10. La jaula
La jaula
C onvertirse en numentor de nivel dos cambió muchas cosas. Eiden creyó que cambiaría una más: la única que realmente le importaba.
Su familia.
Había imaginado aquel momento durante años, aunque nunca se lo hubiese dicho a nadie.
Mientras fue iniciado aceptó que no podía verlos porque todavía estaba siendo formado; cuando alcanzó el nivel uno, aceptó que aún era demasiado pronto.
Pero ahora era diferente. Con diez años había superado una prueba ante tres numentores con décadas de experiencia y resuelto un problema que otros no habían podido solucionar.
Ya podía abandonar el Palacio sin supervisión, dirigir a numentores de nivel uno y tomar decisiones durante una misión.
Si aquello no era suficiente, no sabía qué podía serlo.
Esperó tres días y se presentó ante la oficina correspondiente. Entró cuando se lo permitieron y se inclinó.
—Solicito autorización para visitar a mi familia.
El funcionario ni siquiera pareció sorprendido.
—No está autorizado.
Eiden permaneció quieto.
—Soy numentor de nivel dos.
—Lo sabemos.
—Me dijeron que mi situación cambiaría cuando estuviese preparado.
—Y ha cambiado.
Eiden bajó la vista hacia las dos líneas bordadas sobre su uniforme.
—Entonces quiero ver a mis padres.
—Tu familia continúa recibiendo la protección correspondiente.
La respuesta le molestó.
No era la primera vez que la escuchaba.
—No he preguntado eso.
El funcionario levantó los ojos.
Eiden comprendió inmediatamente su error.
—Perdón, señor.
El hombre sostuvo su mirada.
—Tu familia dispone de alojamiento, alimento y protección. La compensación económica correspondiente a tus servicios continúa siendo entregada mensualmente.
—Quiero verlos.
—Cuando corresponda.
—¿Cuándo?
—Cuando se considere oportuno.
Eiden apretó los labios.
—¿Quién lo considera?
El funcionario dejó la pluma sobre la mesa.
—Puedes retirarte, Darel.
Eiden no se movió.
Estuvo a punto de insistir.
No lo hizo.
Inclinó la cabeza.
—Sí, señor.
Y salió.
* * *
Durante las semanas siguientes continuó trabajando, pero los encargos habían cambiado: ahora iba solo.
La primera vez que cruzó las puertas del Palacio sin un supervisor sintió algo que hacía mucho tiempo que no experimentaba y no supo ponerle nombre. El guardia comprobó la orden y abrió.
—Puedes irte.
Eiden contempló la ciudad.
—¿Solo?
El guardia arqueó una ceja.
—Eres nivel dos.
Aquellas palabras le gustaron mucho más de lo que deberían.
Eiden salió.
* * *
La ciudad también había cambiado, o quizá había cambiado él. Ya no era el niño que caminaba detrás de su madre intentando no perderse entre los adultos ni el iniciado que descendía de un carruaje acompañado por superiores.
Ahora la gente se apartaba y lo reconocía.
—Es Eiden.
—¿Ese?
—Sí. El de las termas. Dicen que ya es nivel dos.
Al principio fingía no escuchar; con el tiempo dejó de hacerlo.
Los niños corrían detrás de él, los comerciantes lo saludaban y algunas personas le ofrecían comida.
Una mujer incluso quiso regalarle un pequeño colgante porque meses atrás había reparado el sistema que abastecía de agua a su barrio.
Las normas le impedían aceptarlo, pero le gustó que se lo ofreciera.
Poco a poco ocurrió algo que el Palacio nunca había conseguido enseñarle: Eiden empezó a sentirse importante.
Había adultos que tardaban una década en alcanzar el rango que él había conseguido con diez años, numentores que necesitaban horas para resolver problemas que él comprendía en minutos y veteranos que, en ocasiones, le preguntaban cómo había hecho algo.
Jamás dijo que fuese mejor que ellos.
Empezó a pensarlo.
* * *
Su primera desviación duró siete minutos.
Había terminado un trabajo antes de lo previsto y debía regresar directamente al Palacio, pero al doblar una calle se detuvo.
A la izquierda estaba el camino de vuelta; a la derecha, uno de los barrios más antiguos de la ciudad, un lugar que recordaba haber oído mencionar a su madre muchos años atrás.
Eiden comprobó ambos lados y tomó la derecha.
No encontró nada. Regresó y nadie preguntó.
La siguiente vez fueron doce minutos; después, veinte; luego, media hora. Nunca abandonaba una misión ni dejaba un trabajo sin terminar. Solo robaba pequeños fragmentos de tiempo para recorrer mercados, calles, posadas y zonas donde se alojaban campesinos llegados de las aldeas.
Al principio no preguntaba. Buscaba un rostro conocido, un gesto, una voz, cualquier cosa. No encontró nada.
Pasaron los meses y empezó a preguntar con cuidado por un hombre con el nombre de su padre, por una mujer con las características de su madre, por una familia llegada de una pequeña granja. Las respuestas fueron siempre negativas.
Pero Eiden continuó. Cada lugar descartado era también una forma de avanzar.
* * *
Su fama crecía al mismo tiempo. Un puente, una compuerta, una torre dañada, un mecanismo de elevación, una criatura que había roto su sometimiento: cada problema resuelto añadía otra historia a su nombre, y las historias crecían al ser contadas.
El dragón que había dominado ya no era grande, sino gigantesco. Las termas no llevaban meses averiadas, sino años. El molino ya no abastecía a un barrio, sino a media ciudad.
Eiden escuchaba aquellas exageraciones y sabía que eran falsas, pero había algo agradable en ellas.
Cuando regresaba de una misión y cientos de personas pronunciaban su nombre, caminaba un poco más erguido.
Ya no le resultaba extraño que un nivel uno se apartara para dejarlo pasar o que un adulto obedeciera una orden suya.
Eiden Darel empezaba a acostumbrarse a ser Eiden Darel.
Y eso tuvo una consecuencia: comenzó a creer que las reglas podían doblarse un poco para él. Al fin y al cabo, siempre cumplía. ¿Qué importaban treinta minutos, una calle fuera de su itinerario o unas preguntas si regresaba, el trabajo estaba hecho y nadie sufría daño?
Encontró aquella explicación perfectamente razonable.
* * *
Hasta que un día encontró algo. No una persona, una casa ni una tumba.
Un papel.
Había terminado una reparación en un edificio administrativo de la Corona. Un antiguo sistema de poleas utilizado para trasladar documentos entre plantas se había bloqueado y Eiden tardó menos de una hora en repararlo.
—Pensábamos que habría que desmontarlo entero —dijo el administrador.
—No era necesario.
—¿Qué tenía?
—Una pieza deformada.
El hombre sonrió.
—Dicen la verdad sobre ti.
Eiden no preguntó qué decían. Lo sabía perfectamente.
Mientras varios trabajadores probaban el mecanismo, vio un sello conocido sobre unos libros de contabilidad: el del Palacio. El administrador hablaba con uno de los trabajadores.
Eiden sabía que no tenía permiso. Aun así se acercó. Solo quería mirar.
Abrió uno de los libros. Nombres, cantidades, pagos, pensiones, compensaciones. Pasó varias páginas hasta encontrar una sección dedicada al Palacio. Los numentores recibían compensaciones y parte de su trabajo se entregaba a sus familias; eso ya lo sabía.
Buscó su nombre y no apareció. Pasó otra página, luego otra, abrió un segundo libro. El pulso empezó a acelerársele. Tenía que haber una explicación.
Finalmente encontró su apellido.
DAREL.
Había una cantidad junto a él. Era exactamente la compensación mensual que le habían dicho que recibía su familia.
Buscó el destinatario.
No había ninguno.
En las entradas anteriores aparecían nombres, direcciones, responsables de entrega y sellos. En la suya solo había una anotación:
CUSTODIA FAMILIAR.
Debajo:
PROTOCOLO DE CONTINUIDAD.
Eiden leyó ambas líneas varias veces. No entendía qué significaban. Buscó el mes anterior: misma cantidad, misma anotación. Revisó otro y otro más. Igual.
Buscó otros nombres. Había pocos, pero estaban allí, todos numentores y todos con las mismas palabras. Encontró incluso a un nivel dos que llevaba muchos años en el Palacio. Retrocedió en sus registros: un año, dos, cinco, diez, quince, veinte.
Veinte años de custodia familiar.
Aquello no tenía sentido.
—¿Numentor Darel?
Eiden cerró el libro. El administrador lo observaba desde el otro lado de la sala.
—¿Ocurre algo?
—No.
Eiden volvió la atención al libro y luego al hombre.
—¿Qué significa Protocolo de Continuidad?
El rostro del administrador cambió apenas, pero Eiden lo vio.
—No lo sé.
Mentía. Eiden no era bueno haciéndolo, pero empezaba a reconocer cuándo lo hacían los demás.
—Aparece junto a mi familia.
—Esos registros no son de mi competencia.
—Están en su oficina.
—Recibimos documentación de muchas instituciones.
Eiden dio un paso hacia él.
—¿Qué significa custodia familiar?
—Ya te he dicho que no lo sé.
—¿Dónde se entrega ese dinero?
—Numentor Darel…
—¿Dónde?
El administrador tragó saliva.
Entonces Eiden comprendió algo extraño: aquel hombre le tenía miedo. No al Palacio. A él. Eiden tenía diez años y un adulto le tenía miedo.
—Creo que debería regresar —dijo el administrador.
Eiden miró el libro. Podría abrirlo y continuar. ¿Quién iba a impedírselo? El pensamiento apareció solo y durante un momento estuvo a punto de hacerlo.
Finalmente se apartó.
—Sí.
Salió del edificio.
Pero no regresó al Palacio.
* * *
Durante las horas siguientes recorrió la ciudad preguntando por el término: Protocolo de Continuidad.
Nadie sabía nada, o eso decían. Un antiguo funcionario le recomendó olvidarlo; un escribano dejó de hablar en cuanto mencionó al Palacio; un hombre que había trabajado transportando suministros para la Corona negó conocerlo. En todos vio la misma reacción: miedo.
No obtuvo respuestas. Obtuvo algo peor: la certeza de que existía una pregunta.
Regresó tarde esperando un castigo, pero no ocurrió nada. Nadie preguntó dónde había estado ni mencionó el edificio o el libro. Cenó, se retiró y durmió mal.
Al día siguiente tampoco pasó nada. Ni al siguiente. Pasó una semana y luego otra. Eiden empezó a pensar que quizá el administrador había guardado silencio, quizá por miedo, y que se había salido con la suya.