12. Bajo el Palacio
Bajo el Palacio
L os dos hombres seguían en el suelo.
Lucián necesitó un momento para asimilarlo.
El más corpulento estaba boca abajo, con un brazo atrapado bajo el pecho y la mejilla aplastada contra la piedra. El otro había quedado contra la pared, torcido en una postura incómoda, con las piernas dobladas y los hombros hundidos hacia atrás.
Ninguno se movía, aunque ambos seguían conscientes.
El hombre de la pared soltó un gruñido.
Sus músculos se tensaron. Los brazos comenzaron a temblarle. Una vena apareció en su cuello mientras trataba de separarse de la piedra.
No consiguió avanzar ni un dedo.
Era como si algo enorme e invisible lo empujara en dirección contraria.
Lucián se fijó en Eiden, que continuaba sentado junto a la pared de la celda.
Tenía una muñeca apoyada sobre el suelo y la otra junto al cuerpo. Respiraba por la boca. El pelo largo y sucio le caía sobre los ojos y, bajo él, su rostro parecía todavía más pálido que antes.
Lucián bajó la voz.
—Deberíamos irnos.
Naila seguía mirando a los dos hombres.
—Por una vez dices algo inteligente, paria.
Esta vez no hubo ninguna broma.
Se acercó rápidamente a Eiden y se agachó delante de él.
—Vamos.
Eiden levantó la mirada.
—No.
Naila cerró los ojos un momento.
—Otra vez no.
—Tenéis que marcharos.
—Eso estamos intentando.
Naila pasó un brazo por detrás de su espalda.
Eiden se apartó todo lo que su cuerpo le permitió.
No fue mucho.
—He dicho que no.
—Y yo he decidido ignorarte.
—No quiere ir contigo —dijo Lucián.
Naila giró la cabeza hacia él.
—Gracias por la información, paria. No me había dado cuenta.
Centró de nuevo la atención en Eiden.
—No pienso dejarte aquí.
—No puedes sacarme.
—Acabo de quitarte cuatro cadenas. Creo que puedo.
Eiden negó con la cabeza.
Naila lo observó: las heridas de las muñecas, los tobillos, la ropa sucia y aquel cuerpo demasiado delgado. Luego señaló alrededor.
—Mírate.
Eiden no respondió.
—Mira dónde te tienen.
—He incumplido las normas.
—Te han encadenado a una pared.
—Era mi castigo.
—Te han dejado aquí abajo durante quién sabe cuánto tiempo.
Eiden apartó los ojos.
—Era mi castigo.
Naila se inclinó un poco más hacia él.
—Eso no es un castigo.
Eiden volvió a mirarla.
—Sí lo es.
—No. Esto es lo que se le hace a un esclavo.
Algo cambió en su expresión, apenas perceptible, pero Lucián lo vio.
—No soy un esclavo.
—Entonces levántate.
Eiden permaneció inmóvil.
—Vente con nosotros.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no puedo.
Naila soltó aire por la nariz.
—Ya estamos otra vez.
Desde algún lugar del corredor llegó un sonido.
Pasos.
Los tres guardaron silencio.
Lucián se giró hacia la puerta.
Más pasos.
Esta vez no eran dos personas.
Eran varias.
Y venían deprisa.
Una voz resonó a lo lejos.
—¡Por aquí!
Naila miró hacia la puerta.
—Fantástico.
—El ruido —murmuró Lucián—. Nos han oído.
Eiden pareció reaccionar de una forma completamente distinta.
—Son guardias del Palacio.
Naila volvió la cabeza hacia él.
—Pues todavía mejor.
—Tenéis que marcharos.
—Sí, esa parte ya la habíamos entendido.
Los pasos continuaron acercándose.
Lucián salió unos centímetros de la celda y miró hacia el corredor. No alcanzó a ver a nadie todavía, pero el eco hacía imposible calcular cuánto tardarían.
No tardarían mucho. Regresó.
—Tenemos que movernos ya.
—Vaya, paria. Otra idea brillante.
Naila volvió a intentar levantar a Eiden.
Esta vez él ni siquiera trató de apartarse.
—No puedo.
—Eiden…
—Aunque quisiera, no puedo.
Naila se detuvo.
Lucián también.
—¿Qué significa eso?
Eiden hizo un pequeño gesto con la cabeza hacia los hombres. Lucián volvió a fijarse en ellos. El corpulento seguía en el suelo, y Lucián entendió por fin lo que ocurría.
El hombre estaba haciendo fuerza.
No intentando incorporarse.
Intentando simplemente levantar el pecho de la piedra.
Sus manos arañaban el suelo. Los brazos temblaban por el esfuerzo. Apretaba los dientes con tanta fuerza que los músculos de la mandíbula parecían a punto de romperse.
El segundo hacía exactamente lo mismo contra la pared.
Lucián volvió lentamente la cabeza hacia Eiden.
—¿Sigues haciendo eso?
—Sí.
Naila alternó la vista entre el niño y los dos hombres.
—¿Todo este tiempo?
Eiden asintió.
—Si dejo de hacerlo, se levantarán.
Uno de los hombres soltó una carcajada ahogada desde el suelo.
—Y cuando lo hagas… —consiguió decir— te voy a…
La presión aumentó.
Su cara volvió a pegarse contra la piedra.
Eiden lo miró.
—No estaba hablando contigo.
Naila arqueó una ceja.
Lucián habría encontrado graciosa la situación en cualquier otro momento.
Los pasos sonaron de nuevo.
Mucho más cerca.
—¡Registrad las galerías!
Eiden tragó saliva.
Lucián reparó entonces en el temblor de sus dedos. No era únicamente debilidad: Eiden estaba haciendo un esfuerzo enorme.
—¿No puedes dejarlos inconscientes? —preguntó.
Eiden negó con la cabeza.
—No sé hacerlo.
—¿Pero puedes lanzarlos contra una pared?
—Sí.
—Eso podría dejarlos inconscientes.
—También podría matarlos.
Lucián abrió la boca, pero terminó cerrándola. Era difícil discutir aquello.
Naila miró hacia el corredor.
—Entonces tenemos un problema.
—Dos —corrigió Lucián.
Naila lo miró.
—No me corrijas, paria.
Lucián señaló a los hombres.
—Ellos son un problema.
Luego señaló el corredor.
—Y los guardias son otro.
—Enhorabuena. Sabes contar.
Eiden los miró a ambos.
—Si os entregáis, quizá…
—No —dijeron los dos al mismo tiempo.
Eiden frunció ligeramente el ceño.
Lucián volvió a asomarse.
Ahora sí.
Una luz apareció al fondo del corredor y enseguida otra. Antorchas. Sombras moviéndose sobre las paredes.
Se retiró inmediatamente.
Examinó la puerta, a los dos hombres, el corredor por el que venían los guardias y la galería lateral por la que Naila y él habían llegado. Luego miró al hombre contra la pared, a Eiden y a Naila. Había una posibilidad.
Naila entrecerró los ojos al verlo observar alternativamente el corredor, a los hombres y las diferentes salidas.
—¿Qué estás tramando, paria?
Lucián volvió a mirar hacia las luces que se aproximaban.
—Tengo una idea.
Naila torció el gesto.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Lucián se agachó entre los dos y comenzó a hablar deprisa.
Naila dejó de sonreír.
Eiden lo escuchó sin pestañear.
Cuando terminó, Naila miró hacia el corredor y luego hacia la galería contraria.
—¿Estás seguro, paria?
—No.
—Magnífico.
Eiden negó con la cabeza.
—Eso incumple al menos cuatro normas del Palacio.
Lucián lo miró.
—Entonces intenta no contarlas.
Los guardias estaban ya muy cerca.
No quedaba tiempo.
Naila se colocó junto a Eiden.
Lucián ocupó su posición.
Eiden respiró profundamente.
El hombre corpulento volvió a intentar levantarse.
No pudo. Todavía. Lucián escuchó: cinco segundos, quizá menos.
Una sombra cruzó el extremo del corredor.
—Ahora.
Todo ocurrió a la vez.
Eiden liberó la presión.
El hombre corpulento se impulsó hacia arriba con toda la fuerza que llevaba acumulando. Su compañero prácticamente rebotó contra la pared al desaparecer de golpe aquello que lo mantenía atrapado.
Naila levantó a Eiden.
El niño apenas tuvo tiempo de protestar antes de quedar sobre su espalda.
Los dos hombres se volvieron hacia ellos.
Lucián echó a correr.
No hacia la salida.
Hacia el corredor de los guardias.
—¡Eh!
Los hombres reaccionaron.
Fueron tras él.
Lucián vio aparecer las primeras armaduras al fondo.
Esperó.
Un paso.
Dos.
Tres.
El hombre corpulento extendió una mano para agarrarlo.
Lucián la vio venir.
Se inclinó.
Los dedos pasaron junto a su oreja.
Giró sobre sí mismo y cambió de dirección.
—¡Ahora!
Naila apareció desde la otra abertura.
Rápida.
Mucho más rápida de lo que cualquiera que cargase con otra persona debería ser.
Los hombres dudaron.
Solo un instante.
Fue suficiente.
Eiden extendió una mano desde la espalda de Naila.
Algo golpeó una de las antorchas de la pared.
La llama cayó.
El corredor quedó sumido durante un segundo en una oscuridad confusa.
Gritos.
Pasos.
Un choque.
Lucián sintió pasar a Naila junto a él.
—¡Muévete, paria!
La siguió.
Detrás, alguien gritó:
—¡ALTO!
La luz regresó.
Pero para entonces ellos ya habían cruzado hacia la galería lateral.
Los dos hombres de Darian no tuvieron tanta suerte.
—¡Quietos!
—¡Al suelo!
—¡Guardias! —gritó uno de ellos—. ¡Esos tres…!
—¡HE DICHO AL SUELO!
Hubo un golpe y luego otro.
Lucián frenó únicamente cuando alcanzaron una curva desde la que todavía podían ver una pequeña parte del corredor.
Naila hizo lo mismo.
Los tres observaron.
Los hombres de Darian estaban rodeados.
Cuatro guardias del Palacio habían reducido al corpulento. Otros dos mantenían al segundo contra la pared mientras uno le arrancaba un cuchillo del cinturón.
—No somos nosotros —protestaba—. Hay tres…
Un guardia le golpeó las piernas.
El hombre cayó de rodillas.
—¿Quiénes sois?
—Escuchadme.
—¿Cómo habéis entrado en el Palacio?
Más guardias llegaron.
Lucián sonrió.
Naila lo miró de reojo.
—No ha estado mal, paria.
—¿No ha estado mal?
—No te emociones.
Desde su espalda, Eiden contemplaba la escena.
—Van a interrogarlos.
—Ese era el objetivo —dijo Lucián.
—Dirán que estamos aquí.
La sonrisa desapareció del rostro de Lucián.
—También es verdad.
Naila comenzó a correr.
—Entonces deja de admirar tu magnífico plan y mueve el culo, paria.
Lucián salió tras ella.
—Has dicho que no estaba mal.
—He cambiado de opinión.
—Han pasado cinco segundos.
—Me han sobrado cuatro.
Doblaron una esquina y luego otra.
Ninguno sabía adónde conducían aquellos túneles.
Eso era lo malo.
Lo bueno era que, por el momento, nadie corría detrás de ellos.
Naila avanzaba delante con Eiden a la espalda.
El niño se sujetaba a ella como podía, todavía demasiado débil para mantenerse por sí mismo. Cada movimiento parecía dolerle.
Lucián corría a su lado.
Detrás quedaron los gritos.
Las órdenes.
Los hombres de Darian.
Los guardias del Palacio.
Por primera vez desde que habían abierto aquella puerta, nadie los perseguía.
Por el momento.
Lucián miró hacia la oscuridad que se extendía frente a ellos.
No tenía la menor idea de dónde estaban.
Naila tampoco.