del hombro, pero se mantiene detrás de mí, a un brazo de distancia.
Llegamos a la puerta y me giro para enfrentarlo.
Estoy furiosa por su capacidad para estropearme la noche.
Furiosa por el torrente de emociones que me recorre el cuerpo.
Me sostiene la mirada unos instantes. La distancia entre nosotros es a la vez enorme y diminuta.
—Nicky —dice en voz baja, con un tono ominoso—. Recuerda que siempre eres mía. Vayas donde vayas, te estoy vigilando, asegurándome de que estás a salvo. La idea de otras manos sobre tu piel será mi perdición. No lo vuelvas a hacer. —Dicho esto, se marcha, con sus hombres detrás.
***
Es Nochebuena y Sophie ya se ha ido. Va a pasar el gran día con su familia. Me invitaron a ir, pero necesito pasar un día en casa sola. Desde que abrimos la tienda hace cuatro meses, no hemos parado ni un segundo. Mi Navidad va a ser tranquila.
Nuestro éxito es estimulante pero agotador.
Por primera vez en mi vida tengo mi propia casa y mi propio espacio.
Me fui directamente de casa de mis padres a prisión, luego al piso de mi madre y de ahí con Joel.
Después de que Sophie me encarrilara tras la recaída por el divorcio, firmé el alquiler de un apartamentito de una habitación a las afueras de la ciudad; centrarme en pagar la renta me mantuvo alejada del demonio de la bebida.
Suena el teléfono de la tienda cuando estoy terminando por hoy. Guardando bajo llave lo que hay que guardar y ordenando todo para volver a abrir después de las fiestas, descuelgo el auricular y la línea se corta. Otra vez. Las llamadas de broma son una lata.
Ya ha anochecido. La calle frente a mi escaparate está llena de gente que va y viene apurada con las últimas compras.
Al alzar la vista, veo a dos agentes de policía acercándose.
No es raro: incluso en los pocos meses que llevamos abiertas, ya me han hecho varias visitas por hurtos o peleas en la puerta.
Salgo de detrás del mostrador cuando el más bajo empuja la puerta para entrar.
Ambos son enjutos, de tez pálida y barbilla con rastro de barba.
Salvo por la diferencia de altura, parecen casi clones .
—¿La señora Nicola Parker? —pregunta el agente más alto.
—Ahora Smith, pero sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarles, agentes? —Se quitan las gorras y las sostienen sobre el pecho. Se me cae el alma a los pies. Hay algo en la situación que grita que se avecina un desastre.
El más bajo toma aire hondo. —¿Hay alguien más aquí, señora Smith?
—No, mi compañera ya se ha ido por las fiestas.
Yo estoy a punto de marcharme. —Se miran entre ellos—.
Lo siento, señora Smith. Tenemos malas noticias.
Su madre, Eveline Smith, ha sido encontrada muerta esta mañana en su piso.
Se me queda la boca abierta y me quedo mirándolos sin ver.
¿Hay alguien a quien podamos llamar? ¿Quién la espera en casa?
—A nadie —murmuro—. Vivo sola. ¿Qué ha pasado?