4. La ventana abierta #2
Darian intentó acercarse.
Ella retrocedió.
—No me toques.
Aquello lo detuvo.
Aurora subió hasta la habitación de Lucián. Vio la cama deshecha y la ventana abierta. Regresó pocos minutos después.
—Voy a buscarlo.
—No vas a salir sola.
—No te he pedido permiso.
Darian la observó. Pareció dispuesto a discutir, pero se contuvo y señaló a dos de sus hombres.
—Con ella.
Aurora ni siquiera protestó antes de salir.
La búsqueda creció con rapidez. Primero fueron los hombres de Darian; luego sus contactos y los contactos de estos.
El aviso llegó también a determinados miembros de la guardia y se extendió hasta que el apellido Thessaly recorría la ciudad.
Lucián Thessaly había desaparecido y había que encontrarlo.
Las razones cambiaban dependiendo de quién recibiera la noticia.
Algunos lo buscaban porque Darian lo había ordenado.
Otros porque querían la recompensa.
Otros porque negarse a ayudar a los Thessaly parecía una idea poco saludable.
Y algunos…
Algunos llevaban años esperando una oportunidad para hacer daño a Darian.
Aunque tuviera la cara de su hijo.
En cuestión de horas, media ciudad buscaba al pequeño de los Thessaly.
—¡MIRAD AHÍ!
Lucián abrió los ojos.
Todo su cuerpo protestó.
Intentó incorporarse y un dolor intenso recorrió sus piernas.
—Ah…
Tardó un momento en comprender dónde estaba: una pared, cartones, un callejón. ¿Por qué estaba…? Entonces regresó todo de golpe: su padre, la vela, la carta.
Mi presente será tu futuro.
Lucián cerró los ojos.
—No…
Otro grito.
Mucho más cerca.
—¡POR AQUÍ!
Lucián levantó la cabeza.
Voces.
Pasos.
Salió de entre los cartones con dificultad.
Tenía la espalda rígida, las piernas destrozadas y la garganta tan seca que tragar dolía.
Avanzó hasta la entrada del callejón.
Asomó primero hacia un lado y luego hacia el otro. Varias personas corrían al fondo de la calle.
Lucián retrocedió.
—¡AHÍ ESTÁ!
Se quedó helado.
Una mano lo señaló.
—¡COGEDLO!
Lucián no pensó: echó a correr. El primer paso dolió, el segundo todavía más; al tercero dejó de importarle.
Se metió por el primer callejón que encontró.
Luego por otro.
Derecha.
Izquierda.
Una escalera.
Otro pasadizo.
No conocía aquel barrio.
Las viviendas parecían haberse construido unas encima de otras. Muros torcidos, pequeños patios, escaleras que terminaban en calles diferentes, corredores tan estrechos que Lucián podía tocar ambas paredes extendiendo los brazos.
Ignoraba por qué aquel barrio era así y, en ese momento, tampoco le habría importado.
Solo sabía que estaba perdido.
Y que los hombres seguían detrás.
—¡Por allí!
Giró por otro callejón al escuchar que lo habían visto. Izquierda, derecha y de nuevo a la derecha. Cada giro lo alejaba de sus perseguidores y de cualquier posibilidad de orientarse.
El pecho le ardía.
Las piernas apenas respondían.
Tropezó.
Apoyó una mano contra una pared.
Siguió.
Giró una última esquina y se detuvo frente a una pared. Avanzó incrédulo: no había puerta, escalera ni otro pasadizo. Solo piedra. Un callejón sin salida.
Lucián se volvió.
Tres hombres aparecieron en la entrada.
Ninguno llevaba el uniforme de la guardia.
Aquello no lo tranquilizó.
Los tres redujeron el paso.
Ya no necesitaban correr.
—Mira, mira…
Lucián retrocedió.
Uno de ellos sonrió.
—Ese es.
—¿Seguro?
—Claro que estoy seguro. Es el pequeño de los Thessaly.
Lucián dio otro paso atrás.
—Mi padre os ha enviado.
Los hombres intercambiaron una mirada y rompieron a reír. Aquello bastó como respuesta.
—Te está buscando media ciudad, pequeñín —dijo uno.
Continuaron acercándose.
—Así que ven con nosotros.
—Mi padre ha dicho que me llevéis a casa.
Nueva carcajada.
—Seguro.
Lucián recorrió el callejón con la vista. No había salida.
—No os acerquéis.
—Tranquilo. No queremos hacerte daño.
El hombre sonrió.
—Vales demasiado.
Otro lo corrigió:
—Depende de quién pague.
Lucián sintió la pared contra la espalda.
No podía seguir retrocediendo.
Los tres avanzaban despacio.
Disfrutaban.
—Vamos, pequeño Thessaly. Pórtate bien y quizá consigamos una buena recompensa por ti.
Lucián cerró los puños. Estaba agotado, atrapado frente a tres hombres y sin salida. Alzó la vista: demasiado alto, ventanas cerradas, ningún saliente. Su cabeza buscó una posibilidad como siempre, calculando cada opción, pero no encontró ninguna.
Uno de los hombres extendió la mano.
—Ven.
Lucián pegó todavía más la espalda a la pared.
Su talón resbaló.
—¿Qué…?
Algo le rodeó el tobillo.
Lucián bajó la mirada.
No tuvo tiempo de ver qué era.
Un tirón brutal le arrancó la pierna de debajo del cuerpo.
—¡AH!
Cayó.
El suelo desapareció.
—¡¿QUÉ COJONES?!
Lucián atravesó una pequeña abertura que un momento antes habría jurado que no existía.
Cayó hacia la oscuridad.
Sobre él, uno de los hombres corrió hacia la trampilla.
—¡AGÁRRALO!
La abertura se cerró.
CLAC
Oscuridad absoluta.
Los hombres golpearon desde arriba.
—¡AbrE!
Lucián intentó levantarse.
Una mano lo agarró.
Se revolvió.
—¡Suéltame!
—Shhh.
Lucián se quedó inmóvil.
Había alguien allí abajo con él.
Muy cerca.
Una voz habló junto a su oído.
—Si quieres que esos tres no te encuentren, deja de gritar.