Parias: El precio de elegir 3. Cristales rotos #2
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3. Cristales rotos #2

—Comerciantes que sobornaban guardias. Lugartenientes que cobraban más de lo permitido.

Familias respetables que pagaban para solucionar problemas que no querían llevar ante un juez.

Hombres honorables que necesitaban que alguien hiciera cosas que ellos jamás admitirían en público.

Y yo era un paria. Ya no tenía reputación que perder.

—Papá…

—Empecé haciendo pequeños trabajos. Más tarde otros vinieron a buscarme y acabé teniendo gente trabajando para mí. Me pegaron. Me traicionaron. Intentaron matarme.

Darian señaló su ojo blanco.

Lucián había visto aquella cicatriz todos los días de su vida. Fue entonces cuando se preguntó realmente de dónde procedía.

—Todo lo que ves a tu alrededor lo construí yo. Esta casa. Nuestro dinero. Tu educación. Los criados. La ropa que llevas. Cada plato que has tenido delante desde que naciste.

—¿Con qué construiste todo esto?

Darian guardó silencio.

—Papá…

—Con poder.

—Eso no significa nada.

—Significa exactamente lo que crees que significa.

Lucián negó lentamente con la cabeza.

—No.

—Sí.

Darian no parecía avergonzado.

—He robado. He extorsionado. He amenazado a personas. He ordenado hacer daño a quienes intentaban destruir lo que era mío.

—¿Has matado a gente?

Darian no respondió inmediatamente.

Aquella ausencia de respuesta fue suficiente.

—No…

—No me mires así.

—¿Cómo quieres que te mire?

—Como a tu padre. Porque sigo siendo tu padre.

—Mi padre no…

—Tu padre hizo todo eso. Y luego volvió a casa para darte las buenas noches. Una cosa nunca impidió la otra.

Aquello le produjo más miedo que cualquier confesión anterior.

—¿Crees que disfrutaba pasando hambre? ¿Crees que elegí dormir en la calle? ¿Que quería convertirme en esto? Ellos me expulsaron de su mundo. Yo construí uno en el que no podían expulsarme.

—Matando.

—Sobreviviendo.

—No es lo mismo.

—Cuando tienes comida en la mesa es muy fácil encontrar diferencias.

Lucián se quedó callado.

—Nunca he hecho daño porque sí. Nunca he destruido a un hombre por diversión.

Quien cumple conmigo recibe lo que merece.

Quien trabaja para mí está protegido. Las familias de mis hombres comen.

Nadie toca a los míos. Pero quien intenta engañarme, robarme o destruir a mi familia aprende que las decisiones tienen consecuencias.

Darian señaló a Lucián.

—Tú has crecido sin hambre. Sin miedo. Has tenido los mejores profesores. Has podido dedicar trece años de tu vida a perseguir un sueño porque yo me aseguré de que nadie pudiera quitártelo.

Lucián bajó la mirada hacia la carta que sobresalía de su bolsillo.

—¿Mamá lo sabe?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de que nacieras.

Lucián recordó los ojos rojos de su madre, las discusiones, aquella mañana.

—Por eso estabais discutiendo. Era por mí.

—Tu madre y yo no estamos de acuerdo en algunas cosas.

—¿En qué?

Darian lo observó fijamente.

—En lo que viene ahora.

—He levantado algo que sobrevivirá a mí. Tengo hombres. Contactos. Negocios. Personas que dependen de nuestro apellido y otras que darían cualquier cosa por verlo desaparecer. Nada de esto puede quedar abandonado cuando yo muera.

Lucián comenzó a comprender, y no quería hacerlo.

—Papá…

—He dedicado mi vida a asegurarme de que tú no tuvieras que empezar desde donde empecé yo.

No tendrás que robar pan. No tendrás que dormir en la calle.

No tendrás que recibir una paliza para conseguir que alguien te respete.

Recibirás todo lo que yo construí y tendrás años para aprender antes de ocupar mi lugar.

Lucián se puso en pie.

—He dicho que pares.

Darian también se levantó.

—Por último, tienes que entender una cosa.

Lucián sostuvo su mirada.

—Tu futuro es mi legado. Y mi presente será tu futuro.

No hubo ruido, pero Lucián lo oyó como un cristal golpeado por una espada: una grieta, luego otra y otra más, hasta que todo aquello que había conocido durante dieciséis años se hizo pedazos.

La gente de la ciudad. Las sonrisas. Los saludos. Las puertas que siempre se abrían. Las conversaciones que terminaban cuando él aparecía. Las personas que cedían su sitio.

Nunca había sido amabilidad. Era miedo.

Recordó al jardinero que una vez había discutido con su padre. No había vuelto al día siguiente ni al otro, y Lucián nunca había preguntado por qué.

Recordó a una sirvienta cargando sola algo demasiado pesado. Darian le había pedido que lo hiciera y ella no había protestado. Lucián incluso se había ofrecido a ayudarla.

Ella casi se había asustado más por su ofrecimiento que por la tarea.

Recordó a su madre y las noches en que la había escuchado llorar desde su habitación mientras Darian no estaba en casa. Siempre había supuesto que lo echaba de menos; ahora entendía que quizá sabía perfectamente dónde estaba y qué estaba haciendo.

Su respiración se aceleró. Cada recuerdo parecía distinto, no porque hubiera cambiado, sino porque acababa de aprender a mirarlo.

«Tu futuro es mi legado». La frase retumbó en su cabeza. «Mi presente será tu futuro».

—No.

Darian frunció el ceño y Lucián retrocedió.

—No.

—Lucián.

La carta seguía en su bolsillo: jinete de dragones. Trece años. Su sueño. Su vida. Entonces lo entendió.

Las discusiones. Su madre llorando aquella mañana. La reacción de su padre. Darian no quería un jinete; quería un heredero.

—Por eso no querías que me lo dieran.

Darian guardó silencio.

—Por eso mamá estaba llorando.

—Lucián, ahora mismo estás…

—No.

Retrocedió otro paso mientras Darian rodeaba la mesa.

—Escúchame.

Lucián se dio media vuelta.

—¡Lucián!

Caminó hacia la puerta.

Darian alargó una mano y sus dedos llegaron a rozar el brazo de su hijo, pero Lucián se apartó. Podía haberlo agarrado; no lo hizo. La mano quedó suspendida en el aire.

Lucián salió del comedor y subió las escaleras. No corrió, no gritó ni lloró. Todavía no.

Darian permaneció inmóvil, escuchando los pasos de su hijo alejarse por el piso superior hasta que una puerta se cerró.

Darian regresó lentamente hacia la mesa y se sentó. La silla vacía de Lucián permanecía frente a él.

Darian la contempló en silencio. Aquella noche pareció cansado de verdad, muy cansado. Bajó la mirada, acercó dos dedos a la llama y apagó la vela.