Parias: El precio de elegir 5. El otro lado
31%

5. El otro lado

El otro lado

—Sígueme.

La mano que sujetaba a Lucián lo soltó.

Durante un momento no ocurrió nada.

Lucián permaneció agachado en la oscuridad, intentando distinguir a la persona que acababa de arrastrarlo hasta allí. Apenas conseguía ver una silueta alejándose por lo que parecía una galería estrecha.

No sabía quién era ni dónde estaba y, sobre todo, no tenía ninguna razón para seguirla.

La silueta continuó avanzando.

Lucián no se movió.

Sobre su cabeza se escuchó un golpe.

CLANC

Levantó la mirada.

La escasa luz que atravesaba los barrotes de la trampilla dibujaba varias líneas sobre el suelo. Tres sombras se movían al otro lado.

Otro golpe.

CLANC

La trampilla tembló.

—¡Estate quieto! —gritó uno de los hombres desde arriba—. ¡Vamos, no te vamos a hacer daño!

Lucián retrocedió.

—¡Quédate ahí!

Uno de ellos tiró con fuerza de los barrotes.

La estructura volvió a estremecerse.

Lucián dirigió la vista hacia la galería.

La silueta casi había desaparecido.

Alzó de nuevo la vista.

No necesitó pensarlo más.

Echó a correr.

* * *

Al principio creyó que podría alcanzarla.

Se equivocó.

Lucián estaba acostumbrado a correr. Había entrenado durante años y las pruebas del Coliseo habían demostrado que sus reflejos tampoco eran precisamente malos.

Nada de aquello parecía importar allí abajo.

La figura avanzaba por las galerías como si conociera cada piedra.

Lucián la veía aparecer por momentos y desaparecer al siguiente giro. Izquierda. Derecha. Otra galería. Un giro.

Lucián estuvo a punto de resbalar sobre una zona húmeda, recuperó el equilibrio apoyando una mano contra la pared y siguió corriendo.

La perdió. Se detuvo.

Oscuridad.

—¿Dónde estás?

Su propia voz rebotó por las galerías.

Por un momento no recibió respuesta.

Entonces, desde algún lugar delante de él:

—¡A la derecha!

Lucián giró.

—¡Cuidado con eso!

—¿Con qué…?

Lo vio demasiado tarde.

Una masa oscura atravesaba parte del corredor a la altura de sus piernas.

Saltó.

Una de sus botas rozó el obstáculo y aterrizó de forma torpe al otro lado, pero consiguió mantenerse en pie.

—¡Podrías haber avisado antes!

Una voz respondió desde la oscuridad.

—Te he avisado.

Lucián apretó los dientes y continuó.

Cada vez veía menos a quien lo guiaba.

Terminó siguiendo su voz.

—Izquierda.

Giró.

—Ahora recto.

Corrió.

—No por ahí.

Lucián frenó.

—¡Pues dilo antes!

—Por aquí.

Una sombra cruzó una abertura a su derecha.

Lucián fue tras ella.

No entendía cómo podía moverse de aquella manera.

Para él, las galerías eran todas iguales. Piedra, humedad, oscuridad y bifurcaciones que aparecían cuando apenas tenía tiempo de verlas.

Para aquella persona no. No dudaba. No comprobaba. No reducía la velocidad antes de cada giro. Simplemente sabía.

Lucián empezó a comprender que intentar memorizar el camino era inútil.

Había perdido la cuenta de las bifurcaciones hacía rato.

Solo podía seguir avanzando.

Hasta que la oscuridad comenzó a desaparecer.

Primero fue una línea de luz.

Luego una mancha sobre el suelo.

La galería desembocó finalmente en un espacio mucho más amplio.

Lucián redujo el paso.

El techo se elevaba allí varios metros y el suelo, a diferencia del resto de las cloacas, era prácticamente plano. Muy arriba había una pequeña abertura por la que entraba un fino haz de luz.

Lucián se acercó.

La luz incidía sobre unas marcas realizadas en el suelo.

Tardó un momento en comprenderlo.

Un reloj solar.

Levantó la cabeza.

Sus ojos comenzaron a acostumbrarse a la claridad.

Y entonces vio el resto.

Una cama. No un montón de telas abandonadas. Una cama preparada para dormir.

Contra una de las paredes había un pequeño mueble. Encima descansaban varios recipientes y algo que parecía comida. Había objetos colocados en diferentes rincones, ropa y algunas pertenencias que Lucián no alcanzaba a identificar.

Recorrió lentamente la estancia con la vista.

Aquello no era simplemente una parte abandonada de las cloacas.

Alguien vivía allí.

La figura se había detenido al otro lado de la estancia.

Lucián tragó saliva.

De repente fue muy consciente de lo que acababa de hacer.

Había huido de tres desconocidos siguiendo a un cuarto. Hasta unas cloacas. A través de un camino que ya no sabría recorrer en dirección contraria.

Fantástico.

—¿Quién eres?

La figura no respondió.

—¿Por qué me has ayudado?

No hubo respuesta.

Lucián dirigió la vista hacia la galería por la que habían llegado y luego volvió a ella.

—¿Dónde estamos?

La figura levantó las manos hacia la capucha.

Se la quitó.

Lucián parpadeó.

Era una chica mayor que él, probablemente por unos pocos años.

Su cuerpo era delgado, casi demasiado, aunque no parecía débil.

Había algo fibroso en ella, construido más por años moviéndose y sobreviviendo que por entrenamiento.

Su rostro era anguloso, de pómulos marcados y piel oscurecida por el sol.

El cabello, muy oscuro y cortado de forma práctica, dejaba sobresalir dos orejas cubiertas de pelaje grisáceo, rematadas en mechones negros.

Detrás de ella, una corta cola de lince permanecía baja y pegada a una pierna.

Tenía rasgos de lince, pero fueron sus ojos gris verdoso, clavados en él, los que mantuvieron quieto a Lucián.

No parecían particularmente contentos de tenerlo allí.

La chica lo examinó de arriba abajo.

Lucián tuvo la incómoda sensación de que acababa de pasar de ser un desconocido al que había salvado a convertirse en un problema que estaba evaluando.

—Naila.

Lucián esperó.

No añadió nada más.

—¿Naila…?

—Naila.

Quedó claro que no recibiría más.

Lucián asintió.

—Yo soy Lucián.

Naila continuó observándolo.

—¿Qué querían esos hombres, Lucián?

Él abrió la boca. La cerró.

Pensó en los tres hombres del callejón. En la forma en que habían hablado de él. En que media ciudad lo estaba buscando.

—No lo sé.

Naila entrecerró los ojos.

—¿No lo sabes?

—No.

—Tres hombres te persiguen por media ciudad y no sabes por qué.

—Yo tampoco he dicho que me persiguieran por media ciudad.

Naila no respondió.

Lucián comprendió el error.

Ella había estado allí. Había escuchado suficiente.

—No sé quiénes eran —rectificó—. Ni qué querían hacer conmigo.

Eso pareció satisfacerla un poco más. Solo un poco.

Lucián recorrió de nuevo la estancia con la vista.

—Gracias.

Naila arqueó ligeramente una ceja.

—Por ayudarme.

Ella se encogió de hombros.

—No sé por qué lo he hecho.

La respuesta no era especialmente tranquilizadora.

—Te vi. Necesitabas ayuda.

—¿Y ayudas a cualquiera que encuentras perseguido por un callejón?

—No.

—Ah.

Naila sostuvo su mirada un momento más.

—Por eso he dicho que no sé por qué lo he hecho.

Lucián se quedó sin respuesta.

El silencio se instaló entre ambos.

Naila fue la primera en romperlo.

—Bueno.

—¿Bueno qué?

—¿Qué vas a hacer?

Lucián la miró.

Aquella era una pregunta bastante más complicada de lo que parecía.

Su casa apareció inmediatamente en su cabeza. Darian. Su madre. Los hombres recorriendo las calles. Mi presente será tu futuro. Apartó el pensamiento.

—Esperaba que pudieras ayudarme.

Naila soltó una pequeña exhalación por la nariz.

—Ya te he ayudado.

—Me refiero a…

—Sé a qué te refieres.

Señaló hacia las galerías.

—Te he sacado de allí y te he traído hasta aquí. Ya he corrido demasiado riesgo enseñándote mi casa.

Lucián recorrió de nuevo la estancia con la vista.

La cama. El mueble. La comida. El reloj solar dibujado en el suelo. Centró de nuevo la atención en ella.

—¿Esta es tu casa?

La expresión de Naila cambió.

Lucián lo vio inmediatamente.

No había pretendido insultarla.

Ni siquiera había pensado antes de decirlo.

Pero ya era tarde.

—Sí.

La respuesta fue seca.

—No, yo no quería decir…

Naila señaló hacia la abertura por la que entraba la luz.

—Puedes irte.

Lucián siguió la dirección de su dedo.

Desde donde estaba no lo había apreciado, pero la abertura era mayor de lo que parecía. Una pequeña salida ascendía hacia el exterior entre piedras irregulares.

Se acercó con cautela.

La luz le golpeó el rostro.

Más allá estaba el exterior.

Y, elevándose a pocos metros, reconoció la enorme muralla de la ciudad.

Lucián asomó nuevamente la cabeza por la abertura.

La muralla se levantaba a pocos metros. Desde aquel lado podía ver su cara exterior descendiendo hasta perderse entre rocas, arbustos y vegetación.

Recorrió un lado con la vista.

Luego el otro.

Bajó de nuevo.

—¿Estamos fuera de la ciudad?

—Sí.

Lucián esperó algo más.

No llegó.

—Pero… ¿adónde voy?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Es tu camino. Elígelo tú.

Aquellas palabras consiguieron que Lucián se quedara completamente quieto.

Tu camino.

Elígelo tú.

Durante toda su vida había sabido qué hacer al día siguiente. Levantarse. Vestirse. Desayunar. Ir a la escuela. Estudiar. Entrenar. Prepararse para la evaluación. Convertirse en jinete.

Después apareció su padre y le explicó cuál sería realmente su futuro.

Y ahora una desconocida que vivía bajo las cloacas acababa de decirle que eligiera.

Lucián se sentó en el suelo.

Naila lo observó, pero no dijo nada.

Pasó un rato.

Entonces un sonido profundo rompió el silencio.

GRRRRRR

Lucián bajó lentamente la mirada hacia su estómago.

Naila también.

Él cerró los ojos.

Perfecto.

Naila se dio la vuelta.

Fue hasta el pequeño mueble que Lucián había visto antes, abrió uno de sus compartimentos y rebuscó en su interior.

—¿Tienes hambre?

Lucián asintió.

Naila sacó algo envuelto en una tela y se lo lanzó.

Lucián levantó las manos demasiado tarde.

La comida cayó al suelo.

Alternó la mirada entre la comida y Naila antes de volver a fijarse en lo que había caído al suelo.

Su expresión debió de decir demasiado.

—¿Tampoco te gusta mi comida?

—¿Qué?

—Mi casa no te gusta. Mi comida tampoco.

—No he dicho eso.

—Tu cara sí.

—No, no, no es eso.

Lucián recogió inmediatamente la comida.

Había un poco de suciedad adherida a uno de los lados.

La retiró con los dedos.

Y mordió.

Naila seguía mirándolo.

Lucián dio otro mordisco.

Esta vez más grande.

—Está buena.

—No hace falta que mientas.

—No estoy mintiendo.

Naila pareció decidir que aquello era suficiente.