Parker 27. Parker Fashion, Glasgow
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27. Parker Fashion, Glasgow

Parker Fashion, Glasgow

Joel

Han pasado cuatro semanas y estoy sentado en mi despacho.

Llevo un humor de perros desde que Nicky me dejó.

Innumerables llamadas sin respuesta. Sophie me dice que está sobrellevándolo, pero en duelo.

Yo no sé si lo estoy sobrellevando. No quiere hablar conmigo; para ella, no hay nada de lo que tengamos que hablar.

Mis hombres vigilan sus movimientos a diario. Ahora es un blanco fácil para mis enemigos. Informan de muy poco, solo que se queda dentro y no ha salido del piso salvo en un puñado de ocasiones con su amiga. Han ido dos veces al supermercado y a un bar del barrio.

Sophie dice que sigue empeñada en que nunca robó las ideas. Yo mismo empiezo a tener dudas. Le he explicado mil veces que no hay nada entre Ebony y yo, pero al mundo exterior cada vez le cuesta más creerlo.

Lleva tres semanas viviendo en mi habitación de invitados, desde la noche en que su marido la mandó al hospital. Me dije que solo la estaba ayudando a recuperarse, pero se ha acomodado de lo lindo. Demasiado.

Estaba furioso con su comportamiento la noche que Nicky nos encontró en el sofá, pero dijo que aún estaba medio dormida y pensó que estaba soñando.

Sophie me dice que me cree respecto a la situación y promete hablar con Nicky, animarla a que se reúna conmigo para hablar de nuestro matrimonio.

No puedo perderla.

Es mi corazón.

Suena mi móvil. Es Louise, en recepción. —Señor Parker, hay un caballero aquí con un documento que requiere su firma.

—¿Es que no puedes firmarlo tú, joder? —escupo. La pobre Louise se ha llevado la peor parte de mi humor estas últimas semanas. Ha dejado de venir a mi despacho; se protege de mi ira usando el interfono.

—No, señor —me dice—. Está empeñado en que debe firmarlos usted. Tienen que ponérselos en la mano.

—Que pase.

Un hombre elegantemente vestido se planta en el umbral. —Buenos días, señor Parker. Me llamo David Wright. Trabajo para Henderson’s Law Firm, en Ingram St.

Me pongo en pie y rodeo el escritorio para darle la mano.

—La señora Nicola Parker me pidió que le notificara esto. —Me pasa una carpeta marrón—. Si pudiera firmar el acuse de recibo. —Solo entonces reparo en la tablilla con pinza y el bolígrafo bajo el brazo.

—¿Qué es? —Sus cejas se le disparan de sorpresa. Recobra el control de sus facciones antes de hablar.

—Sus papeles de divorcio. La señora Parker los presentó hace dos semanas.

Aturdido, firmo su formulario y él sale del despacho a toda prisa. Tiro la carpeta sobre la mesa, saco el móvil del bolsillo y vuelvo a marcar su número.

Contesta, por favor. ¿Cómo has podido solicitar el divorcio sin hablar conmigo?

El teléfono suena y luego se corta. Vuelvo a pulsar el botón de llamada. Voy a llamarla hasta que conteste de una maldita vez. Al quinto intento, la llamada entra.

—Hola —dice. Tiene la voz débil; está nerviosa.

—Nicky —digo—. Me han llegado los papeles del divorcio. Por favor, cariño, intentemos arreglar esto. Te quiero.

—No me creíste cuando importaba. Eso es lo que nos rompió.

No las acusaciones de robo ni la posibilidad de que me estuvieras engañando.

Es que no estabas de mi lado. Siempre confié en que lo estarías.

—La voz se le quiebra con cada palabra—.

Todo lo que acepté en tu vida y tú nunca te paraste a escuchar.

—Me equivoqué —susurro—. Al menos habla conmigo.

—Por favor, limítate a firmar los papeles. No quiero nada de ti. Solo mis cosas de la casa y lo poco que he ahorrado.

—No quiero divorciarme —replico—. Te necesito.

La línea se queda en silencio y, a los pocos segundos, corta la llamada.

Me quedo mirando el sobre en mi mesa. Lo último que quiero hacer es abrirlo. Pero conozco a mi mujer; mi futura exmujer, me digo. Una vez que toma una decisión, nada la cambia.

Con el corazón encogido, saco los papeles de divorcio de su sitio y los leo.

No quiere nada, tal y como dijo. Siempre supe que mi dinero no era importante para ella, pero esto hace que la realidad me golpee de lleno.

Cojo un bolígrafo del portalápices del escritorio, garabateo mi nombre en la línea de puntos y luego levanto el teléfono. Suena dos veces y él contesta.

—Joel —dice la voz distinguida—, ¿a qué debo el placer?

Harold Shoredon ha sido el abogado de la familia durante décadas.

Su bufete ha negociado muchas situaciones peliagudas con varios departamentos del gobierno en nuestro nombre.

Confío en él ciegamente. Cuando Nicky se fue, lo llamé para advertirle de que quizá necesitaría su ayuda. Ese día ha llegado.

—Hoy han llegado los papeles del divorcio. Los he firmado —digo, sin más—. ¿Puedes finiquitarlo todo cuanto antes?

—¿Qué quiere ella?

—Nada que no sea suyo. Quiero darle una resolución rápida.

—¿Y tú también quieres este divorcio?

—Quiero acabar con esto para poder seguir adelante.

Lo que no digo es que me estoy muriendo por dentro, esperando a que cambie de opinión.