5. El otro lado #4
Avanzaron hasta el extremo de la calle.
Allí había algo que Lucián no había visto en ningún otro punto del lugar.
Una puerta.
No pertenecía realmente a ninguno de los edificios.
Alguien había levantado una especie de cobertizo contra uno de los muros, utilizando madera vieja, piedra y planchas de distintos materiales. La construcción parecía haber sido ampliada varias veces sin ningún tipo de planificación, hasta formar una pequeña vivienda independiente.
Dos hombres custodiaban la entrada.
Ambos llevaban espada.
Lucián redujo el paso.
Hasta ese momento, todo el mundo había saludado a Naila con sonrisas, bromas o abrazos.
Aquellos dos no.
Uno inclinó ligeramente la cabeza.
—Naila.
—Rovek.
El otro guardia hizo lo mismo.
—Buenos días.
—Traigo uno nuevo.
Los dos miraron a Lucián.
No necesitaron preguntar qué significaba.
Uno de ellos observó su ropa.
Luego sus orejas.
A continuación, su rostro.
Y finalmente volvió a mirar a Naila.
—Espera aquí.
Entró.
La puerta se cerró.
Lucián se volvió hacia Naila.
—¿Uno nuevo?
—Sí.
—¿Nuevo qué?
Ella lo miró.
—Paria.
Lucián resopló.
—Voy a empezar a odiar esa palabra.
—Ya llegas tarde.
Pasaron quizá veinte segundos.
La puerta volvió a abrirse.
El guardia salió.
—Podéis pasar.
Naila avanzó.
Lucián fue detrás.
Dos espadas se cruzaron frente a su pecho.
Se detuvo.
—¿Qué…?
Naila ni siquiera se volvió completamente.
—Espera ahí.
—¿Cuánto?
La puerta se cerró.
Lucián se quedó mirando la madera.
—Perfecto.
* * *
Esperó casi dos horas.
Al principio permaneció de pie.
Al cabo de un rato se apoyó contra la pared.
Más tarde terminó sentado en el suelo.
Veía pasar a la gente.
Algunos lo observaban.
Otros fingían no hacerlo.
De vez en cuando alguien murmuraba.
Thessaly.
El apellido seguía apareciendo.
Lucián empezó a odiarlo también.
Cuando la puerta se abrió por fin, uno de los guardias apareció.
—Traedlo.
Lucián se puso en pie.
No le gustó el plural.
No tuvo tiempo de preguntar.
Los dos hombres lo agarraron por los brazos y lo hicieron entrar.
—Puedo caminar solo.
Nadie respondió.
El interior era más grande de lo que parecía desde fuera.
Había muy pocos muebles: varias sillas, unas estanterías y, en el centro, un objeto que llamó inmediatamente la atención de Lucián. Una mesa.
Aunque no se parecía a ninguna que hubiera visto antes.
Su superficie era completamente lisa, demasiado regular, fabricada con un material oscuro que no parecía madera ni piedra. Tenía compartimentos perfectamente integrados en los laterales y unas líneas tan rectas que resultaban casi extrañas.
Era una reliquia antigua, probablemente encontrada entre las ruinas de quienes habían vivido antes que ellos y convertida en escritorio.
Detrás estaba sentado un hombre enorme.
O al menos eso le pareció a Lucián al principio.
Era ancho de hombros y grueso de torso, con una piel verde oscura cubierta de grandes placas escamosas. Su rostro era alargado, con una mandíbula poderosa y dientes que sobresalían ligeramente incluso cuando mantenía la boca cerrada.
Rasgos de cocodrilo.
Sus ojos, pequeños y amarillentos, parecían examinarlo todo sin necesidad de mover la cabeza.
Vestía una túnica sencilla, sin adornos.
No llevaba corona ni joyas; no necesitaba nada de aquello para dejar claro que era quien mandaba allí.
Cuatro guardias permanecían cerca.
A ambos lados del escritorio, varias personas de edad avanzada permanecían sentadas en silencio.
Naila estaba en el centro de la habitación.
Los hombres empujaron a Lucián hasta colocarle a su lado.
Él dio un paso torpe.
—Ya he dicho que puedo caminar.
—Cállate —murmuró Naila.
Lucián la miró.
—Pero si…
—Cállate.
El hombre del escritorio se levantó.
Cuando estuvo completamente erguido, Lucián comprendió que no había exagerado su tamaño.
Debía de superar con facilidad a casi todos los presentes.
Apoyó ambas manos sobre la antigua mesa.
—Sigo sin entenderlo, Naila.
Su voz era grave.
No necesitaba elevarla.
—Después de todo lo que ha hecho esta comunidad por ti, ¿cómo has podido traerlo aquí?
Naila no bajó la mirada.
—No he traicionado a nadie, Sarek.
El nombre encajaba con él.
Sarek.
—Solo estoy ayudando a alguien que lo necesita.
Los ojos amarillos se desplazaron hacia Lucián.
—¿A él?
—Sí.
—¿Al hijo de Darian Thessaly?
Lucián sintió un pequeño golpe en el estómago.
Naila continuó.
—No es su padre.
—Lleva su sangre.
—Eso no significa nada.
Sarek soltó una exhalación lenta por la nariz.
—Para nosotros significa demasiado.
Lucián quiso intervenir.
—Mi padre no…
—Cállate —dijo Naila.
Él giró la cabeza.
—Pero está hablando de…
—Lucián.
El tono bastó.
Se calló.
Sarek se inclinó ligeramente hacia delante.
—Si Darian descubre que su hijo está aquí, estamos muertos.
—No tiene por qué enterarse.
—¿De verdad crees eso?
Naila no respondió.
Sarek golpeó con un dedo sobre la superficie de la mesa.
—Esta comunidad existe porque él quiso que existiera.
Lucián parpadeó.
—¿Qué?
Naila cerró los ojos un instante.
Demasiado tarde.
Lucián dio un paso hacia delante.
—¿Qué ha dicho?
Sarek lo miró.
—Tu padre fue quien fundó este lugar.
El ruido de la calle pareció desaparecer.
Lucián se quedó inmóvil.
—No.
—Lucián…
—No.
Miró a Naila.
Ella no respondió.
Volvió hacia Sarek.
—Eso no es verdad.
—Lo es.
—Mi padre…
No sabía cómo terminar la frase.
Mi padre qué.
¿No ayudaría a parias?
¿No construiría una comunidad?
¿No tendría relaciones con criminales?
Cada una de las posibles respuestas se destruía antes de llegar a su boca.
Sarek continuó.
—Darian Thessaly creó la primera red que permitió a muchos de nosotros sobrevivir fuera del sistema. Refugios. Rutas. Lugares donde comerciar. Contactos.
Lucián lo observaba sin pestañear.
—¿Entonces por qué…?
Naila le dio un golpe seco en la nuca.
—Au.
La miró.
Ella señaló con los ojos hacia Sarek.
Calla.
Esta vez Lucián entendió.
Sarek continuó hablando.
—¿Y crees que un hombre que construyó todo esto no sabe dónde estamos?
Miró a Naila.
—Tiene ojos en todas partes.
—Ya no controla esto.
—No necesita controlarlo.
Sarek centró la atención en Lucián.
—Solo necesita saber que existe.
Naila apretó las manos.
—Él no pertenece a Darian.
—Eso no importa.
—Ha huido.
—Eso tampoco importa.
Sarek rodeó lentamente el escritorio.
—No puede quedarse.
—Es un paria.
—No.
—Sí.
—No es uno de nosotros.
Naila dio un paso adelante.
—Todos dijisteis lo mismo de mí.
Algunos de los ancianos intercambiaron miradas.
Sarek no se movió.
—Tu situación era diferente.
—Siempre es diferente cuando conviene.
—Naila.
—Esta comunidad existe para ayudarnos.
—Existe para sobrevivir.
—Es lo mismo.
—No siempre.
Naila señaló a Lucián.
—No tiene casa.
—Tiene una.
—No puede volver.
—Eso es problema suyo.
Lucián levantó ligeramente las cejas.
Había escuchado exactamente aquellas palabras antes.
Naila también lo notó.
Su expresión cambió apenas un instante.
Sarek continuó.
—No voy a arriesgar a todos por él.
Naila abrió la boca.
La puerta se abrió de golpe.
Todos se giraron.
Un hombre entró casi tropezando.
Era joven.
Quizá poco mayor que Naila.
Delgado, de brazos largos y movimientos rápidos. Su piel tenía un tono verdoso más claro, cubierta por pequeñas escamas que se volvían más marcadas alrededor del cuello y las manos.
Tenía rasgos de iguana.
Una pequeña cresta recorría la parte superior de su cabeza hasta desaparecer bajo el cabello oscuro y corto. Sus ojos, grandes y dorados, se movían con una rapidez casi nerviosa.
Respiraba con dificultad.
—¡Naila!
Ella se volvió.
—¿Kesh?
El hombre cerró la puerta detrás de él.
—Están aquí.
Toda la habitación quedó en silencio.
Naila perdió inmediatamente el color del rostro.
—¿Quién?
Kesh la miró como si la pregunta fuera absurda.
—Los hombres de Darian.
Sarek cerró los ojos.
Naila agarró a Lucián del brazo.
—Tenemos que irnos.
—¿Qué está pasando?
—Ahora.
—Pero…
Naila tiró de él.
Salieron.
* * *
La calle había cambiado.
La gente seguía allí.
Los puestos seguían abiertos.
Pero algo se había extendido de un extremo al otro.
Miedo.
—¿Quién viene? —preguntó Lucián mientras corrían.
Naila no respondió.
—¿Adónde vamos?
—Corre.
Lucián echó un vistazo atrás.
Los vio.
Tres hombres acababan de entrar en la calle.
No necesitó que nadie se los presentara.
La ropa.
Las botas.
La forma de moverse.
Los había visto demasiadas veces alrededor de su casa.
Hombres de su padre.
Se habían separado.
Uno avanzaba por el lado izquierdo.
Otro por el derecho.
Ambos detenían a la gente.
Preguntaban.
Mostraban algo.
El tercero caminaba por el centro.
No preguntaba a nadie.
Era diferente.
Más alto.
Mayor.
Vestía mejor que los otros dos.
No parecía tener ninguna prisa.
Solo avanzaba.
Lucián reparó en él por un momento.
El hombre levantó los ojos.
Lo vio.
Se detuvo.
Lucián sintió que el estómago se le encogía.
El hombre silbó.
Uno corto.
Los otros dos giraron inmediatamente la cabeza.
Entonces señaló.
A ellos.
Los tres comenzaron a moverse.
—Naila.
—Ya los he visto.
—¡Son hombres de mi padre!
—¡Gracias por la información!
—¡No van a hacerme daño!
Naila lo miró mientras corría.
—Puede.
—¡Él dijo que…!
—¡Corre, paria!
Los hombres aceleraron.
La calle se abrió frente a ellos.
Literalmente.
La gente se apartaba.
Nadie intentó detener a los perseguidores.
Nadie gritó.
Nadie bloqueó el paso.
Lucián lo entendió.
Era el mismo miedo.
El mismo que había visto toda su vida sin reconocerlo.
Los hombres de Darian corrían y las personas se pegaban contra las paredes.
Los puestos se apartaban.
Las conversaciones desaparecían.
Naila agarró con más fuerza la mano de Lucián.
—¡Más rápido!
—¡Estoy corriendo!
—¡Pues corre mejor!
Llegaron al fondo de la calle.
No había salida.
Lucián enfocó la vista al frente.
Pared.
A los lados.
Pared.
—¡Naila!
Ella no frenó.
—¡Confía en mí!
—¡No es un buen momento para pedir eso!
Naila saltó sobre una estructura baja, apoyó un pie contra la pared y metió la mano detrás de una pieza de madera.
Tiró.
Una tapa oculta se abrió.
Oscuridad.
—Dentro.
Lucián echó un vistazo atrás.
Los hombres estaban demasiado cerca.
El del centro corría ahora.
Ya no caminaba.
—¡Lucián! —gritó.
Reconoció la voz.