9. El prodigio #3
Eiden reconoció el tono y bajó la cabeza.
—Perdón.
Pasaron unos minutos antes de que se atreviese a preguntar de nuevo.
—¿Mi madre sabe que soy numentor?
—Sí.
—¿Sabe que hoy he salido?
—No lo sé.
—¿Sabe que soy bueno?
Sira apartó la vista. Maelor cerró el informe.
—Eiden.
Era la primera vez que lo llamaba por su nombre.
—Tu familia recibe todo lo prometido.
—Pero…
—Todo. Concéntrate en tu trabajo.
Aquella frase terminó la conversación.
* * *
Cuando el carruaje atravesó de nuevo las puertas del Palacio de los Despertados, Eiden bajó sin mirar a nadie.
Un instructor esperaba para recibirlos.
—¿Resultado?
Maelor señaló al niño.
—Molino operativo.
—¿Problemas?
—Ninguno.
El hombre miró a Eiden.
—Buen trabajo, Darel.
Normalmente habría respondido.
Gracias, señor.
Aquella vez no lo hizo.
Continuó caminando.
El instructor frunció el ceño.
Eiden lo sabía.
Sabía que acababa de romper una norma.
Sabía que debería detenerse.
Disculparse.
Corregirlo.
No lo hizo.
Subió las escaleras.
Cruzó dos corredores.
Entró en su alcoba.
Cerró la puerta.
Y no medió palabra con nadie.
A las cinco de la mañana, Eiden Darel ya estaba despierto.
En el Palacio la jornada comenzaba siempre a las seis, sin campanas, relojes ni sirvientes que golpeasen las puertas.
No los necesitaban. Durante los primeros meses habían despertado a los iniciados a la misma hora cada día y castigado a quienes se retrasaban, hasta que el cuerpo aprendía por sí solo.
Pero aquella mañana Eiden había abierto los ojos una hora antes.
Permaneció inmóvil mirando el techo, consciente de la razón: la noche anterior había regresado directamente a su habitación sin informar de su llegada, presentar los respetos correspondientes ni esperar nuevas instrucciones.
Había incumplido una norma, y las faltas tenían consecuencias.
Apartó las mantas. No trató de volver a dormir. Se lavó, se vistió, dobló la ropa y ordenó sus pertenencias con el cuidado habitual. Luego se sentó en el borde de la cama y esperó.
No parecía nervioso.
Al menos, no por el castigo.
Eso era sencillo.
Había infringido una norma.
Recibiría la corrección correspondiente.
No había nada que discutir.
Lo que no podía sacar de su cabeza era otra cosa.
Su familia.
La conversación del día anterior regresaba una y otra vez.
Algunas palabras.
Algunas respuestas.
Y, sobre todo, algunas respuestas que no habían llegado.
Eiden frunció ligeramente el ceño.
No tenía sentido.
Le habían explicado aquello hacía años.
Su madre estaba protegida.
Su familia estaba protegida.
Mientras él cumpliese con sus obligaciones, no les ocurriría nada.
Era así.
Siempre había sido así.
Entonces, ¿por qué aquella conversación le había dejado aquella sensación?
Miró la puerta.
Las seis llegaron sin que necesitase ningún reloj para saberlo.
Tres golpes secos resonaron en la madera.
Eiden se puso en pie.
Aquello tampoco era normal.
Cada mañana, los residentes abandonaban sus habitaciones por voluntad propia y esperaban alineados en el pasillo. Un supervisor recorría después la planta, comprobando que todos estuviesen presentes.
Aquel día habían ido a buscarlo.
La puerta se abrió.
Dos inspectores esperaban al otro lado.
Ninguno dijo nada.
Eiden tampoco.
Salió de la habitación.
Uno de ellos caminó delante.
El otro detrás.
Y Eiden avanzó entre ambos.
No preguntó adónde iban.
Ya lo sabía.
* * *
El castigo fue brutal, precisamente porque no tenía nada de excepcional. En el Palacio el dolor no necesitaba ira: no había gritos enfurecidos ni discusiones. Todo estaba organizado, medido y establecido.
Eiden permaneció maniatado mientras le recordaban cada norma incumplida.
Luego llegaron los latigazos. Su cuerpo reaccionaba antes que su voz: los músculos se tensaban, los dedos se cerraban y la respiración se cortaba.
No pidió que parasen ni protestó. Había cometido una falta y aquello, según todo lo que le habían enseñado, era la consecuencia.
Cuando terminaron apenas podía mantenerse erguido. Lo devolvieron a su habitación con heridas abiertas en la espalda y las muñecas marcadas por las correas.
Eiden permaneció largo rato tumbado boca abajo, con los ojos abiertos y el pensamiento clavado en su madre y su familia.
Aquello era lo extraño: durante años habían conseguido arrancarle casi cualquier pregunta antes de que llegase a formularla.
Una orden era una orden; una regla, una regla.
Si alguien con autoridad decía algo, debía existir una razón.
Eiden lo sabía, lo creía y necesitaba creerlo.
Pero con su familia era diferente. Por mucho que tratase de apartar la duda, regresaba como una piedra dentro del zapato: pequeña, persistente, fuera de lugar.
Durante los días siguientes intentó ignorarla y, finalmente, creyó conseguirlo. El Palacio era extraordinariamente bueno manteniendo ocupada a la gente.
* * *
Los encargos aumentaron. Empezaron con pequeñas intervenciones —mecanismos dañados, objetos que habían dejado de responder al Numen o construcciones que necesitaban refuerzo— y fueron haciéndose cada vez más difíciles. Eiden resolvía uno y recibía otro; pronto, dos más. Cada vez tardaba menos.
Lo que para otros numentores requería horas de estudio, él comenzaba a resolverlo en minutos.
Aprendía observando, recordaba casi todo lo que le enseñaban y comprendía estructuras que nadie esperaba que entendiese con su edad.
Sobre todo, poseía una facilidad extraordinaria para percibir cómo el Numen afectaba a las cosas.
En el Palacio repetían que el poder sin conocimiento era inútil. Eiden estaba acumulando ambos.
El mundo exterior empezó a conocer su nombre.
Primero fueron comentarios; luego historias: el muchacho que hizo funcionar un molino detenido durante meses, el joven numentor que reparó una enorme puerta giratoria después de que varios especialistas fracasaran, el niño que evitó el derrumbe de una estructura al ceder uno de sus soportes.
Y luego llegó el dragón.
La criatura llevaba días atacando campos de cultivo. Había destrozado cosechas enteras y dos grupos habían intentado expulsarla: uno regresó herido; el otro, incompleto. Enviaron a Eiden.
Cuando llegó, centenares de personas habían abandonado sus tierras. El dragón ocupaba un campo arrasado, enorme, cubierto de escamas oscuras y con las alas extendidas sobre los restos de varias construcciones. Eiden necesitó menos de una hora. No lo mató. Lo sometió.
Cuando la criatura se elevó finalmente del terreno obedeciendo sus órdenes, los campesinos empezaron a gritar su nombre. Primero fueron unos pocos; enseguida, todos.
—¡Eiden!
El muchacho se volvió. Algunas personas lloraban y otras levantaban las manos. Una mujer se abrió paso entre la multitud y lo abrazó antes de que los guardias pudiesen detenerla.
—Gracias —repetía—. Gracias.
Eiden se quedó rígido, sin saber qué hacer, y terminó apoyando torpemente una mano sobre su espalda.
Aquella noche, al regresar a la ciudad, encontró gente esperando en las calles.
La historia ya se había extendido: coreaban su nombre, los niños intentaban acercarse y algunos llevaban pequeños dibujos.
Eiden no comprendía del todo aquella reacción.
En el Palacio le habían enseñado que su obligación era servir, cumplir, resolver y proteger.
No esperaba agradecimiento, mucho menos aquello.
Con cada trabajo su fama crecía. Los padres hablaban de él a sus hijos, los comerciantes comentaban sus hazañas y había niños que jugaban a ser Eiden Darel. Desde fuera, parecía todo lo que cualquiera podía desear: un prodigio, un héroe, un elegido.
Y al final siempre regresaba al Palacio.
* * *
Allí no había aplausos. No importaba cuántas personas hubiesen pronunciado su nombre, ni que hubiese salvado una cosecha, reparado una infraestructura o evitado decenas de muertes. Dentro de aquellos muros seguía existiendo una única cosa verdaderamente importante: el rango.
Aunque ya era oficialmente numentor de nivel uno, Eiden continuó cerca de un año viviendo entre los iniciados.
Había ascendido demasiado pronto y seguía siendo un niño; los responsables del Palacio consideraban que trasladarlo de inmediato podía alterar su formación.
Así que siguió estudiando, entrenando, recibiendo órdenes y cumpliendo exactamente lo que se esperaba de él.
Cuando por fin llegó el traslado, Eiden lo interpretó como progreso. No habría usado la palabra libertad, pero había dejado de ser un iniciado y viviría con otros numentores, personas que habían completado la instrucción y entendían el Numen.
Al atravesar por primera vez las puertas de la Casa del Nivel Uno pensó que las cosas serían diferentes. Lo fueron, aunque no como esperaba.
El Palacio estaba dividido en casas internas según el rango: una para los numentores de nivel uno, otra para los de nivel dos y una tercera para los de nivel tres.
Eiden había visto muchas veces esta última desde los patios interiores, siempre silenciosa y casi vacía.
No le parecía extraño; los numentores de nivel tres apenas permanecían allí y, según les habían enseñado, se ocupaban de asuntos del reino y misiones que los rangos inferiores no necesitaban conocer.
Las Casas de Nivel Uno y Dos, en cambio, estaban siempre ocupadas.
Eiden descubrió muy pronto que allí funcionaba otra clase de disciplina.
Ya no necesitaban inspectores recorriendo los pasillos ni recordatorios constantes: aquella gente llevaba tantos años obedeciendo que la norma se había convertido en hábito.
Nadie llegaba tarde, discutía una orden ni preguntaba por qué.
El Palacio ya no necesitaba vigilarlos; se vigilaban ellos mismos.