23. Casa de Joel y Nicky, Glasgow
Casa de Joel y Nicky, Glasgow
Nicky
La noche del ataque dejé de sentirme segura en mi propia casa.
Sonó el portero del portal y pulsé Enter sin mirar la pantalla. Nadie salvo Boyd nos visita nunca, así que supuse que era él.
Cuando dos coches oscuros se detuvieron en la entrada, me invadió el pánico.
Mi móvil estaba arriba, en nuestro dormitorio, cargándose.
Me quedé de pie en la ventana del salón y vi cómo cuatro hombres enormes, vestidos de negro, salían de los coches.
Uno se colocó junto a la puerta trasera y la mantuvo abierta.
Reconocí a Reginald Worth del funeral de mi difunto suegro. Es un hombre inconfundible. De esos que rezuman control.
Se acercaron a mi puerta. La abrí sin quitar la cadena, pero irrumpieron en la casa, reventando los endebles eslabones metálicos.
—¿Qué queréis? —chillé—. Joel no está.
Sabía que las dos familias no se llevaban bien, pero mi marido debió de restarle importancia a la tensión. Reginald me recorrió con la mirada, deteniéndose un instante de más en mis pechos. Me quedé muda, esperando a que hablara. La inquietud me hervía en el estómago.
—¿Cuánto sabes del negocio de tu marido? —preguntó, pillándome desprevenida.
—Eso no es asunto tuyo —solté.
—¿Y de los problemas que tienen conmigo?
Me quedé callada, sin tener ni idea de qué decir, más allá de que mi marido había dejado plantada a su hija en el altar.
—Ah —murmuró—. La esposa despistada. Sospechaba que te tenían apartada de la política familiar.
Te mantiene ocupada jugando con telas mientras él se encarga del trabajo de verdad.
Sabes que la familia de tu marido se mueve en círculos oscuros, ¿no?
La mayoría de sus tratos se cierran a puerta cerrada con la ayuda de un sobre marrón o una pistola.
Se me cruzaron los cables. —No digas estupideces. Parker Industries tiene propiedades e inversiones.
Se rió, negando con la cabeza; la expresión de su cara era pura lástima.
—¿Ocasión especial? —dijo, cambiando de tema, y señaló la mesa puesta para dos. Me encogí de hombros. —Vaya esfuerzo para una cena entre semana —continuó—. Bien, no creo que tu marido vaya a volver en un buen rato. Le han visto dirigirse a Secrets hace unos minutos.
Fruncí el ceño. —¿Secrets?
Se echó a reír. —El club privado de tu marido. Donde los caballeros pueden disfrutar de entretenimiento femenino —dijo, alzando las cejas.
—Mentiroso de mierda. Joel no va a clubes de striptease.
—No —dijo, con los labios curvándose en una sonrisa ladina—. Es el dueño.
Quise llamarle la atención, reírme en su cara. Pero algo en sus ojos —oscuros, calculados— me dijo que no estaba faroleando. Y, así, sin más, mi marido dejó de ser el hombre que yo creía. La verdad me abrió en canal, limpia y cruel. Casi pude oír cómo se me rompía el corazón .
Uno de sus matones se acercó a mi mesa meticulosamente puesta. Cogió una copa, la alzó a la luz y la hizo girar entre los dedos.
—Deja eso —ordené.
Se encogió de hombros y la soltó. Estalló, y las esquirlas se desparramaron por el suelo.
—¡Capullo! —corrí hacia él y le golpeé el pecho con las manos.
Me agarró de las muñecas para mantenerme a distancia, riéndose a carcajadas. Me debatí como una loca por soltarme. Entonces se fijó en la caja envuelta en el cubierto de Joel.
—Oh, regalos —dijo, pasándome las muñecas a una mano y cogiendo la caja del plato con la otra—. Ojalá tuviera yo una tía tan caliente como tú que me cocinara y me hiciera regalos.
Lanzó la caja a otro matón, que arrancó el papel. Bajó la vista, desganado, al test de embarazo positivo en su mano.
Nadie debía ver eso salvo Joel. Y desde luego no los hombres que amenazan con destruirlo.
—Eso sí que son buenas noticias —murmuró Reginald, observando. Había contemplado el intercambio, riéndose por lo bajo de mis patéticos intentos de defenderme.
—Joel Parker va a ser papá. Bueno… ya veremos —su voz se volvió oscura y a mí se me vino el alma a los pies.
Mi marido era un hombre al que no conocía. Estaba fuera de mi alcance. Y ahora podría costarme no solo la vida, sino la de mi hijo.
—Atadla—ordenó, como si pidiera té.
Grité cuando me arrastraron hacia atrás. Me temblaban los brazos, pero no de miedo; de rabia.
Las velas seguían titilando, pero, una a una, se iban apagando.
***
Joel entra descalzo en el salón y mi mente regresa al presente.
Llevamos durmiendo en dormitorios separados desde que me dieron el alta del hospital hace un mes. Desde sus revelaciones el día que volví a casa, ninguno de los dos ha mencionado el negocio, ni lo que me ocultó. Existimos el uno alrededor del otro.
Me vigila como un halcón, como si le aterrara que me fuera. Después de lo que me contó, no podría ni aunque quisiera. Estoy horrorizada. Y no tengo ni idea de cómo salir de esto.
—Nicky —dice, en voz baja—. ¿Podemos hablar?
—Claro —murmuro, con la mirada fija en el suelo.
Lleva un chándal flojo y va sin camiseta. Pelo revuelto. Abdominales marcados. Está para comérselo.
Por mucho que quiera odiarle, no puedo. Sigue siendo el hombre del que me enamoré. El equipaje siempre estuvo ahí; yo simplemente nunca lo vi.
—Si quieres dejarme… —se le quiebra la voz—. Puedo arreglarlo.
Confundida, me quedo mirándole sin comprender.
—Las cosas son peligrosas en la ciudad. Cada noche, uno de los nuestros es atacado por los Worth. Aquí, en casa, estás segura. Pero ahí fuera… No puedo mantenerte a salvo.
El corazón me late más fuerte con cada palabra.
—Entenderé que no me quieras a mí, ni esta vida. Puedo hacerte desaparecer. Empezar de cero. En algún lugar del norte o en el extranjero. Donde sea. Solo dilo. No puedo seguir viviendo en esta casa sin poder tocarte. Me está matando.
Se arrodilla entre mis piernas mientras yo estoy sentada en el sofá, con las manos firmes apretando mis muslos.
—Nicky, por favor. Sé que no soy el hombre con el que creías casarte, pero créeme cuando te digo que te quiero —apoya la cabeza en mi regazo y me ciñe la cintura con los brazos—. Acéptame con todas mis miserias. O vete. No me tortures más con tu silencio. Te lo ruego. No lo aguanto.
—Me has hecho daño —susurro—. Tus enemigos mataron a nuestro hijo. Estoy en una guerra a la que nunca accedí. Una guerra que ni siquiera sabía que se estaba librando.
Me mira con lágrimas en los ojos.
Se me resquebraja el corazón. La idea de estar sin él es insoportable. Mi vida antes de él fue trágica, sin amor ni esperanza.
Resignándome a lo que ya sé en lo más hondo, digo: —No me vuelvas a mentir. Necesito saberlo todo: qué está pasando, en qué estoy metida, dónde está el peligro. Quiero la verdad. Siempre.
—¿No te vas? —dice, incrédulo.
Niego con la cabeza. —No. No me voy. Pero no me vuelvas a mentir —le advierto—. Me llevará tiempo volver a confiar en ti.
Se incorpora, cogiéndome la cara entre las manos.
—Aquella noche… —se me quiebra la voz—. Iba a contarte lo del bebé.
—Lo sé —dice, con la boca tensándose en una línea dura—. Nunca me perdonarás por traer este mal a nuestra puerta. Pero, por favor, déjame intentarlo. Déjame devolverte la felicidad.
—Contigo, feliz o con el corazón roto, es donde debo estar.
Nuestros labios se encuentran. Sus lágrimas se mezclan con las mías. Y en ese instante empezamos a encontrarnos de nuevo.
—Quiero ser madre. Aquella noche tenía que ser la mejor de nuestras vidas.
De pie, me coge de las manos. Me levanto sin dudar. Me alza en brazos y yo le rodeo la cintura con las piernas. Su cuerpo está cálido y firme.
—Vámonos a la cama —susurra—. Necesito estar dentro de ti esta noche. Nos hace falta. No traerá de vuelta lo que perdimos —sus labios suaves rozan mi frente—. Pero quizá, juntos, podamos crear algo nuevo.
Las lágrimas me escuecen en los ojos mientras le doy un beso en el cuello. —Llévame a la cama. Hazme madre.
Me lleva en brazos, subiendo las escaleras despacio, adueñándose de mi boca en cada peldaño. Se me endurecen los pezones contra su pecho, y mi cuerpo anhela sus caricias.
En nuestra habitación, me deposita en la cama y se retira al baño. Me escurro fuera del pijama de seda que llevo y me deslizo bajo las sábanas, con el corazón desbocado.
Cuando vuelve, está desnudo, con los ojos oscuros llenos de deseo.
Se sienta al borde de la cama y me acaricia el pelo con suavidad. Luego, despacio, aparta las sábanas, exponiendo mis pechos al aire fresco. Sus labios descienden hasta mis pezones. Los provoca con la lengua, pasando de uno al otro. Mis manos se enredan en su pelo, acercándole más.
—Joel —murmuro, suave—, ven a la cama.
Levanta las sábanas y se desliza debajo para unirse a mí. Apoyado en un codo, me mira desde arriba.
—Qué preciosa —musita—. Desde el primer momento en que nos vimos, lo supe. No vi a nadie más que a ti.
Me besa la mejilla, luego la mandíbula. —Siento todo en lo que te he metido. Pero no me arrepiento de haberte elegido. No podría vivir sin ti.
Su mano baja, rodea mi clítoris con dedos expertos y luego desliza uno dentro. Gimo quedo, alzando las caderas para encontrar su caricia.
—Eres perfecta —susurra, metiendo un segundo dedo mientras yo ahogo un gemido.
—Joel… —respiro, y él gime en respuesta.
—Esta noche voy a reclamar cada parte de ti. Nos llevaremos el uno al otro a través de esta guerra, de todo. Y si tenemos suerte… —se coloca entre mis piernas—. Crearemos una vida esta noche.
Me engancha las piernas sobre los hombros y entra en mí despacio, con cuidado. Jadeo al notar cómo me abre, y él se queda quieto, dándole tiempo a mi cuerpo para adaptarse. Cuando me relajo, empieza a moverse: profundo, constante, poderoso.
—Mírame —susurra, atrapando mi mirada—. No apartes los ojos. Necesito verte. Le sostengo la mirada, y él sonríe, dulce y seguro. Se inclina y me besa la nariz. —Te quiero, Nicky.
Y entonces vuelve a moverse. Anclados en el amor, en el duelo, en la promesa callada de algo más.
Más tarde, exhaustos y saciados, nos quedamos enredados en la oscuridad. Joel me despertó una y otra vez durante la noche. Cada vez más tierno que la anterior, como si intentara reescribir el dolor con placer.
Entre besos al oído y gemidos suaves, hablamos. De su familia. Del negocio. Del peligro. De los secretos que ocultó. Sé que no me lo ha contado todo, pero es suficiente.
Hay un cambio en él. Un giro.
Mi marido se ha endurecido. Ya no hay negación. Ha asumido por completo su papel.
Ahora es la cabeza de una familia peligrosa. Y yo estoy en su cama… con los ojos bien abiertos.