9. El prodigio
El prodigio
D urante los primeros meses, Eiden creyó que el Palacio era un premio.
Ignoraba por qué lo había recibido.
Tampoco tenía idea de cuánto iba a durar.
Solo sabía que, por primera vez en su vida, no tenía hambre.
Aquello ya era suficiente para convertir casi cualquier lugar en un paraíso.
Su habitación era pequeña en comparación con otras del edificio, pero para Eiden parecía inmensa. Tenía una cama para él solo, un colchón de verdad, sábanas limpias, una ventana, una mesa y una palangana que cada mañana aparecía llena de agua nueva.
Al verla quiso guardar parte para más tarde.
Una mujer que trabajaba allí lo descubrió llenando una pequeña botella.
—¿Qué haces?
Eiden se quedó inmóvil.
—Nada.
—Eso no es nada.
El niño miró la botella.
—Es para esta noche.
La mujer frunció el ceño.
—Por la noche te traerán más.
Eiden pensó que se estaba burlando de él.
No respondió.
—Puedes usar toda esa agua.
—¿Toda?
—Toda.
Miró la palangana.
Luego a ella.
—¿Y mañana?
—Habrá más.
Durante varios días continuó dejando siempre un poco.
Por si acaso.
Con el tiempo dejó de hacerlo.
También había comida. Mucha más de la que Eiden estaba acostumbrado a ver y tres veces al día. Al principio escondía uno o dos panes entre la ropa y los guardaba bajo el colchón; la primera semana llegó a acumular siete.
Cuando uno de los sirvientes los encontró, avisó a un instructor.
Eiden esperaba un castigo.
El hombre sostuvo uno de aquellos panes duros y miró al niño.
—¿Por qué haces esto?
—No sé.
—Sí lo sabes.
Eiden bajó la mirada.
—Por si mañana no hay.
El instructor dejó el pan sobre la mesa.
—Mañana habrá.
—¿Y pasado?
—También.
—¿Y si…?
—Siempre habrá comida.
Eiden lo miró.
El hombre señaló la cama.
—Tíralos.
—Pero todavía se pueden comer.
—Tíralos.
Eiden obedeció.
Le dolió más aquello que algunas palizas que recibiría después.
Durante semanas, cada vez que dejaba comida en un plato sentía que estaba haciendo algo terrible.
El Palacio de los Despertados era mucho más grande y extraño de lo que Eiden había imaginado. Tampoco era el único niño: había pequeños de cuatro o cinco años, otros de siete, nueve o diez, y también adultos de veinte, treinta, cuarenta o más.
Todos vestían de forma parecida, dormían y comían dentro del Palacio y habían despertado. Sin embargo, ninguno llegaba convertido en numentor. Aquella fue una de las primeras cosas que Eiden comprendió: despertar no significaba saber, sino poder aprender.
Durante las primeras semanas apenas utilizaron el Numen.
Eiden no entendía por qué.
Esperaba aprender a hacer lo que había hecho aquella noche.
Aunque ni siquiera recordaba bien qué había ocurrido.
Recordaba fuego.
Gritos.
Su madre.
A partir de ahí, solo fragmentos. Nada más.
Pero los instructores no parecían interesados en aquello.
Primero llegaron las normas. Horas enteras dedicadas a aprender cómo levantarse, cuándo hablar, cómo dirigirse a un superior, dónde sentarse o caminar, qué puertas podían cruzar, qué zonas estaban prohibidas y cómo pedir permiso.
También cómo comer, vestirse, presentarse ante un numentor de rango superior o alguien de la familia real y responder a una orden, incluso cuando pareciese contradictoria o no la entendiesen.
La respuesta casi siempre era la misma: obedecer.
—Una orden no necesita gustaros.
El instructor caminaba entre las filas.
—No necesita pareceros justa.
Se detuvo frente a un hombre de unos treinta años.
—No necesita siquiera que comprendáis su utilidad.
Siguió caminando.
—Vuestro trabajo es cumplirla.
Eiden escuchaba.
Tomaba notas.
Memorizaba.
Aquello se le daba bien.
Muy bien.
La mayoría necesitaba repetir una norma varias veces.
Eiden no.
La escuchaba una vez.
La recordaba.
Los instructores empezaron a notarlo.
Durante el segundo mes aparecieron los exámenes.
No de Numen.
Todavía no.
Normas.
Historia.
Jerarquías.
Obligaciones.
Protocolos.
Eiden solía terminar antes que todos.
Al principio se quedaba sentado mirando la hoja.
Pensaba que debía haberse equivocado.
Terminó acostumbrándose.
—Darel.
—Sí, señor.
—¿Has terminado?
—Sí, señor.
—Todavía quedan cuarenta minutos.
Eiden bajó los ojos hacia el examen.
—¿Tengo que esperar?
Algunos adultos rieron.
El instructor no.
—Entrégalo.
Eiden lo hizo.
Dos días después recibió el resultado.
Perfecto.
No entendió por qué varios instructores hablaron de ello.
Para él simplemente eran preguntas cuya respuesta ya había escuchado.
Más tarde llegaron los castigos.
No todos los aprendieron de la misma forma.
Eiden lo descubrió una mañana.
Un hombre se levantó tarde.
Solo unos minutos.
El instructor lo hizo colocarse frente al grupo.
—¿Hora?
El hombre respondió.
—¿Hora de formación?
Respondió también.
—Entonces explícame por qué estás aquí ahora.
—Me quedé dormido.
—Eso ya lo sé.
—Lo siento.
El instructor lo golpeó.
Sin aviso.
El hombre cayó.
Eiden dio un pequeño respingo.
El instructor lo levantó.
—Otra vez.
—Lo siento, señor.
Segundo golpe.
—No te he preguntado si lo sientes.
El hombre sangraba por la nariz.
—He cometido un error.
—No.
Tercer golpe.
—Has incumplido una norma.
Aquella diferencia se repetiría muchas veces.
Error.
Norma.
Desobediencia.
Orden.
Consecuencia.
A medida que pasaron los meses, las normas dejaron de ser teoría y empezaron a formar parte de todo. Hablar cuando no correspondía, abandonar una postura antes de tiempo, llegar tarde o discutir una orden podía terminar en castigo.
No siempre eran golpes. A veces significaba pasar horas de pie, permanecer arrodillado sobre piedra, perder el sueño, quedar aislado o repetir ejercicios físicos hasta que el cuerpo dejaba de responder.
Los instructores parecían conocer exactamente cuánto soportaba cada persona y, peor aún, cuánto necesitaban para quebrarla.
Eiden observaba. Primero con miedo, luego con atención y, finalmente, con una normalidad que habría resultado impensable al llegar.
Él recibía menos castigos.
No porque fuesen más bondadosos con él.
Porque rara vez cometía errores.
Eiden recordaba las normas.
No llegaba tarde.
No discutía.
Contestaba cuando le preguntaban.
Callaba cuando debía.
Y cada vez que algo dentro de él quería protestar, recordaba una frase.
Si haces lo que se espera de ti, no tendrás que preocuparte por ellos.
Sus padres.
Aquello bastaba.
Los instructores también lo trataban de manera diferente por otro motivo: tenía ocho años, y eso significaba tiempo.
Un adulto que despertaba con cuarenta podía convertirse en un numentor útil, pero su formación solía orientarse a tareas concretas y repetitivas: mover mecanismos, mantener estructuras o quedar destinado durante años al mismo lugar.
Un niño ofrecía muchas más posibilidades; cada año de entrenamiento ampliaba lo que podía llegar a hacer.
Eiden escuchó a dos instructores hablar de ello una tarde, sin que supieran que estaba cerca.
—Si continúa así, no llegará a mantenimiento.
—No.
—¿Ejército?
—Quizá.
—Tiene ocho años.
—Precisamente.
—Demasiado pronto para saberlo.
El otro instructor sonrió.
—No para saber que no es normal.
Eiden no comprendió si aquello era algo bueno. Cuando se lo dijeron directamente, sonó como si lo fuera.
El entrenamiento con el Numen comenzó meses después. Empezaron con algo sencillo: levantar una piedra sin tocarla. Eiden observó durante horas cómo algunos conseguían hacerla vibrar, otros moverla unos centímetros y otros no lograban nada.
Cuando llegó su turno, el instructor colocó una piedra frente a él.
—No empujes.
—¿Cómo?
—Eso es exactamente lo que no debes hacer.
Eiden frunció el ceño.
—No lo entiendo.
—Mejor. El Numen no es un brazo invisible.
—Entonces ¿qué es?
—Cuando lo sepas, me lo cuentas. Cierra los ojos y siente dónde está.
Aquello le pareció absurdo, pero obedeció. Sabía que la piedra estaba delante porque la había visto. Cuando dejó de pensar en sus manos apareció una sensación conocida, muchísimo más pequeña que la de la noche de su despertar, pero reconocible.
Abrió los ojos. La piedra flotaba.
El instructor dejó de hablar.
—¿Así? —preguntó Eiden.
El hombre alternó la atención entre la piedra y el niño.
—Bájala.
Eiden obedeció. Le hizo levantarla de nuevo, cada vez más alto, y finalmente dejarla caer. El instructor salió de la sala y regresó con otros dos. Eiden creyó que había cometido un error, pero solo le pidieron repetirlo: primero con una piedra, luego con dos y, por último, con tres.
Eiden comenzó a progresar más rápido que los demás.
Mucho más rápido.
Los ejercicios cambiaron para él.
Mientras otros aprendían a desplazar objetos, Eiden aprendía a mantener varios simultáneamente.
Mientras otros intentaban sostener una llama, él modificaba su dirección.
Mientras otros necesitaban concentrarse para empujar una pequeña rueda, Eiden conseguía mantenerla girando.
No entendía por qué.
Los instructores sí.
Y empezaron a vigilarlo todavía más.
Su vida adquirió una rutina casi invariable: levantarse, lavarse, formación, desayuno, estudio, entrenamiento, comida, más entrenamiento, más estudio, cena, repaso y dormir. Al día siguiente, exactamente lo mismo.
Eiden dejó de esconder pan y también de preguntar cuándo volvería a casa. No porque hubiese dejado de querer hacerlo, sino porque siempre recibía la misma respuesta: todavía no.
Una vez al mes le comunicaban que su familia había recibido su compensación.
Aquello sí era importante.
—Este mes se han entregado doce piezas de oro.
Eiden levantó la mirada.
—¿A mi madre?
—A tu familia.
—¿Quién se las lleva?
—Personal autorizado.
—¿Puedo mandarles algo?
—El oro.
—No. Una carta.
El funcionario cerró el libro.
—No.
—¿Por qué?
—No está permitido.
—¿Puedo recibir una?
—No.
—¿Por qué?
El hombre lo miró.
Eiden bajó la cabeza inmediatamente.
—Perdón.
—Tu familia está protegida.
—Sí, señor.
—Tiene comida.
—Sí, señor.
—Una vivienda.
Eiden levantó un poco la cabeza.
—¿Una vivienda?
—El Palacio ha proporcionado alojamiento adecuado.
—¿Ya no viven en la granja?
El funcionario no respondió y pasó página.
—Siguiente asunto.
Eiden entendió que la conversación había terminado.