Parias: El precio de elegir 13. El hombre sin nombre
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13. El hombre sin nombre

El hombre sin nombre

L ucián no necesitó oírlo dos veces.

Se metió en el hueco abierto detrás de las estanterías y apartó con una mano una telaraña que le rozó el rostro. Naila entró justo después, prácticamente arrastrando a Eiden con ella.

El muchacho apenas podía sostenerse.

—Despacio —murmuró Naila.

—No tenemos tiempo para ir despacio —respondió Lucián.

Eiden volvió el rostro hacia la habitación que acababan de abandonar.

Su respiración seguía siendo demasiado rápida.

—Está aquí.

Lucián se volvió.

—¿Kael?

Eiden asintió.

No dijo nada más.

No hacía falta.

Naila pasó uno de los brazos del muchacho por encima de sus hombros.

—Pues mejor que cuando llegue nosotros ya no estemos.

Los tres avanzaron.

El pasadizo era tan estrecho que Lucián podía rozar ambas paredes si separaba los brazos. La piedra estaba fría y húmeda. No había antorchas, ventanas ni marcas que indicaran que alguien hubiera pasado por allí en años.

Solo oscuridad.

Lucián mantuvo una mano pegada al muro mientras avanzaba.

Detrás escuchaba las respiraciones de Naila y Eiden.

Cada pocos pasos, el muchacho tropezaba.

—¿Puedes andar? —preguntó Lucián.

—Sí.

Poco después tropezó de nuevo.

Naila lo sujetó antes de que cayera.

—Eso ha sonado muy convincente.

—Puedo andar.

—Claro.

—Naila.

—¿Qué?

—Déjalo —dijo Lucián—. Mientras pueda, que ande.

Eiden no agradeció el gesto.

Tampoco protestó.

Siguieron.

El pasadizo comenzó a descender.

Primero de forma suave; luego, mucho más pronunciada.

Lucián empezó a perder la noción de la distancia. Habían atravesado suficientes corredores bajo el Palacio de los Despertados como para que cualquier orientación resultara difícil, pero aquello era distinto.

No había bifurcaciones ni puertas, solo un túnel que continuaba alejándose.

—¿Sabes adónde lleva? —preguntó Naila.

Eiden negó con la cabeza.

—No sabía que existía.

—Perfecto.

—Las zonas inferiores del Palacio tienen conductos antiguos, corredores de servicio y accesos sellados —añadió Eiden—. Algunos son anteriores a la distribución actual.

Naila le lanzó una mirada de reojo.

—¿Y alguno lleva fuera?

—No lo sé.

—Entonces esa explicación no me sirve de mucho.

—Me has preguntado si sabía adónde llevaba.

—Sí.

—Y he respondido.

Naila abrió la boca.

Lucián levantó una mano.

—Por favor. Ahora no.

Naila resopló.

Eiden pareció no entender qué había hecho mal.

Continuaron descendiendo.

El techo empezó a bajar. Lucián tuvo que agachar primero la cabeza y luego los hombros.

Unos metros más adelante ya no podían caminar erguidos.

—Esto cada vez me gusta menos —murmuró Naila.

Lucián apoyó una rodilla en el suelo.

—A mí me habría gustado menos quedarme con Kael.

Eiden se detuvo.

Fue apenas un instante, pero Lucián lo notó.

—No va a encontrarte —dijo.

Eiden alzó los ojos hacia él. Lucián no sabía si aquello era verdad.

Así que añadió:

—Si seguimos moviéndonos.

Eiden bajó la vista.

Y siguió.

Terminaron avanzando a cuatro patas.

Naila iba detrás de Eiden para impedir que se desplomara. Lucián abría camino, palpando la piedra en la oscuridad y comprobando cada pocos movimientos que el suelo siguiera allí.

Entonces sintió una corriente fría contra los dedos, apenas perceptible.

Se detuvo.

—Esperad.

Naila chocó casi contra Eiden.

—¿Qué pasa?

Lucián acercó la mano a la pared.

La corriente desapareció. Movió la mano unos centímetros y volvió a sentirla.

—Hay aire.

—¿Salida?

—O un agujero.

—Me sirve cualquiera de las dos.

Lucián siguió avanzando.

El pasadizo terminó pocos metros después.

Una pared de piedra bloqueaba el camino.

Naila la observó.

—No.

Lucián apoyó ambas manos sobre ella.

Piedra maciza.

Sin palanca.

Sin puerta.

Sin nada.

—Tiene que haber algo.

—¿Por qué?

—Porque nadie construye un pasadizo para terminar contra una pared.

Naila señaló el túnel a sus espaldas.

—Después de todo lo que he visto hoy, ya no descartaría nada.

Eiden se dejó caer sentado contra uno de los muros.

Estaba pálido.

Mucho más que antes.

Lucián buscó de nuevo la corriente de aire.

La encontró a la altura de su rostro.

Deslizó los dedos por la piedra.

Parecía una grieta, pero era demasiado recta.

Se inclinó.

Había una abertura extremadamente fina entre dos bloques.

Acercó un ojo. Al otro lado había luz.

—Aquí.

Naila se arrodilló a su lado.

—¿Qué ves?

—Espera.

Al otro lado había una habitación.

Lucián tardó unos segundos en comprender la perspectiva. Ellos estaban dentro de un muro o de una estructura lo bastante gruesa como para ocultar aquel corredor. La abertura era poco más que una mirilla horizontal disimulada entre las juntas de la piedra.

La estancia estaba iluminada por varias lámparas. No era una celda ni una sala del Palacio.

Las paredes estaban cubiertas por tapices. Había una mesa larga, varias sillas, estanterías, mapas y un gran ventanal cerrado por gruesos cortinajes.

Lucián frunció el ceño.

Conocía aquellos colores.

Y el emblema bordado sobre uno de los tapices.

—No puede ser.

—¿Qué? —susurró Naila.

Lucián se apartó lo justo para dejarle mirar.

Naila acercó el rostro a la abertura.

Tardó menos que él.

—Estamos en el castillo.

Eiden levantó la cabeza.

—¿Qué?

—El castillo del rey —dijo Lucián.

Eiden intentó incorporarse.

Naila lo detuvo.

—Quieto.

—No podemos estar aquí.

Naila lo miró.

—Estamos escondidos dentro de una pared. Técnicamente ni siquiera estamos en la habitación.

—Es una dependencia real.

—Sí.

—No tenemos autorización.

Naila lo observó durante dos segundos.

—Eiden.

—¿Qué?

—Creo que lo de la autorización ha dejado de ser nuestro problema principal hace bastante rato.

El muchacho abrió la boca.

No llegó a responder.

Una voz atravesó la pared.

Eiden se quedó completamente inmóvil.

Lucián también.

No conocía aquella voz.

Eiden sí.

Su rostro perdió todavía más color.

—Kael —susurró.

Naila dejó de sonreír.

Lucián regresó a la abertura.

La puerta de la estancia acababa de abrirse.

Varos Kael entró.

Lucián nunca lo había visto de cerca, pero no necesitó preguntar quién era. Eiden había pronunciado el nombre como si le hubiera atravesado el pecho.

Era alto, extremadamente delgado.

La piel grisácea se tensaba sobre un rostro anguloso. Dos pequeñas crestas óseas se marcaban cerca de las sienes, casi ocultas bajo el cabello blanco. Sus ojos parecían tan oscuros que desde aquella distancia apenas se distinguían las pupilas.

Caminaba despacio.

No necesitaba apresurarse.

Delante de él, junto a la mesa, había otro hombre.

Lucián lo reconoció inmediatamente.

Había visto aquel rostro en ceremonias, monedas, retratos y celebraciones públicas.

El rey Orven.

Lucián se apartó apenas de la abertura.

—Es el rey.

Naila volvió a mirar.

Eiden intentó acercarse.

Lucián negó con la cabeza.

—No.

—Necesito saber qué ocurre.

—Y yo necesito que no hagamos ruido.

Eiden apretó la mandíbula.

Esta vez no discutió.

Al otro lado de la pared, el rey caminaba de un extremo a otro de la estancia.

Kael permanecía inmóvil.

—No me gusta —dijo Orven.

—Lo sé, majestad.

—No he preguntado si lo sabías.

Kael inclinó ligeramente la cabeza.

—No.

El rey se detuvo frente a uno de los mapas.

—Está pidiendo demasiado.

—También ofrece demasiado.

Orven se volvió.

—¿Eso es lo que piensas?

—Pienso que no podemos ignorar la posibilidad de que tenga razón.

Durante unos instantes nadie respondió.

Lucián miró a Naila.

Ella ya no parecía interesada en encontrar una salida.

Escuchaba.

—¿Y si no la tiene? —preguntó el rey.

Kael demoró la respuesta.

—Entonces habremos cedido poder a alguien a quien no deberíamos habérselo cedido.

—Mis soldados, mis oficiales… los Despertados.

Kael no respondió.

—Todos —concluyó el rey.

—Cuando llegue el momento —dijo Kael—, eso es lo que exige.

Orven se pasó una mano por el rostro.

—Control.

—Mando.

—No juegues conmigo con las palabras.

Kael bajó ligeramente la cabeza.

—No era mi intención.

—Si acepto, cuando ese hombre dé una orden, mis ejércitos obedecerán. Mis numentores obedecerán.

Lucián sintió un escalofrío y buscó a Eiden. La expresión del muchacho confirmó que también lo había oído.

—¿Qué amenaza puede justificar algo así? —continuó el rey.

Kael guardó silencio.

—Respóndeme.

—Una que no podemos detener solos.

El rey soltó una breve risa sin humor.

—Esa es su respuesta. No la tuya.

—Después de lo que he visto, no estoy seguro de que exista diferencia.

Eiden retrocedió apenas un paso. Naila volvió la cabeza hacia él.

Kael.

El hombre que había encadenado a Eiden.

El hombre cuya mera cercanía había conseguido que el muchacho prefiriera huir con dos desconocidos antes que permanecer en el lugar al que todavía llamaba hogar.

Y aquel hombre estaba admitiendo que tenía miedo.

Lucián volvió a mirar.

El rey se había quedado frente a la mesa.

—No voy a entregar mi reino por una amenaza que ni siquiera comprendo.

Una voz respondió desde algún lugar fuera de su campo de visión.

—No os he pedido vuestro reino.

Lucián dejó de respirar.

Kael se giró.

El rey también.

La puerta no había sonado.

O quizá ninguno de ellos la había escuchado.

Una figura apareció lentamente en la estancia.

Lo primero que Lucián pensó fue que era demasiado alta.

Lo segundo, que parecía enferma.

Un cuerpo casi cadavérico permanecía encorvado bajo una vieja túnica marrón, desgarrada en varios puntos. Una capucha cubría la mayor parte de la cabeza y una tela oscura ocultaba el rostro desde la nariz hacia abajo.

De su ropa colgaban correas, pequeños huesos y piezas que Lucián no consiguió identificar.

Las manos sobresalían de las mangas, enormes y demasiado huesudas.

Los dedos terminaban en uñas largas que recordaban más a garras.

Cuando levantó ligeramente la cabeza, dos ojos amarillentos aparecieron bajo la sombra de la capucha.

Lucián sintió que Naila le agarraba el brazo y no apartó la mirada.

A su espalda, Eiden dejó escapar un sonido casi imperceptible. Lucián se volvió apenas. El muchacho estaba rígido, pero no como cuando había sentido a Kael: no se encogía bajo ninguna presión ni parecía faltarle el aire.

—Su Numen… —susurró Eiden.

Naila se volvió hacia él.

—¿Qué pasa?

Eiden tragó saliva.

—Es mayor que el de Kael. Muchísimo mayor.