5. El otro lado #3
Permaneció allí varios segundos.
Podía escuchar la respiración irregular al otro lado.
Finalmente regresó a su cama.
* * *
El segundo día fue prácticamente igual: agua, comida y ninguna palabra.
Lucián comenzó a medir el tiempo por la posición del sol.
No tenía nada más.
Pensó mucho.
Demasiado.
En su madre.
En la escuela.
En Deux.
En los dragones.
En la carta arrugada que todavía llevaba en el bolsillo.
Jinete de dragones.
Aquellas palabras parecían pertenecer a otra persona.
Solo habían pasado dos días y su antigua vida ya resultaba difícil de imaginar.
Cuando llegó la tercera noche, Lucián dejó incluso de intentar dormir.
Permaneció sentado sobre una roca, con la espalda apoyada contra la muralla.
El cielo comenzaba a cambiar lentamente.
Todavía era de noche, pero en el horizonte aparecía ya una fina claridad.
Faltaría aproximadamente una hora para el amanecer.
Lucián mantenía la cabeza agachada.
Entonces escuchó una voz.
—Paria.
Una de sus orejas se movió.
Levantó la cabeza.
No ocurrió nada.
Miró la tapa.
—¿Qué?
No hubo respuesta.
Lucián frunció el ceño.
Entonces lo oyó de nuevo.
—Sí. Tú.
La voz llegaba desde abajo.
—El paria.
Lucián se puso en pie.
—No soy paria.
La tapa se desplazó.
Naila apareció debajo.
—Baja.
Lucián no se movió.
—He dicho que no soy paria.
Naila levantó la mirada hacia él.
—¿Has vuelto a casa?
Lucián calló.
—No.
—¿Has empezado tu nueva vida como jinete?
Lucián tampoco respondió.
Naila arqueó una ceja.
—Entonces eres un paria.
—No funciona así.
—¿No?
—No.
—Rechazas la vida que te han asignado. Escapas. No cumples con lo que esperan de ti.
Naila se limitó a sostenerle la mirada.
Lucián abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
Su primera reacción fue negarlo.
Era absurdo. Él no había rechazado su asignación; precisamente quería cumplirla. Había trabajado toda su vida para convertirse en jinete, la había aceptado y la había celebrado.
Pero después estaba Darian.
Si regresaba y aceptaba convertirse en su heredero, tendría que abandonar el camino que le habían asignado.
Si no regresaba…
También.
Lucián dejó de mirar a Naila.
Durante toda su vida había escuchado aquella palabra: paria.
Personas que habían rechazado su lugar, que no habían querido cumplir con sus obligaciones; gente de la que había que mantenerse alejado, que acababa robando, que había arrojado su futuro.
Todavía recordaba lo que había pensado en el aula: no comprendía cómo alguien podía hacer algo así.
Ahora estaba fuera de la muralla, durmiendo entre piedras y comiendo lo que una desconocida le dejaba a escondidas. Y no tenía un lugar al que regresar sin renunciar a algo.
Lucián sintió un vacío extraño en el estómago.
—Yo no he elegido esto.
Naila lo observó.
—Muchos no lo elegimos.
Aquello dolió más de lo que esperaba.
Naila se apartó de la abertura.
—¿Vas a bajar o no?
Lucián permaneció inmóvil un momento.
Entonces descendió.
* * *
—Sígueme, paria.
Lucián apretó la mandíbula.
—Tengo nombre.
—Ya lo sé.
Naila comenzó a caminar sin darle el gusto de usar su nombre. Lucián fue detrás.
—¿Vas a llamarme así todo el tiempo?
—Probablemente.
—Es bastante molesto.
—Ese es parte del encanto.
Lucián no respondió.
Las cloacas ya no le parecieron tan imposibles como la primera vez.
Seguían siendo oscuras.
Seguían oliendo mal.
Seguían teniendo bifurcaciones que él era incapaz de recordar.
Pero ahora caminaban.
Naila avanzaba delante de él sin esfuerzo.
—¿Adónde vamos?
—A enseñarte algo.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Entonces tendrás que seguirme.
Lucián resopló.
Naila siguió adelante.
Después de varios minutos tomaron una galería distinta a la que habían utilizado la primera noche.
Subieron.
Bajaron.
Atravesaron un túnel tan estrecho que Lucián tuvo que girar los hombros para pasar.
Finalmente Naila se detuvo frente a una vieja escalera de piedra.
Subió.
Lucián la siguió.
Arriba había otra tapa.
Naila golpeó tres veces.
Dos rápidas.
Una lenta.
Lucián la miró.
—¿Qué haces?
La cubierta se abrió desde fuera.
Una cara apareció.
—¡Naila!
Ella sonrió.
Lucián se quedó inmóvil.
Era la primera vez que la veía hacerlo.
—Buenos días.
—Pensábamos que no vendrías hoy.
—He estado ocupada.
La persona miró detrás de ella.
La sonrisa desapareció ligeramente al ver a Lucián.
Naila subió.
Lucián la siguió.
Y se quedó quieto.
No sabía muy bien dónde estaban.
Parecía una calle.
Pero no tenía sentido.
Estaba encerrada entre edificios deteriorados y muros viejos. Al fondo no había salida. En el extremo contrario tampoco.
Ninguna puerta conectaba aquella calle con otra.
Solo las cloacas.
Sin embargo, estaba llena de gente.
Había decenas de personas, quizá más, y puestos improvisados a ambos lados: tablas sujetas sobre cajas, telas extendidas en el suelo y pequeños tenderetes construidos con madera recuperada.
Lucián tardó muy poco en darse cuenta de algo.
La ropa fue lo primero que le llamó la atención: remendada, rota, desgastada.
Algunas personas llevaban prendas que parecían haber pertenecido a otras tres antes que a ellas; había botas sin pareja, capas cosidas con tejidos diferentes y cinturones hechos de cuerda.
También marcas de trabajo, suciedad y cicatrices.
Lucián tragó saliva.
Parias. Todos, o casi todos.
Esperaba otra cosa, aunque no sabía exactamente qué: quizá silencio, gente tirada por las esquinas, hambre, violencia, miseria.
En cambio, alguien estaba riéndose.
A carcajadas.
Dos hombres discutían frente a un puesto y, de repente, uno de ellos comenzó a imitar al otro de manera exagerada. Varias personas alrededor estallaron en risas.
Una mujer entregaba una bolsa de verduras a cambio de una herramienta.
Un anciano ofrecía pequeñas piezas de cuero por algo de comida.
No había monedas. Lucián empezó a fijarse: un saco por dos botellas, una pieza de carne por una cuerda, un cuchillo viejo por varias raciones de comida. Trueque.
En uno de los puestos había algo que parecía carne asada.
Lucián se acercó un poco.
—¿Eso es…?
—Rata.
Se apartó.
Naila continuó caminando.
—Come bastante bien si no preguntas.
Lucián decidió no responder.
En otro puesto, un hombre servía una bebida espesa en pequeños recipientes.
Tenía grumos.
Lucián la observó pasar de un vaso a otro.
—¿Qué es eso?
—No quieres saberlo.
—¿Tú lo sabes?
—Sí.
—¿Y qué es?
—Por eso te he dicho que no quieres saberlo.
Lucián dejó de preguntar.
Todo era pobre, improvisado, construido con cosas que alguien había desechado. Y, aun así, la gente parecía feliz. No todos ni constantemente, pero hablaban, reían, negociaban, discutían. Vivían.
Lucián se volvió hacia Naila.
—¿Dónde estamos?
Ella siguió caminando.
—Eres un paria.
—Eso ya me lo has dicho.
—Entonces tienes que aprender a vivir como uno.
Lucián recorrió de nuevo el lugar con la vista.
—¿Todos ellos…?
—La mayoría.
No pudo terminar la pregunta.
Una voz apareció desde un puesto.
—¡Naila!
Ella levantó una mano.
—¡Buenos días!
Una mujer salió de detrás de una mesa.
—Ven aquí.
La abrazó.
Naila protestó.
—Estoy bien.
—Eso dijiste la última vez y apareciste con media pierna abierta.
—Fue un rasguño.
—Necesitaste ocho puntos.
—Ocho puntos pequeños.
La mujer negó con la cabeza.
Luego le entregó un pequeño paquete.
—Toma.
—No hace falta.
—Por lo del otro día.
—Ya estamos otra vez.
—Cógelo.
Naila terminó aceptándolo.
—Gracias.
Mientras avanzaban, varias personas saludaron a Naila por su nombre.
Poco después, una niña corrió hacia Naila y la agarró de una pierna.
Naila se agachó inmediatamente.
—¿Otra vez tú?
La pequeña rió.
—Mamá dice que te dé las gracias.
—Tu madre habla demasiado.
La niña la abrazó.
Naila sonrió, le revolvió el cabello y su cola dio un pequeño movimiento relajado detrás de ella.
Lucián se quedó unos pasos atrás. Aquella mujer que lo había expulsado de su casa, que lo había empujado contra una pared y llevaba dos días llamándolo paria era, sin embargo, muy querida.
La gente no la saludaba por educación ni huía de sus conversaciones: querían hablar con ella, abrazarla, darle cosas y agradecerle favores.
Lucián sintió algo extraño.
Recordó sus paseos por la ciudad.
Buenos días, señorito Thessaly.
Sonrisas.
Puertas abiertas.
Conversaciones que terminaban demasiado rápido.
Había tardado dieciséis años en comprender por qué.
Naila avanzaba entre personas que no tenían prácticamente nada.
Y ninguno parecía tenerle miedo.
—¿Ese es?
La voz fue baja.
Lucián giró la cabeza.
Dos hombres lo observaban.
Uno susurró algo al otro.
No consiguió escucharlo.
Continuó andando.
Unos metros después ocurrió otra vez.
Una mujer dejó de hablar cuando pasó cerca.
Lo miró.
Luego miró a Naila.
Su expresión cambió.
Lucián bajó ligeramente las orejas.
Otro hombre lo reconoció.
Esta vez sí escuchó.
—Thessaly.
El apellido recorrió el pequeño grupo.
Lucián sintió varias miradas.
Una persona escupió al sue lo cuando pasó a su lado.
PFT
Lucián se detuvo.
Naila continuó caminando.
—¿Qué ha sido eso?
—Nada.
—Ha escupido.
—Sé lo que ha hecho.
Lucián echó un vistazo atrás.
El hombre seguía observándolo.
—¿Por qué?
Naila no respondió.
Siguieron andando.
Otro murmullo.
—El hijo de Darian.
Lucián lo escuchó perfectamente.
Una mujer apartó a un niño ligeramente cuando pasaron.
Otro hombre negó con la cabeza.
Alguien volvió a escupir.
Lucián dejó de mirar a los lados.
Por primera vez en toda su vida comprendió cómo era caminar por una calle y desear que nadie supiera quién eras.
Lucián caminaba detrás: una persona adorada por todos y otra a la que parecían despreciar. Solo que aquella vez los papeles estaban al revés.
Lucián bajó la mirada.
Su cola, normalmente visible detrás de él, se había acercado inconscientemente a sus piernas.
Naila lo vio.
No dijo nada.
Todavía.
Naila caminó unos pasos más y, de repente, agarró a Lucián por el hombro.
—Ven conmigo.
Él levantó la cabeza.
—¿Adónde?
—Tengo que presentarte a alguien.
—¿A quién?
Naila ya había empezado a andar.
Lucián suspiró.
—Claro. ¿Por qué ibas a responderme?
Ella no se giró.
—Vas aprendiendo, paria.
Lucián apretó los dientes y la siguió.