Parias: El precio de elegir 10. La jaula #3
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10. La jaula #3

Aquella noche lloró. No por el dolor, las heridas ni siquiera por sus padres. Lloró porque durante un momento había creído que alguien iba a abrir la puerta.

A partir de entonces dejó de marcar los días, de entrenar, de preguntar cuánto faltaba cuando traían comida y de preguntar por sus padres.

Eso pareció gustarles.

* * *

Una vez, Varos Kael regresó. Eiden no supo cuánto tiempo había pasado; podían ser semanas o meses, porque en aquel lugar ambas cosas empezaban a parecerse demasiado.

La puerta se abrió y el nivel tres entró solo. Eiden permanecía sentado contra la pared. Había adelgazado tanto que las cadenas parecían demasiado grandes para sus muñecas.

—Levántate.

Eiden obedeció. Le costó, y las piernas le temblaron al incorporarse, pero consiguió mantenerse en pie. Varos esperó hasta que dejó de tambalearse.

—¿Quién eres?

—Eiden Darel.

Varos guardó silencio.

Eiden tragó saliva.

—Numentor de nivel dos.

—¿A quién obedeces?

—A mis superiores.

—¿Qué ocurre cuando una orden contradice tus deseos?

Eiden bajó ligeramente los ojos.

—Obedezco.

—¿Qué ocurre cuando crees que una orden es equivocada?

La respuesta tardó apenas un momento.

—Obedezco.

Varos lo observó. Aquella pausa había sido mínima, pero había existido.

—¿Qué ocurre cuando quieres algo que te ha sido negado?

Otra pausa, casi imperceptible.

—Obedezco.

Varos dio un paso hacia él.

—¿Dónde están tus padres?

Eiden levantó los ojos y su respiración cambió apenas.

—No lo sé.

Varos guardó silencio. Durante un momento Eiden creyó que aquello había terminado, que por fin abrirían las cadenas y quizá esa misma tarde volvería a ver el cielo.

Varos se giró hacia la puerta.

—Seis meses más.

Eiden tardó en comprender las palabras.

—¿Qué?

—No estás preparado.

Algo se hundió dentro de él.

—He respondido correctamente.

Varos volvió la cabeza.

—Has pensado las respuestas.

Eiden calló.

—Todavía decides. Cuando estés preparado, no tendrás que pensar.

La puerta comenzó a cerrarse.

—¡Señor!

Varos se detuvo.

—¿Qué tengo que hacer?

El hombre lo miró por última vez.

—Nada.

La puerta se cerró.

* * *

Seis meses.

Eiden no intentó contarlos. Había aprendido que contar el tiempo solo conseguía volverlo más lento. Los días y las semanas dejaron de existir; su mundo se redujo a comida, oscuridad, sueño, dolor y silencio.

Su cuerpo siguió adelgazando. Las heridas de las muñecas nunca terminaban de cerrarse porque el metal volvía a abrirlas, y los tobillos estaban igual. El cabello le creció de forma irregular y las plumas alrededor del rostro perdieron casi todo su brillo.

A veces intentaba recordar el tacto de su cama, el sonido de las calles o el sabor de una fruta.

Sobre todo, la cara de su madre. Había momentos en los que recordaba perfectamente su voz, pero no conseguía reconstruir su rostro.

Entonces cerraba los ojos con fuerza y obligaba a la memoria a devolverle sus ojos, sus plumas, sus manos, su sonrisa.

No quería perderla. Era una de las pocas cosas que todavía sentía suyas.

* * *

Un día escuchó pasos.

Eiden abrió los ojos.

No era extraño.

De vez en cuando alguien atravesaba aquellos corredores.

Guardias.

Funcionarios.

Personas que llevaban comida.

Había aprendido a distinguirlos.

Pero aquellos eran diferentes.

Más de uno.

Se movían deprisa.

Entonces escuchó algo todavía más extraño.

Voces.

No conversaciones tranquilas.

Gritos.

Órdenes.

Carreras.

Un golpe metálico resonó a lo lejos.

Eiden se incorporó como pudo.

El corazón empezó a acelerarse.

Aquello no era normal.

En el Palacio nadie corría.

Nadie levantaba la voz sin motivo.

Todo se hacía siguiendo órdenes.

En silencio.

Siempre en silencio.

Escuchó otro golpe.

Más cerca.

Luego llegaron pasos apresurados.

Eiden miró la puerta.

Pasaban por el corredor.

No sabía quiénes eran.

No sabía qué estaba ocurriendo.

Pero eran personas.

Y estaban cerca.

Intentó gritar.

Abrió la boca.

Apenas salió sonido.

Su garganta estaba seca.

—Eh…

Nada.

Los pasos continuaban.

Eiden tiró de las cadenas.

No tenía fuerzas.

Volvió a intentarlo.

Movió ambos brazos todo lo que permitían los grilletes.

El metal chocó contra la pared.

Clanc.

Un sonido miserable.

Demasiado pequeño.

Otra vez.

Clanc.

Eiden apretó los dientes.

Movió los brazos con toda la fuerza que le quedaba.

Las cadenas golpearon la piedra.

CLANC.

El dolor atravesó sus muñecas.

No le importó.

Otra vez.

CLANC.

Los pasos se alejaron.

Eiden se quedó inmóvil.

Escuchando.

Nada.

Habían pasado de largo.

Esperó.

Cinco segundos.

Diez.

Veinte.

El silencio regresó.

Eiden dejó caer los brazos.

Cerró los ojos.

Había sido estúpido.

Nadie iba a venir.

Nunca venía nadie.

Había tardado meses en aprender aquello y durante unos segundos lo había olvidado.

Pasó casi un minuto.

Entonces escuchó algo.

Un paso.

Luego otro.

Eiden abrió los ojos.

Se quedó completamente quieto.

Los pasos se detuvieron frente a la puerta.

Su respiración también.

Un ruido metálico.

Algo manipulando la cerradura.

Eiden miró fijamente.

La puerta se abrió.

La luz del corredor entró de golpe.

Después de tantos meses de oscuridad fue casi dolorosa.

Eiden tuvo que entrecerrar los ojos.

No distinguía bien.

Solo formas.

Dos figuras permanecían en el umbral.

Ninguna llevaba el uniforme del Palacio.

Ninguna le resultaba conocida.

Eiden las miró sin comprender.

Dos siluetas totalmente desconocidas acababan de abrir la puerta de su celda.