9. El prodigio #4
La jerarquía era sencilla y absoluta. Los nivel uno supervisaban a los iniciados, los nivel dos a los nivel uno y cualquier orden dada por alguien de rango superior debía cumplirse.
Algunos nivel uno, quizá porque recordaban demasiado bien lo que significaba ser iniciado, mantenían cierta paciencia.
Entre los nivel dos, en cambio, había quienes parecían considerar a los rangos inferiores poco más que basura.
Habían pasado años obedeciendo, soportando castigos y humillaciones; ahora estaban al otro lado.
Eiden descubrió aquella crueldad durante su primera semana. Un numentor de nivel dos se detuvo frente a él en mitad de un corredor y extendió una bota perfectamente limpia.
—Límpiala.
—Sí, señor.
Eiden se arrodilló y pasó un paño por el cuero. El hombre examinó el resultado, escupió al suelo y señaló la saliva.
—Eso también.
Eiden obedeció. Nadie dijo nada.
Pronto comprendió que no era un caso aislado.
A veces le ordenaban sostener objetos durante casi una hora sin motivo, lo empujaban por caminar demasiado despacio o le hacían repetir una tarea una y otra vez.
Un nivel dos llegó a volcar deliberadamente una jarra de agua para obligarlo a limpiarla y, cuando terminó, volcó otra.
Algunos reían; otros ni siquiera necesitaban hacerlo.
Lo inquietante era que, para muchos, aquello parecía completamente normal.
Eiden tuvo cierta suerte con el primer nivel dos encargado directamente de parte de su formación.
Era paciente, educado e incluso amable en ocasiones: explicaba los errores sin golpearlo, respondía preguntas y alguna vez llegó a felicitarlo.
Eiden tardó semanas en comprender que aquello era excepcional.
No porque aquel hombre fuese extraordinariamente bueno, sino porque los demás podían ser extraordinariamente crueles.
Los insultos, empujones, órdenes inútiles, humillaciones y castigos excesivos formaban parte del sistema, y nadie podía negarse.
Un nivel dos daba una orden; un nivel uno obedecía.
Eiden lo aceptó como había aceptado todo desde que llegó al Palacio: aquella era la estructura, aquellas eran las normas y quienes las habían creado debían saber por qué existían. Tenían que saberlo.
Algunas noches, al regresar de una misión, Eiden se quedaba sentado en su habitación recordando los rostros de la gente: quienes gritaban su nombre, los niños que soñaban con ser como él y los padres que lo señalaban como un héroe.
Entonces recordaba también una bota frente a su cara, un escupitajo, una orden absurda o un golpe.
Nunca llegó a decirse que aquello fuese injusto; todavía no sabía pensar de esa manera. Pero lentamente empezó a existir una diferencia entre el Eiden Darel que conocía el mundo y el que vivía dentro del Palacio.
Fuera, miles de personas querían ser él. Dentro, algunos días, Eiden habría dado cualquier cosa por ser cualquiera de ellos.
* * *
El tiempo volvió a pasar. Otro año en el que los días comenzaron a confundirse entre entrenamiento, estudio, encargos, órdenes, regreso y sueño. Pero algo sí cambiaba: Eiden.
A los diez años, sus supervisores tomaron una decisión que hasta hacía poco habría resultado absurda.
Eiden Darel estaba preparado para presentarse a la prueba de numentor de nivel dos.
Dejaron claro que eso no significaba que fuese a superarla: muchos numentores pasaban siete u ocho años en el primer nivel antes de recibir aquella oportunidad, y algunos tardaban todavía más. Eiden llevaba dos.
Cuando la noticia salió del Palacio, su fama creció de nuevo. El niño prodigio iba a intentarlo.
* * *
La prueba no se celebró en una sala ni frente a un tribunal. No había preguntas ni ejercicios preparados: consistía en resolver un problema real que llevaba meses sin solución.
Las aguas termales reales se encontraban a las afueras de la ciudad, en una enorme propiedad de la Corona.
Durante generaciones, el agua había brotado caliente de la montaña y alimentado varias piscinas de piedra, hasta que un día empezó a llegar fría.
No se había secado; simplemente había perdido la temperatura.
Decenas de numentores habían probado distintos métodos sin encontrar una solución permanente.
Eso era exactamente lo que Eiden debía resolver. Al llegar descubrió que lo acompañarían tres numentores de nivel dos. Él era el único nivel uno, y se lo dejaron claro desde el principio.
—Tú observa —le dijo uno.
Eiden asintió.
—Sí, señor.
Eso hizo.
El primer día apenas pudo acercarse al agua.
Los tres numentores trabajaron durante horas mientras Eiden observaba.
Uno transmitió calor directamente al lago y consiguió que el agua humeara, pero la temperatura cayó en cuanto dejó de mantener el efecto.
Otro extendió el Numen por una parte del lago para conservar el calor durante más tiempo; tampoco fue suficiente.
El tercero calentó la piedra bajo el agua y, durante casi una hora, pareció funcionar, hasta que una roca se fracturó y tuvieron que detenerlo.
Al caer la noche, el agua volvía a estar fría. Eiden no dijo nada.
Al día siguiente combinaron métodos: uno calentaba, otro mantenía y el tercero distribuía el Numen por toda la masa de agua. Durante unos minutos el lago entero comenzó a humear y uno de ellos creyó que lo habían conseguido. Media hora más tarde, la temperatura volvió a caer.
Al terminar el segundo día, los tres estaban agotados y enfadados. Eiden seguía sin haber tocado el lago. No podía hacerlo sin una orden.
* * *
Aquella noche apenas durmió. No estaba nervioso por la prueba; había algo que no entendía. Si el problema era calentar el agua, todos aquellos métodos deberían haber funcionado. Algunos lo habían hecho, pero ninguno duraba.
Eiden permaneció tumbado mirando el techo de la habitación que les habían preparado y pensó en el molino. Aquella vez también habían intentado mover algo que no necesitaba ser movido. Se incorporó. Todo estaba en silencio. No tenía permiso para trabajar, pero nadie le había prohibido observar.
Salió al exterior. La noche estaba fría y el lago parecía completamente distinto sin trabajadores, guardias ni numentores alrededor. Caminó junto a la orilla, se agachó y metió dos dedos en el agua. Seguía fría.
Había visto los planos de las termas antes de viajar.
El agua no se calentaba allí: llegaba caliente.
Eso significaba que, en algún punto entre su origen y el lago, estaba perdiendo temperatura.
Siguió los pequeños canales, observando la piedra, las paredes y las acumulaciones minerales, hasta encontrar una entrada parcialmente cubierta.
Se agachó. Allí había calor, muy poco, pero lo había. Acercó la mano y cerró los ojos. No intentó cambiar nada, solo sentir. El Numen se extendió lentamente por la piedra y entonces lo encontró: mucho más abajo había una gran cantidad de agua caliente.
Eiden abrió los ojos. El problema nunca había sido el lago.
* * *
A la mañana siguiente los tres numentores desayunaban cuando Eiden apareció.
—Tengo la solución.
Uno de ellos dejó de masticar.
Otro soltó una carcajada.
—Claro que la tienes.
Eiden permaneció quieto.
—Sí, señor.
—Nosotros llevamos dos días trabajando.
—Sí, señor.
—Y tú no has tocado el agua.
—No, señor.
El hombre miró a sus compañeros.
—Entonces explícame cómo has encontrado una solución.