16. Knox Castle, Highlands escocesas
Knox Castle, Highlands escocesas
Nicky
Mientras su cuerpo se pega al mío, no puedo evitar preguntarme cuándo voy a despertarme de este sueño. ¿Alguien como yo puede pertenecer de verdad a un castillo con un hombre como Joel? ¿Es esto una ventana a mi futuro o solo estamos fingiendo?
Sus labios me recorren la piel, su aliento caliente contra mi cuello. Siento el peso de su mirada antes incluso de abrir los ojos y, cuando lo hago, me encuentro con el verde familiar de los suyos: intenso, concentrado, lleno de cariño.
Su boca baja a mi pecho, y sus manos, suaves pero insistentes, me inducen a un estado de sensibilidad extrema.
Siento cada desplazamiento de su cuerpo, cómo se cierne sobre mí, cómo se toma su tiempo, jugueteando y adorando.
Enredo los dedos en sus rizos indomables, tiro de ellos con suavidad y una sonrisa me tira de la comisura de los labios.
—Joel —susurro, con la voz ronca de deseo. Al encontrar mi mirada, su sonrisa disimula unos ojos que encierran algo más profundo que nuestra conexión física. No solo me toma; me atesora. Parece un sueño.
—No he sentido por nadie lo que siento por ti. Me haces sentir completa. —Unos labios cálidos presionan mi clavícula—. Eres mi futuro, Nicky. Lo sé.
Apenas puedo creer que esta sea mi vida ahora.
El castillo, el lujo, la atención constante del hombre al que amo.
Todo me parece irreal. He pasado tanto tiempo escondiéndome del mundo, de mi pasado, y sin embargo aquí, con él, me siento a salvo, deseada, digna.
Pero… aún me pregunto. ¿Pertenezco a este lugar?
El contraste entre esta vida y la que dejé atrás se me hace más punzante cada vez que le miro. La riqueza, la perfección. Parece demasiado bueno para ser verdad. Y aquí estoy, viviéndolo.
Cierro los párpados y dejo que las sensaciones me inunden. No se trata solo de placer. Se trata de que me demuestra que me ve, que de verdad me ve, y que no va a irse a ninguna parte.
Es nuestra segunda y última noche en Knox Castle.
La cama con dosel, las cortinas de brocado, los ventanales enormes: todo supera con creces mis sueños más disparatados.
Hemos pasado los días en nuestro mundo privado y cada momento parece sacado de un cuento.
Pero no puedo olvidar de dónde vengo. No puedo quitarme de encima la sensación de que esta vida es algo que no merezco.
No estoy segura de estar preparada para todo esto.
—¿Tienes hambre, cariño? La voz de Joel corta mis pensamientos. Me muerdo el labio. —Hablaba de comida, guarrilla, pero luego me daré mi buena ración de ti. —Sus palabras son una promesa, y siento el calor que encierran, incluso cuando se separa y me lanza esa sonrisa canalla.
El hombre no tiene límites. Me ha estado comiendo durante horas y, aun así, no se da por satisfecho. Una chica podría acostumbrarse a esto. Y es todo mío.
Paso las manos por su espalda fuerte, notando los músculos bajo las yemas. Este es mi lugar feliz. Su piel bajo la mía, el ritmo seguro y constante de su respiración. Una vida que siento que no debería estar viviendo.
—Eh —dice Joel, cuando mi mente divaga—.
Deberíamos levantarnos un rato. Quizá ir a ver el castillo en el que nos alojamos.
¿O no te has dado cuenta? —Suelto una risita—.
Mi madre pagó una pequeña fortuna por el sitio.
No quiero limitarme a poder describirle las sábanas.
—Pone los ojos en blanco, pero en su mirada hay cariño—.
Créeme, querrá un informe. Tenemos que tener algo que contarle.
Suspiro, derrotada. —Vale, vamos.
Nuestra ropa sigue en las maletas junto a la puerta.
No hemos deshecho nada. Arrastrando mi maleta con ruedas hasta la cama, la subo al edredón.
Trasteando entre mis opciones, me decido por un jersey de lana azul suave, unos vaqueros cortados y unas bailarinas negras sencillas.
Me retuerzo el pelo en un moño y salimos a explorar el castillo.
Joel me rodea la cintura con el brazo mientras recorremos los pasillos. Estandartes y retratos cuelgan de las paredes. En cada corredor lucen armaduras, rodeadas de objetos de antiguos residentes. Casi espero que de un arco oculto salga un niño con varita.
El silencio nos envuelve. No hablamos, solo absorbemos lo que nos rodea mientras paseamos por el pasado.
Pasamos ante una puerta entornada. Tiro de la mano de Joel y lo conduzco a la estancia misteriosa, soltando un jadeo de sorpresa.
Las paredes están forradas de libros, miles de ellos.
Una escalera con ruedas de aspecto endeble descansa en la esquina.
—¿Te gusta leer? —pregunta, y asiento con entusiasmo—. ¿Qué tipo de libros?
—Nada que te vaya a gustar a ti. —Suelto una risita—.
Ficción, sobre todo, romántica, e historias de un tiempo ya pasado.
Los clásicos son mis favoritos. En prisión…
—hago una pausa para ordenar mis pensamientos—.
En prisión, leer me daba una vía de escape.
Había una biblioteca. La mayoría de los libros eran viejos y estaban destrozados.
Pero cuando no estaba estudiando o trabajando en la lavandería, allí estaba yo.
La biblioteca de aquí no se parece en nada a la que conocí en prisión, pero lo que ofrecen es lo mismo.
Escape, esperanza y aventura, todo contenido en simple tinta sobre papel.
Quizá no sea tan diferente de la gente que recorrió estos pasillos antes que yo, si todos podemos apreciar el mismo refugio.
—¿Así que eres una romántica? —sonríe con picardía—. Tienes que serlo para casarte con un hombre al que solo conocías desde hace unos meses.
—Supongo que sí.
Sin poder esperar más, me pican los dedos por explorar.
Estos libros llevan mucho olvidados, muchos encuadernados en piel, esperando a ser leídos.
Mi marido me observa, con la mirada atenta.
Él no tiene por qué saber que amo la literatura.
Sabemos tan poco el uno del otro. La constatación es inquietante. Hemos ido jodidamente rápido.
—¿No es maravilloso? —exclamo.
—Sí, Nicky. Sí, tú lo eres.
El primer libro que cojo es una novela romántica ajada. Al abrirlo, encuentro los márgenes llenas de anotaciones. Aunque la tinta está desvaída, apenas alcanzo a distinguir una frase.
Ella le amaba, aunque él estaba fuera de su alcance.
Me quedo inmóvil, el corazón en suspenso. Por favor, que esta no sea también mi historia.
Unos golpes en la puerta interrumpen mi desasosiego.
Hamish entra en la sala. Me hace un gesto con la cabeza antes de mirar directamente a Joel.
—Disculpe la interrupción, señor. ¿Desea cenar esta noche en su habitación o en el comedor?
—Los ojos de Joel buscan los míos antes de responder, y yo me encojo de hombros.
—En el comedor esta noche, por favor, Hamish. A las ocho, si te viene bien.
—Muy bien, señor.
***
En el centro de la larga mesa de madera arden candelabros de plata.
Las llamas amarillas bañan de brillo la superficie y relucen en la cubertería.
Ante nosotros reposan bandejas rebosantes de carne asada, verduras y pan, demasiado para solo dos personas.
Huele de maravilla, y el estómago me ruge de placer.
Joel coge el tenedor de plata y corta la comida decadente como si fuera una comida cualquiera. Para él, supongo, lo es. Se ha criado rodeado de riqueza, en claro contraste conmigo. Este es su punto de partida. Para mí, es un recordatorio de lo lejos que están nuestros pasados.
—Come —dice en voz baja, levantando la vista.
Dudo, mirando la variedad de cubiertos sin tener ni idea de por dónde empezar.
—Empieza por fuera —añade, con tono cálido—.
Estás bien aquí, conmigo. Este es tu sitio.
Y es como si pudiera ver todos mis miedos asomar dentro de mí en este momento perfecto a la luz de las velas.
Después de encontrar la biblioteca, Joel me ha llevado de vuelta a nuestra habitación, informándome de que teníamos que prepararnos para cenar.
Había que arreglarse para la ocasión, por lo visto.
Puse los ojos en blanco y le maldije en silencio, pero hice lo que me dijo.
Por suerte, me convenía, porque durante la hora siguiente me ha adorado el cuerpo; mi velada ha empezado de la forma más maravillosa.
Mientras me tumbaba en la enorme bañera exenta, me ha lavado con cuidado; cada parte de mí, limpia con una esponja y con amor.
Deslizando la superficie enjabonada por mi piel, me ha colocado sentada entre sus piernas, con sus labios en mi cuello y su polla dura acurrucada entre mis nalgas.
Me he restregado contra él, tratando de incitarle, pero me ha mordisqueado el cuello, advirtiéndome que tuviera paciencia.
Me toca como si yo fuera nueva, no la chica rota, llena de traumas y de rabia, de la que se enamoró, la endurecida por la traición y los años entre rejas. Le dejo trazar mi piel, rezando para que no encuentre las grietas.
Después del baño, me ha hecho el amor despacio, con sensualidad y de forma exquisita.
Empezando por el interior del tobillo, ha ido sembrando besos por mi cuerpo, esquivando mis zonas íntimas, y sus dedos danzantes han acariciado mi piel.
La excitación me corría por las venas a medida que se me calentaba la sangre. Cerrando los ojos, he gemido de placer.
—Joel —suplico—. Te necesito dentro.
—Paciencia —me susurra.
—Vamos a llegar tarde a cenar —digo, queriendo que se dé prisa.
Se ríe. —El personal está aquí para bailar a nuestro son, cariño.
No al revés. Te follaré cuando yo diga que puedes.
La exquisita tortura continúa hasta que el temblor entre mis piernas se vuelve insoportable.
Me desliza un dedo dentro y luego se lo lleva a los labios para saborearme—.
Tan mojada, tan sensible y tan jodidamente buena.
—Sus pupilas se dilatan de emoción, la polla dura.
Acerca los labios a mi oído y susurra—. Ahora estás lista para mí.
Sonrío para mí, al recordar la última hora haciendo el amor con mi marido, y él me lanza una mirada de entendimiento. Mientras me llevo a la boca otro trozo de aquel manjar delicioso, mastico despacio, y él se pasa la lengua por el labio inferior.
Cuando estamos en la misma habitación, sus ojos no abandonan mi cuerpo. Siempre soy muy consciente de él. Los sentimientos que pasan entre nosotros son intensos y sinceros.
—¿Qué pasa por esa cabecita tuya? —pregunta—. Daría lo que fuera por pasar una hora ahí dentro para entenderte mejor. Para darte todo lo que quieres.
Se me hincha el corazón con sus palabras. Este hombre me ha salvado. Sin él, temo que mi vida se habría descontrolado. Con la red de apoyo tan limitada que tengo, todo mi esfuerzo se habría ido al traste. Sophie no podría ayudar por sí sola a mi reinserción en la sociedad .
Me levanto y voy hacia él, acomodándome en su regazo. Con los brazos alrededor de su cuello, mis labios buscan los suyos con urgencia, intentando mostrarle cuánto significa para mí.
Una lágrima me resbala por la mejilla. Me ha ofrecido una vida con la que nunca habría podido soñar, y casi empiezo a creer que la merezco.
—Joel Parker, eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Y te quiero con todo mi corazón. —Sonríe como si le acabara de entregar la paz mundial. Yo le devuelvo la sonrisa y mis miedos por nuestro desajuste se repliegan a las esquinas de mi mente. Por favor, que esto sea real.
—Puede que hayamos ido deprisa, pero el sentimiento es mutuo. La vida sin ti simplemente no merecería la pena —susurra. Y vuelvo a rezar.