2. El veredicto
El veredicto
D os días después, Lucián Thessaly esperaba frente a las puertas del Coliseo.
Había imaginado aquel momento tantas veces que resultaba extraño estar por fin allí.
A su alrededor se agrupaban cientos de jóvenes de su edad. Algunos hablaban demasiado. Otros permanecían en silencio. Uno llevaba varios minutos estirando los brazos como si todavía pudiera mejorar, aquella misma mañana, todo lo que no hubiese aprendido durante los últimos doce años.
Lucián no hacía ninguna de las tres cosas; se limitaba a esperar.
Había comprobado dos veces los cordones de sus botas, tres los cierres de su ropa y otras dos que llevaba consigo todo lo necesario para la parte escrita de la evaluación. No necesitaba hacerlo una cuarta vez, aunque tenía ganas de comprobarlo de nuevo.
Alzó la vista hacia las enormes paredes del Coliseo.
No era allí donde había estudiado durante más de doce años. La evaluación final necesitaba algo que ninguna escuela de la ciudad podía ofrecer: mucho espacio.
Desde el exterior ya podían verse algunas de las estructuras levantadas sobre las gradas. Plataformas de madera. Barreras. Cuerdas. Blancos colocados a diferentes alturas.
Porque una vida no podía decidirse únicamente respondiendo preguntas.
Los evaluadores querían saber cuánto sabían, pero también cuánto podían correr, cómo reaccionaban, qué hacían cuando algo no salía como esperaban, cuánto tardaban en tomar una decisión y, sobre todo, para qué estaban preparados.
Lucián respiró profundamente. Dentro de aquellas paredes estaba su futuro, y llevaba años preparándose para conseguirlo.
* * *
Pasaron varios minutos antes de que las puertas comenzaran a moverse. Un profundo crujido recorrió la entrada del Coliseo y las conversaciones cesaron casi al instante mientras las enormes hojas de madera se separaban lentamente hasta dejar abierto el acceso al interior.
Nadie dio una orden ni explicó qué debían hacer. Simplemente abrieron las puertas.
Los alumnos vacilaron, intercambiando miradas, hasta que alguien avanzó y los demás lo siguieron. Primero caminaron; luego aceleraron el paso.
Y, sin que nadie pareciera haber tomado la decisión de hacerlo, terminaron compitiendo por entrar.
Lucián también aceleró.
Atravesó las puertas junto a los demás y se adentró en las serpenteantes galerías del Coliseo. Los muros de piedra ocultaban casi por completo la luz del exterior y el sonido de cientos de botas resonaba por los corredores.
Nadie sabía exactamente adónde debía dirigirse. Algunos redujeron el paso; Lucián hizo lo contrario.
El examen ya ha empezado.
La idea apareció en su cabeza con absoluta claridad.
Ignoraba si era verdad, pero tampoco necesitaba saberlo.
Durante años les habían repetido que la evaluación no servía únicamente para medir lo que habían aprendido. Los evaluadores debían conocerlos. Saber cómo reaccionaban, cómo pensaban y qué decisiones tomaban.
No tendría sentido empezar a observarlos cuando alguien anunciara la primera prueba.
Podían llevar observándolos desde que esperaban frente a las puertas, quizá incluso desde antes.
Mientras avanzaba, Lucián recorrió rápidamente ambos lados con la vista. No distinguió a ningún evaluador, aunque eso no significaba que no estuvieran allí.
Aceleró. Delante de él, varios alumnos comenzaron a correr. Esa fue la señal que necesitaba: Lucián hizo lo mismo.
No empujó a nadie; no lo necesitaba. Buscaba huecos entre los cuerpos: un hombro, dos pasos, un cambio de dirección. Adelantó a tres, encontró otro espacio, giró y dejó atrás a cuatro más.
Las galerías parecían no terminar nunca. Cada curva conducía a otra, hasta que finalmente apareció algo diferente al fondo del corredor.
Al fondo del túnel apareció una enorme abertura blanca inundada de luz.
Tras la oscuridad de las galerías, el contraste era tan intenso que Lucián no distinguía qué había al otro lado. Siguió avanzando y cruzó; su vista tardó un poco en acostumbrarse.
Cuando pudo ver de nuevo, se encontró frente al albero del Coliseo.
Sobre la arena, distribuidas en largas filas, había cien mesas y cien sillas. Ni una más.
Lucián no se detuvo. Algunos alumnos sí, sorprendidos por lo que tenían delante, y esa vacilación le bastó para avanzar entre ellos.
No eligió la primera mesa que encontró. Buscó una posición concreta: primera fila, centro. Allí se sentó.
Solo entonces volvió la vista atrás. El resto de alumnos continuaba saliendo del túnel: primero decenas y enseguida cientos. Debían de ser más de cuatrocientos para apenas cien sillas.
Los últimos asientos desaparecieron rápidamente.
Un muchacho se lanzó hacia una mesa al mismo tiempo que otro.
—¡Yo he llegado antes!
—¡Suéltala!
Uno agarró el respaldo mientras el otro intentaba apartarlo.
En otra fila comenzó una discusión similar. Los que acababan de llegar miraban desesperadamente alrededor buscando una silla inexistente.
Alguien empujó a otro y estallaron varios gritos. Lucián permaneció sentado.
Recorrió con la vista las gradas, las entradas y las zonas superiores del Coliseo.
¿Dónde están?
No veía evaluadores, y precisamente por eso estaba aún más convencido de que los observaban de alguna manera.
Una voz retumbó entonces por todo el recinto.
—¡SILENCIO!
El alboroto se apagó.
La voz del director parecía surgir de cada rincón del Coliseo.
—¡OS RECUERDO QUE NADIE SUSPENDERÁ ESTE EXAMEN! ¡NADIE QUEDARÁ FUERA! QUIENES NO HAYAN CONSEGUIDO ASIENTO, SIMPLEMENTE ESPEREN SU TURNO.
Los alumnos que seguían de pie comenzaron a relajarse.
Lucián apoyó ambas manos sobre la mesa.
El director tenía razón: nadie iba a suspender y todos realizarían las mismas pruebas. En teoría, no importaba quién hubiera conseguido sentarse primero. Solo en teoría.
Lucián no estaba de acuerdo.
Si quería convertirse en jinete, no bastaba con responder correctamente unas preguntas.
Un jinete debía reaccionar rápido, tomar decisiones antes que los demás, mantener la calma, interpretar una situación con información incompleta y actuar.
Desde que se habían abierto las puertas, cada uno de sus movimientos había tenido una razón.
No había corrido porque los demás corriesen, sino porque había decidido hacerlo. Tampoco había escogido una mesa cualquiera: primera fila, centro, una posición desde la que podía escuchar, observar y reaccionar sin tener a nadie delante.
Lucián respiró lentamente. Su corazón todavía latía deprisa por la carrera, pero su rostro permanecía tranquilo.
Había venido a demostrar que podía ser jinete.
Y pensaba demostrarlo incluso aunque nadie le dijera cuándo lo estaban examinando.
* * *
La primera prueba resultó mucho menos emocionante.
Una hoja fue depositada frente a él.
Lucián leyó el encabezado.
Principios de Numentología.
Casi sonrió.
Aquello era fácil.
Las primeras preguntas trataban sobre los fundamentos del Numen.
Sus aplicaciones conocidas. Los principios básicos del despertar.
La función de los numentores dentro de determinadas estructuras del reino y las precauciones que cualquier ciudadano debía conocer al encontrarse frente a mecanismos vinculados al Numen.
Lucián escribía sin apenas detenerse.
Una pregunta tras otra.
En algunos puntos se obligó a leer dos veces antes de responder, no porque dudara, sino porque precipitarse era una estupidez.
Terminó antes de que hubiera transcurrido una hora.
Dejó la pluma perfectamente paralela al borde de la hoja y levantó la mano.
Uno de los responsables se acercó, recogió la prueba y dejó otra en su lugar.
Historia y leyes.
Aquello era todavía mejor.
Comenzó.
Organización territorial. Obligaciones de los ciudadanos. Funciones de la Corona. Principios básicos de la ley. Historia conocida de los reinos.
Lucián avanzó rápidamente.
En una de las preguntas encontró una referencia a las civilizaciones antiguas.
Recordó brevemente la clase de dos días atrás.
Sabemos lo que dejaron. No necesariamente quiénes fueron.
Escribió.
Treinta minutos después había terminado.
Esta vez repasó todas las respuestas antes de levantar la mano.
No encontró nada que cambiar y entregó la prueba.
—Puedes dirigirte a las gradas.
Asintió.
Se levantó, colocó la silla bajo la mesa y abandonó el albero.
Mientras caminaba hacia las escaleras, echó un vistazo a los alumnos que todavía escribían y a los cientos que esperaban su turno.
Había terminado la parte teórica.
Pero aquella era precisamente la parte que menos le preocupaba.
Subió los escalones de piedra y buscó un lugar desde el que pudiera ver todo el Coliseo.
Se sentó, apoyó los antebrazos sobre las rodillas y esperó.
* * *
Las dos primeras pruebas tardaron cerca de cuatro horas en completarse para todos los alumnos.
El Coliseo fue transformándose poco a poco en una extraña mezcla de lugar de examen y punto de reunión.
Algunos jóvenes formaron grupos en las gradas. Comparaban respuestas, discutían sobre las preguntas o intentaban convencerse unos a otros de que habían acertado.
Otros abandonaron el recinto para comer algo. Algunos paseaban por los alrededores. Había incluso quienes parecían haberse olvidado por completo de que todavía quedaba la mitad de la evaluación.
Lucián no hizo ninguna de esas cosas; permaneció esperando.
De vez en cuando alzaba la vista hacia la torre más alta del Coliseo, donde se encontraba el gran reloj.
A las cuatro y media, Lucián se levantó. Diez minutos más tarde preguntó a uno de los responsables dónde comenzarían las siguientes pruebas. El hombre señaló uno de los corredores laterales y Lucián fue hasta allí.
A las cuatro y cincuenta ya había algunos alumnos esperando, y Lucián ocupó su lugar.
A las cinco menos cinco, las conversaciones continuaban a su alrededor. Lucián no participó; mantenía la atención en la entrada.
A las cinco en punto, la campana de la torre sonó.
Cuando el examinador apareció al otro lado del corredor, Lucián ya estaba preparado.
Era el primero de la fila.
El hombre consultó la piel que llevaba entre las manos.
—Lucián Thessaly.
—Sí.
—Puedes pasar a la prueba de reflejos.
A continuación levantó la voz.