Parias: El precio de elegir 11. Tres desconocidos #2
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11. Tres desconocidos #2

—Tu cara habla.

Eiden los observó, incapaz de comprenderlos. Estaban dentro del Palacio sin autorización y huyendo; uno era hijo de un criminal, la otra probablemente una delincuente, y acababan de liberarlo de un castigo legítimo.

Tenía que avisar. Era su obligación.

Miró la puerta.

Naila lo vio.

—Ni se te ocurra.

—Tengo que hacerlo.

—Nos has oído decir que nos persiguen.

—Eso no cambia las normas.

—¿Nos estás diciendo que después de sacarte de esas cadenas vas a entregarnos?

Eiden la miró.

—Sí.

Naila abrió la boca.

Lucián soltó aire.

—Es increíble.

—No he pedido que me liberéis.

Aquella frase cortó cualquier respuesta.

Naila se quedó inmóvil.

Eiden tenía razón.

No se lo había pedido.

Al contrario.

Les había dicho que parasen.

* * *

Entonces escucharon voces.

Los tres se congelaron.

Una voz al otro lado del corredor.

—¡Por aquí!

Lucián palideció.

Naila se giró hacia la puerta.

—Mierda.

Otra voz.

Más cerca.

—¡Los he oído!

Lucián retrocedió.

—Nos han seguido.

Naila buscó alrededor.

No había otra salida.

Solo piedra.

—Perfecto.

Eiden miró la puerta.

—¿Quiénes son?

—Ahora no —respondió Lucián.

La puerta se abrió.

* * *

Entraron dos hombres.

El primero era corpulento.

El segundo más bajo y rápido.

Ambos reconocieron a Lucián inmediatamente.

El corpulento sonrió.

—Por fin.

Lucián retrocedió.

—No os acerquéis.

—Vamos, muchacho.

—He dicho que no.

El hombre miró a Naila.

Su expresión cambió.

—A ti también te buscábamos.

Naila adoptó una postura distinta.

Rodillas flexionadas.

Peso adelantado.

Manos preparadas.

—Qué detalle.

El segundo hombre dio un paso.

—No hagáis esto difícil.

Eiden los observaba desde el suelo.

No comprendía nada.

Aquellos hombres tampoco pertenecían al Palacio.

Eso estaba claro.

Pero conocían a Lucián.

Y parecían querer capturarlos.

—Lucián —dijo el corpulento—. Tu padre quiere que vuelvas.

Eiden miró al muchacho.

Lucián tensó la mandíbula.

—Pues dile que no.

—No vamos a volver sin ti.

—Entonces no volváis.

El hombre suspiró.

—Sabes que no podemos hacerte daño.

Naila miró rápidamente a Lucián.

—Qué tranquilizador.

—A ti no te han hecho la misma promesa —respondió el segundo.

Naila sonrió.

—Eso ya me suena más familiar.

El primero avanzó.

Lucián reaccionó antes.

El golpe fue rápido.

Buscaba el rostro.

Lucián lo esquivó.

El hombre lanzó otro.

Lucián volvió a apartarse.

Un tercero tampoco lo alcanzó. Lucián era demasiado rápido, no por fuerza ni por técnica, sino por reacción.

Su cuerpo parecía moverse antes de que el golpe llegase.

El hombre empezó a frustrarse.

—Estate quieto.

—No.

Otro golpe.

Lucián inclinó la cabeza.

El puño pasó a centímetros de una de sus orejas.

Naila aprovechó.

Se lanzó contra el segundo.

Naila golpeó primero, pero el hombre bloqueó. Ella insistió con un codo, una rodilla y un intento de alcanzar el cuello. Él la agarró del brazo. Naila giró y casi escapó, pero el hombre consiguió atraparla.

La lanzó contra el suelo.

Naila golpeó la piedra.

El aire salió de sus pulmones.

Antes de que pudiese incorporarse, el hombre cayó sobre ella.

Una mano alrededor del cuello.

Naila trató de apartarlo.

No pudo.

La presión aumentó.

Sus piernas golpearon el suelo.

Lucián lo vio.

—¡Naila!

Intentó acercarse.

El corpulento le cerró el paso.

Lucián esquivó un nuevo golpe y otro más.

—¡SUÉLTALA!

El hombre volvió a atacar.

No buscaba romperle la mandíbula.

Ni herirlo.

Solo alcanzarlo.

Derribarlo.

Dejarlo inconsciente.

Pero Lucián no se quedaba quieto el tiempo suficiente.

* * *

Eiden observaba desde el suelo, incapaz de encajar aquello en ninguna estructura conocida. Nadie daba órdenes, esperaba turno ni respetaba rangos; no había supervisores ni protocolo. Solo caos.

Naila tenía el rostro cada vez más rojo. Sus manos trataban de separar los dedos que le apretaban el cuello mientras Lucián intentaba alcanzarla sin conseguirlo.

Eiden bajó la vista a las cadenas a sus pies y luego a Naila. Ella había abierto sus grilletes sin permiso, violando una norma incluso después de que él le pidiera que no lo hiciese. Era una delincuente, una intrusa. Tenía que informar de ello. Lo sabía.

Pero la estaban estrangulando.

Eiden tragó saliva. Una voz apareció dentro de su cabeza. No era la de Kael ni la de un instructor. Era la suya.

Los han ayudado.

No.

Ellos te han ayudado.

Eso era diferente.

Naila golpeó el suelo con una mano, cada vez con menos fuerza. Eiden no tenía permiso para intervenir. Tampoco sabía quiénes eran aquellos hombres, quién tenía razón ni qué norma debía aplicar.

Esta vez no esperó una orden.

Decidió.

* * *

El hombre que sujetaba a Naila dejó de moverse.

Por completo.

Sus dedos continuaban alrededor de su cuello.

Pero ya no apretaban.

No podía.

Sus brazos estaban inmóviles.

Sus piernas también.

El corpulento lanzó otro golpe contra Lucián.

Su brazo se detuvo en mitad del movimiento.

Como si hubiese chocado contra algo invisible.

Sus ojos se abrieron.

Intentó avanzar.

No pudo.

—¿Qué…?

Lucián retrocedió.

El hombre intentó mover el brazo, sin éxito.

El segundo trató de incorporarse de encima de Naila.

Tampoco pudo.

Su cuerpo comenzó a levantarse lentamente, sin obedecer a su voluntad.

Naila rodó hacia un lado.

Inspiró aire con violencia.

Tosió.

El hombre continuó elevándose unos centímetros.

Quedó suspendido.

El corpulento también.

Ninguno tocaba correctamente el suelo.

Ambos comenzaron a forcejear.

No sirvió de nada.

Lucián miró a Naila; ella observó a los hombres y ambos acabaron volviéndose hacia Eiden.

Eiden continuaba sentado junto a la pared con un brazo levantado. Todo su cuerpo temblaba, respiraba de forma irregular y tenía el rostro pálido; parecía incapaz de mantenerse siquiera en pie. Aun así, los dos adultos permanecían completamente inmovilizados.

Eiden cerró los dedos.

Los cuerpos se separaron.

Uno golpeó una pared.

No con violencia suficiente para romperle nada.

Solo para apartarlo.

El otro fue desplazado hacia el lado opuesto.

Eiden abrió la mano.

Ambos cayeron.

Intentaron levantarse.

No pudieron.

Una presión invisible los mantuvo pegados al suelo.

Nadie habló.

Solo se escuchaba la respiración de Naila.

Lucián miró a Eiden.

—¿Has hecho tú eso?

Eiden no respondió.

Naila se llevó una mano al cuello.

Tosió otra vez.

—Pregunta estúpida.

Lucián siguió observándolo: los brazos heridos, las piernas casi sin músculo, el estado general de su cuerpo. Luego comparó aquella imagen con los dos hombres inmovilizados.

—No puedes ni levantarte.

Eiden bajó lentamente el brazo.

—No necesito levantarme.

Los dos hombres continuaron sin poder moverse.

Naila dejó de toser.

Miró a Eiden de una forma completamente distinta.

Naila había entrado en aquella celda viendo a un niño destruido, una víctima a la que había que sacar de allí. Ahora comprendía algo más. Lucián también: Eiden Darel, las termas, el dragón, el prodigio, el nivel dos. Todo encajó de golpe.

Naila miró alrededor.

La piedra antigua.

Las celdas.

Los corredores.

Las cadenas.

Luego volvió la atención al niño.

—Lucián.

—Sí.

—Creo que ya sé dónde estamos.

Lucián tragó saliva.

—Yo también.

Eiden los observó.

—Tenéis que marcharos.

Naila lo miró incrédula.

—¿Todavía estás con eso?

—No podéis estar aquí.

Lucián miró a los dos hombres inmovilizados.

Luego volvió la atención hacia Eiden.

Doce años.

Prácticamente incapaz de mantenerse en pie.

Y aun así había reducido a dos adultos sin levantarse del suelo.

Lucián había pasado toda su vida imaginando que las cosas peligrosas tenían un aspecto determinado: armas, garras, dientes, hombres grandes, criaturas. Eiden Darel no parecía peligroso; parecía a punto de desmayarse. Eso era precisamente lo inquietante.

Naila se acercó a Lucián.

Habló tan bajo como pudo.

—Creo que acabamos de liberar a un numentor.

Lucián no apartó los ojos de Eiden.

—Sí.

—Uno bastante fuerte.

—Sí.

Naila miró los dos cuerpos pegados al suelo.

Luego al niño.

—Mucho.

Eiden escuchó sin responder. Solo los observó desde la oscuridad de la celda: débil, herido, encadenado hasta hacía apenas unos minutos.

Y, de pronto, Lucián comprendió que quizá aquel niño no era la persona a la que debían proteger.

Quizá era la persona de la que debían empezar a preocuparse.