Parias: El precio de elegir 7. Tras las murallas
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7. Tras las murallas

Tras las murallas

—Siguiente.

La madre de Eiden avanzó.

El niño la siguió.

—Tú no.

Eiden se detuvo.

Un guardia señaló una línea grabada en el suelo.

—Detrás.

—Voy con mi madre.

—He dicho detrás.

Eiden buscó la mirada de su madre. Ella asintió y él retrocedió un paso.

El soldado de la entrada ni siquiera los miró primero. Continuó escribiendo algo sobre una tablilla.

—Procedencia.

Su madre respondió y el guardia anotó la procedencia en la tablilla.

—Motivo.

—Mercado.

—Mercancía.

—Pieles, semillas, hierbas y queso.

El guardia alzó finalmente la vista, observó la cesta medio vacía y luego reparó en el moratón de su cara.

—¿Y eso?

La mujer tardó en comprender.

—¿Qué?

El hombre señaló su mejilla.

—El golpe.

—Nos asaltaron en el camino.

El soldado sonrió.

—¿Y?

Ella parpadeó.

—Nos robaron.

—No te he preguntado qué hicieron.

Eiden se volvió hacia su madre.

El guardia regresó a la tablilla.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿De dónde eran?

—No lo sé.

—¿Nombres?

—No.

—Entonces no sabes quién te robó, de dónde eran ni cómo se llaman.

—Eran dos hombres.

—Hay muchos hombres.

Un segundo guardia rió.

—Excelente investigación.

Eiden abrió la boca, pero su madre lo vio y articuló un «no» sin voz. El niño la cerró.

El primer guardia hizo una marca.

—Tasa de entrada.

La mujer se quedó inmóvil.

—¿Tasa?

—Tasa de entrada.

—Creía que…

—¿Vas a decirme cómo funciona mi puerta?

—No.

—Eso pensaba.

Dijo una cantidad.

La madre palideció.

—Nos han robado casi todo el dinero.

El guardia se encogió de hombros.

—Entonces casi podéis entrar.

Los otros rieron.

—Por favor. Venimos a vender. Puedo pagar al salir.

—Puedes pagar ahora.

Ella abrió lentamente la bolsa.

Eiden conocía la cuenta: habían contado las monedas aquella mañana y sabía cuánto acababan de perder. Cuando su madre colocó el dinero en la mano del soldado, comprendió que ya no quedaba prácticamente nada. El hombre mordió una moneda y la guardó.

—Registro.

—¿Qué?

—Registro.

Un soldado cogió la cesta.

Otro se acercó a la madre.

Ella levantó los brazos.

—No llevo armas.

—No te he preguntado.

El hombre comenzó por sus hombros y palpó las mangas, los costados y la cintura. Al principio Eiden no entendió por qué su madre se tensó. Entonces comprendió que las manos del guardia no se movían como las de alguien que buscaba un cuchillo. Iban despacio, demasiado despacio.

—Gírate.

Ella obedeció.

—Manos contra la pared.

—¿Es necesario?

El guardia la agarró de la nuca y la empujó.

Su frente estuvo a punto de golpear la piedra.

—Cuando te doy una orden, no tienes que entenderla.

Eiden dio un paso.

Una lanza descendió delante de él.

—Quieto, pequeño.

El niño observó la hoja y luego buscó a su madre. El guardia continuó registrándola: bajó por la espalda, los costados y las piernas.

Tiró de la tela de su ropa, metió los dedos por pliegues donde resultaba evidente que ningún arma podía ocultarse sin que ya la hubiese encontrado.

Los otros hombres observaban; uno de ellos silbó.

—Mucho registro para cuatro hierbas.

—Nunca se sabe dónde esconden las cosas.

Las risas hicieron que la mujer cerrara los ojos. Eiden vio cómo apretaba los dientes. El guardia pasó de nuevo las manos por lugares que ya había comprobado. No buscaba nada. Eiden lo entendió entonces, y eso fue peor.

—Déjala.

El silencio cayó alrededor del niño.

Su madre abrió los ojos.

—Eiden.

El guardia se volvió.

—¿Qué has dicho?

Eiden sintió mucho miedo, pero la palabra ya había salido.

—Ya la has registrado.

El soldado dio un paso hacia él.

—¿Me estás diciendo cómo hago mi trabajo?

Eiden recordó la advertencia de su padre: aunque creas que tienes razón. Sobre todo si tienes razón.

Bajó la mirada.

—No.

—Mírame.

Eiden levantó los ojos.

El hombre tenía una cicatriz bajo la mandíbula.

—No, ¿qué?

Eiden no lo sabía.

Su madre sí.

—No, señor —dijo ella rápidamente.

El guardia siguió mirando al niño.

—Vamos.

—Dilo.

Eiden tragó saliva.

—No, señor.

El hombre sonrió.

—Así está mejor.

Regresó con la madre.

Le dio una palmada brusca en un costado al apartarse.

—Limpia.

Los demás soltaron nuevas risas.

Ella bajó los brazos.

Eiden vio que le temblaban las manos.

Quiso abrazarla.

No lo hizo.

Todavía había guardias alrededor.

El hombre que revisaba la cesta sacó una de las tortas.

—¿Qué es esto?

—Comida.

Le dio un mordisco, masticó e hizo una mueca.

—Horrible.

La tiró al suelo.

—Siguiente.

La madre recogió la cesta; Eiden hizo lo mismo con la torta. Cruzaron la puerta sin hablar.

* * *

La ciudad era todo lo que Eiden había imaginado y, al mismo tiempo, nada de lo que había imaginado.

Había tanta gente que durante los primeros minutos tuvo miedo de dejar de ver a su madre.

Los edificios parecían inclinarse sobre las calles.

Había puestos de fruta, carne, telas, herramientas, pescado, especias y objetos cuya utilidad ni siquiera comprendía.

Un hombre paseaba con tres aves diminutas de colores sobre los hombros.

Una mujer vendía unas frutas azules que Eiden no sabía que existían.

Un carruaje pasó tan cerca que su madre tuvo que tirar de él.

La mirada de Eiden saltaba de un lado a otro.

—Madre.

—No.

—Ni siquiera he preguntado.

—Vas a hacerlo.

—¿Podemos…?

—No.

—Solo quería ver…

—Eiden.

El niño sonrió.

Durante unos minutos consiguió olvidar la muralla, hasta que reparó de nuevo en el rostro de su madre: el moratón del camino y la humillación de la entrada.

Ella también lo vio mirándola.

—Estoy bien.

—No.

La mujer se detuvo.

—Eiden.

—No estabas bien.

Ella observó el movimiento de la calle antes de responder.

—A veces estar bien significa que ya ha terminado.

—Pero podían…

—Ya ha terminado.

—Padre…

—No se lo contaremos a tu padre.

Eiden la observó sorprendido.

—Eso es mentir.

—No.

—Si pregunta…

—Le diremos que entramos en la ciudad.

—Pero…

La madre se agachó frente a él.

—Tu padre intentaría hacer algo.

—Debería.

—Y entonces podrían detenerlo.

Eiden calló.

—¿Quieres eso?

Negó lentamente.

—Entonces hay cosas que no necesitamos contar.

Aquella idea le incomodó durante mucho tiempo.

* * *

Encontraron sitio en una parte secundaria del mercado.

La ubicación buena costaba dinero; la mala también. Su madre discutió, perdió y pagó. Extendieron una tela sobre el suelo y colocaron lo que quedaba: tres pequeñas pieles, las hierbas, semillas y un queso.

Eiden se sentó junto a ella.

Pasó la primera hora sin que nadie comprase nada.

Durante la segunda vendieron unas hierbas.

Por menos de lo que esperaba su madre.

—Nos está robando —susurró Eiden cuando el comprador se alejó.

—No.

—Valen más.

—Aquí valen lo que alguien pague.

—Eso es estúpido.

—Eso es el mercado.

—Entonces el mercado es estúpido.

Ella sonrió.

—No digas eso muy alto.

Poco después una anciana se acercó a las semillas.

No tenía suficiente dinero.

La madre de Eiden aceptó intercambiarlas por un pequeño saco de harina.

Cuando la mujer se marchó, Eiden contó mentalmente.

—Hemos perdido.

—No.

—Sí. Las semillas valían…

—Sé cuánto valían.

—Entonces hemos perdido.

Su madre colocó el saco de harina entre ambos.

—Esta noche podemos comer harina.

Eiden calló.

Ella señaló el espacio vacío donde habían estado las semillas.

—Las monedas no se comen.

—Pero compras comida con ellas.

—Tienes ocho años y ya eres insoportable.

Eiden sonrió.

Su madre le revolvió las plumas del cabello.

* * *

A media tarde escucharon campanas.

La gente empezó a apartarse.

—¿Qué pasa?

Su madre se incorporó.

Los mercaderes recogían mercancía del centro de la calle.

Primero aparecieron los guardias y, tras ellos, un carruaje distinto a todos los demás: madera oscura, metales pulidos, insignias y dos animales de tiro magníficamente cuidados.

Eiden se levantó para ver mejor.

—¿Quién es?

La mujer que vendía fruta en el puesto cercano respondió sin mirarlo.

—La esposa del lugarteniente.

La voz no contenía admiración ni alegría, solo precaución.

El carruaje se detuvo.

Una mujer descendió.

Llevaba más riqueza sobre el cuerpo de la que Eiden había visto en toda su vida: metales, piedras, telas limpias. A su lado caminaba un hombre vestido con ropas oscuras. No llevaba espada y no parecía necesitarla.

Eiden sintió que varias personas bajaban la voz.

—¿Quién es ese?

La frutera respondió de nuevo.

—Numentor.

Eiden abrió mucho los ojos.

Su madre le agarró la muñeca.

—No te acerques.

—No iba a…

—Eiden.

El niño no discutió.

La esposa del lugarteniente recorrió los puestos sin mirar apenas a quienes los atendían.

Cogía cosas y preguntaba precios. A veces ni siquiera pagaba ella; uno de sus acompañantes lo hacía.

Se detuvo frente a un comerciante de pieles.

Eiden vio cómo el hombre se inclinaba.

La mujer examinó una pieza blanca.

Dijo algo.

El comerciante negó.

Ella volvió a hablar.

El hombre señaló la piel.

Luego otra.

Parecía explicar.

La mujer levantó la voz.

—¿Me estás llamando mentirosa?

Todo el mercado se quedó quieto.

El comerciante palideció.

—No, señora.

—Has dicho que esa piel no es la que pedí.

—Solo decía que…

—Entonces me corriges.

—No, señora.

—Acabas de hacerlo.

El hombre buscó ayuda a su alrededor.

No encontró ayuda.

—Perdóneme.

La esposa del lugarteniente dejó caer la piel.

—No.

Se volvió hacia el numentor.

—Mátalo.

Eiden creyó haber escuchado mal.

El comerciante también.

—Señora…

Nadie se movió.

—Señora, por favor.

El numentor levantó una mano.

Eso fue todo.

El comerciante dejó de hablar y su cuerpo se desplomó. No hubo espada, golpe ni siquiera un destello. Simplemente un hombre vivo dejó de estarlo.

Eiden se quedó paralizado.

Su madre lo atrajo contra sí.

Le cubrió parcialmente los ojos.

Demasiado tarde.

—Madre…

—No mires.

—Pero…

—No mires.

La mujer del carruaje se marchó seguida por los guardias. La gente permaneció quieta hasta que el sonido de las ruedas empezó a alejarse. Solo entonces el mercado volvió a respirar.

No hubo gritos ni protestas. Dos hombres retiraron el cadáver y el puesto quedó vacío.

Eiden siguió con la vista al numentor que se alejaba.

Había esperado toda su vida ver uno.

Ya no quería volver a hacerlo.

* * *

Fue su madre quien vio la joya.

Estaba junto a una rueda marcada en el barro.

Una piedra transparente de reflejos rojizos montada en una estructura de metal.

Probablemente se había desprendido del vestido de la esposa del lugarteniente.

La mujer se detuvo.

Eiden también.

—¿Qué pasa?

Ella no contestó.

Su mirada pasó del carruaje que se alejaba a la joya, al saco de harina, a la cesta casi vacía y, por último, a las monedas.

Eiden siguió su mirada.

—Es suya.

—Sí.

La madre se agachó y la recogió. Eiden esperó que gritase, que llamase a los guardias. No lo hizo.

Cerró los dedos alrededor de la piedra.

—Madre.

Ella respiró.

—Nos vamos.

—Pero es suya.

—Lo sé.

—Tenemos que devolverla.

Su madre sostuvo su mirada.

Eiden jamás olvidaría aquella expresión.

No era codicia.

Era miedo.

Miedo y cálculo.

—Con esto pagamos lo que debemos.

—Pero…

—Y compramos grano.

—No es nuestro.

—Y tu padre no vuelve a recibir una paliza.

Eiden cerró la boca.

—Podemos conservar las cabras.

Eiden no respondió.

—Podemos sembrar el campo entero el año que viene.

Eiden contempló la joya y recordó el rostro hinchado de su padre, las tres monedas sobre la mesa, el queso robado, la torta tirada al suelo, las manos del guardia sobre su madre y al hombre muerto por discutir sobre una piel.

—Pero está mal —susurró.

Su madre cerró los dedos.

—Sí.

Aquella respuesta lo desconcertó más que cualquier otra.

No intentó convencerlo de lo contrario.

No dijo que fuese justo.

Solo guardó la joya.

—Vámonos.

Eiden obedeció.

* * *

No vieron al hombre que los observaba desde el puesto contiguo.

Él sí los había visto: a la mujer agacharse, el reflejo rojo antes de que desapareciera entre sus ropas y, sobre todo, a uno de los criados del lugarteniente preguntando por algo perdido. Esperó y calculó primero el valor de callarse, luego el de hablar. Hablar ganó.

—Yo he visto quién la cogió.

El criado se volvió.

—¿Quién?

El comerciante señaló hacia la multitud.

Ya no estaban.

—Una mujer.

—Hay muchas.

—Del campo. Pobre. Con un niño.

—Describe a ambos.

El hombre lo hizo: describió a la mujer, sus rasgos, el golpe en el rostro, la ropa y la cesta. Después pasó al niño: unos ocho años, ojos enormes, rasgos de búho y plumas claras alrededor del rostro.

—¿Nombre?

—No lo sé.

El criado le mostró una moneda.

El comerciante pensó hasta recordar algo que había escuchado mientras vendían: una mujer llamando al muchacho. Eiden. Sonrió.

—Al niño lo llaman Eiden.

La moneda cambió de mano.

Y antes de que Eiden Darel alcanzara siquiera las puertas de salida de la ciudad, alguien ya estaba buscando su nombre.