6. Antes de las murallas
Antes de las murallas
C uatro años antes…
Eiden Darel tenía ocho años la primera vez que vio a su padre contar una misma moneda cuatro veces.
No porque no supiera contar.
Lo había visto hacerlo muchas otras noches, inclinado sobre la mesa de madera, con el ceño fruncido y los labios moviéndose en silencio. Una moneda. Dos. Tres. Cuatro. Las separaba, volvía a juntarlas y empezaba de nuevo, como si en alguna de aquellas repeticiones fuese a aparecer una quinta.
Nunca aparecía.
Aquella mañana solo había tres.
Eiden observaba desde el otro extremo de la mesa, con las piernas demasiado cortas para tocar el suelo. Sus grandes ojos dorados seguían cada movimiento de los dedos de su padre.
Una moneda. Otra. La tercera. Silencio. Su padre volvió a empezar.
—Son las mismas —dijo Eiden.
El hombre levantó la mirada.
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿por qué las cuentas otra vez?
Su madre, que estaba junto al fuego envolviendo unas tortas duras de cereal en un paño, cerró los ojos un instante.
El padre dejó escapar aire por la nariz.
—Porque a veces uno cuenta mejor la segunda vez.
Eiden miró las monedas.
—Pero llevas cuatro.
Su madre soltó una pequeña risa.
Fue suficiente para romper la tensión.
El padre miró al niño, luego las monedas y acabó sonriendo también.
—Pues será que soy muy malo contando.
—Puedo hacerlo yo.
—No.
—Sé contar hasta quinientos.
—Lo sé.
—Y de cinco en cinco.
—También lo sé.
—Y hacia atrás.
—Eiden.
El niño calló.
Su padre recogió las tres monedas y las guardó en una pequeña bolsa.
La sonrisa desapareció casi al mismo tiempo.
La casa de los Darel no era grande. Una sola estancia principal, una habitación separada por tablones y un pequeño cobertizo adosado a la parte trasera. El viento encontraba agujeros en las paredes cada invierno y su padre encontraba barro, paja o madera para volver a taparlos.
Nunca ganaba del todo aquella batalla.
Fuera había un campo pequeño.
Demasiado pequeño, según su padre.
Suficiente, según los hombres que recaudaban los impuestos.
Eiden nunca había entendido cómo podían ser ciertas las dos cosas.
A través de la ventana veía varias hileras de plantas todavía jóvenes, un cercado torcido y las dos cabras de la familia. Una de ellas estaba intentando comerse una cuerda.
—Madre.
—¿Qué?
—Luma está haciéndolo otra vez.
Su madre miró por la ventana.
—Luma.
La cabra continuó masticando.
—¡Luma!
La cabra ni se inmutó.
La mujer apoyó las manos en la cintura.
—Tu padre dice que los animales no pueden ser malvados.
—No he dicho eso —respondió él.
—Pues esa cabra intenta demostrar lo contrario.
Eiden sonrió.
Aquellas eran las mañanas que conocía: su padre quejándose del campo, su madre de las cabras, la olla demasiado vacía, el tejado demasiado viejo y, pese a todo, su hogar.
Su madre dejó las tortas sobre la mesa.
—Nos vamos.
Eiden bajó de la silla inmediatamente.
Llevaba días esperando aquel momento.
La ciudad.
Nunca había estado dentro.
La había visto desde lejos, por supuesto. En días despejados podían distinguir sus murallas desde la colina que quedaba detrás de los campos. Una línea gris en el horizonte que para Eiden era casi otro mundo.
Mercados. Carros. Guardias. Numentores. Edificios de tres plantas, tal vez cuatro.
Su amigo Rass aseguraba que había visto uno de cinco.
Eiden estaba convencido de que mentía.
—¿Puedo llevar la bolsa?
—No.
—¿La cesta?
—No.
—¿El agua?
—Eiden.
—Solo quiero ayudar.
Su madre se volvió hacia él.
Tenía plumas claras alrededor de los ojos y otras más oscuras extendiéndose hacia las sienes. Como Eiden, conservaba algunos rasgos de las aves nocturnas de las que procedía su linaje, aunque en ella eran mucho menos marcados.
Le acomodó el cuello de la camisa.
—Precisamente por eso vienes conmigo.
Eiden sonrió.
Su padre no.
—Todavía digo que debería quedarse aquí.
—Y yo todavía digo que no voy a recorrer medio día sola.
—Podría ir yo.
—Tienes que terminar el canal antes de que vuelva a llover.
El hombre desvió la vista hacia el campo y después hacia su mujer.
—Podemos esperar una semana.
Ella negó con la cabeza.
—El recaudador vuelve en seis días.
Aquello terminó la discusión.
La sonrisa abandonó definitivamente el rostro de su padre.
Eiden conocía aquella palabra.
Recaudador.
Nunca traía nada bueno.
La última vez habían sido tres hombres: uno se había quedado a caballo, otro había entrado en casa y el tercero había acompañado a su padre hasta el campo. Eiden recordaba el sonido más que cualquier otra cosa. El golpe. Después otro.
Su padre había regresado con un lado de la cara hinchado porque faltaba parte de la cantidad exigida.
Cuando Eiden preguntó qué había ocurrido, su padre respondió:
«He discutido cuando no debía».
Aquella frase se había quedado con él.
—Escucha a tu madre —dijo ahora el hombre.
Se agachó frente a Eiden.
—No te separes de ella.
—No lo haré.
—Ni aunque veas algo interesante.
Eiden dudó.
—¿Qué clase de cosa?
Su padre levantó una ceja.
—Precisamente por eso lo digo.
La madre rió.
La expresión del hombre volvió a endurecerse.
—Y si un guardia os dice algo, obedeces.
—Sí.
—Si alguien con uniforme te pregunta algo, contestas.
—Sí.
—No discutes.
—No.
—Aunque creas que tienes razón.
Eiden frunció el ceño.
Aquello era diferente.
—Pero si tengo razón…
Su padre le sujetó suavemente ambos hombros.
—Sobre todo si tienes razón.
Eiden no lo entendió.
Pero asintió.
Su padre le besó la frente.
—Bien.
La madre cargó la cesta. Llevaban varias pieles pequeñas curtidas durante el invierno, hierbas secas, dos quesos y una bolsita con semillas que esperaban vender o intercambiar.
Todo lo que podían permitirse llevar.
Todo lo que podían permitirse perder.
Antes de salir, el padre sujetó a su mujer de la muñeca.
—Vuelve antes de que oscurezca.
Ella le dio un beso.
—Siempre vuelvo.
Eiden fue el primero en cruzar la puerta y siguió adelante sin volver la cabeza.
* * *
Durante la primera hora, viajar a la ciudad fue una aventura.
Durante la segunda, dejó de serlo.
—¿Cuánto falta?
—Mucho.
Pasaron diez minutos.
—¿Y ahora?
—Mucho.
Otros diez.
—¿Ahora?
Su madre lo miró de reojo.
—Acaba de alejarse.
—¿Quién?
—La ciudad. Cada vez que preguntas, retrocede un poco.
Eiden miró horrorizado hacia el horizonte.
Ella logró mantener el rostro serio unos segundos.
—Madre.
La mujer empezó a reír.
—Eso no tiene gracia.
—Un poco sí.
El camino era poco más que una senda endurecida por el paso de carros, animales y personas. En algunos tramos atravesaba campos; en otros se internaba entre árboles.
De vez en cuando aparecían restos de algo mucho más antiguo: piedra negra y lisa emergiendo de la tierra en líneas demasiado rectas para ser naturales. Su maestro había hablado de aquello. Caminos antiguos. Nadie sabía quién los había construido.
Eiden saltó sobre uno de los fragmentos.
—Por aquí podían pasar diez carros juntos.
—Baja de ahí.
—Eso dijo el maestro.
—Tu maestro también diría que no te rompas una pierna.
Eiden bajó.
Un rato después encontraron un carro volcado.
Una de sus ruedas había partido.
Dos hombres trataban de levantarlo mientras una mujer sujetaba las riendas de un animal nervioso.
Su madre dejó la cesta.
—Vamos.
Entre los cuatro consiguieron moverlo lo suficiente para encajar una piedra bajo el eje.
El propietario les dio las gracias.
Cuando vio la cesta de la mujer, sacó dos manzanas pequeñas.
—No hace falta —dijo ella.
—Para el crío.
Eiden buscó la mirada de su madre.
Esperó.
Ella asintió.
Solo entonces cogió una.
—Gracias.
El hombre observó aquel gesto.
—Bien educado.
La madre sonrió.
—Demasiado.
Eiden mordió la manzana. Era ácida y le pareció maravillosa. Guardó la mitad para su padre.
* * *
Al mediodía abandonaron el camino principal para comer junto a un arroyo.
Su madre dividió una torta: más de la mitad para Eiden y el resto para ella. El niño lo advirtió.
—No.
—¿No qué?
Rompió su parte y devolvió un trozo.
—Eso es tuyo.
—No tengo tanta hambre.
Eiden la miró.
Ella sostuvo la mirada.
Él levantó una ceja.
Su madre suspiró.
—Te pareces demasiado a tu padre.
—Él dice que me parezco a ti.
—En lo malo, a mí. En lo insoportable, a él.
Comieron.
Eiden habló de la ciudad. Preguntó si realmente había casas de cinco alturas, si los numentores caminaban por la calle, si el rey salía alguna vez del castillo y si era verdad que podía comprarse fruta incluso en invierno.
Su madre respondió lo que sabía.
Cuando no sabía algo, lo reconocía.
Eiden admiraba aquello de ella.
Los adultos de su pueblo solían inventarse respuestas antes de pronunciar «no lo sé».
Su madre no.
—¿Y crees que veremos un numentor?
Ella tardó un poco más en contestar.
—Puede.
—Rass dice que pueden levantar una persona sin tocarla.
—Rass dice muchas cosas.
—¿Tú has visto uno?
La mujer bajó los ojos hacia el arroyo.
—Una vez.
—¿Y?
—Preferiría no volver a verlo.
Eiden iba a preguntar por qué.
Un crujido entre los árboles lo interrumpió.
Su madre se incorporó.
Dos hombres aparecieron en el sendero, uno delante y otro detrás. No llevaban uniforme.
El primero sonrió.
—Buenas tardes.
La madre de Eiden agarró la cesta.
—Buenas tardes.
Intentó pasar.
El hombre dio un paso lateral.
—¿Vais a la ciudad?
Ella no respondió.
—Mucha gente va hoy.
El segundo se acercó por detrás.
Eiden notó cómo la mano de su madre buscaba la suya. La encontró y la apretó.
—No queremos problemas —dijo ella.
—Nosotros tampoco.
El primero miró la cesta.
—Eso pesa.
—No.
—Déjame ayudarte.
Extendió una mano.
La mujer retrocedió.
La sonrisa del desconocido desapareció.
—He dicho que me dejes ayudarte.
Eiden recordó a su padre.
Si alguien te dice algo.
Obedece.
Pero aquel hombre no llevaba uniforme.
—Déjenos pasar —dijo su madre.
El segundo la agarró por el brazo.
Todo ocurrió demasiado deprisa.
La cesta cayó.
Los quesos rodaron por el barro.
Eiden gritó.
—¡Suéltala!
Se lanzó contra el hombre.
Fue como golpear una pared.
Una mano lo apartó.
Cayó de espaldas.
—¡Eiden!
Su madre golpeó al desconocido con el codo y consiguió soltarse.
El primero le dio una bofetada.
Eiden vio la cabeza de su madre girarse violentamente.
Algo se rompió dentro de él.
Se levantó.
Corrió.
Mordió.
No pensó.
Clavó los dientes en la mano del hombre.
—¡Pequeño hijo de…!
El desconocido lo golpeó.
Eiden cayó de lado.
Durante unos segundos solo escuchó un pitido.
Cuando consiguió enfocar la vista, vio al hombre revisando la cesta.
Cogió una de las monedas que llevaba su madre.
Cogió otra.
—Esto es una mierda.
—Es todo lo que tenemos —dijo ella.
—Pues ahora tenéis menos.
Tomó uno de los quesos.
El otro hombre abrió la pequeña bolsa de semillas y la tiró al suelo.
—No.
La palabra salió de la boca de la madre como un gemido.
Se arrodilló inmediatamente para recogerlas.
Los hombres rieron.
—Mírala.
Eiden también se arrodilló.
Cogía semillas una a una del barro.
Su madre hacía lo mismo.
Los desconocidos se marcharon comiendo su queso.
Durante un rato ninguno habló.
Eiden vio sangre en la comisura de los labios de su madre.
—Podíamos haberlos detenido.
Ella levantó la cabeza.
—No.
—Eran dos.
—Precisamente.
—Podría haber…
—Eiden.
La dureza de su voz lo calló.
Ella continuó recogiendo semillas.
—No vuelvas a hacer eso.
—Pero te pegó.
—Y estamos vivos.
—Nos han robado.
—Y estamos vivos.
Eiden apretó los puños.
—No es justo.
Su madre sostuvo su mirada.
Algo cambió en su expresión.
Se sentó sobre los talones.
—No.
Le limpió tierra de la mejilla.
—No lo es.
Eiden esperaba algo más: una explicación, una promesa de que los malos acababan pagando. No llegó.
—Vamos —dijo ella—. Si llegamos tarde, tendremos que dormir fuera de las murallas.
Recogieron lo que quedaba.
Habían perdido una de las pieles, dos monedas, un queso y parte de las semillas: la mitad de lo que pretendían vender.
Eiden recogió la manzana que había guardado para su padre.
Estaba aplastada.
La sostuvo unos segundos.
Al final la metió igualmente en el bolsillo.
* * *
Continuaron caminando.
Eiden habló mucho menos.
Cada vez que escuchaba pasos detrás de ellos se giraba.
Cuando alguien aparecía frente a ellos, observaba sus manos.
Su madre lo vio.
No dijo nada.
Al cabo de un rato, se detuvo.
—Ven.
Se arrodilló y le abrió el labio con cuidado.
—No es nada.
—Eso lo decidiré yo.
Le limpió la pequeña herida con agua.
Eiden observó el moratón que empezaba a formarse en su rostro.
—Padre se enfadará.
—Mucho.
—¿Irá a buscarlos?
Su madre sonrió con tristeza.
—Tu padre se enfadará aquí.
Se tocó el pecho.
—Y luego irá mañana al campo.
—¿Por qué?
—Porque las plantas no esperan a que termine uno de enfadarse.
Aquella respuesta tampoco le gustó.
Pero comenzó a entenderla.
* * *
A media tarde empezaron a cruzarse con más viajeros.
Campesinos, carros, mercaderes, animales cargados.
Soldados.
Eiden se puso rígido al ver a los primeros guardias.
Su madre notó cómo se acercaba a ella.
—Esos no van a robarnos.
—Llevan espadas.
—Sí.
—Los otros no.
—Eiden.
—Solo lo digo.
Ella tomó aire.
—Los guardias hacen cumplir las normas.
—¿Todas?
—Se supone.
—¿Y si alguien nos roba?
—Podemos contárselo.
Eiden miró hacia los soldados que pasaban.
Uno conversaba con el otro mientras reían.
—¿Nos devolverían las cosas?
Su madre no respondió.
Eso fue una respuesta suficiente.
* * *
La ciudad empezó creciendo ante ellos mucho antes de que llegaran.
Primero aparecieron las torres, luego el perfil irregular de la muralla y, por fin, las puertas.
Eiden olvidó por un momento el golpe, los ladrones, las monedas. Todo.
Se quedó con la boca abierta.
—Es enorme.
Su madre sonrió.
—Sí.
—Rass decía que…
—Como vuelvas a hablarme de Rass, voy a dejarte aquí.
—Pero tenía razón con esto.
La muralla se alzaba mucho más de lo que había imaginado. Había estandartes ondeando desde las almenas. Hombres caminaban por la parte superior. Dos torres protegían una entrada por la que entraban y salían carros constantemente.
Y detrás… edificios, tejados, humo, ruido, miles de voces.
Eiden sintió que estaba mirando el mundo entero concentrado detrás de unas puertas.
Su madre le cogió la mano.
—No te separes.
—No lo haré.
La fila para entrar comenzaba decenas de metros antes de la muralla.
Se colocaron al final.
Eiden observó cómo los guardias revisaban carros, hacían preguntas y registraban mercancías.
Entonces uno gritó.
Otro hombre protestó.
Hubo un empujón.
El viajero recibió un golpe en el estómago y terminó de rodillas.
Nadie abandonó la fila.
Nadie dijo nada.
Su madre apretó la mano de Eiden.
Él la miró.
Ella no apartaba los ojos de la puerta.
—Madre.
—¿Sí?
—Padre dijo que obedeciera a los guardias.
—Eso harás.
La fila avanzó. Un paso. Otro.
Eiden contempló las enormes puertas.
Por primera vez desde que salieron de casa, no tuvo ninguna prisa por llegar.
Al otro lado de la muralla esperaba la ciudad con la que llevaba años soñando.
Y entre ellos y aquel sueño había seis hombres armados.