9. El prodigio #5
—Porque el problema no está en el agua.
La frase dejó la mesa en silencio.
Uno de los numentores volvió a reír.
Pero el tercero no.
Era el más veterano de los tres.
Dejó la taza.
—Muy bien.
El otro lo miró.
—¿En serio?
—Hemos venido para evaluarlo.
Se levantó.
Miró a Eiden.
—Demuéstranoslo.
* * *
Eiden los llevó hasta uno de los extremos de las termas.
Apartó algunas ramas y señaló una zona de piedra cubierta por una gruesa costra blanquecina.
—Ahí.
Uno de los numentores miró la pared.
—¿Qué estamos viendo?
—La entrada.
—¿Qué entrada?
Eiden se agachó.
—La del agua caliente.
Los tres se acercaron.
Eiden señaló las acumulaciones minerales.
—El agua no ha dejado de calentarse.
Pasó los dedos sobre la piedra.
—Sigue saliendo caliente debajo de nosotros.
—Entonces ¿por qué no llega?
—Porque esto se está cerrando.
El veterano se agachó junto a él.
Ahora también podía sentirlo.
Su expresión cambió.
—Mineralización.
Eiden asintió.
Durante años, los minerales transportados por el agua se habían ido acumulando alrededor de una antigua grieta natural.
Capa tras capa.
Muy lentamente.
Hasta estrecharla.
El agua caliente continuaba presionando desde las profundidades, pero apenas conseguía atravesarla.
La poca que lo hacía se mezclaba con otras corrientes y perdía casi toda su temperatura antes de alcanzar las termas.
Los tres numentores guardaron silencio.
Uno se fijó en Eiden.
—¿Y cómo sabes que puedes abrirla?
—No lo sé.
Aquello borró parte de su sonrisa.
—Magnífico.
Eiden continuó:
—Pero puedo intentarlo.
El veterano se apartó.
—Adelante.
* * *
Eiden apoyó ambas manos sobre la piedra.
Cerró los ojos.
Sintió la costra.
No era una única pieza.
Eran cientos de capas superpuestas.
Años.
Quizá décadas.
Empezó a separarlas.
La primera se quebró.
Otra capa se quebró.
Un pequeño hilo de agua caliente apareció entre las grietas.
—Despacio —advirtió uno de los numentores.
Eiden continuó.
Más piedra se desprendió.
El hilo se convirtió en un chorro.
El calor aumentó.
Y entonces la montaña rugió.
Eiden abrió los ojos.
—Atrás.
Los cuatro retrocedieron.
Una sección de la costra reventó.
El agua hirviendo salió disparada.
Uno de los numentores levantó una barrera con el Numen y desvió el chorro antes de que alcanzase a Eiden.
La presión sacudió toda la abertura.
—¡Ciérrala! —gritó otro.
Eiden miró la grieta.
Podía hacerlo.
Podía cerrarla.
Era fácil.
Pero entonces todo volvería a empezar.
—¡Darel!
No respondió.
Observó.
El agua empujaba desde abajo.
La piedra quería cerrarse.
La presión quería abrirla.
Dos fuerzas.
Y entre ambas existía un punto.
Un instante.
Una posición exacta.
Eiden lo vio.
—¿Qué estás haciendo?
No quería abrir la grieta.
Tampoco quería cerrarla.
Quería que permaneciese así.
Eiden extendió una mano.
El Numen penetró en la roca.
No empujó.
No sostuvo.
Fijó.
Por un momento, Eiden sintió la grieta completa.
Su forma.
Su anchura.
La tensión de cada fragmento de piedra.
El punto exacto en el que permitía pasar suficiente agua sin romperse.
Y le dijo al Numen que aquello era lo correcto.
Que aquella era su forma.
No durante unos segundos.
No mientras él permaneciese allí.
Aquella era, simplemente, la forma que debía tener.
La piedra dejó de crujir.
El chorro se estabilizó.
Eiden retiró lentamente la mano.
Nada cambió.
Los tres numentores permanecieron inmóviles.
El agua continuaba fluyendo.
Uno se acercó.
—Ya puedes soltarlo.
Eiden lo miró.
—Ya lo he soltado.
El hombre frunció el ceño.
—¿Qué?
—No lo estoy manteniendo.
El veterano se acercó a la grieta.
Extendió el Numen.
La examinó.
Luego miró a Eiden.
—¿Qué has hecho?
Eiden necesitó un momento para encontrar una explicación.
—He dejado la grieta como estaba cuando funcionaba.
—Eso lo veo.
—No.
Eiden señaló la piedra.
—La he dejado así.
El hombre seguía sin entender.
—No estoy sujetándola.
Regresó la atención a la grieta.
—No tiene que sujetarla nadie.
* * *
Tardaron horas en comprobarlo.
El agua caliente volvió a recorrer los conductos.
Primero llegó a la piscina más pequeña.
Luego a la segunda.
Finalmente, el vapor comenzó a elevarse sobre toda la superficie de las termas.
Esperaron.
Una hora.
Dos.
Cuatro.
La temperatura no descendió.
Eiden comió sentado sobre una roca.
Los otros tres apenas hablaron con él.
Al caer la tarde, el veterano volvió a comprobar la grieta.
Seguía exactamente igual.
Ni un milímetro más abierta.
Ni un milímetro más cerrada.
—¿Cuánto durará? —preguntó.
Eiden se encogió de hombros.
—No lo sé.
—¿Un día?
—No lo sé.
—¿Un mes?
Eiden negó con la cabeza.
—No lo sé.
El hombre miró la roca.
—¿Qué tendría que ocurrir para que dejase de funcionar?
Eiden pensó un momento.
—Romperla.
El veterano volvió lentamente la cabeza.
—¿Romper la montaña?
—Esa parte.
Ninguno dijo nada.
* * *
A la mañana siguiente, las aguas continuaban calientes.
No hubo una segunda prueba.
Tampoco una tercera.
Los tres numentores entregaron sus informes.
Eiden Darel había llegado allí como el único numentor de nivel uno.
Regresó al Palacio sabiendo que no volvería a dormir en la Casa del Nivel Uno.
Tenía diez años.