8. La última cena #2
Su madre no lo dejó.
—¡PADRE!
—Eiden.
—¡LE ESTÁN HACIENDO DAÑO!
—Mírame.
—¡SUÉLTAME!
—¡EIDEN!
El niño buscó los ojos de su madre.
Ella estaba llorando.
—No hagas nada.
Aquella frase otra vez: no hagas nada. Obedece. No discutas. Mantén la cabeza baja y todo irá bien. Pero nada estaba bien.
* * *
Sacaron a la familia al exterior.
Los vecinos observaban desde sus casas.
Nadie salió ni habló.
El padre apenas podía caminar.
Dos soldados lo sujetaban.
La madre iba delante.
Eiden detrás.
Un hombre llevaba la antorcha.
Otro empezó por el cobertizo.
La llama prendió en la paja.
—No…
Eiden contempló las llamas.
—No.
El fuego creció, alcanzó el cercado y luego la casa: su cama, la mesa donde habían cenado, la ventana. Todo.
—¡Luma! —gritó.
Las cabras chillaban.
Un vecino consiguió abrir el cercado cuando los soldados no miraban.
Los animales huyeron.
Eiden respiró. Al menos una cosa había salido bien.
Los condujeron hacia el campo.
El hombre de la antorcha caminó entre las plantas.
Su padre entendió antes que Eiden.
—No.
El soldado dejó caer el fuego.
—¡NO!
Aquel grito sí salió del padre.
Intentó liberarse.
Lo golpearon de nuevo.
Las plantas empezaron a arder: meses de comida y trabajo convertidos en luz naranja.
Eiden miraba sin comprender.
—Pero eso es nuestro.
Nadie respondió.
—Nos lo han quitado ya.
Nadie respondió de inmediato.
—¿Por qué lo queman?
Uno de los guardias se fijó en él.
—Para que aprendáis.
Eiden no supo qué se suponía que debía aprender.
* * *
El cielo comenzaba a aclararse cuando prepararon a su madre.
No había plaza, juez ni público convocado. Solo un camino junto a los campos quemados.
Un hombre sacó una daga.
Eiden pasó la vista del arma a su madre.
—No.
Su padre estaba en el suelo, sujeto por dos soldados.
—Por favor.
Nunca había escuchado a su padre decirlo así.
—Por favor.
El oficial ni siquiera lo miró.
La madre de Eiden se arrodilló.
—Quiero hablar con mi hijo.
—No.
—Un momento.
—No.
Ella buscó los ojos del niño.
—Eiden.
Él comenzó a llorar.
—Madre.
—Escúchame.
—No.
—Escúchame.
—No.
—Eiden.
El hombre de la daga se colocó detrás de ella.
—He dicho que escuches.
Aquello consiguió detenerlo.
Su madre sonrió. Era una sonrisa pequeña, la misma con la que le había dado media torta.
—No has hecho nada malo.
Eiden lloró más.
—Tú tampoco.
Ella no respondió.
—Tú tampoco —repitió.
El guardia que estaba detrás de Eiden le puso una mano en el hombro.
—Quieto.
Su madre se volvió hacia el oficial.
—Por favor.
El hombre de la daga la agarró.
Eiden dio un paso.
La mano sobre su hombro lo detuvo.
—Quieto.
Algo empezó a latir dentro de su cabeza.
No era dolor, sino presión.
—Madre.
—Mírame a mí —dijo ella.
Eiden obedeció.
El verdugo levantó el brazo.
Eiden intentó avanzar.
El guardia apretó.
—He dicho que te quedes quieto.
Eiden miró a su madre, al arma y por último al hombre.
Todo lo que los adultos le habían enseñado durante ocho años apareció al mismo tiempo.
Obedece. No discutas. Respeta la ley. Los guardias protegen el orden. Cumple las normas. Haz lo que te dicen. Si haces las cosas bien, no tendrás problemas.
Eiden había obedecido. Su padre también. Su madre también. Habían trabajado, pagado, agachado la cabeza y permitido que les pegaran, les robaran y los humillaran. Habían obedecido.
Y aun así aquel hombre iba a matar a su madre.
Algo se rompió, más profundo que su corazón.
El aire cambió.
El guardia situado detrás de Eiden dejó de apretarlo.
Su mano cayó y Eiden escuchó un golpe, pero no se volvió.
El oficial sí.
El hombre que sujetaba al padre también.
Todos miraron detrás del niño.
El guardia estaba en el suelo.
Inmóvil.
—¿Qué…?
Eiden miraba únicamente al verdugo.
El hombre de la daga retrocedió.
—Niño.
Eiden dio un paso.
El hombre cayó de rodillas.
La daga se le escapó de los dedos.
Se llevó ambas manos al cuello.
No había nada visible allí. Intentó respirar y no pudo.
—¡ES UN DESPERTAR!
Alguien gritó.
Otro soldado desenvainó la espada.
—¡NO OS ACERQUÉIS!
Eiden dio otro paso.
El verdugo cayó.
Su madre se arrastró hacia atrás.
—Eiden.
El niño no la oyó.
El mundo había empezado a sonar de otra manera: las llamas, los gritos, los latidos, el metal, la respiración de todos. Todo estaba demasiado cerca.
Algo invisible parecía extenderse desde él en todas direcciones.
Un soldado levantó su arma.
—¡EIDEN! —gritó su padre.
La espada salió despedida.
El hombre también.
Chocó contra el suelo varios metros más atrás.
Otro intentó correr.
Cayó.
Alguien gritó.
Su madre repetía su nombre una y otra vez.
Eiden quiso contestar.
No pudo.
Contempló sus propias manos. No había nada en ellas y, sin embargo, por primera vez en su vida los adultos le tenían miedo.
El oficial retrocedió.
—No eres consciente de lo que estás haciendo.
Eiden levantó la mirada.
Tenía ocho años.
Su casa ardía detrás de él.
Su campo ardía.
Su padre sangraba.
Su madre estaba de rodillas esperando que la matasen.
Y aquel hombre todavía hablaba de lo que debía hacer.
Eiden dio un paso hacia él.
Y entonces todo desapareció.
* * *
Cuando volvió a abrir los ojos, el techo era blanco.
No olía a humo.
No escuchaba a su madre.
No escuchaba a su padre.
No escuchaba las cabras.
Había una cama limpia bajo su cuerpo.
Sábanas que nunca había visto.
Una ventana enorme.
Y un hombre sentado a varios metros de él.
Vestía ropas impecables.
—Eiden Darel.
El niño intentó incorporarse.
—¿Dónde está mi madre?
El hombre sonrió.
—Estás a salvo.
—¿Dónde está mi madre?
—Tu despertar fue excepcional.
—Quiero a mi madre.
—Tu familia estará protegida.
Eiden se quedó quieto.
—¿Está viva?
El hombre mantuvo la sonrisa.
—A partir de ahora, si haces lo que se espera de ti, no tendrás que preocuparte por ellos nunca más.
Eiden no entendió la respuesta.
Todavía no.
Tenía ocho años.