12. Bajo el Palacio #2
Y, por la expresión de Eiden, él conocía aquellas catacumbas incluso menos que ellos.
Aun así, los tres siguieron corriendo: una galería, otra, una escalera que descendía todavía más y luego un corredor tan estrecho que Naila tuvo que girarse ligeramente para pasar con Eiden a la espalda.
Cada vez que creían haber encontrado una salida, aparecía otra puerta.
Y detrás de cada puerta parecía esconderse una parte distinta de aquel lugar.
La primera los llevó hasta las celdas.
Había decenas: algunas estaban vacías; otras no.
—Ayuda…
Naila se detuvo.
Una mano apareció entre dos barrotes.
—Por favor.
Entonces llegó otra voz.
—¡Eh!
Y otra.
—¡Sacadme de aquí!
En un momento, el corredor entero pareció despertar.
Manos.
Rostros.
Voces.
Algunos prisioneros se levantaron al verlos. Otros ni siquiera parecían capaces de hacerlo.
Naila dejó de correr.
—Espera.
Lucián la agarró del brazo.
—No.
—Hay gente ahí dentro.
—Ya lo veo.
Naila trató de soltarse.
—Entonces suéltame.
—¿Y qué vas a hacer?
—Abrirles.
—¿Con qué llaves?
Naila miró las cerraduras y luego hacia el extremo del corredor.
—Encontraré algo.
—No tenemos tiempo.
—Paria…
—No.
Esta vez fue Lucián quien tiró de ella.
Naila se resistió un momento.
Una mujer agarrada a los barrotes los miró pasar.
—Por favor…
Naila clavó los ojos en Lucián.
Él no la soltó.
—Si vienen los guardias mientras buscas las llaves, acabaremos en las celdas de al lado.
Naila miró una última vez hacia atrás y siguió corriendo.
No dijo nada durante un buen rato.
La siguiente galería terminó en una sala con una silla de madera en el centro, correas, cadenas y una mesa cubierta de instrumentos metálicos.
Naila ni siquiera entró.
—Por ahí no.
Retrocedieron. Tras otra puerta y otro corredor encontraron una habitación llena de estanterías, herramientas oxidadas y cajas cuyo contenido ninguno quiso comprobar. Más adelante apareció una antigua cocina, o algo que alguna vez lo había sido.
Había una enorme chimenea, mesas de piedra, recipientes de barro y restos de utensilios ennegrecidos. En uno de los rincones encontraron incluso sacos de alimentos secos, algunos todavía cerrados.
Naila dejó a Eiden apoyado un momento mientras comprobaba otra puerta.
Cerrada.
—Perfecto.
Regresaron por donde habían venido.
Eiden hablaba cada vez menos.
Había recuperado algo de color, pero seguía necesitando ayuda para caminar. Durante algunos tramos consiguió avanzar apoyándose en la pared. En otros, Naila tuvo que volver a cargar con él.
Una puerta bloqueada. Otra galería. Otra puerta cerrada. Hasta que encontraron el despacho.
Al menos, eso parecía haber sido alguna vez.
La estancia era más amplia que las anteriores. Una pesada mesa de madera ocupaba el centro, acompañada por una silla de respaldo alto. Había instrumentos de castigo colgados de una de las paredes y varias estanterías cubiertas de libros y documentos.
Todo estaba viejo y abandonado. Una gruesa capa de polvo cubría los muebles.
Lucián cerró la puerta tras ellos y apoyó la espalda contra ella.
Esperó. No oyó pasos ni voces.
—Dos minutos —dijo.
Naila se dejó caer contra la mesa.
—Cinco.
—Dos.
—Cuatro.
—Dos.
Naila levantó la mirada.
—Cada vez me caes peor, paria.
—Dos minutos y medio.
—Acepto.
Eiden se había sentado en el suelo.
Lucián respiró profundamente.
Le ardían las piernas.
Tenía la ropa pegada al cuerpo y todavía sentía el corazón golpeándole contra el pecho.
Naila tampoco estaba mucho mejor.
—Tenemos que encontrar una forma de subir —dijo Lucián.
—Gracias, paria. Pensaba que viviríamos aquí.
—¿Tienes alguna idea mejor?
—Sí. Encontrar una puerta que no termine en una sala de tortura.
—Eso no es una idea.
—Es mejor que cualquiera de las tuyas.
—Mi última idea ha funcionado.
—Tu última idea ha conseguido que medio Palacio sepa que estamos aquí.
—Antes también lo sabían.
—Ahora lo saben más.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Para mí sí.
—Tenemos que entregarnos.
Los dos miraron hacia Eiden.
El niño había conseguido ponerse en pie.
—No —respondió Naila.
—Esto tiene que terminar.
Eiden avanzó un paso y luego otro.
Todavía se apoyaba en los muebles, pero parecía haber recuperado una pequeña parte de sus fuerzas.
—Habéis entrado en el Palacio sin autorización. Habéis huido de los guardias. Habéis ayudado a escapar a un prisionero.
Naila señaló hacia él.
—Ese eres tú.
—Lo sé.
—Y no has escapado. Te hemos sacado nosotros.
—Por eso tenéis que entregaros.
Naila miró a Lucián.
—¿Podemos devolverlo?
—Te estoy escuchando —dijo Eiden.
—Era la intención, rarito.
Eiden la miró.
—¿Rarito?
—Sí.
—¿Por qué?
Naila se encogió de hombros.
—Porque eres raro.
Eiden pareció considerar la explicación.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Ya sois dos —dijo Lucián.
Naila lo señaló.
—Tú no participes, paria.
Eiden dejó de prestarles atención. Algo al fondo de la habitación había despertado su interés: las estanterías. Se acercó lentamente. Había muchos libros.
Algunos tenían los lomos destruidos por el tiempo. Otros estaban cubiertos por una capa de polvo tan gruesa que apenas podía distinguirse su color.
Eiden pasó un dedo por un lomo y luego por otro: letras, fechas, símbolos.
Siempre le había gustado leer, incluso antes del Palacio.
En el Palacio había descubierto que los libros podían contener cosas que nadie se molestaba en contarle.
También había descubierto lo peligroso que podía resultar abrir el equivocado.
Aun así, siguió mirando.
Detrás de él, Lucián y Naila continuaban discutiendo.
—Podemos seguir las galerías hasta encontrar unas escaleras —decía Lucián.
—Llevamos haciendo eso desde que salimos de la celda.
—¿Y tu propuesta?
—Dejar de elegir tú las direcciones.
—Las últimas dos las has elegido tú.
—Precisamente. Ahora sabemos cuáles no funcionan.
Eiden dejó de escucharlos.
Entre los libros había algo diferente. No era exactamente un libro, sino una carpeta gruesa.