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3. Cristales rotos

Cristales rotos

D os días después, a las seis de la mañana, el estruendo atravesó de nuevo la casa de los Thessaly.

—¡COCOROCOOOOO!

Lucián abrió los ojos. Esta vez no llevaba horas mirando el techo y se incorporó de un salto.

—Hoy.

Apartó las mantas y prácticamente saltó de la cama. Hoy conocería su profesión. No mañana ni dentro de unas semanas: hoy.

Se vistió mucho más deprisa de lo habitual. Camisa, pantalones, botas, chaqueta. Tuvo que volver a colocar el cuello de la camisa porque lo había dejado torcido y, cuando terminó, se plantó frente al espejo.

Se observó e intentó adoptar una expresión seria, pero no le duró ni dos segundos.

—Enhorabuena, jinete Thessaly.

Una sonrisa enorme apareció en su rostro. Sus orejas estaban completamente erguidas y la cola se agitaba de un lado a otro con tanta violencia que golpeó una de las patas de la cama.

—Compórtate.

La cola continuó moviéndose.

—Muy bien, haz lo que quieras.

Salió de la habitación y bajó las escaleras casi corriendo.

—¡Buenos días!

Su madre ya estaba sentada.

Lucián se dirigió hacia su sitio de siempre, pero algo hizo que redujera el paso. Aurora no había respondido. Miraba la mesa, con las manos juntas y la cabeza ligeramente inclinada.

—¿Mamá?

Aurora levantó los ojos por un momento. Lucián conocía aquella cara: había estado llorando.

—¿Estás bien?

—Sí, cariño.

La respuesta llegó demasiado rápido. Lucián dirigió la atención hacia su padre. Darian estaba al otro extremo de la mesa y tampoco parecía especialmente interesado en desayunar.

Durante los dos días posteriores al examen, aquello se había vuelto relativamente habitual. Sus padres discutían. Nunca delante de él, o al menos procuraban que no fuera delante de él. Pero las paredes de la casa no eran tan gruesas como ellos parecían creer.

—Come, cariño —dijo Aurora—. Y corre a la escuela. Hoy es el gran día.

Aquello bastó para devolverle la sonrisa. Lucián comenzó a desayunar, pero alteró su orden habitual, algo que no hacía desde hacía mucho tiempo: todo demasiado deprisa. Entonces se volvió hacia su padre.

—¿Tú qué crees?

Darian permaneció inmóvil.

—Creo que deberías esperar a conocerlo.

No era la respuesta que esperaba.

Aurora intercambió una mirada con Darian. Algo ocurrió entre ellos, una conversación completa sin una sola palabra.

—¿Qué pasa? —preguntó Lucián.

—Nada —respondió Aurora.

Darian cerró los ojos, respiró y golpeó una vez la mesa con la palma.

PAM

Los cubiertos vibraron y Lucián se quedó inmóvil. Darian se levantó.

—Darian… —dijo Aurora.

Él no respondió. Se dio media vuelta y abandonó el comedor.

—¿Qué le pasa?

—Nada que tengas que solucionar tú.

—¿Habéis vuelto a discutir?

Su madre bajó la mirada.

Lucián suspiró. Cosas de pareja. Fuera lo que fuese, terminarían solucionándolo; y él no pensaba permitir que nada estropeara aquel día.

Terminó el desayuno, se levantó y se dirigió hacia la puerta.

—¡Adióóóós!

—Lucián…

Él se volvió caminando de espaldas y levantó ambos brazos.

—¡VOLVERÁ UN JINETE!

Cerró de un portazo.

Aurora permaneció mirando la puerta.

Y Lucián Thessaly corrió hacia la escuela completamente convencido de que sabía cómo iba a terminar aquel día.

Cuando llegó, el patio ya estaba abarrotado.

Los alumnos de último curso ocupaban varias filas frente a una tarima de roble levantada en el centro. En la parte delantera había un atril y, detrás, varias sillas reservadas para los profesores. El director presidía la ceremonia.

Lucián buscó su fila y ocupó su sitio.

Aquella mañana nadie parecía saber qué hacer con las manos. Algunos hablaban sin parar. Otros permanecían completamente callados. Había quien sonreía como si ya conociera su resultado y quien parecía estar a punto de vomitar.

Lucián se alisó la camisa. Ya estaba perfectamente colocada, pero repitió el gesto dos veces más.

El director comenzó el discurso y se alargó mucho más de lo que Lucián habría deseado.

Habló de responsabilidad, de la llegada a la edad adulta, del deber hacia la sociedad, de los años de formación y del lugar que cada uno estaba a punto de ocupar en ella.

A continuación habló un profesor. Luego otro.

El segundo parecía especialmente satisfecho de disponer de varios cientos de personas incapaces de marcharse mientras hablaba.

Lucián dejó de escuchar. Solo podía pensar en una cosa: jinete.

Finalmente comenzaron a llamar a los alumnos por orden alfabético. Cada uno subía a la tarima, recibía su diploma y un sobre cerrado. Luego se acercaba al atril, abría la carta y anunciaba en voz alta la profesión que le había sido asignada.

Pronto quedó claro que aquel no era un día feliz para todos.

Hubo sueños cumplidos, alumnos conformes y otros que bajaron de la tarima intentando contener las lágrimas. Algunos celebraban sus profesiones como si acabaran de ganar una batalla. Otros parecían haber perdido una.

Lucián esperaba. Su apellido era Thessaly.

Aquella mañana descubrió que odiaba profundamente que su apellido comenzara por T.

Los segundos parecían minutos. Los minutos, horas. Cientos de alumnos tenían que pasar antes que él.

Hasta que el director miró la siguiente hoja.

—Lucián Thessaly.

El mundo se quedó en silencio, al menos para él.

Lucián inspiró, se acomodó la camisa, estiró la espalda y caminó con paso firme hacia la tarima.

El director se levantó personalmente, tomó su diploma y se lo entregó. Luego cogió el sobre y, antes de dárselo, se inclinó ligeramente hacia él.

—Enhorabuena, Lucián.

—Gracias, señor.

Las manos le temblaban mientras caminaba hasta el atril, bajo la mirada de cientos de alumnos.

Había imaginado aquel momento muchas veces. En todas sus versiones estaba tranquilo. Abría el sobre, leía el resultado y lo anunciaba con seguridad.

La realidad fue distinta.

Intentó abrirlo. Los dedos resbalaron. El papel estaba húmedo por el sudor de sus manos.

Tiró con más fuerza y el sobre se rasgó por la mitad.

Una parte cayó al suelo, pero no le importó. Sacó la tarjeta y leyó. Al principio no ocurrió nada; luego sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

Trece años. Todas aquellas mañanas. Las horas entrenando. Las clases. Los libros. Las veces que había subido hasta Puerto Alto solo para observarlos despegar.

Todo estaba allí.

—Ji…

Tuvo que detenerse.

—Ji… jinete…

Nadie lo había oído.

Lucián comprobó una vez más la tarjeta. Era real. Alzó la cabeza y toda su compostura desapareció.

—¡¡¡JINETE DE DRAGONES!!!

El grito atravesó el patio.

Los aplausos llegaron enseguida.

Lucián apretó la tarjeta contra el pecho. Estaba llorando y le daba exactamente igual. Su cola se agitaba detrás de él sin ningún tipo de dignidad.

Lo había conseguido. Por una vez no pensó en lo siguiente, no calculó, no planeó ni intentó controlar absolutamente nada. Simplemente sonrió.

Aquella noche celebró con muchos de sus compañeros.

La fiesta se prolongó mucho más de lo que había previsto. Hablaron de lo que serían, de los maestros que conocerían y de los lugares a los que irían. Cada cierto tiempo alguien levantaba su vaso.

—¡Por el jinete!

Y Lucián lo levantaba también.

Cuando finalmente emprendió el camino de regreso, la ciudad dormía.

Las calles estaban oscuras y silenciosas. Las últimas tabernas comenzaban a cerrar y apenas quedaba nadie fuera.

Lucián caminaba solo, cansado y feliz. De vez en cuando sacaba la carta para volver a leerla bajo alguna luz. No necesitaba hacerlo. Conocía cada palabra de memoria.

Dobló la última esquina y su casa apareció al fondo, con todas las luces encendidas.

—Qué extraño…

Quizá lo estaban esperando. Guardó la carta y echó a correr.

Abrió la puerta.

—¡¡JINETE DE DRAGONES!!

Nadie respondió.

—¡Mamá! ¡Papá!

La casa siguió muda.

Subió las escaleras de dos en dos.

—¡¡JINETE DE DRAGONES!!

El dormitorio de sus padres estaba vacío. También el salón, su habitación y la cocina.

Solo quedaba el comedor.

Abrió la puerta.

—¡Jinete de…!

Se detuvo.

La habitación estaba prácticamente a oscuras. Una pequeña vela ardía sobre la mesa. Darian estaba sentado frente a ella, solo. Delante de él había otra silla vacía.

—Siéntate, hijo.

—Papá, espera, tengo que contarte…

—Siéntate.

—Pero…

—Que te sientes.

No fue exactamente un grito. La voz de Darian se elevó lo justo para llenar la habitación antes de contenerse de nuevo.

Lucián obedeció.

Su cola había dejado de moverse.

—¿Mamá y tú habéis discutido?

—Sí.

—¿Por qué?

—Eso ahora da igual. Tenemos que hablar de tu futuro… y de mi pasado.

Lucián guardó silencio.

—Lucián, ¿tú sabes a qué me dedico?

—A los negocios.

—¿Qué negocios?

Lucián frunció el ceño.

—Nunca me lo has explicado.

—Exactamente.

Darian se reclinó ligeramente.

—Cuando tenía tu edad, yo también me senté frente a un hombre que me dijo cuál iba a ser mi futuro.

Dieciséis años. Una evaluación. Una carta.

Una profesión. Y todos a mi alrededor actuaron como si aquello fuera lo más normal del mundo.

Un grupo de personas que apenas me conocía había decidido qué debía hacer durante el resto de mi vida.

—Pero las evaluaciones…

Darian levantó una mano.

—Déjame terminar.

La llama osciló entre ambos.

—Me negué.

Lucián parpadeó.

—¿Tú…?

—Me negué. Y de un día para otro dejé de ser un muchacho con una familia, una casa y un nombre. Me convertí en un paria.

Nunca se lo había contado.

—La gente que me conocía dejó de saludarme. Los que habían comido conmigo cruzaban la calle para no verme. Nadie quería darme trabajo. Nadie quería venderme nada. Nadie quería ser visto hablando conmigo.

Darian señaló la mesa y luego la casa.

—No tenía esto. Ni esta casa. Ni estas ropas. Tenía hambre. Así que robé.

La palabra quedó suspendida entre ambos.

—Primero comida. Luego dinero. Más tarde descubrí algo que nadie me había enseñado en la escuela: las mismas personas que te hablan de leyes las rompen cuando les conviene.

Darian se inclinó hacia delante.