12. Bajo el Palacio #3
Dos piezas rígidas protegían un conjunto de hojas sujetas mediante anillas metálicas. El mecanismo estaba oxidado y la cubierta tenía una esquina prácticamente deshecha.
La sacó y una nube de polvo cayó sobre sus manos. Tosió, la dejó sobre una pequeña mesa y la abrió.
Las hojas no eran de papel.
Eran láminas finas de piel seca, amarillentas por los años.
Eiden pasó la primera hoja: nombres, nada más. Pasó otra. Más nombres, ordenados por año, mes y nombre, con una anotación detrás.
Eiden frunció el ceño.
Pasó varias páginas.
—Yo digo que volvamos hasta la cocina —continuaba Naila—. Había otro corredor antes de entrar.
—Terminaba abajo.
—No lo comprobamos.
—Sí lo comprobé.
—Pues lo comprobaste mal, paria.
Eiden pasó otra hoja. Año, mes, nombres. Las anotaciones se repetían; algunas cambiaban y otras aparecían una y otra vez.
Algo empezó a incomodarlo, aunque no sabía qué. Miró las fechas.
Retrocedió varias páginas, buscó un año concreto y luego un mes.
Sus dedos se detuvieron.
No sabía por qué había ido hasta allí.
O quizá sí.
Leyó una vez. Luego otra.
DAREL.
Eiden dejó de respirar y acercó la hoja. No era su nombre. Eran dos: los de su padre y de su madre.
Por un momento desapareció todo lo demás: la habitación, Lucián, Naila, las catacumbas. Solo quedaron aquellas letras.
Detrás de los nombres había dos anotaciones, dos expresiones que Eiden conocía. Las había visto antes, en otro edificio, en unos registros que nunca debería haber abierto.
CUSTODIA FAMILIAR.
PROTOCOLO DE CONTINUIDAD.
Eiden sintió frío. No. Aquello no tenía sentido.
Los otros documentos eran registros administrativos: contabilidad, pagos, compensaciones, documentos de la Corona.
Había una explicación para que los nombres de sus padres estuvieran allí.
Pero esto…
Miró alrededor: la silla, las correas, los instrumentos colgados de la pared, las celdas que acababan de atravesar, las habitaciones, las cadenas.
Bajó de nuevo la vista a los nombres.
¿Por qué estaban allí?
¿Por qué los nombres de sus padres estaban registrados en aquel lugar?
La carpeta se le escapó de las manos y golpeó el suelo.
Lucián y Naila dejaron de discutir.
—¿Qué pasa? —preguntó Lucián.
Eiden retrocedió, un paso y luego otro.
—No…
Su espalda chocó contra la pared, justo contra uno de los soportes de hierro de una antorcha.
Sonó un chasquido.
Los tres se quedaron inmóviles.
Una parte de la pared comenzó a desplazarse, piedra contra piedra. Detrás de una de las estanterías apareció una estrecha abertura sumida en la oscuridad.
Lucián y Naila intercambiaron una mirada antes de volverse hacia Eiden.
—Bingo —dijo Naila.
Lucián se acercó al hueco.
Al otro lado continuaba un corredor mucho más estrecho.
No parecía formar parte de las galerías que habían estado recorriendo.
—Un pasadizo secreto.
Naila sonrió.
—Muchas gracias, rarito.
Eiden no respondió.
Seguía mirando la carpeta en el suelo.
Lucián observó el pasadizo y luego a Eiden.
—Si esto comunica con el resto del Palacio, podría llevarnos fuera.
—O a otro agujero —dijo Naila.
—¿Tienes algo mejor?
—No.
—Entonces vamos.
Naila se acercó a la abertura.
Lucián se detuvo un momento.
Miró a Eiden.
—Esta es tu última oportunidad.
Eiden no reaccionó.
—Nosotros nos vamos.
Siguió sin responder. Lucián esperó un momento.
—Adiós, Eiden.
Naila ya estaba entrando en el pasadizo.
—Adiós, rarito.
Eiden no respondió.
Lucián se dio la vuelta.
Entró detrás de Naila.
Y entonces Eiden lo sintió.
No fue un ruido.
No fueron pasos.
Ni una voz.
Fue algo mucho peor.
Una presión.
Lejana.
Todavía amortiguada por toneladas de piedra, corredores y puertas.
Pero inconfundible.
Eiden se quedó rígido.
Su cuerpo la reconoció antes que su mente.
Varos Kael.
El aire desapareció de sus pulmones.
—No.
Lucián se detuvo dentro del pasadizo.
Eiden cayó de rodillas.
—No…
Se llevó las manos a los oídos.
No servía de nada.
Aquello no entraba por sus oídos.
Lo sentía dentro.
La habitación.
La silla.
Las cadenas.
La voz.
Levántate.
Eiden cerró los ojos.
—Otra vez no.
Naila regresó hasta la abertura.
—¿Qué le pasa?
Eiden comenzó a respirar demasiado rápido.
—No.
Las manos le temblaban.
—No, no, no…
Lucián salió del pasadizo.
—Eiden.
—No puedo.
Eiden se encogió sobre sí mismo.
—No puedo otra vez.
Naila perdió la sonrisa.
—Rarito.
—No voy a aguantarlo.
Eiden apretó las manos contra los oídos.
—No voy a aguantarlo otra vez.
Lucián miró hacia la puerta de la habitación.
No escuchaba nada.
Absolutamente nada.
—¿Qué está pasando?
Eiden sí lo sabía.
Aquella presencia estaba allí.
Había regresado.
Y si Varos Kael estaba en el Palacio… lo encontraría.
Eiden abrió los ojos y miró el pasadizo, a Lucián y a Naila.
Hasta hacía apenas unos minutos les había dicho que debían entregarse, dejar de correr; que aquello era un delito y que él no podía acompañarlos.
Ahora se arrastró hacia ellos, primero una rodilla y luego la otra.
Naila se agachó.
Eiden levantó la cabeza.
Y por primera vez desde que lo habían liberado, no les dijo que se marcharan.
—Por favor…
Le tembló la voz mientras miraba a ambos.
—Llevadme con vosotros.