Parias: El precio de elegir 9. El prodigio #2
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9. El prodigio #2

Aquella noche tardó mucho en dormir.

Pasó un año.

El día que cumplió nueve años nadie hizo una celebración.

El Palacio no funcionaba así.

Pero uno de sus instructores dejó una pequeña pieza de fruta sobre su mesa.

No dijo nada.

Eiden tampoco.

Se la comió lentamente.

Aquella misma semana ocurrió algo mucho más importante.

Lo nombraron numentor de nivel 1.

La ceremonia duró menos de cinco minutos: tres iniciados, un instructor, una insignia y una frase. Nada más.

Eiden contempló la pequeña pieza metálica que acababan de entregarle. Nivel uno. Desde que había llegado al Palacio nunca había podido salir; ahora podría hacerlo, aunque no libremente ni solo. Pero podría salir.

Los rangos eran sencillos, al menos sobre el papel.

Todo despertado llegaba al Palacio como iniciado y, durante aproximadamente un año, debía demostrar que podía obedecer, aprender y controlar las manifestaciones más básicas del Numen.

Quienes superaban aquella fase se convertían en numentores de nivel uno y comenzaban a realizar trabajos exteriores, siempre bajo supervisión.

Lo habitual era permanecer siete u ocho años en nivel uno antes de alcanzar el nivel dos; algunos necesitaban más y muchos nunca lo conseguían. El nivel dos implicaba autonomía, experiencia y capacidad para dirigir a otros. Eran numentores que sostenían gran parte del funcionamiento real del reino.

El nivel tres pertenecía a otra escala. Muy pocos llegaban, a veces después de veinte o treinta años, incluso de toda una vida.

Quienes alcanzaban ese rango rara vez terminaban reparando molinos: trabajaban para el Palacio, el ejército, las guerras o familias capaces de pagar una fortuna por sus servicios.

Algunos nombres eran conocidos incluso por personas que jamás habían puesto un pie en el Palacio de los Despertados.

Eiden acababa de convertirse en nivel uno con nueve años, y algunos instructores ya hablaban de cuándo sería nivel dos. No de si llegaría.

* * *

Su primer trabajo llegó cuatro días después.

Un molino.

No sonaba impresionante.

Eiden esperaba algo diferente.

Una puerta gigantesca.

Un dragón.

Un mecanismo del castillo.

Algo.

—Es un molino —repitió.

El numentor que los supervisaría lo miró.

—¿Tienes algún problema con los molinos?

—No, señor.

—Parecía decepción.

—No, señor.

El hombre sonrió.

—Mientes fatal.

Eiden se quedó rígido.

—Perdón.

—Relájate.

Aquello lo desconcertó todavía más.

El supervisor se llamaba Maelor Venn, numentor de nivel dos con más de veinte años de servicio. Era alto, de hombros anchos, cabello casi gris y una cicatriz que atravesaba una ceja hasta desaparecer bajo el pelo.

Eiden conocía su nombre; casi todo el mundo lo conocía. Maelor había trabajado durante años en infraestructura, participado en varias operaciones militares menores y supervisado decenas de iniciados.

Con ellos viajaría Sira, una numentora de nivel uno de unos veinticinco años. Había despertado mucho más tarde que Eiden y llevaba casi dos años en el Palacio. Eiden había alcanzado su mismo rango en uno.

El carruaje los esperaba frente a la entrada principal.

Eiden se quedó mirándolo.

—¿Es para nosotros?

Sira rió.

Maelor subió sin responder.

Eiden siguió.

El interior era más lujoso que cualquier lugar en el que Eiden hubiese estado antes del Palacio: asientos acolchados, madera tallada, ventanas amplias y detalles metálicos. Dos guardias viajaban fuera y otros cuatro escoltaban el vehículo.

—¿Siempre vamos así? —preguntó Eiden.

Maelor abrió un pequeño documento.

—Casi siempre.

—¿Por qué?

—Porque somos numentores.

Eiden dirigió la vista a la ventana.

El carruaje comenzó a moverse.

La reacción de la ciudad lo sorprendió.

La gente se apartaba.

Pero no como cuando pasaban los guardias.

Aquello era diferente.

Los miraban.

Ni siquiera podían ver bien quién estaba dentro.

No importaba.

Reconocían el símbolo del Palacio de los Despertados.

Un niño señaló.

Su madre le bajó la mano rápidamente.

Dos jóvenes corrieron junto al carruaje durante algunos metros.

Un hombre se quitó el sombrero.

Una mujer inclinó la cabeza.

Eiden pegó el rostro a la ventana.

—¿Por qué hacen eso?

Sira lo miró.

—Porque quieren ser tú.

Eiden giró la cabeza.

—No saben quién soy.

—No necesitan saberlo.

Maelor no levantó la vista de sus documentos.

—Ven el carruaje.

Sira sonrió.

—Ven el Palacio.

Eiden volvió a mirar fuera.

Durante toda su infancia había pensado que la gente del Palacio pertenecía a un mundo distinto.

Ahora viajaba dentro de ese mundo.

Y desde fuera todos parecían querer entrar.

Nadie podía ver lo que ocurría dentro.

Cruzaron las murallas.

Eiden reconoció la puerta.

Su cuerpo se tensó antes de que pudiera evitarlo.

La piedra.

Los guardias.

Su madre.

Las voces del carruaje se apagaron por un momento.

—Darel.

Eiden reaccionó.

Maelor lo observaba.

—¿Todo bien?

—Sí, señor.

—Bien.

Continuaron.

* * *

El molino se encontraba a cierta distancia de la ciudad.

El carruaje no podía completar todo el trayecto, de modo que tuvieron que continuar a pie.

La noticia de su llegada ya se había extendido.

Había personas observándolos desde la muralla.

Trabajadores.

Campesinos.

Curiosos.

Cuando Maelor bajó del carruaje, algunas voces comenzaron a pronunciar su nombre.

—Es Venn.

—Maelor Venn.

—El numentor.

Eiden observó a su supervisor.

Él ni siquiera reaccionó.

Sira descendió a continuación.

Y finalmente Eiden.

La expectación duró apenas un momento.

Entonces alguien gritó:

—¡Es el niño!

Eiden alzó la vista hacia la muralla.

—¿Qué niño? —preguntó.

Sira empezó a reír.

—Tú.

Las voces crecieron.

—¡El de nueve años!

—¡Eiden Darel!

El niño se quedó quieto.

—¿Cómo saben mi nombre?

Maelor continuó caminando.

—Porque tienes nueve años.

—Hay muchos niños de nueve años.

—No muchos numentores.

Eiden lo siguió.

Escuchó su nombre repetirse entre la gente.

Sira caminaba a su lado.

—Dicen que serás nivel 2 el año que viene.

Eiden la miró.

—Eso no lo sé.

—Ellos sí, aparentemente.

—Pero solo llevo un año.

—Precisamente.

Eiden comprendió entonces que las conversaciones de sus instructores habían salido del Palacio.

La gente sabía quién era.

Un niño que nunca había querido ser famoso se había convertido en alguien a quien señalaban desde una muralla.

* * *

El molino estaba destrozado.

Una batalla ocurrida años atrás había dañado gran parte de la estructura.

Desde entonces lo habían reparado de forma provisional en repetidas ocasiones.

Hasta que finalmente dejó de funcionar.

El problema no era simplemente reconstruirlo.

La ciudad necesitaba que funcionara de forma constante.

Sin animales.

Sin depender del viento.

Sin detenerse.

Maelor señaló el gran mecanismo.

—Sira.

Ella avanzó.

Intentó moverlo.

El engranaje respondió.

Giró.

Pero se detuvo.

—Otra vez.

Lo intentó.

Esta vez duró más.

Eiden observaba.

—¿Qué ves? —preguntó Maelor.

Eiden señaló.

—Está intentando mover la rueda.

Sira lo miró.

—Gracias, Darel.

—No era una crítica.

—Ha sonado como una.

Maelor sonrió.

—Entonces ¿qué harías tú?

Eiden se acercó.

Miró la rueda.

Los engranajes.

El eje.

Por último, el interior.

—No movería la rueda.

—¿Qué moverías?

—Nada.

Maelor alzó una ceja.

Eiden colocó una mano cerca del mecanismo.

No tocó.

Cerró los ojos.

Sintió.

El peso.

La resistencia.

La dirección en la que debía moverse.

Pero, sobre todo, entendió algo.

No necesitaba empujarlo continuamente.

Solo necesitaba establecer el movimiento.

Y mantenerlo.

El Numen respondió.

Primero un pequeño crujido.

Luego otro.

El polvo salió despedido de los engranajes.

Una pieza giró.

Otra.

La rueda comenzó a moverse.

Despacio.

Luego ganó velocidad.

Sira dejó de sonreír.

Maelor tampoco hablaba.

Eiden abrió los ojos.

La gran rueda continuaba girando.

—¿Así?

Maelor se acercó.

Observó el mecanismo.

—Déjalo.

Eiden retiró la mano.

La rueda siguió moviéndose.

—No —dijo Sira.

Eiden observó el molino.

Seguía funcionando.

Maelor pasó una mano por el eje.

Comprobó también varios engranajes.

—¿Cuánto has usado?

Eiden pensó.

—No sé.

—Aproximadamente.

—Poco.

Maelor lo estudió.

—¿Poco cuánto?

Eiden se encogió de hombros.

—Poco.

El supervisor guardó silencio.

Al final soltó una pequeña risa.

—Pues parece que hemos terminado.

Sira miró el molino.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

No habían estado allí ni una hora.

Cuando regresaron hacia las murallas había todavía más gente.

El molino funcionaba detrás de ellos.

Alguien debía haberlo visto.

Las voces comenzaron antes de que llegaran.

—¡Darel!

—¡El niño lo ha hecho!

Eiden levantó la vista.

No entendía cómo podían saberlo tan rápido.

Sira levantó una mano hacia la gente.

Algunos respondieron.

Eiden no.

Maelor caminaba como si no existiera nadie alrededor.

—¿No les saluda? —preguntó Eiden.

—No.

—¿Por qué?

—Porque mañana estarán aquí esperando a otro.

—Pero saben quién es.

—Hoy.

Eiden no entendió aquella respuesta.

Todavía.

* * *

Dentro del carruaje, Eiden permaneció varios minutos callado. Maelor revisaba el informe y Sira contemplaba la ciudad por la ventana. Eiden observó la insignia de nivel uno sobre su ropa hasta decidirse.

—Maelor.

—¿Sí?

—Quiero ver a mis padres.

Maelor volvió al informe.

—No.

Eiden insistió. Podían pasar por su casa, ni siquiera hacía falta que nadie bajase con él. Maelor lo detuvo con una sola palabra.

—Darel. No.

—¿Por qué?

—Porque no está autorizado.

—Pero estoy haciendo todo bien. He pasado la iniciación, soy nivel uno y he hecho el trabajo. Ni siquiera ha tenido que ayudarme.

Sira miró a Maelor. El supervisor respiró lentamente.

—Todo eso es cierto.

—Entonces quiero verlos.

—No funciona así.

—¿Cuándo podré?

—Cuando esté autorizado.

—¿Y cuándo será eso?

—No lo sé.

Eiden apretó los labios. Llevaba un año sin verlos. Todos los meses le aseguraban que recibían dinero, que tenían una vivienda y que estaban protegidos, pero ninguna de aquellas respuestas le permitía comprobarlo.

—¿Están bien?

—Sí.

—¿Los ha visto?

Maelor tardó demasiado en responder.

—Hay personal que se encarga de eso.

Eiden levantó la mirada.

—Eso no es lo que he preguntado.

La expresión de Maelor se endureció.

—Cuidado, Darel.