Parias: El precio de elegir 10. La jaula #2
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10. La jaula #2

La idea le produjo una satisfacción impensable unos años atrás. Había roto una norma y no había ocurrido nada.

* * *

Diecinueve días después, el Palacio cambió.

Eiden estaba desayunando entre decenas de numentores cuando las conversaciones, los cubiertos y los pasos se apagaron a la vez. Nadie había dado una orden. Ni siquiera había entrado nadie todavía.

Eiden levantó la cabeza y sintió una presión extraña, como si el aire pesase. A su alrededor otros reaccionaron igual: un nivel uno dejó caer una cuchara y nadie se rió; un nivel dos se puso en pie; otro palideció.

—¿Qué ocurre? —preguntó Eiden.

Nadie respondió.

La presión aumentó. La sintió detrás de los ojos, en los dientes y en las plumas de la nuca.

Numen.

Pero no se parecía a nada que hubiese sentido antes. No estaba siendo utilizado; simplemente estaba allí.

Alguien estaba allí.

La puerta se abrió.

Entró Varos Kael.

Eiden conocía el nombre. Todo el Palacio lo conocía. Numentor de nivel tres, cincuenta y tres años, al servicio directo de la Corona durante más tiempo del que muchos residentes llevaban vivos.

Era alto y extremadamente delgado, aunque nada en su cuerpo parecía frágil.

La piel grisácea se tensaba sobre rasgos largos y duros.

Dos pequeñas crestas óseas nacían junto a las sienes y recorrían parte de su frente antes de desaparecer bajo el cabello blanco recogido hacia atrás.

Sus ojos eran tan oscuros que a cierta distancia parecían negros, y dos colmillos inferiores asomaban incluso con la boca cerrada.

No llevaba armadura ni ropajes ornamentados: solo una túnica oscura, botas y guantes.

Varos cruzó la sala. Los numentores de nivel dos bajaban la cabeza a su paso. Eiden había visto a esos mismos hombres humillar a rangos inferiores por diversión; ahora ninguno levantaba los ojos.

Varos no les prestó atención. Se detuvo frente a Eiden.

El muchacho se puso inmediatamente en pie.

—Señor.

No había enfado en el rostro de Varos. Eso fue peor.

—Eiden Darel.

—Sí, señor.

—Ven conmigo.

Eiden obedeció.

* * *

Caminaron durante varios minutos, Varos delante y Eiden detrás. No había guardias; no hacían falta.

Descendieron dos plantas. Al principio Eiden reconocía los corredores, pero pronto dejaron de resultarle familiares. Bajaron por una escalera estrecha; el aire se volvió frío, la piedra más antigua y húmeda, y empezó a oír agua en algún lugar lejano.

Varos abrió una puerta.

—Entra.

La habitación estaba casi vacía: una silla, una mesa y varias argollas fijadas a la pared. Eiden reparó en ellas justo antes de que la puerta se cerrara.

Varos permaneció de pie.

—¿Qué significa Protocolo de Continuidad? —preguntó Eiden.

Ni él mismo sabía por qué lo había dicho. Quizá porque estaba asustado o porque intuía que aquella era la razón por la que Varos estaba allí.

Algo cambió en el rostro del nivel tres. No sorpresa. Interés.

—Significa que has leído algo que no te correspondía leer.

Eiden sintió frío.

—¿Dónde están mis padres?

Varos no respondió.

—Me dijeron que reciben mi dinero. Los registros no dicen eso.

Varos se quitó lentamente un guante.

—Darel. Has recibido una educación excepcional: alojamiento, alimento, instrucción y una posición que millones de personas jamás alcanzarán.

—No he preguntado eso.

La atención de Varos se clavó en él. Eiden supo que acababa de cometer un error, pero esta vez no se disculpó.

—¿Dónde están?

Varos se acercó.

—Tu problema no es que hayas encontrado un documento. Tu problema es que has empezado a creer que tu talento te concede derechos que no posees.

Eiden levantó apenas la barbilla.

—Soy nivel dos.

Varos sonrió, apenas una curvatura.

—Sí.

Eiden comprendió demasiado tarde lo ridículo que había sonado.

* * *

El primer golpe no llegó de una mano.

Eiden ni siquiera vio moverse a Varos.

Su cuerpo salió despedido.

Golpeó la pared.

Cayó.

Intentó respirar.

No pudo.

Varos continuaba en el mismo lugar.

—Levántate.

Eiden obedeció.

Tardó.

Pero lo hizo.

—¿Dónde están mis padres?

Varos inclinó ligeramente la cabeza.

—Otra vez.

Eiden volvió a golpear la pared.

Esta vez escuchó algo crujir.

Cayó de rodillas.

—Levántate.

Eiden lo hizo.

* * *

El castigo no duró minutos ni fue una explosión de ira. Eso habría sido soportable. Varos nunca perdió la calma.

Le colocaron grilletes y le hicieron repetir las normas. Si fallaba una palabra, empezaban de nuevo; cuando la voz se debilitaba, esperaban, le daban agua y volvían a comenzar. Obediencia. Jerarquía. Deber. Autoridad.

Eiden perdió la cuenta de las horas. Hubo golpes, latigazos, privación de sueño y posturas que debía mantener hasta que sus músculos dejaban de responder.

Si caía, lo obligaban a levantarse y empezaban de nuevo.

Varos sabía cuándo detenerse y cuánto podía soportar un cuerpo.

No quería matarlo; quería conservarlo. Eso convertía todo en algo mucho peor.

Entre castigo y castigo llegaban las preguntas.

—¿Quién eres?

—Eiden Darel.

Golpe.

—¿Quién eres?

—Numentor de nivel dos.

—Mejor. ¿A quién sirves?

—Al reino.

—¿A quién obedeces?

—A mis superiores.

—¿Qué ocurre cuando una orden contradice tus deseos?

—Obedezco.

—¿Qué ocurre cuando crees saber más que tu superior?

Eiden tardó y el golpe llegó.

—Otra vez. ¿Qué ocurre cuando crees saber más que tu superior?

—Obedezco.

—¿Qué ocurre cuando quieres algo que te ha sido negado?

Eiden cerró los ojos.

—Obedezco.

—¿Qué ocurre cuando quieres ver a tu familia?

Eiden abrió los ojos. Varos esperaba.

—Quiero verlos.

El golpe fue inmediato.

Con el paso del tiempo dejó de saber si era de día y, después, qué día era. Lo despertaban cuando conseguía dormirse y le daban solo la comida y el agua necesarias. Varos aparecía y desaparecía; podían pasar horas o quizá días. Eiden ya no era capaz de distinguirlo.

—¿Qué ocurre cuando quieres ver a tu familia?

—Obedezco.

—Otra vez.

—Obedezco.

—¿Dónde están tus padres?

Eiden levantó la cabeza. Aquella pregunta era diferente.

—No lo sé.

—Correcto.

—¿Están vivos?

Varos lo observó sin responder.

—¿Están vivos?

El golpe lo tiró al suelo.

—No te corresponde hacer preguntas.

* * *

Hubo un momento en el que Eiden intentó utilizar el Numen. Nunca supo exactamente por qué; quizá ni siquiera fue consciente. Varos estaba delante de él, Eiden tenía sangre en la boca y una mano libre. Solo una.

Sintió rabia y extendió el Numen.

Varos levantó un dedo.

Nada más.

Eiden perdió el control de su propio cuerpo. Las piernas cedieron, los brazos se extendieron violentamente hacia los lados y la espalda se arqueó. Intentó gritar, pero no pudo.

Varos se acercó.

—Eso que haces…

Eiden temblaba.

—…es Numen.

Se inclinó frente a él.

—Lo que yo hago también.

Eiden intentó mover un dedo. No pudo.

Varos lo observó un momento.

—No vuelvas a confundirlos.

Lo soltó y Eiden cayó.

Aquella fue la primera vez desde que había despertado que comprendió la verdadera distancia entre un nivel dos y un nivel tres. No era un escalón.

Era un abismo.

* * *

Cuando terminó el castigo, Eiden pensó que lo devolverían a su habitación. Se equivocó.

Varos permaneció frente a él mientras dos hombres le colocaban nuevas cadenas: una en cada muñeca y otra en cada tobillo, más gruesas que las anteriores. Eiden apenas podía mantenerse despierto.

—¿Cuánto? —preguntó uno de los hombres.

—Ocho meses.

Eiden levantó la cabeza, convencido de haber oído mal.

—¿Qué?

—Ocho meses.

—Tengo misiones.

—Ya no.

—Soy nivel dos.

—Lo seguirás siendo cuando salgas.

Eiden intentó incorporarse.

—No podéis…

Se detuvo. Varos esperó.

Eiden bajó los ojos.

—No puede hacer eso, señor.

—Ya lo he hecho.

Las catacumbas estaban mucho más abajo del Palacio de lo que Eiden imaginaba.

Lo arrastraron durante parte del trayecto porque sus piernas dejaron de responder.

Atravesaron corredores estrechos, puertas y escaleras hasta llegar a una celda sin cama: solo una plataforma de piedra, un agujero para las necesidades y una pequeña abertura en lo alto de la pared por la que entraba una cantidad miserable de aire.

Las cadenas quedaron fijadas al muro. Le aseguraron muñecas y tobillos mientras Eiden mantenía la vista en la puerta. Varos seguía allí.

—¿Mis padres saben que estoy aquí?

No respondió.

—¿Les dirán que estoy bien? ¿Siguen recibiendo el oro?

Varos dio media vuelta.

Eiden tiró de las cadenas.

—¡Contésteme!

El nivel tres se detuvo sin girarse.

—Todavía queda mucho trabajo contigo, Darel.

La puerta se cerró.

* * *

El primer mes, Eiden intentó contar los días.

Marcaba la piedra con una raya cada vez que creía que había pasado uno, pero la comida llegaba sin un horario reconocible: a veces despertaba y encontraba un cuenco; otras permanecía lo que parecían horas esperando.

Perdió la cuenta, volvió a empezar y la perdió de nuevo.

Al principio también entrenaba, incluso encadenado.

Intentaba sentir el Numen, movía pequeños fragmentos de piedra, memorizaba cada irregularidad de la celda, contaba sus respiraciones y repasaba lecciones.

Se repetía que aquello era un castigo y que los castigos terminaban.

Había accedido a documentos restringidos, abandonado itinerarios y preguntado por información que no le correspondía. Tenía sentido. Tenía que tenerlo.

Con el tiempo empezó a hablar solo. No mantenía conversaciones; decía palabras, nombres.

—Madre.

Nadie respondía.

—Padre.

A veces imaginaba respuestas. Aquello lo asustó y dejó de hacerlo.

Pasaron semanas. Su cabello creció, las plumas perdieron brillo y adelgazó. Las muñecas y los tobillos se llenaron de heridas allí donde el metal rozaba constantemente. El olor, la oscuridad y el frío dejaron de importarle.

Eso fue lo peor: Eiden empezó a acostumbrarse.

Una vez escuchó pasos al otro lado. No eran los de quien llevaba comida; sonaban más lentos. Pasaron frente a su puerta y continuaron. Durante un momento creyó distinguir una voz lejana.

Eiden tiró de las cadenas.

—¡Eh!

Los pasos se detuvieron.

Contuvo la respiración, pero enseguida continuaron.

—¡EH!

Golpeó una cadena contra la pared.

—¡ESTOY AQUÍ!

Nadie regresó.