4. La casa de los Smith, Glasgow. #2
—Qué pena. El cabrón se merecía palmarla.
Nos quedamos mirándonos unos minutos y entonces oigo las sirenas a lo lejos. Las luces azules corren hacia nosotras, rodeando el lugar. Agentes de policía vienen hacia nosotras lanzando preguntas a cada paso. Me encojo de hombros y saco los brazos por delante.
—Igual quiere ponerme las esposas —le digo al agente. Me dedica una mirada de estupor antes de alejarme de los restos hacia un futuro que nunca pensé vivir.
***
La realidad muerde.
Fuerte .
Tengo las manos colgando a la altura de las caderas mientras espero a que el agente me registre en comisaría. Las esposas pesan en las muñecas; eso no lo notas cuando ves series de polis en la tele.
Tras un registro corporal minucioso y despojarme de todas mis pertenencias, me llevan a un calabozo al final de un pasillo interminable flanqueado por pesadas puertas de acero.
De algunas salen quejidos lastimeros; de otras, gritos.
La agente White me sujeta del codo mientras avanzamos hasta que, de pronto, me pega un tirón y me detiene en seco ante la celda número nueve.
—Bienvenida a su nueva casa —escupe—. No se ponga cómoda. Alguien querrá hablar con usted enseguida.
Abro mucho los ojos por su tono, y me dedica una sonrisa cruel.
—Se ha perdido el desayuno, Smith, así que si le entra hambre antes de la comida, cómase un calcetín.
Abre de golpe la puerta de acero, me empuja dentro y me quita las esposas con brusquedad. Las muñecas, marcadas con ronchas rojo oscuro, me escuecen y me las froto para aliviar el ardor. Sus ojos me observan con atención.
—Váyase acostumbrando. Va a llevar cadenas durante años —grita por encima del hombro mientras cierra la puerta a rastras .
¿Cómo puede alguien tan pequeño ser tan despiadado?
A la vista está que a la agente le gusta atormentar a sus presos.
Al pasar por el pasillo de celdas, ha estado gritando obscenidades a quienes están encerrados.
Su aspecto sugiere que necesitaría protección, pero la malevolencia le ennegrece la mirada.
La habitación es minúscula y las paredes, mugrientas.
Hay una única ventana con barrotes verticales colocada demasiado alta para ver nada, y un colchón de PVC azul con una manta ridícula y manchada sobre unos pilares de hierro a modo de cama.
El suelo de cemento, sucio, tiene el mismo atractivo.
En la esquina, hay una taza de váter de metal y un lavabo para mis necesidades.
La estancia refleja a la perfección mi estado de ánimo: desesperada y sola.
No consigo estarme quieta; voy y vengo dejando un rastro en el polvo del suelo.
Mi mente da vueltas, intentando justificar lo que ha pasado.
La sangre en mi ropa y el coche destrozado necesitan explicarse de algún modo.
Aunque, en el fondo sé que ninguna justificación podría borrar lo que acabo de hacer. Ni yo misma lo comprendo.
Parece que pasan horas hasta que alguien aparece para sacarme de mi cuchitril. Se descorre el cerrojo pesado y la boca retorcida de la agente White asoma por la puerta para encararme .
—Smith —ladra—. Venga conmigo.
—¿Adónde vamos? —pregunto mientras vuelve a colocarme las esposas brutales.
—El inspector jefe quiere hablar con usted. Ahora.
—¿Estoy detenida?
Se gira hacia mí, con la repulsión extendida por la cara. —Creo que eso se da por hecho. La cuestión es la gravedad de los cargos.
Las salas de entrevistas están pensadas para que los detenidos se relajen. Son luminosas, con café a discreción. La agente White me cede a un caballero de aspecto amable llamado agente Stevens. Me acomoda y me quita las esposas, se asegura de que esté confortable y luego enciende la grabadora.
—No tiene obligación de declarar —dice—. Pero si no menciona ahora, cuando se le pregunte, algo de lo que luego se valga en el juicio, podría perjudicar a su defensa. Cualquier cosa que diga podrá ser utilizada como prueba.
Uno de los lados de la sala es un espejo ancho.
Por lo que he visto en la tele, sé que al otro lado están observando cada uno de mis movimientos.
Quizá hayan llamado a un especialista en lenguaje corporal para evaluar mi culpabilidad por el delito cometido.
Por primera vez desde que salí de la celda, me vienen a la cabeza mi padre y su querida.
Me pregunto cómo están. Probablemente estén en un hotel pijo, follando como conejos, riéndose de mi desgracia .
Sus indiscreciones, por no hablar de su larga aventura, destrozarán a mi madre otra vez.
Se me eriza la piel mientras la sangre me hierve de rabia.
Sentada en el silencio de la sala de entrevistas, tengo tiempo de torturarme con pensamientos sobre mi madre.
Se quedará completamente perdida sin el cabrón infiel. Ha pasado la vida cuidándole.
Entra en la sala el inspector jefe —eso es lo que supongo que es.
Es un hombre grande, de pelo oscuro y barba bien recortada.
Unos ojos perspicaces se encuentran con los míos mientras toma asiento frente a mí.
Al mirar hacia el espejo, noto que su envergadura gigantesca empequeñece mi figura menuda.
Ya no parezco tener diecinueve años; apenas pasaría por trece.
—Nicola Smith —dice, y asiento—. ¿Sabe por qué está aquí?
—Sin comentarios. —Lo he visto en las pelis y me parece lo más sensato.
—¿Puede contarme qué ha sucedido esta noche en la casa de su familia?
—Sin comentarios. —Entorna los ojos.
—Nicola. Podemos hacerlo por las buenas o por las malas. Si me dice lo que ha pasado, podremos buscar la mejor solución posible para todos los implicados.
Le corto antes de que continúe con su discurso. —¿Dónde está mi abogado? Legalmente, ¿no se supone que debo tener uno?
—¿Necesita usted un abogado, señora Smith?
—La acusación pesa en su voz. El agente Stevens vuelve a entrar, seguido de un caballero vestido con un traje azul elegante, aunque la camisa blanca ha visto días mejores.
Las ojeras marcadas me dicen que ha tenido una noche dura, o quizá ni siquiera se ha acostado.
—¿Puede dejarnos un momento para que mi clienta y yo nos conozcamos, por favor, inspector jefe? —dice el caballero.
—Sé breve, Graham. Cuando vuelva, está acusada por asesinato.
El estómago se me cae a los pies y me encojo de miedo.
—¿Asesinato? —chillo—. ¡Yo no he matado a nadie!
El inspector jefe ignora mis palabras y sale de la sala con ambos agentes pisándole los talones.
El caballero llamado Graham se presenta como mi abogado de oficio.
Me explica que mi padre ha muerto de camino al hospital por las heridas: un traumatismo craneoencefálico le ha provocado una hemorragia masiva en el cerebro.
Su novia está en la UCI; probablemente sobreviva, pero quedará con secuelas permanentes, con la pierna izquierda destrozada.
Los bomberos han tenido que cortar la carrocería para sacarla.
Le miro fijamente, incapaz de hablar.
—Tenemos diez minutos como mucho, señorita Smith. Cuénteme qué ha pasado. —Tiene el gesto abierto y parece de esos que sí escuchan.
Vuelve mi mente racional. Le cuento todo. Cómo pillé a mi padre y a su otra en la cama. Cómo les ataqué con mi stick de hockey de la infancia. Y la persecución en coche que se fue de las manos.
—Se me cruzaron los cables —le explico—. No sé qué me pasó. Les vi juntos y perdí el control. Nunca quise matar a nadie.
El pánico me engulle. Con diecinueve años, he tirado mi vida por la borda por vengarme.
Me tiembla el cuerpo y me tapo la cara con las manos mientras lágrimas sucias me ruedan por las mejillas.
El desastre en que se convertirá mi vida se despliega ante mis ojos, terminando conmigo muriéndome sola en una celda dentro de cincuenta años.
Al principio, no había querido matarles. Solo quería que se sintieran cazados. Que se pudrieran en el miedo a la venganza. Pero cuando alcanzamos las setenta en la autovía, supe que había ido demasiado lejos. Y me dio igual.
—Nicola, ¿puedo llamarla Nicola? —pregunta Graham, mi abogado, y asiento.
—Nicola, tenemos opciones, pero necesitamos tiempo para preparar la entrevista. Debería declararse culpable de homicidio con responsabilidad disminuida. Por lo que ha descrito, estoy seguro de que podríamos acreditarlo.
—¿Qué significa eso? —Las palabras me salen ahogadas, vacías.
—Confiesa que le mató, pero fue sin intención. —Toma aire, luego me mira directamente a los ojos, sereno y firme—. Sufría una anomalía en el funcionamiento mental que mermó de forma sustancial su capacidad para comprender su conducta.
Le miro sin comprender. Sus palabras me dan vueltas en la cabeza mientras proceso lo que está diciendo.
—¿Quiere que les diga que se me ha ido la olla? —Asiente y tamborilea los dedos en la mesa, esperando mi respuesta—. Bueno, supongo que sí.
—De acuerdo. Voy a ganar algo de tiempo —dice—, pero van a querer tomarle declaración hoy mismo. Vuelva a su celda e intente relajarse. Nos vemos luego.
Graham llama a la puerta y desaparece al otro lado. Cinco minutos después, reaparece la agente White y me escolta de vuelta al húmedo calabozo.
Fuera lo que fuera lo que les haya dicho Graham, surtió el efecto deseado.
Nos dió algo de tiempo.