Parias: El precio de elegir 2. El veredicto #2
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2. El veredicto #2

—¡Entraréis de cinco en cinco! Esperad vuestro turno y no abandonéis la fila.

Las mismas instrucciones comenzaron a escucharse casi simultáneamente en otros puntos del Coliseo. Había varias filas y numerosos examinadores trabajando al mismo tiempo.

Lucián entró y la temperatura descendió de inmediato. La estancia había sido excavada parcialmente bajo las gradas; la piedra desnuda de las paredes conservaba una humedad ausente en el exterior. Sin embargo, apenas reparó en ella: había reconocido al hombre que lo esperaba.

Se detuvo. Deux, maestre de establos.

Lucián sintió cómo las orejas se le erguían antes de poder evitarlo.

De todas las personas que podían haber supervisado aquella prueba, tenía que ser él.

Deux ni siquiera levantó la cabeza.

Estaba sentado tras una mesa, escribiendo nombres y anotaciones sobre una piel extendida frente a él.

Lucián conocía perfectamente aquel nombre. Cualquier joven que soñara con convertirse en jinete lo conocía.

Deux también conocía su nombre. Los Thessaly no eran precisamente una familia desconocida en la ciudad y el deseo de Lucián de convertirse en jinete nunca había sido un secreto. Si los evaluadores le concedían aquella profesión, Deux podía convertirse en su maestro.

Lucián tragó saliva.

El hombre terminó de escribir.

—Ponte frente a la pared.

Eso fue todo. Lucián obedeció y entonces vio la estructura.

Una estructura colosal de madera de roble negro estaba incrustada directamente en la roca. Ocupaba prácticamente toda la pared lateral.

Decenas de orbes sobresalían de su superficie: cristal opaco, frío, apagado.

Deux continuó escribiendo.

—Un jinete no sobrevive porque sea fuerte, muchacho.

Lucián giró ligeramente la cabeza.

—Sobrevive porque ve el peligro antes de que ocurra.

Deux levantó por fin los ojos.

—Cuando estés ahí arriba no tendrás tiempo para pensar cada movimiento. Si tu cabeza necesita decidir primero y tu cuerpo actuar después, ya estás muerto.

Lucián permaneció inmóvil.

Deux señaló la estructura.

—Tus ojos encuentran el peligro. Tu cuerpo responde. Si parpadeas en el momento equivocado, eres ceniza.

Lucián asintió.

—Entendido.

Deux regresó a sus notas.

—Ya veremos.

Uno de los examinadores se acercó a un lateral de la estructura.

Agarró una pesada palanca de hierro.

Tiró.

CLANC

Algo despertó dentro de la pared: primero una vibración, luego el sonido de engranajes. La madera comenzó a temblar y, dentro de los cristales, pequeñas porciones de Numen cuidadosamente contenidas cobraron vida.

Lucián flexionó ligeramente las rodillas.

Uno de los orbes se iluminó en azul. Lucián golpeó, demasiado tarde: la luz desapareció.

Otro orbe se encendió a su derecha. Giró y falló. Una luz apareció arriba; levantó la mano, pero se extinguió una fracción antes de que sus dedos tocaran el cristal.

Otra luz, abajo. Golpeó y esta vez llegó; el orbe se apagó bajo su palma.

Otro destello apareció de inmediato al extremo contrario. Lucián giró demasiado tarde.

—¡Más rápido! —rugió Deux.

Lucián golpeó otro cristal y falló.

—¡El peligro no va a esperarte!

Otro: llegó. El siguiente: falló. Otro más: llegó.

La respiración de Lucián comenzó a acelerarse.

No había patrón: izquierda, derecha, arriba, abajo, centro, extremo.

Cada vez que intentaba seguir un destello, el siguiente aparecía donde menos lo esperaba.

Entonces lo comprendió: ese era el problema. Los estaba siguiendo uno por uno. Dejó de hacerlo, retrocedió medio paso, respiró y desenfocó la mirada.

Deux levantó ligeramente la cabeza. Lucián dejó de buscar luces y abarcó la pared entera con la vista.

Un destello apareció arriba y su mano derecha ya estaba moviéndose. Golpe.

Abajo a la izquierda: giró la cadera. Golpe.

Centro: codo. Golpe.

Derecha: palma. Golpe.

Ya no pensaba.

Sus ojos no perseguían cada cristal. Su visión periférica abarcaba toda la estructura y su cuerpo reaccionaba antes de que pudiera formular conscientemente cada movimiento.

Deux dejó de escribir. Lucián encadenó dos golpes, falló el tercero y no se detuvo. El mecanismo aceleró; él también.

Sus botas arañaban el suelo mientras cambiaba de posición. Sus orejas se habían pegado contra el cabello. La cola se agitaba violentamente detrás de él, compensando algunos de los giros más bruscos.

Golpe. Golpe. Falló. Golpe. Uno de sus nudillos chocó contra el borde del cristal. El dolor le atravesó la mano, pero siguió.

Deux observaba ahora en silencio.

A su lado, uno de los examinadores vigilaba un pequeño reloj de arena.

Los últimos granos descendieron.

Un destello apareció junto a la rodilla de Lucián. Golpeó. Otro, arriba; se impulsó y su palma chocó contra el cristal.

CLANC

La palanca regresó a su posición y todos los orbes se apagaron.

Lucián todavía lanzó un golpe más contra un cristal muerto. Se detuvo, permaneció un momento de pie y luego apoyó una rodilla en el suelo, jadeando.

Bajó la vista hacia sus manos. Tenía los nudillos enrojecidos y pequeñas líneas de sangre recorrían algunos de ellos. Ignoraba cuántos había acertado y cuántos había fallado.

Alzó la cabeza. Deux lo observaba, pero Lucián no encontró nada en su expresión que pudiera interpretar.

El maestre se sentó de nuevo, cogió la pluma y escribió algo junto a su nombre. Lucián trató de distinguirlo desde aquella distancia, sin éxito.

Deux ni siquiera levantó la vista hacia él.

—Puedes irte, chaval.

Lucián permaneció inmóvil. Eso era todo: ni bien, ni mal, ni una puntuación. Ninguna pista.

Se puso en pie.

—Gracias, maestre.

Deux ya tenía la atención puesta en la entrada.

—El siguiente.

Lucián salió de la sala.

Solo cuando la puerta se cerró detrás de él atendió de nuevo a sus nudillos ensangrentados. No tenía ni idea de cómo lo había hecho, y esa incertidumbre le molestaba bastante más que el dolor.

* * *

Antes de la última prueba les concedieron una pausa para comer.

Solo quedaba una prueba después de casi trece años de clases, entrenamiento, madrugones, libros y horas dedicadas a prepararse para un único día.

Examinó sus nudillos; la sangre se había secado alrededor de dos pequeñas heridas. Tenía hambre, así que decidió aprovechar la pausa.

La taberna más cercana al Coliseo estaba a rebosar.

Lucián podía escucharla antes incluso de verla. Música, carcajadas, conversaciones superpuestas y el continuo golpear de vasos y platos formaban un estruendo que escapaba por las ventanas abiertas.

Empujó la puerta y el murmullo se apagó casi por completo. La música continuó y, en algún lugar del fondo, alguien siguió riéndose hasta darse cuenta de que nadie más lo hacía.

Lucián se detuvo.

—Buenas tardes.

Un hombre que bloqueaba el acceso se apartó inmediatamente.

—Adelante, joven Thessaly.

—Gracias.

Avanzó entre las mesas. Una mujer movió su silla para dejarle más espacio.

—Perdona.

—No, no. Pase usted.

—Gracias.

Un hombre se levantó de una mesa.

—Puedes sentarte aquí.

Lucián recorrió el local con la vista.

—No hace falta, de verdad.

—Insisto.

Lucián sonrió.

—Muchas gracias.

Se sentó.

Poco a poco las conversaciones regresaron, primero en voz baja y luego con normalidad.

Lucián apenas reparó en ello.

Siempre había sido así.

La gente de la ciudad era amable con él. Algunos demasiado, quizá. Su madre decía que los buenos modales abrían muchas puertas.

Y Lucián tenía que reconocer que las suyas parecían estar siempre abiertas.

Pidió algo de comer y abundante agua.

Mientras esperaba, examinó sus manos. Le dolían, pero al mover los dedos uno por uno comprobó que respondían bien. Eso era suficiente.

Comió deprisa, aunque respetando, casi sin darse cuenta, el mismo orden de siempre. Bebió hasta vaciar el vaso y permaneció unos minutos sentado.

Al comprobar la hora, las orejas se le irguieron y se levantó de golpe.

Fue hasta la barra, pagó, dio las gracias y salió corriendo.

* * *

No necesitaba haberse apresurado: esperó otras tres horas.

Cuando finalmente volvieron a llamar a los alumnos, el día había desaparecido casi por completo.

Las antorchas iluminaban ahora los corredores del Coliseo.

Lucián estaba agotado; le dolían las piernas y tenía los nudillos hinchados después de pasar prácticamente todo el día allí. Aun así, sonreía. Solo quedaba una prueba y, tras casi trece años, todo terminaría.

Cerró los ojos y se imaginó el Puerto Alto: los dragones, las enormes carrozas elevándose sobre la ciudad y a Deux esperándolo para comenzar su aprendizaje. Los abrió. Un último esfuerzo.

La voz de un examinador resonó por el corredor.

—¡Grupos de cinco!

Los alumnos comenzaron a organizarse.

Lucián fue asignado junto a otros cuatro jóvenes.

Reconocía sus caras del colegio, aunque apenas había hablado con algunos de ellos.

Una puerta se abrió. Al otro lado no había arena, sino oscuridad. El examinador los hizo pasar; Lucián entró primero y la puerta se cerró detrás de ellos.

Nadie habló al principio. Entonces unas pequeñas lámparas se encendieron a ambos lados.

Frente al grupo apareció un corredor de piedra que terminaba en tres caminos diferentes.

—¿Y las instrucciones? —preguntó uno de los muchachos.

Una voz llegó desde algún punto oculto.

—Llegad al otro lado.

Los cinco esperaron, pero no llegó ninguna instrucción más.

—¿Eso es todo? —preguntó una chica.

Nadie respondió.

Lucián estudió los tres caminos. El examen estaba en marcha de nuevo.

* * *

Escogieron el corredor central.

Lucián había propuesto examinar primero las tres entradas, pero dos miembros del grupo querían avanzar cuanto antes.

Cedió, y fue un error: dos minutos después encontraron una pared.

—Genial —murmuró uno.

Regresaron. Lucián no dijo «os lo dije», aunque lo pensó.

Esta vez inspeccionó las otras entradas, atento a las marcas del suelo, las corrientes de aire y el desgaste de la piedra. Eligieron la izquierda. Había acertado.

La siguiente estancia contenía una pared de casi cuatro metros, varias cuerdas, tablones y tres cajas. Lucián necesitó muy poco para decidir qué hacer.

—Tú eres el más alto. Apoya el tablón. Nosotros sujetamos. Ella sube primero y asegura la cuerda desde arriba.

—¿Y tú?

—Subo el último.