Parias: El precio de elegir 11. Tres desconocidos
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11. Tres desconocidos

Tres desconocidos

L a puerta se abrió y la luz del corredor irrumpió en la celda. Eiden cerró los ojos: tras tantos meses de oscuridad, incluso aquella claridad débil resultaba dolorosa.

Cuando consiguió entreabrirlos, solo distinguió dos siluetas de pie en el umbral, mirándolo. El miedo llegó antes que cualquier pensamiento. Intentó retroceder, pero las cadenas chocaron contra la pared. No tenía adónde ir.

—Por favor…

La voz apenas salió. Tragó saliva; le dolía la garganta.

—No.

Las dos figuras se detuvieron.

—No aguanto más —dijo Eiden, negando con la cabeza. La respiración se le aceleró—. No lo voy a aguantar. No lo voy a aguantar otra vez.

Nadie respondió.

Entonces escuchó una voz de mujer.

—Vamos, paria. Rápido. Escondámonos aquí.

—¿Aquí?

—Aquí.

—¿Estás segura?

—No.

Una pausa.

—No estoy segura de nada. No sé ni dónde estamos. Pero tenemos que huir.

Eiden abrió los ojos.

Parpadeó varias veces.

Las formas empezaron a definirse.

La mujer entró primero.

Vestía ropa oscura, gastada y demasiado práctica para pertenecer a cualquier funcionario del Palacio. Llevaba el cabello corto y revuelto. Sus orejas puntiagudas terminaban en mechones negros y se movían constantemente, atentas a cualquier sonido del corredor.

Detrás de ella entró un muchacho más joven, con ropa de mejor calidad aunque sucia y desordenada. Tenía rasgos vulpinos, orejas de zorro y una cola cobriza que se movía con nerviosismo a su espalda.

Ninguno llevaba uniforme ni insignias, ni se comportaba como debía hacerlo una persona dentro del Palacio.

La mujer se giró.

—Cierra.

El muchacho dudó antes de empujar la puerta.

La celda volvió a quedar casi a oscuras.

Eiden los observó mientras su respiración empezaba a calmarse. Aquellos dos no eran inspectores, numentores ni guardias. No pertenecían allí. Eso solo podía significar una cosa: una infracción grave.

Eiden se incorporó como pudo.

—¿Quiénes sois?

La mujer se volvió hacia él.

—¿Qué?

—¿Quiénes sois?

Su voz era débil.

Pero el tono no.

—¿Qué hacéis aquí?

El muchacho lo miró sorprendido.

Eiden continuó.

—Estáis dentro del Palacio de los Despertados.

La mujer parpadeó.

—¿El qué?

—No podéis estar aquí.

Ella miró a Lucián.

Examinó las paredes.

Luego volvió la atención hacia Eiden.

—Mierda.

Lucián frunció el ceño.

—¿Qué?

—Nos han pillado.

—¿Nos ha pillado él?

—Sí.

Lucián contempló al niño encadenado: extremadamente delgado, sucio, cubierto de heridas y con las muñecas destrozadas por los grilletes.

—Naila…

—¿Qué?

—No creo que vaya a ir corriendo a avisar a nadie.

Eiden tiró ligeramente de una cadena.

El metal sonó contra la piedra.

—Tengo que hacerlo.

Ambos lo miraron.

—¿Qué? —preguntó Naila.

—Tengo que informar de que estáis aquí.

Lucián lo estudió en silencio.

—¿Estás hablando en serio?

Eiden lo miró como si la pregunta fuese absurda.

—No tenéis autorización.

Naila se acercó un paso.

—Tú tampoco pareces tener mucha autorización para salir de ahí.

Eiden bajó los ojos hacia sus cadenas.

—Estoy cumpliendo un castigo.

—Ah.

Naila miró sus muñecas.

—Pues vaya castigo.

Eiden no respondió.

La mujer se acercó un poco más.

Él tensó el cuerpo.

—No te acerques.

Naila se detuvo.

—Vale.

Levantó ambas manos.

—No voy a hacerte nada.

—No podéis estar aquí.

—Eso ya lo has dicho.

—Tenéis que marcharos.

Lucián soltó aire.

—En eso estamos de acuerdo.

Naila lo miró.

—No.

—¿No qué?

—No vamos a dejarlo aquí.

Lucián se quedó mirándola.

—Naila.

Ella señaló a Eiden.

—Míralo.

—Lo estoy mirando.

—Pues míralo mejor.

Lucián volvió la vista hacia el niño, esta vez de verdad.

Las piernas eran poco más que huesos; la ropa se pegaba al cuerpo por la suciedad y el sudor; las muñecas estaban cubiertas de heridas.

Tenía marcas antiguas en los brazos, otras mucho más recientes y una cicatriz que descendía desde el hombro hasta perderse bajo la ropa.

Eiden intentaba mantenerse erguido, pero no lo conseguía.

Naila bajó la voz.

—No pienso dejarlo así.

Lucián cerró los ojos.

—Nos están persiguiendo.

—Lo sé.

—No sabemos dónde estamos.

—Lo sé.

—Puede que estemos debajo del puto Palacio de los Despertados.

—Eso parece.

—Y quieres ponerte ahora a liberar prisioneros.

—A este.

Lucián la miró.

—Es una idea horrible.

—Probablemente.

—Nos van a encontrar.

—Probablemente.

—Me encanta cuando te doy argumentos.

Naila sonrió apenas.

—Lo sé.

Se volvió hacia Eiden.

—¿Cómo te llamas?

Eiden no respondió.

—Solo quiero saber tu nombre.

—No necesito decírtelo.

Naila inclinó la cabeza.

—Vale.

—Vosotros sí.

—¿Qué?

—Habéis entrado ilegalmente.

La voz de Eiden se quebró un poco.

Tosió.

Continuó.

—Debéis identificaros.

Lucián lo miró incrédulo.

—¿Nos está interrogando?

—Parece que sí.

Naila suspiró.

—Naila.

Eiden esperó.

—Naila Kaldren.

Miró al muchacho.

Lucián puso mala cara.

—Lucián.

Naila alzó una ceja.

—Todo.

—No pienso…

Ella lo miró.

Lucián resopló.

—Lucián Thessaly.

Eiden se quedó quieto. El apellido le sonaba, aunque no sabía si de una conversación, un informe o simplemente porque los Thessaly eran conocidos.

—¿Y tú? —preguntó Naila.

Eiden dudó.

No tenía por qué responder.

Pero ellos lo habían hecho.

—Eiden Darel.

Nadie habló.

Lucián frunció el ceño.

Naila también.

—Espera —dijo Lucián.

Eiden lo miró.

—¿Qué?

Lucián dio un paso.

—¿Eiden Darel?

—Sí.

Naila miró a Lucián.

—¿Te suena?

—Claro que me suena.

Se fijó de nuevo en el niño.

—¿El numentor?

Eiden no respondió.

—¿El de las termas?

Naila abrió un poco más los ojos.

—¿Este?

Eiden apretó la mandíbula.

—Soy numentor de nivel dos.

Naila recorrió con la mirada las cadenas.

—Pues os tratáis de maravilla entre vosotros.

—He infringido normas.

La respuesta fue inmediata.

Lucián y Naila intercambiaron una mirada. Ninguno respondió de inmediato, hasta que ella rompió la pausa.

—¿Qué hiciste?

Eiden bajó los ojos.

—No importa.

—¿Mataste a alguien?

Eiden levantó la cabeza de golpe.

—No.

—¿Robaste?

—No.

—¿Atacaste a alguien?

—No.

—Entonces…

—Accedí a información que no me correspondía.

Naila esperó.

Eiden no añadió nada más.

—¿Y por eso te tienen así?

—No es asunto vuestro.

—Empieza a serlo si voy a sacarte.

Eiden la miró.

—No vas a sacarme.

—Sí.

—No.

Naila señaló hacia la puerta.

—Las llaves están fuera.

A un lado del marco, colgadas de una alcayata, había varias. Perfectamente visibles. Demasiado cerca.

Lucián las observó y luego miró a Eiden.

—Espera.

Naila ya se acercaba.

—¿Qué?

—Estaban ahí. Todo este tiempo.

Naila se detuvo. Lucián volvió a fijarse en Eiden.

—¿No podías cogerlas?

Eiden no respondió.

Lucián alternó la vista entre las cadenas y las llaves.

—Eres numentor.

Naila entendió entonces.

—Podías cogerlas.

Eiden terminó respondiendo:

—Sí.

—Entonces ¿por qué no lo hiciste?

Eiden la miró como si no entendiese la pregunta.

—Porque no puedo salir.

—No. Te estoy preguntando por qué no cogiste las llaves.

—Porque no puedo salir.

Naila abrió la boca y volvió a cerrarla. Esta vez se quedó sin respuesta.

Lucián estudió al niño en silencio. Empezaba a comprender.

—Te las han dejado ahí a propósito.

Eiden no contestó. No hacía falta.

Naila cogió las llaves.

—Pues se acabó.

Eiden se tensó.

—No.

Ella se acercó.

—Quieto.

—No podéis hacer esto.

—Ya lo estamos haciendo.

—Es una infracción.

—Sí.

—Tenéis que parar.

—No.

Eiden tiró de las cadenas.

—No quiero que me liberéis.

Naila se detuvo.

Aquello sí la sorprendió.

—¿Qué?

—No podéis hacerlo.

—Estás herido.

—Estoy castigado.

—Estás encadenado a una pared.

—Es el castigo.

Naila se agachó frente a él.

Esta vez no había ironía en su rostro.

—Eiden.

El niño la miró.

—Esto no es normal.

Algo cambió en su expresión.

Muy poco.

—Sí lo es.

Naila negó lentamente.

—No.

—No sabes nada del Palacio.

—Sé reconocer cuándo alguien está destrozando a un niño.

Eiden apartó la mirada.

—No soy un niño.

Lucián soltó una pequeña risa sin humor.

—Claro.

Eiden lo miró.

—Soy numentor de nivel dos.

—Y tienes…

Lucián dudó.

—¿Diez?

—Doce.

Hubo un silencio corto.

Lucián miró a Naila.

Ella también lo miró.

Naila introdujo una llave en uno de los grilletes.

Eiden intentó retirar el brazo.

No pudo.

—No.

—Estate quieto.

—Naila —dijo Lucián.

—¿Qué?

—Él no quiere.

—No está en condiciones de decidir nada.

—Eso no podemos saberlo.

—Míralo.

—Precisamente.

Naila giró la llave.

El primer grillete se abrió.

Eiden contempló su muñeca libre. Al principio no la movió, como si no comprendiese lo que acababa de ocurrir. Luego la llevó lentamente hacia el pecho y la tocó con la otra mano. La sensación resultaba extraña, casi incorrecta.

Naila abrió el segundo grillete y se inclinó hacia los tobillos.

—No deberíais hacer esto —repitió Eiden, con la voz más baja.

—Ya.

CLIC

Una pierna.

CLIC

La otra.

Las cadenas cayeron al suelo. Eiden no se levantó; permaneció sentado, mirándolas. Su cuerpo podía moverse, pero no lo hacía.

Naila se incorporó.

—Vamos.

Eiden la miró.

—¿Adónde?

—Fuera.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No tengo permiso.

Naila se quedó mirándolo.

Lucián se pasó una mano por la cara.

—Esto va a ser más complicado de lo que parecía.

—No puedo salir —repitió Eiden.

Naila se agachó otra vez.

—Pues ayúdanos tú.

Eiden frunció el ceño.

—¿Qué?

—Nos están persiguiendo.

—¿Quién?

Naila miró a Lucián.

Él respondió.

—Personas que trabajan para mi padre.

Eiden regresó la atención a Lucián.

—¿Por qué?

Lucián vaciló.

—Es complicado.

—No.

—¿No qué?

—No es complicado.

Eiden respiró con dificultad.

—Si os persiguen, habréis hecho algo.

Naila soltó una risa seca.

—Te va a caer bien mi historia.

Eiden la miró.

—¿Qué habéis hecho?

—Existir mal —respondió ella.

Lucián la miró.

—No ayuda.

—Es bastante exacto.

Eiden no entendió.

—Tenéis que entregaros.

Naila ladeó la cabeza.

—¿Perdón?

—Si os persiguen las autoridades…

—No son autoridades.

—Has dicho que trabajan para su padre.

—Sí.

—Entonces ¿quién es su padre?

Lucián se quedó callado.

Naila respondió.

—Una persona a la que prefieres no conocer.

Eiden volvió la atención hacia Lucián.

—¿Es un criminal?

Nadie habló.

Lucián apartó la mirada.

Eiden lo entendió.

—Sois delincuentes.

—Yo no —respondió Lucián.

Naila levantó una ceja.

—Bueno…

—No ayudas.

—No estaba hablando.