Parias: El precio de elegir 5. El otro lado #5
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5. El otro lado #5

No el nombre.

Pero sí el tono.

Era alguien que lo conocía.

Naila tiró de él.

Lucián cayó dentro.

E lla e ntró detrás.

CLANC

La tapa se cerró.

Oscuridad.

—Vamos.

Naila volvió a agarrarlo de la mano.

Echaron a correr por la galería.

Detrás de ellos, apenas unos segundos después, algo golpeó la tapa.

Una vez.

Otra.

Y otra.

Lucián corrió.

Esta vez no preguntó por dónde.

Solo siguió a Naila.

Los hombres de Darian no tardaron en encontrar la entrada.

Un golpe metálico resonó detrás de ellos.

Otro más.

La tapa se abrió.

Los perseguidores bajaron a las cloacas.

Naila tomó la primera bifurcación a la izquierda.

Luego otra.

Lucián ya conocía aquella forma de moverse.

Cambios bruscos.

Giros sin avisar.

Pasos por galerías que él ni siquiera habría considerado caminos.

Esta vez, sin embargo, no funcionó.

Detrás de ellos se escuchaban pasos.

Muchos.

Demasiado cerca.

—¿Cómo saben por dónde vamos? —preguntó Lucián entre respiraciones.

—Porque conocen las cloacas.

Naila giró otra vez.

Los pasos también.

Lucián echó un vistazo atrás. No vio a nadie, solo oscuridad, pero sabía que estaban ahí.

—¡Más rápido!

—¡Estoy intentando…!

Un golpe resonó a sus espaldas.

Entonces una voz.

—¡Lucián!

Él reconoció el tono de uno de los hombres.

Naila siguió corriendo.

—¡No mires!

—¡Nos están alcanzando!

—Ya lo sé.

Atravesaron una galería más estrecha.

Naila saltó sobre una conducción rota.

Lucián la siguió.

Los pasos continuaban detrás.

Cada vez más claros.

Una respiración.

Una bota golpeando piedra.

El roce metálico de un arma.

Naila giró.

Lucián detrás.

Otra bifurcación.

Y entonces algo apareció sobre ellos.

Una trampilla se abrió en el techo.

Lucián apenas tuvo tiempo de levantar la cabeza.

Una mano descendió.

Agarró a Naila por la ropa y la levantó de un tirón.

—¡¿Qué…?!

Desapareció.

Otra mano bajó.

Lucián intentó frenar.

Lo agarraron por el antebrazo.

—¡Espera!

Tiraron de él hacia arriba.

Sus botas abandonaron el suelo.

Un segundo después estaba tumbado sobre piedra.

La tr ampi lla se cerró.

CLAC

Lucián se incorporó.

Naila estaba a su lado.

Y frente a ellos, respirando deprisa, estaba Kesh.

El joven de rasgos de iguana se llevó un dedo a los labios.

—Ni una palabra.

Abajo, los pasos llegaron.

Lucián contuvo la respiración.

Una voz.

—Por aquí.

Otra.

—Los tenemos cerca.

Los pasos pasaron justo debajo.

Continuaron.

Se alejaron.

Solo cuando desaparecieron por completo, Kesh soltó el aire.

Naila se levantó.

—Nos has salvado.

—Otra vez.

—No empieces.

Kesh sonrió débilmente.

—Venid.

* * *

Su refugio estaba escondido en otra parte de las cloacas.

Era más pequeño que el de Naila. Una galería antigua había sido cerrada parcialmente con tablones, telas gruesas y restos de piedra hasta formar una habitación improvisada.

Había una cama, una mesa, un armario enorme apoyado contra una pared, varias herramientas, recipientes y ropa colgada. Nada combinaba con nada.

Lucián empezaba a comprender que allí abajo esa era la norma.

Kesh les dio agua.

Luego comida.

Nadie preguntó si Lucián quería comerla del suelo.

Él tampoco habría protestado.

Se sentaron.

Al principio hablaron de la persecución, de Sarek, de Darian y, finalmente, de Lucián.

Kesh lo escuchó durante horas. Esta vez fue Naila quien contó buena parte de la historia: cómo lo había encontrado, los hombres del callejón, los dos días fuera de la muralla, su apellido y la reacción de Sarek.

Lucián intervino para explicar lo ocurrido en su casa, la conversación con su padre y el futuro que Darian quería imponerle.

Kesh hizo pocas preguntas; se limitó a escuchar, alternando de vez en cuando la atención entre Naila y Lucián.

—Así que no sabes qué vas a hacer —dijo finalmente.

Lucián negó con la cabeza.

—No.

Kesh apoyó los codos sobre la mesa.

—Eso es bastante normal aquí.

Lucián lo miró.

Kesh sonrió.

—Nadie llega con un plan.

Naila soltó una pequeña risa.

Fue la primera vez desde que habían escapado.

Lucián estuvo a punto de responder.

Entonces sonaron golpes.

Tres.

Secos.

Kesh dejó de sonreír.

Naila también.

Lucián dirigió la atención hacia la entrada.

—¿Quién…?

Kesh se levantó.

—Detrás del armario.

—¿Qué?

—Ahora.

Naila agarró a Lucián.

—Vamos.

Kesh empujó uno de los laterales del armario.

Lucián descubrió que no estaba pegado completamente a la pared.

Había un espacio estrecho detrás.

—Entrad.

—Pero…

—¡Entrad!

Naila se metió primero.

Lucián detrás.

Kesh volvió a colocar el armario.

Oscuridad absoluta.

Lucián apenas podía respirar sin escuchar su propia respiración.

Del otro lado sonó la puerta.

Luego, madera cediendo.

Varias pisadas.

Una voz.

—Kesh.

No hubo respuesta.

—Sabemos que han pasado por aquí.

Lucián orientó el rostro hacia donde suponía que estaba Naila.

No podía verla.

—No sé de qué hablas —respondió Kesh.

La siguiente frase nunca llegó.

Se escuchó un golpe.

Seco.

Kesh gritó.

Lucián dio un pequeño salto.

Otro golpe.

Otro más.

Algo cayó contra el suelo.

—¿Dónde están?

Kesh no respondió.

Otro impacto.

Lucián apretó los dientes.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Última vez.

No hubo respuesta.

Golpe.

Kesh dejó escapar un gemido.

Lucián avanzó.

Naila lo agarró.

Él intentó apartarla.

Ella lo sujetó con más fuerza.

—Tenemos que…

Naila le tapó la boca.

Lucián intentó soltarse.

No pudo.

Del otro lado, Kesh respiraba con dificultad.

Un hombre volvió a hablar.

—¿Dónde están?

Lucián sintió los dedos de Naila clavándose en su rostro.

No hagas ruido.

Otra vez un golpe.

Lucián cerró los ojos.

No ayudó.

Veía perfectamente lo que estaba ocurriendo aunque no pudiera verlo.

De repente se escuchó movimiento.

Como si Kesh estuviera intentando levantarse.

Un arrastre.

Un pequeño golpe contra la par ed.

Después…

CLAC

El suelo desapareció.

Lucián cayó.

Naila también.

Golpearon contra una nueva galería.

Lucián apenas tuvo tiempo de comprender lo ocurrido.

Sobre ellos, la trampilla empezó a cerrarse.

Y entonces escuchó la voz de Kesh.

—¡CORRED!

Luego, un sonido.

Corto.

Húmedo.

Definitivo.

Kesh soltó un grito agudo.

La trampilla se cerró.

Solo quedó el silencio.

Lucián no se movió.

Algo cayó sobre su mejilla.

Una gota.

Luego otra.

La tercera cayó cerca de su ojo.

Naila levantó la mirada.

Lucián también.

Oscuro.

Rojo.

Sangre.

Lucián se quedó completamente quieto.

No gritó.

No lloró.

No hizo nada.

Sus ojos estaban abiertos de una forma casi antinatural.

La sangre continuaba bajando lentamente por su rostro.

No se la limpió.

Naila lo agarró del brazo.

—Lucián.

Él no reaccionó.

—Lucián.

Siguió sin reaccionar. Ella tiró con fuerza.

—Tenemos que irnos.

Lucián seguía mirando hacia arriba.

—Ahora.

Naila lo arrastró.

Esta vez dio un paso.

Otro más.

Y finalmente empezó a correr.

La sangre seguía sobre su cara.

Naila avanzó por la galería tirando de él.

Lucián corrió detrás.

Sin preguntar.

Sin protestar.

Sin mirar atrás.

Y por primera vez desde que había salido de su casa, comprendió que aquello ya no era una huida de una discusión.

Alguien acababa de morir para que él pudiera seguir corriendo.