Parker 25. Piso de Sophie, Glasgow
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25. Piso de Sophie, Glasgow

Piso de Sophie, Glasgow

Nicky

—Una taza de té lo arreglará todo —dice Sophie mientras deja la bolsita dentro de la tetera—.

Es azul, con margaritas blancas por todas partes; en el asa solo hay diez.

Mientras espera a que se prepare la medicina mágica, saca dos tazas del armario y las deja sobre la encimera.

—No eres una mujer que se venga abajo con facilidad, Nicky.

Me imagino que lo que haya pasado ha sido nuclear.

—Sophie, me están acusando de robar todos los diseños buenos que he hecho.

—Pero eso no tiene mucho sentido. ¿Por qué iba Ebony a tirarte ahora mismo bajo el autobús? ¿Por qué lo habría dejado pasar tanto tiempo?

—No lo ha hecho. Los diseños son míos. Los documentos son falsos.

Lleva tramando hundirme desde aquella maldita entrega de premios del año pasado.

La realidad de la situación empieza a calar.

Mi carrera se ha acabado y, muy probablemente, mi matrimonio.

—Ebony ha estado creando pruebas todo este tiempo, esperando el momento perfecto para atacar y eliminarme.

Sophie me observa, muda de la impresión.

Se le ponen a trabajar las neuronas, procesando toda la información que le he dado.

Los correos fraudulentos siguen sobre la mesa de centro, al lado de la caja gigantesca de bombones que traje conmigo.

Mi maleta está junto a la puerta, sin moverse desde que llegué, hace tres horas, hecha polvo.

Después de ducharse, Joel se volvió a poner los vaqueros y una camiseta antes de regresar al salón.

Normalmente, después del trabajo, se cambiaba a un pantalón de chándal holgado y se paseaba por la casa a pecho descubierto.

Mis noches estaban dedicadas a admirar los abdominales de mi marido.

Esta noche, su gesto pétreo de la oficina por la tarde seguía firme en su sitio.

Me senté en el sofá, retorciéndome las manos. Era grave, pero mis horas de repasar posibles motivos para que me despidieran no habían dado ningún resultado. Tenía el trabajo al día y todos mis clientes estaban contentos. Ebony y yo no teníamos ningún conflicto directo.

Tampoco sirvió escanear mentalmente todos los conjuntos que había creado en mis seis años en la casa de moda. Eran totalmente distintos de los de otros diseñadores y con firmas únicas; mis creaciones no se parecían a las de nadie. ¿Cómo podían acusarme de robo?

Joel se acercó al sofá, tendiéndome el sobre que había visto antes.

Dentro encontré correos y bocetos. Cada uno hacía referencia a una pieza por crear, pero ninguno constaba como completado.

Cada diseño era mío, casi. Había pequeñas diferencias en cada uno, la posición de un simple botón o un bajo, pero nada que cambiase el aspecto general del conjunto.

—¿Qué es esto? —pregunté, confundida.

—Dímelo tú —dijo—. Ebony me trajo hoy estas pruebas.

—Son mis diseños. —Alzó una ceja—. Conoces estos, Joel; son míos. Déjame ir a por mi cuaderno de proyectos. Podemos repasarlos.

—Ya lo he hecho, Nicky. Cada diseño que tienes en las manos se ha cotejado con tu diario desde que empezaste. Y sí, tus diseños son similares, si no iguales, a los que tienes delante —su voz era plana, monótona—, ni rastro de emoción.

—Vale, ¿y de dónde han salido estos? —agité los papeles en la mano.

—Esos —señaló el fajo de bocetos y correos— son de nuestros archivos. Se crearon entre hace cinco y diez años.

—¿Qué? Eso es imposible. Son mis diseños. Tiene que ser un error.

Suspiró y se pasó la mano por el pelo.

—No hay ningún error. Todo esto se ha sacado hoy de nuestros sistemas.

Todo está fechado, lo puedes ver. —Tragó antes de volver a hablar—.

Nicky… —Sus dedos se apretaron alrededor de los bordes de la documentación—.

No quería creerlo. Les planté cara por esto.

Les dije que tenía que haber otra explicación.

Su voz sonaba cansada, baja. —Pero luego lo revisé todo yo mismo. Las fechas. Los correos. Las coincidencias. Y yo… —Nuestras miradas se cruzaron—. No sé cómo explicarlo de otra manera. Lo único que tiene sentido es que hayas estado robando las ideas de los otros diseñadores desde que empezaste.

—Me estáis condenando sin juicio, aunque estoy aquí, como tu mujer, diciéndote que no es verdad.

—La furia irrumpió, la devastación se tornó incredulidad—.

¿Te crees esto? —Le tiré los papeles a los pies—.

Una vez criminal, siempre criminal. ¿No es esa la verdad?

Llevamos seis años casados. Seis años. ¿Y te he dado alguna vez un motivo para dudar de mí?

—Las pruebas son claras. Robaste esas ideas. Todo Parker Fashion lo sabe. Te van a despedir. Si me dices cómo lo hiciste, quizá podamos arreglar algo. Te quiero.

—¿Que me quieres? —espeté con desdén—. ¿Así trata un marido que quiere a su mujer?

Sus ojos, atormentados, se clavaron en los míos.

—He tenido un día duro. Tengo asuntos más importantes de los que ocuparme que de mujeres en pleno subidón de poder.

—Se encogió de hombros—. El consejo y mi madre me han hecho trizas, haciéndome todas las putas preguntas habidas y por haber.

Lo que has hecho no solo te afecta a ti.

Pone en duda tu fiabilidad como miembro de nuestra familia.

—Pero no he hecho nada.

—Deja de mentir, por favor. Lo he visto con mis propios ojos. Todo. El papel no miente.

La emoción afloró por primera vez desde que cruzó la puerta de casa. Me quedé mirando al hombre al que amo sin saber quién era. Nunca pensé que Joel no estaría de mi parte. ¿Cómo podía creerse todo esto tan fácilmente?

—Me está tendiendo una trampa —susurré.

—Nicky —bramó—. Ebony apenas sabe hacerse una taza de té, como para tenderte una trampa de ladrona. Por favor, ilumíname sobre cómo viajó atrás en el tiempo para enviar lo que tienes en la mano.

—Se puede falsificar documentación —dije, sin inmutarme, cruzándome los brazos de forma protectora sobre el pecho y fulminándolo con la mirada.

—Tiene cosas más importantes de las que preocuparse. La única razón por la que no nos lo había traído hasta ahora es que eres mi mujer.

Se le marcó la mandíbula. —Pasa las noches intentando hacer feliz a su cabrón de marido.

Él la pega, todas las putas noches. Y por mucho que le suplique que se vaya, no lo hace.

Así que tu jodida excusa no cuela, Nicky.

Paseaba como un animal enjaulado, a duras penas conteniéndose.

—Por una vez, reconoce lo que hiciste y deja de echar la culpa a los demás.

***

Los ojos de Sophie caen al suelo mientras le cuento mi conversación de antes con mi marido.

—¿Qué pasó después? —pregunta.

—Me fui.

Después de que dejara claro que le creía a ella antes que a mí.

Hice una bolsa y conduje directa a casa de mi amiga, sin saber adónde ir.

Abrió la puerta de par en par y me estrechó entre sus brazos.

Mis lágrimas fluyeron durante una hora antes de poder controlar lo suficiente mis emociones como para hacer que la historia saliera de mis labios.

Nuestro felices para siempre por el que brindamos, hecho añicos.

—¿Y ahora qué? —Sophie sigue removiendo el té en las tazas.

—No lo sé. Joel no me ha llamado. No me preguntó adónde iba. No me permiten ir a la casa de moda.

—¿Y tu matrimonio? —Sus ojos cautelosos se encuentran con los míos—. Tu carrera se ha enredado con tu matrimonio. Necesitas hablar con Joel como tu marido.

Me encojo de hombros. Mi teléfono, burlón, yace en silencio, incitándome.

¿Y si todo esto ha sido una ilusión? Mi trabajo, mi matrimonio, el futuro que planeamos. ¿Y si mis miedos del pasado se demuestran ciertos y yo soy el problema en el centro de todo?

—Déjame llevarte a casa, aunque sea para coger algunas cosas más. Puedes quedarte aquí el tiempo que necesites. Pero no os vayáis a dormir con esta discusión. Tu matrimonio es demasiado valioso; lo vuestro fue el cuento definitivo de amor a primera vista .

—Por algo esos cuentos se llaman cuentos.

***

Tras una hora de machaque, cedo y dejo que Sophie me lleve a casa. Dice que yo no estaba lo bastante estable para conducir. Al parar frente a la puerta eléctrica, aprieto el timbre y se abre. La casa está iluminada como de costumbre.

El bólido de Joel está en su sitio de siempre. Está en casa. Pero al lado hay un pequeño descapotable azul, que reconozco como el de Ebony. Miro a Sophie, pero no dice nada.

—Apaga las luces —siseo.

—¿Qué?

—Apaga las luces. No quiero que sepan que estoy aquí. —Pone los ojos en blanco, pero me hace caso—. Si aparcamos aquí —señalo un lateral de la entrada—, podremos subir sin que nos vean.

—Seguro que la puerta te avisa cuando llega alguien —dice.

—No funciona —le respondo—. Siempre se estropea. Cada vez que la reparamos, vuelve a fallar.

Avanzamos a escondidas por la grava y nos escabullimos tras un árbol frente a los ventanales del salón, del suelo al techo. Están sentados en el sofá, ella con la cabeza en su hombro. Parece una jodida nochecita acogedora en casa. Completamente natural.

Y, de repente, me pregunto si siempre fue ella. Si yo no fui más que la sustituta de otra mujer. La rebeldía, la emoción, la chica que él creía poder arreglar. Quizá yo nunca fui el cuento de hadas, solo el desvío hacia otro destino.

La revelación me da de lleno entre ceja y ceja. Han estado teniendo una aventura. Joel también está metido en esta trampa.

Desde nuestra posición, solo veo la parte de atrás de sus cabezas. Pero mi mente rellena los detalles. Las náuseas amenazan con apoderarse de mí. Inseguridades de hace años irrumpen en la superficie.

Todo esto era demasiado bueno para ser verdad; lo supe desde el principio. Solo era cuestión de tiempo que mi vida se fuera a la mierda. Había supuesto que sería por lo que yo hiciera, no por una zorra con una vendetta.

Me vuelvo hacia Sophie. Ella alza las cejas. —¿Qué quieres hacer? —articula con los labios.

Quiero decir matar a los dos , pero me he pasado años aprendiendo a controlar mi genio y a buscar la verdad. —Vuelve al coche. Yo voy a averiguar qué está pasando.

—Voy contigo —farfulla.

—No, Soph. Vuelve al coche. No tardo nada.

Duda, claramente sin querer dejarme ir sola.

—Estará bien —digo, con un tono de seguridad que es una mentira—. Pero si estoy a punto de encontrar a mi marido en brazos de otra, no necesito la vergüenza de que haya nadie más ahí.

Dándome la vuelta, me encamino hacia mi casa en busca de la verdad.