Parias: El precio de elegir 5. El otro lado #2
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5. El otro lado #2

Arrastró una pequeña mesa hasta el centro de la estancia.

Lucián no sabía muy bien si llamarla mesa. Varias piezas de madera de distintos tamaños descansaban sobre una estructura de piedra, y una de las patas parecía haber sido sustituida por algo que probablemente nunca había sido diseñado para sostener muebles.

Los asientos no estaban mucho mejor.

Naila acercó dos pequeños taburetes construidos con piedra y madera.

—Siéntate aquí.

Lucián obedeció.

Naila sacó algo más de comida y se sentó frente a él.

Durante un rato comieron en silencio.

La situación era absurda.

Aquella mañana Lucián se había despertado en su cama. Ahora estaba comiendo con una desconocida en una habitación escondida bajo las cloacas, fuera de las murallas de la ciudad. Y, de alguna manera, aquella era la parte más tranquila de su día.

Naila dejó de comer.

—Si quieres quedarte un rato, vas a tener que hacer una cosa.

Lucián levantó la mirada.

—¿Qué?

—Confiar en mí.

Aquello no era lo que esperaba.

—¿Yo en ti?

—Sí.

—Pensaba que ibas a decir que tú tenías que confiar en mí.

—No te conozco. Claro que no confío en ti.

Lucián frunció el ceño.

—Entonces no entiendo.

Naila se inclinó ligeramente hacia delante.

—Has traído problemas hasta mi casa. Había tres hombres intentando atraparte y, por lo que escuché, hay muchos más buscándote. Si voy a dejarte aquí, quiero saber qué has hecho.

—No he hecho nada.

—Eso ya es empezar mal.

—Es verdad.

—Entonces cuéntamelo.

Lucián guardó silencio.

Naila sostuvo su mirada.

—Pero no me mientas.

Lucián pensó en levantarse. Podía marcharse. La salida estaba allí. Nadie lo retenía. Solo tenía que subir. Salir. Y después… ¿Después qué?

Lucián miró la salida, respiró profundamente y empezó a hablar.

* * *

La luz fue desplazándose lentamente sobre el reloj solar.

Al principio Lucián contó únicamente lo necesario. La evaluación. Su sueño de convertirse en jinete. El resultado. A partir de ahí, una cosa llevó a otra.

Naila preguntaba poco, pero cuando lo hacía conseguía que Lucián recordara algo que había dejado fuera.

Y Lucián siguió hablando. Le habló de la escuela. De Deux. Del momento en que había abierto la carta. De cómo había gritado delante de todos. De lo convencido que estaba de que su vida acababa de comenzar.

La luz continuó moviéndose.

Lucián dejó de prestar atención al tiempo.

Quizá porque llevaba demasiadas horas necesitando hablar. Quizá porque Naila era la primera persona que no formaba parte de nada de aquello. No era su madre. No era un profesor. No era uno de los hombres de Darian. No sabía quién era él. Así que se lo contó todo.

O casi todo.

—Cuando llegué a casa, mi padre estaba esperándome.

Naila dejó de comer.

—¿Tu padre?

—Sí.

—¿Y él no quería que fueras jinete?

—No.

Lucián bajó la mirada.

—Quería otra cosa para mí.

—¿Qué cosa?

Lucián tardó en responder.

—Que continuara con lo suyo.

Naila permaneció inmóvil.

—¿Y qué es lo suyo?

Lucián levantó la cabeza.

La expresión de ella había cambiado ligeramente.

Él no se dio cuenta.

No todavía.

—Tiene gente trabajando para él.

—¿Qué gente?

—Mucha.

Naila ya no tocaba la comida.

Lucián continuó.

Le habló de la conversación.

De lo que Darian le había contado sobre su juventud.

De cómo había rechazado su asignación.

De cómo se había convertido en paria.

Naila dejó de parpadear.

Lucián siguió hablando.

Le contó cómo había empezado robando para sobrevivir.

Cómo más tarde había conseguido que otros trabajaran para él.

Los negocios.

Las amenazas.

Las extorsiones.

Las personas que obedecían sus órdenes.

Cada detalle endurecía un poco más el rostro de Naila.

Lucián estaba demasiado concentrado en su propia historia para verlo.

—Dice que construyó todo lo que tenemos de esa manera. La casa, el dinero, los contactos… Todo.

Naila apretó la mandíbula.

—¿Cómo se llama?

Lucián levantó los ojos.

—¿Mi padre?

—Sí.

—Darian.

No hubo respuesta.

Naila no se movió.

—Darian… ¿qué?

Lucián dudó.

No porque quisiera ocultarlo.

Hasta ese momento ni siquiera había pensado en ello.

—Thessaly.

La mesa tembló.

Naila se había puesto en pie; la corta cola de lince se tensó detrás de ella.

Lucián dio un pequeño respingo.

—¿Qué…?

—Fuera.

Él parpadeó.

—¿Qué?

—He dicho que te vayas.

—Pero…

—¡FUERA!

El grito resonó por toda la estancia.

Lucián se levantó.

—¿Qué he dicho?

—Me da igual.

—Hace un momento me has pedido que te lo contara.

—Y ahora te estoy diciendo que te vayas.

—Pero ¿por qué?

Naila rodeó la mesa.

—No voy a repetírtelo.

—No entiendo qué…

Naila lo agarró por la ropa a la altura del pecho.

Lucián apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Lo empujó.

Con fuerza.

Muchísima más de la que esperaba.

Lucián perdió el equilibrio y cayó hacia atrás.

Su hombro golpeó primero contra la pared.

Luego la cabeza.

El impacto le llenó la visión de pequeños puntos blancos.

Cayó al suelo.

Durante un momento todo pareció inclinarse.

Cuando consiguió enfocar de nuevo, Naila estaba frente a él.

Ya no quedaba nada de la desconocida que le había dado comida.

—No voy a volver a repetírtelo.

Lucián la miró desde el suelo.

—Vete.

Esta vez obedeció.

Se levantó todavía aturdido y caminó hacia la salida.

Su cola se había pegado completamente entre sus piernas.

Trepar por las rocas le costó más de lo que debería.

Cuando consiguió sacar medio cuerpo al exterior, se detuvo.

La noche estaba cayendo.

Miró hacia atrás.

—Pero no sé adónde ir.

Naila permanecía abajo.

—Ni siquiera puedo entrar en la ciudad.

—No es mi problema.

—Naila…

CLANC

La cubierta metálica cerró la abertura.

Lucián se quedó mirando el hierro.

—Naila.

No ocurrió nada.

Apoyó una mano sobre la tapa.

—Naila.

No hubo respuesta.

Lucián retiró lentamente la mano.

Recorrió el exterior con la vista. Por primera vez en su vida estaba solo fuera de las murallas. El mundo exterior no era completamente desconocido: lo había estudiado y, precisamente por eso, sabía que debía tener miedo.

Fuera de las zonas habitadas existían criaturas que jamás se acercaban a las ciudades. Animales capaces de matar a una persona. Terrenos que podían extenderse durante días sin encontrar una sola casa. Bosques, montañas y regiones enteras donde nadie acudiría si gritaba pidiendo ayuda.

Lucián conocía todo aquello en teoría. En la práctica, apenas conocía algunas calles más allá del camino entre su casa, la escuela y Puerto Alto.

La última luz desaparecía rápidamente.

No iba a explorar nada aquella noche.

Encontró un hueco entre varias rocas cerca de la salida.

Se metió dentro.

El suelo estaba frío.

Reunió hojas.

Arrancó algo de musgo.

Intentó colocarlo sobre su cuerpo como si aquello pudiera parecerse remotamente a una manta.

No funcionó.

Se encogió todo lo que pudo.

Sus orejas reaccionaban a cada sonido procedente de la oscuridad.

Una rama.

Un roce.

Algo moviéndose entre la vegetación.

Lucián abrió los ojos.

Esperó.

No ocurrió nada.

Los cerró.

Otro sonido.

Los abrió de nuevo.

Ignoraba qué había ahí fuera.

Tampoco tenía claro qué haría al amanecer.

Desconocía si su padre seguía buscándolo.

Y seguía sin comprender la reacción de Naila al escuchar su apellido.

Y ya no tenía a nadie a quien preguntárselo.

Se abrazó las rodillas.

La cola se enroscó contra su cuerpo buscando conservar algo de calor.

Y allí, escondido entre las rocas, cubierto de hojas y musgo, Lucián dejó pasar la noche.

* * *

Lucián no se marchó.

Al principio, Naila pensó que acabaría haciéndolo.

Esperó.

Cinco minutos.

Diez.

Media hora.

No ocurrió nada.

Desde el interior podía escuchar algún movimiento sobre la cubierta metálica: piedras desplazándose, hojas, algún paso corto. Luego todo quedó quieto.

Cuando pasó más de una hora, Naila se acercó a la salida.

No abrió.

Simplemente escuchó.

Respiraba.

Seguía allí.

* * *

La primera noche fue peor.

Lucián intentó dormir entre las mismas rocas.

No pudo.

Cada sonido lo despertaba.

A veces ni siquiera sabía si había llegado a quedarse dormido.

El viento entre las ramas.

Algo pequeño desplazándose por la vegetación.

Un ruido lejano que no consiguió identificar.

Durante años había estudiado las criaturas que vivían fuera de las zonas habitadas; ahora lamentaba recordar tantas.

Se apretó más contra las piedras.

El frío se colaba por debajo de la ropa.

Había colocado hojas alrededor de su cuerpo y parte del musgo que encontró entre las rocas, pero aquello servía de muy poco.

En algún momento de la noche empezó a llorar en silencio. Intentó contenerlo, se limpió la cara con la manga, respiró y volvió a intentarlo. No funcionó. Las lágrimas siguieron cayendo.

Perdió la noción de cuánto tiempo estuvo así.

Debajo de él, al otro lado de una plancha de metal y varios metros de piedra, Naila permanecía despierta.

Lo escuchaba.

No hizo nada.

* * *

Por la mañana apareció un cuenco.

Lucián abrió los ojos al escuchar el roce del metal.

La tapa se había levantado apenas lo suficiente para que una mano empujara algo hacia fuera.

La tapa volvió a cerrarse.

CLANC

Lucián se incorporó.

Había dos recipientes.

Uno contenía agua.

El otro, comida.

Miró la cubierta.

—Naila.

No obtuvo respuesta.

Se acercó.

—Gracias.

No hubo respuesta.

Lucián bebió.

Luego comió.

No dejó nada.

* * *

El primer día apenas se movió.

Caminó unos metros alrededor de la zona.

No más.

Cada vez que se alejaba demasiado de la muralla sentía una presión en el pecho que le obligaba a regresar.

Desde allí podía ver árboles.

Rocas.

Vegetación extendiéndose hacia lugares que no conocía.

El mundo parecía muchísimo más grande cuando no había edificios alrededor.

Y mucho menos seguro.

Regresó junto a la tapa.

Se sentó.

Esperó.

Ni siquiera tenía claro qué esperaba.

Quizá que Naila cambiara de opinión.

Quizá que su madre apareciera.

Quizá incluso que Darian lo encontrara.

Aquella última posibilidad lo hizo levantarse de golpe.

No.

Volvió a sentarse.

Horas después apareció otra vez comida.

Naila no dijo una palabra.

Lucián tampoco.

* * *

La segunda noche volvió a llorar.

Menos.

O quizá simplemente estaba demasiado cansado.

Naila también lo escuchó aquella noche.

Esta vez se acercó hasta quedar justo debajo de la salida.