Parias: El precio de elegir 4. La ventana abierta
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4. La ventana abierta

La ventana abierta

L ucián cerró la puerta de su habitación. No con fuerza ni de un portazo. Tampoco echó el pestillo; simplemente la cerró.

Permaneció un momento frente a ella, con una mano todavía apoyada en el pomo. No encontraba qué hacer, qué pensar ni siquiera qué sentir.

Caminó hasta la cama sin quitarse las botas. Tampoco dejó la chaqueta perfectamente doblada sobre la silla, preparó la ropa del día siguiente ni colocó sus cosas. Ni siquiera comprobó que todo estuviera en su sitio.

Lucián Thessaly se dejó caer sobre la cama completamente vestido, boca arriba, con los brazos a ambos lados del cuerpo y los ojos abiertos.

Dejó la vista fija en el techo, aunque quizá ni siquiera lo veía.

La habitación seguía allí, pero él parecía ausente.

No lloraba, no se movía, no dormía. Solo escuchaba.

—¡¡¡JINETE DE DRAGONES!!!

Su propia voz. El patio. Los aplausos. La tarjeta entre sus manos. La felicidad.

Mi presente será tu futuro.

Y luego, nada.

—¡¡¡JINETE DE DRAGONES!!!

Mi presente será tu futuro.

Jinete de dragones.

Mi presente será tu futuro.

Jinete de dragones.

Mi presente será tu futuro.

Las dos frases se sucedían sin descanso. Lucián cerró los ojos, se giró hacia un lado y terminó de nuevo boca arriba. Continuaban.

Había perdido la noción del tiempo. Podía haber pasado una hora, dos o quizá más.

En algún momento escuchó pasos al otro lado de la puerta. Se detuvieron y Lucián esperó, pero nadie llamó. Al cabo de un rato se alejaron.

Jinete de dragones.

Mi presente será tu futuro.

Apretó los dientes e intentó pensar. Eso era lo que siempre hacía: ordenar, separar un problema en partes hasta encontrar una solución. Esta vez no había partes ni solución.

Cada vez que intentaba ordenar sus pensamientos aparecía un recuerdo nuevo.

Una sonrisa que quizá nunca había sido sincera. Un saludo fingido. Una puerta abierta por miedo a su apellido. Una conversación terminada al verlo acercarse. Su madre llorando. El ojo blanco de su padre. El jardinero. La sirvienta. La carta. Su carta.

Lucián metió una mano en el bolsillo. La carta seguía allí. La sacó; incluso en la oscuridad recordaba exactamente lo que decía. Aquella mañana habría dado cualquier cosa por tenerla. Ahora ya no entendía qué significaba.

Jinete de dragones.

Mi presente será tu futuro.

—Cállate…

No obtuvo alivio.

Jinete de dragones.

Mi presente será tu futuro.

—Cállate.

Las palabras regresaron.

Jinete de dragones.

Mi presente será tu futuro.

Lucián apretó la carta entre los dedos.

—¡CÁLLATE!

Se incorporó de golpe, respirando con fuerza. Algo había cambiado: el vacío había desaparecido y en su lugar crecía algo caliente, violento, insoportable.

Ira.

Lucián se levantó y cruzó la habitación sin saber qué iba a hacer ni por qué.

Abrió la ventana.

El aire nocturno golpeó su rostro.

Se asomó. Abajo estaban el jardín, el césped y la distancia hasta el suelo.

En cualquier otro momento habría calculado la altura, buscado el mejor lugar donde apoyar los pies, pensado en el riesgo de torcerse un tobillo y considerado las consecuencias.

Aquella noche no hizo ninguna de esas cosas.

Saltó. Por un momento quedó suspendido en el aire y enseguida cayó.

Sus pies tocaron el césped y sus piernas se flexionaron por puro instinto. Rodó sobre un hombro y terminó de lado sobre la hierba.

Dolió, aunque no demasiado.

Su cuerpo ligero, sus reflejos, el césped y la forma en que había rodado al tocar el suelo hicieron que la caída resultara mucho menos grave de lo que habría sido para otros.

Lucián permaneció un momento tumbado y alzó la vista hacia la ventana. Ignoraba por qué había saltado. Se levantó y echó a correr sin destino, atravesó el jardín, salió de la propiedad y alcanzó la calle sin detenerse.

Las primeras lágrimas aparecieron antes de llegar a la siguiente esquina. Lucián no se las limpió. Las casas pasaban a ambos lados mientras las calles conocidas daban paso a otras cada vez menos familiares. Siguió corriendo.

Podría haber ido a la escuela, subido hasta Puerto Alto o buscado a alguno de los compañeros con los que había celebrado unas horas antes. No hizo ninguna de esas cosas; ni siquiera pensó en ellos. Solo corría.

Las lágrimas le caían por el rostro hasta perderse bajo la mandíbula. Respiraba por la boca, el pecho le ardía y las piernas empezaban a dolerle, pero siguió.

En algún momento dejó atrás las calles que recorría habitualmente y, más tarde, incluso los lugares que reconocía. Aun así siguió.

No quería pensar.

Porque cada vez que reducía el ritmo, las palabras regresaban.

Mi presente será tu futuro.

Así que corría.

Mientras corriera solo tenía que pensar en respirar.

Un paso. Otro. Respirar. Un paso más. Respirar.

El tiempo perdió sentido mientras la ciudad cambiaba a su alrededor. Primero desaparecieron las grandes casas y luego los comercios. Las calles se estrecharon y los edificios se hicieron más viejos.

Atravesó lugares que jamás había visitado solo.

En algún momento el cielo comenzó a aclararse.

Para entonces ya no corría de forma continua: alternaba tramos de carrera torpe con otros en los que apenas podía caminar.

Tuvo que detenerse una vez para vomitar junto a una pared y permaneció allí hasta recuperar el aliento antes de continuar.

Cuando el sol estuvo alto, seguía avanzando, cada vez más despacio.

Hasta que finalmente su cuerpo decidió por él.

Lucián se detuvo y apoyó una mano contra una pared. Intentó recuperar el aire, pero las piernas le temblaban, tenía la garganta completamente seca y los pies le dolían dentro de las botas.

Alzó la cabeza. El sol comenzaba a descender. Solo entonces reparó de verdad en lo que lo rodeaba.

No reconocía nada. Giró sobre sí mismo: una calle estrecha, edificios deteriorados, ropa tendida entre ventanas, un comercio cerrado, otra calle al fondo. Ninguna torre familiar ni edificio que pudiera servirle para orientarse.

Ni siquiera sabía en qué parte de la ciudad estaba.

—¿Dónde…?

La voz apenas le salió.

Intentó recordar por dónde había venido.

No pudo.

Había corrido durante horas sin prestar atención al camino.

Algo nuevo atravesó la ira.

Miedo.

Nunca había ido solo tan lejos. Su mundo siempre había sido pequeño: su casa, la escuela, Puerto Alto, las calles que unían esos lugares y alguna salida acompañado de sus padres. De pronto, la ciudad que creía conocer parecía enorme.

Y estaba solo.

Buscó la carta en su bolsillo. Seguía allí, arrugada. La sostuvo un momento.

Jinete de dragones.

Cerró la mano. Ya no quería escuchar aquellas palabras. Guardó la carta e intentó caminar, pero las piernas protestaron de inmediato. Necesitaba sentarse, aunque solo fuera unos minutos.

Encontró un callejón entre dos edificios y entró.

Había cajas viejas, maderas rotas y varios cartones amontonados junto a una pared.

En cualquier otro momento ni siquiera habría considerado tocar aquello.

Esa tarde apartó algunos con el pie, colocó otros contra la pared y se dejó caer encima.

El cuerpo entero le dolía. Tenía hambre, sed, frío y miedo. Quería volver a casa y, al mismo tiempo, no quería hacerlo.

Cerró los ojos. Solo necesitaba descansar antes de decidir qué hacer. Mañana pensaría, ordenaría todo y encontraría una solución, como siempre.

Apoyó la cabeza contra la pared.

A medida que el cansancio lo vencía, las dos voces de su cabeza comenzaron a apagarse.

Jinete de dragones…

Mi presente será…

Lucián se quedó dormido antes de escuchar el final.

* * *

Darian permaneció sentado en el comedor durante mucho tiempo.

Había perdido la cuenta del tiempo.

Cuando finalmente se levantó, la vela llevaba rato apagada.

Subió las escaleras.

Se detuvo frente a la habitación de su hijo y levantó una mano.

—Lucián.

No obtuvo respuesta.

—Hijo, sal.

Esperó, pero al otro lado no se oyó nada. Darian apretó la mandíbula.

—Lucián, abre la puerta. Tenemos que hablar.

La habitación siguió muda. Darian agarró el pomo.

—Voy a entrar.

Abrió.

La habitación estaba vacía. Darian tardó un momento en comprenderlo. La cama estaba deshecha —Lucián jamás la dejaba así—, la ropa no estaba doblada y varias de sus cosas permanecían fuera de sitio. Al fondo, la ventana estaba abierta.

Darian se acercó y se asomó al jardín.

—No…

Algo se retorció en su estómago.

Había visto aquella decisión antes. No aquella habitación ni aquella ventana, sino a un muchacho que descubría que el futuro preparado para él no era el que quería y prefería enfrentarse al mundo antes que obedecer.

Él mismo.

—No.

La segunda vez sonó diferente.

Darian golpeó el marco de la ventana.

—¡NO!

Se dio la vuelta.

La ira llegó tras el miedo. No iba a permitirlo, no tras todo lo que había soportado: el hambre, las palizas, los años necesarios para levantar aquella vida. No la había construido para que su hijo terminara recorriendo el mismo camino.

Lucián ignoraba lo que significaba quedarse fuera y cómo trataba la ciudad a quienes abandonaban el lugar que se esperaba de ellos. Darian sí lo sabía, y no permitiría que su hijo tuviera que descubrirlo.

Salió de la habitación.

Minutos después, la casa de los Thessaly había despertado por completo.

Hombres entraban y salían entre órdenes, puertas que se abrían, caballos y mensajes. Darian permanecía en el centro de todo. Ya no era el padre sentado frente a una vela, sino el hombre al que obedecían.

—Quiero todas las entradas de la ciudad vigiladas.

Uno de sus hombres asintió.

—Sí, señor.

—Puerto Alto también. Estaciones, mercados, tabernas. Preguntad en todas partes.

—¿Y las puertas?

—Que nadie salga sin que lo sepamos.

Otro hombre se acercó.

—¿Qué hacemos si lo encontramos?

Darian clavó los ojos en él; la pregunta pareció ofenderlo.

—Es mi hijo.

El hombre bajó inmediatamente la cabeza.

Darian dio un paso hacia él.

—Lo traéis a casa. Sano y salvo.

Su voz se endureció.

—Nadie le pone una mano encima.

—Entendido.

—Nadie.

—Sí, señor.

Cuando Aurora regresó y descubrió lo ocurrido, el miedo sustituyó cualquier discusión pendiente.

—¿Dónde está?

—Lo estamos buscando.

—¿Dónde está mi hijo?

—Aurora…

—¡¿DÓNDE ESTÁ?!