Parias: El precio de elegir 8. La última cena
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8. La última cena

La última cena

E l padre de Eiden estaba esperándolos en el camino.

El niño lo vio antes que su madre.

—¡Padre!

Corrió.

Había prometido no separarse de ella.

Decidió que aquella parte del viaje ya había terminado.

Su padre apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de recibirlo.

—Eh.

Eiden chocó contra él.

El hombre rió.

—¿Tan terrible era la ciudad?

—Sí.

La respuesta lo sorprendió.

—¿Sí?

Eiden estuvo a punto de contarlo todo: los hombres del camino, el robo, los guardias, su madre contra la muralla, el muerto, el numentor, la joya.

Volvió la vista hacia su madre, que caminaba hacia ellos, y al encontrar sus ojos recordó sus palabras: Hay cosas que no necesitamos contar.

—Había mucha gente —terminó Eiden.

El padre sonrió.

—Te lo advertí.

Cuando vio el moratón de su mujer, dejó de sonreír.

—¿Qué ha pasado?

Ella levantó la cesta.

—Primero entramos.

—¿Qué ha pasado?

—Luego.

El hombre pasó la vista de Eiden a ella. Su mandíbula se tensó, pero cumplió y no volvió a preguntar.

* * *

Aquella noche cenaron mejor que en semanas, aunque todavía no gracias a la joya.

La madre no sabía cómo convertirla en dinero sin exponerse, y mucho menos si sería seguro intentarlo en la misma ciudad.

El saco de harina había permitido hacer pan, habían vendido suficiente para comprar un trozo pequeño de carne y el queso que quedaba completaba una mesa que, a ojos de Eiden, parecía un banquete.

Su padre cortó la carne en tres partes y se quedó con la más pequeña. Eiden se dio cuenta, pero no dijo nada.

En lugar de eso, partió un pedazo de la suya y lo dejó caer disimuladamente en el plato del hombre.

Su padre lo observó. Eiden siguió comiendo como si nada. El hombre devolvió el trozo; Eiden se lo colocó de nuevo y él volvió a apartarlo.

—Parad los dos —dijo la madre.

—Él ha empezado —respondió Eiden.

—Tiene ocho años —dijo ella a su marido—. ¿Cuál es tu excusa?

El hombre terminó comiéndose el trozo.

Eiden sonrió satisfecho.

Entonces recordó algo, metió una mano en el bolsillo y dejó sobre la mesa la manzana aplastada.

—Te traje esto.

Su padre la observó.

La fruta estaba marrón por un lado y tenía una grieta profunda.

—Es la manzana más bonita que he visto en mi vida.

—Estaba mejor esta mañana.

—Imposible.

La cortó, retiró la parte dañada y dividió lo demás en tres.

Su madre empezó a reír.

Eiden también.

Durante unos minutos fueron felices. No ricos, ni seguros, ni importantes. Solo felices.

* * *

Después de cenar, su padre exigió saber qué había ocurrido.

La madre contó el asalto.

No habló del registro.

Eiden tampoco.

El hombre se levantó tan rápido que tiró la silla.

—Voy a buscarlos.

—¿Dónde?

—En el camino.

—¿Y luego?

—Los encontraré.

—¿Y luego?

El padre apretó los puños.

No respondió.

Su mujer sostuvo su mirada.

—Nos quitaron dos monedas y un queso.

—Te pegaron.

—Sí.

—Delante de nuestro hijo.

—Sí.

—Y quieres que no haga nada.

—Quiero que mañana arregles el canal.

El hombre se quedó mirándola.

Eiden vio en sus ojos rabia, vergüenza e impotencia. Finalmente recogió la silla y se sentó.

—Odio cuando tienes razón.

—Lo sé.

Eiden pensó en lo que su madre había dicho: A veces estar bien significa que ya ha terminado. Quizá aquello era ser adulto: saber cuándo no podías hacer nada.

* * *

Más tarde apareció la joya.

La madre cerró primero las contraventanas y luego la puerta.

Solo entonces metió la mano bajo su ropa y dejó la piedra sobre la mesa.

Su padre tardó en hablar.

—¿Qué es eso?

—Nuestra oportunidad.

Eiden estaba sentado junto al fuego.

El hombre no tocó la piedra.

—¿De dónde ha salido?

Ella explicó lo sucedido: el puesto, la esposa del lugarteniente, el comerciante, la ejecución, el objeto caído y su decisión.

El padre escuchó en silencio.

Cuando terminó, su rostro había cambiado.

—Devuélvela.

—No.

—Devuélvela mañana.

—¿Y decir qué? ¿Que la he tenido un día entero?

—La encontraste.

—Y me ejecutarán por no entregarla inmediatamente.

Eiden alternó la vista entre ambos.

—Podemos dejarla en algún sitio.

Su padre se volvió.

—¿Qué?

—Cerca de la puerta.

—¿Y?

—Que alguien la encuentre.

La madre acarició la piedra con un dedo.

—Esto puede pagar la deuda.

El padre fijó la vista en ella.

—También puede matarnos.

—La deuda también.

Nadie respondió de inmediato.

—Han dicho que vuelven en seis días.

—Lo sé.

—La última vez casi no podías abrir un ojo.

—Lo sé.

—La próxima no tenemos nada que darles.

—Lo sé.

La mujer golpeó la mesa, no muy fuerte, pero Eiden nunca la había visto hacerlo.

—Pues deja de decir que lo sabes.

El padre calló.

Ella respiró con dificultad.

—Estoy cansada.

Eiden permaneció inmóvil.

—Estoy cansada de contar comida. De contar monedas. De contar cuántos días faltan para que vuelvan. Estoy cansada de decirle que no a nuestro hijo porque nunca hay suficiente. Estoy cansada de verte volver a casa sangrando y tener que fingir delante de él que mañana será distinto.

Su voz se rompió.

—Esto podría hacerlo distinto.

El padre contempló la joya.

Eiden buscó a su madre con la mirada.

Ella lloraba.

No la había visto llorar desde hacía mucho tiempo.

El hombre se levantó, rodeó la mesa y la abrazó.

—Está bien.

Ella negó contra su pecho.

—No. No está bien.

—Ya lo sé.

—No digas eso.

Aquella noche, por fin, los dos rieron entre lágrimas.

Eiden no entendió por qué.

Entonces su padre extendió un brazo.

—Ven aquí.

Eiden fue.

Los tres se abrazaron junto a la mesa.

La joya roja quedó olvidada durante unos minutos.

* * *

Aquella noche hicieron planes. Fue un error, aunque todavía no lo sabían. La venderían lejos, nunca en aquella ciudad.

Su padre conocía a un comerciante que viajaba hacia el norte cada ciertos meses. Podrían esperar a su llegada, conseguir dinero, pagar impuestos, comprar semillas, reparar el tejado y quizá comprar otra cabra.

—No otra Luma —dijo la madre.

—Luma da leche.

—Luma come paredes.

—Solo una vez.

—Ayer.

Eiden rió.

Entonces propuso una idea mejor.

—Podemos comprar un caballo.

Ambos adultos lo miraron.

—No.

—¿Por qué?

—Porque cuesta más mantenerlo que mantenerte a ti —dijo su padre.

—Yo no como tanto.

Su madre y su padre intercambiaron una mirada.

—Comes exactamente tanto.

—No es verdad.

—Ayer preguntaste tres veces si quedaba pan.

—Porque quería saberlo.

—Y te comiste el que quedaba.

Eiden rió.

Hablaron de todo lo que harían cuando la deuda desapareciera.

Ninguno dijo «ricos». No soñaban tan alto: un techo que no goteara, comida para el invierno, una herramienta nueva y no tener que esconder las monedas cada vez que apareciera un caballo por el camino.

Su padre incluso habló de llevar a Eiden a la ciudad otra vez.

—No quiero.

Los adultos se sorprendieron.

—Esta mañana estabas desesperado por conocerla —dijo su madre.

Eiden bajó la vista hacia el fuego.

—Ya la conozco.

No añadió nada más.

* * *

Se acostaron tarde.

Eiden no conseguía dormir.

Escuchó a sus padres hablando en voz baja en la otra habitación.

—No le has contado todo.

Era su padre.

Nadie respondió de inmediato.

—¿Qué quieres decir?

—Te conozco.

La madre tardó.

—En la entrada.

La pausa se alargó.

Eiden cerró los ojos.

—¿Qué ocurrió?

Su madre se lo contó.

No con detalle.

No hacía falta.

El silencio posterior fue mucho peor.

—Voy a matarlo.

—No sabes ni quién era.

—Volveremos.

—No.

—Ese hijo de…

—No.

—Te puso las manos encima.

—Y si vuelves a esa puerta y haces algo, me quedaré sola.

Nadie respondió de inmediato.

—¿Eso quieres?

—No.

—Entonces quédate aquí.

Eiden escuchó algo.

Su padre lloraba en voz baja, intentando no hacer ruido.

El niño se tapó los oídos.

No quería seguir escuchando.

Su padre había dicho que los guardias mantenían el orden; su madre, que seguían las normas; el maestro, que la ley protegía a todos.

Eiden intentó acomodar aquellas cosas dentro de su cabeza.

No encajaban.

Finalmente se durmió.

* * *

Lo despertaron muchos caballos. Abrió los ojos: todavía era de noche, o quizá faltaba poco para amanecer.

Escuchó una voz fuera.

—¡EN NOMbrE DEL LUGARTENIENTE, AbrID!

Su madre entró en la habitación.

No caminaba.

Corría.

—Eiden.

El niño se incorporó.

—¿Qué pasa?

—Vístete.

Su padre ya estaba junto a la puerta.

—No abras.

Golpearon otra vez.

La madera crujió.

—¡AbrID!

—¿Qué ocurre? —preguntó Eiden.

Nadie respondió.

Su madre lo ayudó a ponerse la camisa.

Tenía las manos heladas.

—Madre.

—Todo va a estar bien.

Era la primera mentira clara que Eiden le escuchaba.

La puerta cedió.

Entraron seis hombres.

Dos llevaban antorchas.

Uno desplegó un pergamino.

—Por orden del lugarteniente. El registro de la puerta os sitúa en esta finca.

El padre se interpuso.

—¿Qué ocurre?

—Aparta.

—Esta es mi casa.

Un guardia lo golpeó en el estómago.

Cayó de rodillas.

—¡Padre!

Eiden corrió.

Su madre lo atrapó.

—Quieto.

El soldado leyó: hurto de propiedad, ocultación, desobediencia y ofensa contra la casa del lugarteniente. Cada acusación parecía más grande que la anterior.

—No la robó —dijo Eiden.

Todos lo miraron.

Su madre lo agarró más fuerte.

—La encontró.

Un guardia sonrió.

—Ah. Entonces sí está aquí.

Eiden comprendió demasiado tarde.

Su madre cerró los ojos.

El hombre del pergamino señaló la mesa.

—Registradlo todo.

Destrozaron la casa. Aquello no era un registro. Abrieron cajones y los vaciaron, arrancaron tablones, volcaron la mesa y tiraron alimentos al suelo.

Uno aplastó con la bota lo poco que quedaba del pan.

Eiden lo observó.

Otro encontró la joya.

La levantó.

—Aquí.

El hombre del pergamino sonrió.

—Bien.

El padre intentó levantarse.

—Escuchadme.

Le dieron una patada.

—¡PARAD! —gritó Eiden.

Su madre volvió a sujetarlo.

—No.

—Pero…

—No.

La palabra salió temblando.

El niño sintió cómo ella lo apretaba contra su cuerpo.

El hombre leyó de nuevo.

—La culpable será ejecutada.

El mundo se detuvo.

Eiden buscó a su madre con la mirada.

Ella dejó de respirar.

—No —dijo su padre.

—Las propiedades vinculadas al delito serán confiscadas o destruidas.

—No.

—Los familiares directos serán expulsados del territorio administrado por el lugarteniente.

—No.

El padre se lanzó sobre él.

Tres soldados lo derribaron.

Eiden escuchó los golpes.

Uno.

Dos.

Tres.

—¡PARAD!

Intentó soltarse.