13. El hombre sin nombre #2
Lucián regresó a la abertura. Él no sentía nada.
—Entonces ¿por qué no…?
—Porque no se está escapando —murmuró Eiden—. Lo mantiene dentro.
Kael fue el primero en reaccionar. Bajó la cabeza y descendió sobre una rodilla. Orven permaneció inmóvil un instante, con la mandíbula tensa, antes de arrodillarse también.
La figura los contempló en silencio e hizo un gesto mínimo. Ambos se incorporaron.
—Habéis llegado antes de lo acordado —dijo.
—He llegado cuando era necesario.
La voz del desconocido era tranquila.
Eso fue lo que más inquietó a Lucián.
No había amenaza en ella.
No necesitaba haberla.
El rey apretó los puños.
—Decís que no queréis mi reino.
—No.
—Pero queréis mis ejércitos.
—Cuando sean necesarios.
—Y mis Despertados.
—También.
Kael continuaba en silencio.
El desconocido avanzó hasta la mesa.
Sus movimientos eran lentos, casi torpes por aquella postura encorvada, pero nadie en la habitación pareció interpretarlos como debilidad.
—Me pedís que permita que un extranjero dé órdenes a las fuerzas de la Corona —dijo Orven.
—Os pido que aceptéis la única posibilidad que tenéis de conservar una Corona a la que dar órdenes después.
El rey sostuvo los ojos sobre él.
—Seguís sin demostrarme qué se acerca.
—Ya habéis visto suficiente.
—He visto lo que vos habéis querido enseñarme.
—Y aun así no habéis dormido bien desde entonces.
Orven no respondió.
El desconocido apoyó una de aquellas manos sobre la mesa.
—No sois el primero al que hago esta propuesta.
El rey entrecerró los ojos.
—¿Quién más?
—Los reinos vecinos.
Kael levantó ligeramente la cabeza.
Orven dio un paso hacia la mesa.
—¿Qué reinos?
—Los que necesitaban comprenderlo.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que necesitáis.
El silencio se prolongó.
Entonces el desconocido añadió:
—Ya han aceptado.
Lucián sintió que Naila apretaba con más fuerza su brazo.
El rey no dijo nada.
Kael tampoco.
—Todos —continuó la figura—. Uno detrás de otro. Algunos tardaron más que otros. Algunos hicieron las mismas preguntas que vos. Ninguno encontró una alternativa mejor.
Orven buscó a Kael con la mirada.
—¿Lo sabías?
—No, majestad.
Por primera vez desde que había entrado en la sala, la seguridad del numentor pareció resquebrajarse.
El desconocido retiró la mano de la mesa.
—No he venido a convenceros durante otra noche.
Orven no apartó los ojos.
—¿Y si digo que no?
La figura quedó inmóvil.
Lucián esperó una amenaza, pero no llegó.
—Entonces cuando llegue el momento, vuestro reino se enfrentará solo a lo que viene.
El desconocido dejó pasar un breve silencio.
—Y caerá solo.
La respuesta fue tan sencilla que resultó peor.
Orven caminó hasta el ventanal.
No abrió las cortinas.
Permaneció de espaldas a los otros dos.
—Toda mi vida me han enseñado que un rey que entrega el mando de sus hombres deja de ser rey.
—Toda vuestra vida os han preparado para gobernar el mundo que conocéis.
La figura ladeó ligeramente la cabeza.
—Yo os estoy hablando del que viene después.
Lucián sintió un nudo en el estómago.
Lucián no sabía de qué hablaban, qué había visto el rey ni qué era aquello que supuestamente se acercaba.
Pero Kael sí sabía algo.
Y estaba allí.
Escuchando.
Aceptando.
El rey tardó mucho en darse la vuelta.
Cuando lo hizo, parecía más viejo.
—Si acepto, el mando será temporal.
—Mientras exista la amenaza.
—Mis hombres seguirán respondiendo ante la Corona salvo cuando vuestra intervención sea necesaria.
—Mientras no interfiera con lo que deba hacerse.
Orven apretó la mandíbula.
—Y cuando termine…
—Cuando termine, si todavía importa quién daba las órdenes, podréis discutir conmigo todo cuanto queráis.
Naila acercó la boca al oído de Lucián.
—Tenemos que irnos.
Lucián asintió.
Pero ninguno se movió.
El rey volvió los ojos hacia Kael.
El numentor sostuvo la mirada.
Y después inclinó la cabeza.
Un gesto mínimo.
Fue suficiente.
Orven cerró los ojos.
—Acepto.
Eiden dejó escapar aire.
Apenas un suspiro.
Pero en aquel túnel sonó demasiado fuerte.
Lucián se volvió inmediatamente.
Eiden se tapó la boca.
Al otro lado de la pared, nadie reaccionó.
La figura encapuchada observó al rey un momento.
—Bien.
Eso fue todo. No agradeció, celebró ni sonrió; simplemente se apartó de la mesa.
Orven levantó una mano.
—Esperad.
El desconocido se detuvo.
—¿Cuándo?
La figura giró solo la cabeza.
Dos ojos amarillos aparecieron de nuevo bajo la capucha.
—Pronto.
Y salió.
Kael permaneció allí un momento más.
El rey no volvió a mirarlo.
—Déjame solo.
—Majestad.
Kael inclinó la cabeza y abandonó la estancia.
La puerta se cerró.
Orven permaneció junto a la mesa.
Solo.
Lucián se apartó de la abertura.
Durante un momento ninguno de los tres habló.
Naila fue la primera.
—No me ha gustado nada.
Eiden seguía mirando la pared.
—Kael le ha obedecido.
—Sí —dijo Lucián.
—Kael no obedece así a nadie.
Su voz era baja e insegura.
Lucián recordó al numentor arrodillándose, al rey haciendo lo mismo y al desconocido observándolos a ambos.
—Pues parece que a él sí.
Eiden negó lentamente.
—No lo entiendo.
Naila se puso en pie como pudo.
—Podemos intentar entenderlo cuando no estemos debajo del castillo del rey, perseguidos por media ciudad y por tus amigos del Palacio.
—No son mis…
Eiden se detuvo.
Naila se quedó observándolo. Él bajó la vista.
—Da igual.
Lucián palpó de nuevo la pared en busca de la corriente. La mirilla no podía ser el único propósito de aquel pasadizo.
Palpó la pared sin encontrar nada y luego tanteó el suelo, piedra tras piedra.
Hasta que una cedió ligeramente bajo sus dedos.
—Aquí.
Presionó.
No ocurrió nada.
Lo intentó otra vez.
Un pequeño chasquido respondió dentro del muro.
Naila sonrió.
—Eso sí me gusta.
Una sección de piedra se desplazó apenas unos centímetros.
Lucián empujó.
El hueco se abrió hacia otro corredor.
Era más ancho y, sobre todo, tenía aire suficiente para respirar sin oler humedad y encierro.
—Vamos.
Ayudaron a Eiden a pasar.
El nuevo corredor ascendía.
Esta vez no tardaron tanto.
Al final encontraron una pequeña puerta de madera oculta tras varios sacos y cajas.
Lucián abrió apenas una rendija.
Una despensa vacía.
Salieron.
Naila cerró la puerta detrás de ellos y volvió a colocar dos de los sacos frente a ella.
—¿Ahora dónde estamos?
Lucián recorrió la estancia con la vista. Había estanterías, barriles, frutas secas, harina y utensilios de cocina.
—Dentro del castillo.
Naila suspiró.
—Fantástico.
Eiden se apoyó contra una mesa.
—Las cocinas deberían estar cerca.
Lucián se volvió hacia él.
—¿Has estado aquí?
—No.
—Entonces ¿cómo lo sabes?
Eiden señaló los sacos.
—La harina no se transporta lejos de las cocinas si puede evitarse.
Naila arqueó una ceja.
—A veces dices cosas útiles.
Eiden pareció tomárselo como un cumplido.
—Gracias.
Naila parpadeó.
Lucián tuvo que contener una sonrisa.
Abrió la puerta de la despensa.
No había nadie.
—Vamos.
Avanzaron por un corredor estrecho.
Esta vez podían escuchar el castillo vivo a su alrededor.
Pasos, puertas, voces, platos y una campana lejana.
Lucián levantó una mano cada vez que escuchaba a alguien acercarse. Se escondieron dos veces en pequeñas habitaciones de servicio y otra detrás de una cortina lo bastante gruesa como para ocultarlos.
Eiden apenas podía seguir.
En la tercera parada, sus piernas cedieron.
Naila lo sujetó.
—Ya está.
—Puedo…
—No.
Se agachó frente a él.
—Sube.
Eiden la miró.
—No hace falta.
—No era una pregunta.
—Pesas menos que una mochila —añadió Lucián.
Eiden frunció el ceño.
—Eso no es posible.
—Eiden.
—¿Qué?
—Sube.
El muchacho terminó obedeciendo.
Naila se lo colocó a la espalda.
—Como vuelvas a decir que esto es una infracción, te dejo en una cesta de patatas.
Eiden permaneció callado.
Pasó un momento.
—No iba a decir eso.
—Bien.
—Pero técnicamente…
—Eiden.
—Nada.
Continuaron.
Lucián encontró una escalera de servicio. Bajaron por ella y luego por otra.
El aire cambió antes de que vieran el exterior.
Más frío y más limpio.
Lucián olió tierra húmeda.
Se detuvo en una esquina.
Al fondo había una puerta.
Y más allá, noche.
Lucián ignoraba cuánto tiempo llevaban bajo tierra e incluso qué hora era.
Lo único cierto era que, tras horas bajo tierra, por fin veía cielo.
Dos guardias cruzaron el patio exterior.
Los tres esperaron.
Uno.
Dos.
Tres.
Los pasos se alejaron.
Lucián hizo una señal.
Corrieron.
O lo más parecido a correr que podían hacer con Eiden a la espalda de Naila.
Cruzaron el patio pegados primero a una pared y luego a otra.
Encontraron una pequeña puerta de servicio junto a una zona donde se acumulaban cajas vacías.
Cerrada.
Naila dejó a Eiden apoyado contra el muro.
Sacó una de sus herramientas.
Lucián observó la herramienta.
—¿Cuántas puertas has abierto hoy?
—Menos de las que me gustaría.
Trabajó sobre la cerradura.
Un clic.
Sonrió.
—Ahora una más.
Abrió.
Al otro lado había una calle estrecha y vacía.
Naila volvió a cargar con Eiden.
Lucián salió primero y comprobó ambos lados de la calle.
—Vamos.
Dejaron la puerta cerrada tras ellos.
El castillo se elevaba a sus espaldas, enorme e iluminado.
Durante toda su vida, Lucián lo había visto como una parte más de la ciudad. El lugar desde el que gobernaba el rey. Un símbolo tan permanente como las murallas o el Puerto Alto.
Ahora sabía que dentro acababa de ocurrir algo que no comprendía: algo que un rey temía, que asustaba a Varos Kael y que había llevado a ambos a aceptar las condiciones de aquel desconocido.
Lucián buscó a Naila. Ella también observaba el castillo.
Eiden no.
El muchacho mantenía la cabeza baja, agarrado a los hombros de Naila.
—Tenemos que seguir —dijo Lucián.
Naila asintió.
No sabían adónde irían después, quién era aquel hombre ni qué amenaza había anunciado.
Tampoco sabían si alguien había descubierto ya por dónde habían escapado.
Pero por primera vez desde que entraron en aquel pasadizo, tenían cielo sobre sus cabezas.
Era suficiente.
Los tres se alejaron del castillo.