Parias: El precio de elegir 14. Lo que queda atrás
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14. Lo que queda atrás

Lo que queda atrás

D urante un buen rato, ninguno habló. Se limitaron a caminar.

Naila conocía el camino y Lucián la siguió.

Eiden avanzaba entre ambos, a veces solo y a veces apoyándose en uno de ellos cuando sus piernas dejaban de responderle.

Insistía cada pocos minutos en que podía continuar por sí mismo, aunque sus piernas se encargaban de desmentirlo.

Nadie discutía, ni siquiera Naila. No quedaban fuerzas para eso.

La ciudad seguía viva a su alrededor, y aquello era quizá lo más extraño.

Había luces tras algunas ventanas. Voces al otro lado de las paredes. Una puerta se abrió en una calle cercana y un hombre salió cargando un cubo antes de desaparecer de nuevo en su casa.

De algún lugar llegó una carcajada. Lucián volvió la cabeza hacia el sonido y durante un momento no entendió cómo alguien podía estar riendo, hasta que comprendió lo absurdo de aquel pensamiento.

Nadie sabía lo que ellos acababan de ver.

Para el resto de la ciudad, aquella era una noche cualquiera.

Para él no.

Intentó ordenar todo lo ocurrido desde que había saltado por la ventana de su habitación: su padre y la verdad sobre los Thessaly; Naila; Kesh y la sangre; las cloacas; Eiden encadenado; el Palacio de los Despertados; Varos Kael, el rey y aquel hombre.

Lucián seguía viendo sus manos, aquellos dedos largos terminados en garras. No sabía quién era ni qué quería, y ni siquiera había entendido completamente lo que acababa de aceptar el rey. Solo sabía una cosa: el rey había tenido miedo. Kael también.

Y eso era suficiente para que Lucián prefiriera no averiguar de qué tenían miedo ninguno de los dos.

Se fijó en Eiden.

El muchacho caminaba con la cabeza baja.

No había vuelto a mencionar a Kael, a sus padres, la carpeta ni las cadenas. Parecía estar haciendo lo mismo que Lucián: intentando sobrevivir a demasiadas cosas al mismo tiempo.

Se fijó entonces en Naila.

Era la que caminaba más deprisa.

No se había vuelto ni una vez.

—¿Adónde vamos? —preguntó Eiden finalmente.

Naila tardó en responder.

—A casa.

Eso fue todo.

Continuaron.

Las calles comenzaron a resultarle familiares, no porque supiera orientarse bien por aquella parte de la ciudad, sino porque ya había huido por ellas.

El recuerdo apareció antes de que pudiera impedirlo: Kesh cerrando el armario, los golpes, los hombres entrando y su voz gritando «¡CORRED!». Lucián bajó la mirada. No quería recordar lo que vino después, pero lo hizo igualmente: el cuerpo y la sangre.

Naila tampoco había pronunciado su nombre desde entonces.

Quizá ella también lo estaba viendo.

No preguntó.

Siguieron descendiendo hasta las zonas más abandonadas de la ciudad.

Las luces desaparecieron casi por completo.

Naila se internó entre dos construcciones y llegó hasta uno de los accesos a las cloacas.

Entonces se detuvo.

Lucián tardó un segundo en comprender por qué.

La entrada estaba abierta.

Naila no se movió.

—¿Qué pasa? —preguntó Eiden.

Ella se acercó despacio.

Examinó la abertura y luego el entorno.

—Esto no estaba así.

Lucián sintió cómo desaparecía el poco cansancio que todavía le permitía caminar sin pensar.

—¿Estás segura?

Naila lo miró.

Aquella pregunta había sido estúpida.

Claro que estaba segura.

Entró.

—Naila.

Ella ya había desaparecido en la oscuridad.

Lucián ayudó a Eiden a bajar.

—Vamos.

Esta vez Naila no se preocupó por avanzar en silencio: corría. Lucián apenas conseguía distinguirla entre las galerías, una sombra que aparecía en un giro y desaparecía en el siguiente.

El agua salpicaba bajo sus botas.

—¡Naila!

No respondió.

Eiden tropezó.

Lucián lo sostuvo.

—Sigue.

—Estoy intentando…

—Ya lo sé.

La perdieron un momento, hasta que volvieron a escuchar sus pasos.

Lucián reconoció finalmente la galería que desembocaba en aquella estancia.

La casa de Naila.

Ella ya estaba dentro.

Y se había quedado inmóvil.

Lucián llegó detrás.

Entonces lo vio.

Todo estaba revuelto: la cama, el pequeño mueble, los recipientes, la comida y las pocas pertenencias de Naila. Habían abierto todo lo que podía abrirse y movido todo lo que podía moverse. Había ropa en el suelo, recipientes volcados y comida desperdigada sobre la piedra.

No parecía un robo. Lucián había visto suficientes habitaciones registradas por los hombres de su padre como para reconocer la diferencia. Alguien había estado buscando.

Naila avanzó lentamente, recogió una de sus cosas del suelo, la observó y volvió a dejarla.

Lucián dirigió la vista hacia la pequeña salida que ascendía entre las piedras y daba directamente al exterior.

Seguía allí, cerrada. Nadie había utilizado aquel lugar para entrar: habían llegado por las cloacas, igual que ellos.

Naila se giró.

Su expresión había cambiado.

—No.

Lucián frunció el ceño.

—¿Qué?

Ella ya corría otra vez.

—¡Naila!

Salió de la estancia.

Lucián entendió adónde iba.

Y sintió que se le cerraba el estómago.

—Vamos.

Eiden apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Lucián lo ayudara a seguirla.

Regresaron a las galerías.

Naila les sacaba ventaja.

Pero esta vez Lucián conocía el destino.

La calle escondida. El refugio de los parias, el lugar al que Naila lo había llevado después de dejarlo tres días al otro lado de la muralla.

Recordó cómo había sido verla allí. Hasta entonces solo conocía a una chica desconfiada, sarcástica y siempre preparada para huir; en aquella calle había descubierto a otra Naila, una a la que llamaban por su nombre, abrazaban y recibían como a alguien que pertenecía a aquel lugar.

Subieron.

Lucián salió detrás de ella.

Y se detuvo.

Lo primero que notó fue el silencio.

La primera vez que había llegado allí había gente por todas partes, decenas quizá: personas hablando, riendo, discutiendo e intercambiando comida, herramientas y ropa. Ahora no había ninguna voz.

Entonces vio los puestos. Las tablas habían sido arrancadas y partidas; los tenderetes estaban derribados; las telas, rasgadas, pisoteadas o empapadas. Había cestas volcadas, comida aplastada y objetos esparcidos por todas partes.

Y sangre. Mucha.

Lucián se quedó completamente quieto.

Un cuerpo yacía junto a uno de los puestos.

Otro permanecía tendido unos metros más allá.

Había uno medio oculto bajo una tela.

Otro entre dos mesas derribadas.

Y otro.

Y otro.

Eiden llegó detrás.

No preguntó nada.

No hacía falta.

Naila avanzó.

Muy despacio al principio.

—¿Sarek?

Nadie respondió.

Dio otros pasos.

—¿Sarek?

Más fuerte.

Tampoco obtuvo respuesta.

De repente empezó a moverse deprisa.

Apartó una tela.

Levantó una de las tablas caídas.

Miró detrás de un tenderete derribado.

—¡¿Hay alguien?!

Nadie respondió.

Corrió hacia el fondo de la calle.

—¡¿Me oís?!

Su voz rebotó contra los edificios deteriorados que encerraban aquel lugar.

No obtuvo respuesta.

Lucián comenzó a caminar detrás de ella.

Reconocía rostros. No sabía sus nombres, pero los había visto: una mujer que había abrazado a Naila nada más verla, un anciano que intercambiaba pequeños objetos por comida, un hombre que se había quedado mirándolo al descubrir quién era su padre.

Gente que apenas unos días antes respiraba, hablaba y reía. Ahora no.

Eiden se había quedado unos metros atrás.

Miraba alrededor.

Lucián vio su expresión.

Eiden había vivido rodeado de violencia; Lucián ya lo sabía. Había visto y recibido castigos, y participado en misiones. Pero aquello no se parecía a nada de lo que él consideraba orden: no había juicio, disciplina ni una norma que pudiera explicar lo que tenía delante. Solo muertos.

Naila dejó de llamar. Estaba parada en mitad de la calle, con los brazos caídos y la respiración entrecortada, mirando un cuerpo, luego otro y otro más.

Lucián quiso acercarse.

No supo para qué.

No existía ninguna frase que pudiera decir.

Kesh había muerto para que ellos escaparan.

Ahora esto.

Todo aquel lugar.

Toda aquella gente.

Naila levantó lentamente la cabeza.

Y entonces Lucián la vio.

Había alguien más.

Al fondo de la calle.

Sentado entre los restos de los puestos.

Vivo.

Durante un instante Lucián pensó en su padre.

La idea apareció acompañada de una rabia tan rápida que dio un paso hacia delante antes incluso de distinguir bien la figura.

No era Darian.

Tampoco uno de sus hombres.

La persona levantó la cabeza.

Lucián se detuvo.

Su corazón pareció hacerlo con él.

—¿Mamá?

Aurora Thessaly lo miraba.

Estaba sentada sola en medio de aquel desastre.

Su ropa ya no tenía el aspecto perfecto con el que Lucián estaba acostumbrado a verla. El cabello estaba desordenado. Su rostro mostraba un cansancio que nunca le había visto.

Pero era ella.

Su madre.

Por un instante, Lucián olvidó los cuerpos, a Naila e incluso dónde estaba. Solo vio a su madre.

Había pensado en ella muchas veces desde que huyó. La había imaginado enfadada, llorando, buscándolo; quizá sabiendo ya la verdad sobre Darian, quizá no. Había imaginado muchas cosas. Nunca aquello.

Aurora lo observó de arriba abajo, como comprobando que seguía entero. Sus ojos se detuvieron un momento en las heridas, pasaron por Eiden y Naila y regresaron a su hijo.

Naila permanecía inmóvil.

Lucián dio un paso.

—Mamá…

Aurora habló.

—Intenté advertirlos.

Naila miró los cuerpos y luego a Aurora.

—No me hicieron caso.

Nadie habló.

Tampoco obtuvo respuesta.

No explicó a quién había intentado advertir, ni de qué, ni quién había hecho aquello. Lucián quiso preguntárselo; tenía demasiadas preguntas, pero ninguna consiguió salir.

Aurora se puso en pie.

Miró a su hijo.

—Vuelve, hijo.

Aquellas dos palabras pesaron más de lo que deberían.

Vuelve.

Volver a casa.

A su habitación.

A su madre.

A su padre.

A todo lo que conocía.

Durante un instante, Lucián pudo imaginarlo.

Solo tenía que caminar hacia ella.

Terminar de huir.

Dejar de correr.

Regresar.

Pero entonces vio a Naila.

Rodeada por los cadáveres de la única comunidad en la que Lucián la había visto sentirse en casa.

Vio a Eiden.

Pálido.

Herido.

Todavía incapaz de mantenerse erguido durante demasiado tiempo.

Y recordó por qué los tres estaban allí.

Naila retrocedió un paso y luego otro sin apartar la mirada de Aurora. Después se giró.

—Nos vamos.

No gritó.

No esperó respuesta.

Echó a correr hacia la entrada de las cloacas.

Eiden la siguió.

Lucián no.

Todavía no.

Se volvió hacia su madre.

Aurora no avanzó hacia él.

—Lucián.

Él tragó saliva.

Por primera vez desde que había huido, estaba a unos pocos metros de ella.

Podía quedarse.

Podía volver.

Aurora extendió una mano.

Lucián contempló aquella mano y luego el callejón, los cuerpos y los puestos destruidos.

Finalmente dio un paso atrás.

La expresión de su madre cambió.

Muy poco.

Pero Lucián lo vio.

Dolor.

—Lo siento —murmuró.

No supo si se lo decía por haberse marchado, por no volver o por todo.

Se dio la vuelta.

Y corrió.

Alcanzó a Eiden antes de que llegara a las galerías.

El muchacho se apoyaba contra una pared intentando continuar.

Lucián pasó su brazo sobre sus hombros.

—Vamos.

—No tienes que…

—Sí.

Naila ya había desaparecido delante de ellos.

Volvieron a la casa.

Cuando Lucián entró, la encontró junto a la salida al exterior.

No necesitó preguntar qué estaba haciendo.

Conocía aquella abertura demasiado bien.

Era la misma que Naila le había señalado la primera vez que estuvo allí, la que ascendía entre las piedras hasta el exterior y que él había cruzado cuando ella descubrió que era hijo de Darian Thessaly y lo echó de su casa.

La misma cubierta metálica bajo la que había esperado durante días.

Lucián recordó el golpe.

CLANC

Naila cerrándola; él al otro lado, solo, durmiendo entre rocas, despertándose con cualquier sonido y esperando sin saber siquiera qué esperaba. Cada mañana aparecía comida cuando Naila levantaba apenas la cubierta para dejarla fuera. Tres noches.

Entonces aquella salida había significado que no tenía ningún sitio al que ir.

Ahora volvía a estar frente a ella.

Pero no estaba solo.

Naila retiró la cubierta.

El aire nocturno entró inmediatamente en la estancia.

No había túnel.

No había otro camino.

Solo las piedras irregulares que ascendían unos pocos metros y, sobre ellas, el exterior.

Naila trepó primero.

Desapareció.

Lucián ayudó a Eiden.

—Arriba.

El muchacho miró la abertura.

—¿Esto está fuera de las murallas?

—Sí.

Eiden lo miró.

—¿Cómo lo sabes?

Lucián puso las manos bajo uno de sus brazos para ayudarlo a subir.

—Porque ya he dormido ahí fuera.

Eiden pareció querer preguntar algo.

No tuvo oportunidad.

Naila apareció desde arriba y extendió los brazos.

Entre ambos consiguieron sacar a Eiden.

Lucián trepó detrás.

Sacó primero los hombros.

Después medio cuerpo.

Y reconoció inmediatamente el lugar.

La enorme muralla se levantaba a pocos metros.

Su cara exterior descendía junto a las rocas, los arbustos y la vegetación.

Las mismas piedras.

El mismo suelo.

Incluso creyó reconocer el hueco en el que había intentado dormir la primera noche.

Salió por completo.

Naila volvió a colocar la cubierta.

El metal ocultó la abertura.

Y ya estaba.

Fuera.

Lucián se quedó mirando la muralla.

La primera vez que estuvo allí había sentido miedo de alejarse más de unos pocos metros.

Todo lo que había más allá le parecía desconocido: bosques, caminos, regiones que solo conocía por libros y criaturas que nunca había visto. Había pasado aquellos días pegado a la muralla como si separarse de ella significara caer del mundo.

Ahora la ciudad quedaba detrás: su casa, sus padres, la escuela, Deux, los dragones, el Coliseo y la vida que había esperado tener. Todo estaba al otro lado de aquella piedra.

Eiden se dejó caer en el suelo.

No pudo más.

Naila permanecía de pie.

De espaldas a ellos.

Mirando hacia la oscuridad.

Lucián pensó en Aurora.

Vuelve, hijo.

Por un instante miró la cubierta.

Podía abrirla.

Regresar.

Quizá todavía alcanzar a su madre.

No lo hizo.

Eiden levantó la cabeza.

—¿Y ahora?

Lucián miró alrededor.

Por primera vez, la pregunta no tenía respuesta. No tenían un plan ni un destino, y Lucián ni siquiera sabía cuánto tiempo podrían seguir huyendo. Darian Thessaly lo buscaba a él; los Despertados buscarían a Eiden; Naila acababa de perder el lugar al que habría acudido.

Y dentro de la ciudad quedaban un rey aterrorizado, Varos Kael y un desconocido ante quien ambos habían cedido.

—No lo sé —dijo Lucián.

Era posiblemente la primera vez en su vida que aquellas palabras no le producían vergüenza.

Simplemente eran verdad.

Naila seguía en silencio.

Lucián se acercó.

—Naila.

Naila no respondió.

—No podemos quedarnos aquí.

Ella bajó ligeramente la cabeza.

Lucián no podía verle el rostro.

No sabía si lloraba. Hasta entonces siempre la había visto seguir adelante: bromear, insultar, correr, resolver.

Pero ya no quedaban Kesh, el mercado ni las personas que la abrazaban al verla aparecer.

Lucián no insistió. Esperó, y Eiden hizo lo mismo. Al cabo de un momento, Naila respiró profundamente, levantó la cabeza y miró hacia el mundo que se extendía más allá de las murallas.

Y habló.

—Yo tengo un sitio.