1. El día señalado #3
—Quizá algún día sepamos más —continuó el profesor—. O quizá no. La historia no siempre conserva las respuestas que queremos.
El timbre sonó antes de que pudiera continuar.
* * *
La última clase del día era Numentología.
Y aquella sí consiguió que Lucián olvidara momentáneamente los exámenes.
El profesor ni siquiera esperó a que todos terminaran de sentarse.
—Supongo que habéis oído hablar de Eiden Darel.
La reacción fue inmediata.
—¡Claro!
—¿El niño?
—¡Dicen que es increíble!
—¡Tiene doce años!
Lucián levantó la cabeza.
Por supuesto que conocía el nombre. Todo el mundo conocía a Eiden Darel, un niño que había despertado como numentor a los ocho años y que, apenas cuatro años después, ya era considerado uno de los jóvenes más prometedores de su generación.
—Basta.
Las voces disminuyeron.
—Sí. Ese Eiden Darel.
Un alumno del fondo levantó la mano.
—Dicen que está a punto de subir de rango.
—Se dicen muchas cosas.
—Mi hermano asegura que ya es mejor que algunos adultos.
—Tu hermano debería hablar menos.
La clase rió y Lucián con ella.
—Lo que sabemos —continuó el profesor— es que Darel despertó extraordinariamente joven. Eso le ha permitido comenzar su formación mucho antes de lo habitual.
Una chica suspiró.
—Qué suerte.
—Depende de lo que entiendas por suerte.
Lucián se volvió hacia el profesor.
—¿A usted no le gustaría poder utilizar el Numen?
—Claro.
La respuesta provocó algunas sonrisas.
—Y también me gustaría tener un castillo, tres dragones y no volver a corregir uno de vuestros exámenes. Pero mis deseos tienen escasa influencia sobre la realidad.
Esta vez las risas fueron mayores.
El profesor dejó que terminaran.
—Nadie elige convertirse en numentor. El despertar puede producirse a cualquier edad. Puede ocurrir mañana, dentro de veinte años o no ocurrir jamás.
Un alumno contempló sus propias manos.
—Yo voy a despertar.
—¿Ah, sí?
—Estoy seguro.
—En ese caso agradecería que avisaras antes. Las mesas son caras.
La ocurrencia desató nuevas risas.
Lucián contempló su propia palma. Él también lo había pensado alguna vez. ¿Quién no?
Los numentores eran admirados en todas partes.
Personas capaces de hacer cosas que para el resto resultaban imposibles.
Algunos trabajaban para la Corona. Otros participaban en grandes construcciones, protegían ciudades o creaban objetos que podían conservar durante años una pequeña parte de aquello que ellos eran capaces de hacer, como el resonador que Lucián llevaba bajo la camisa.
—Pero hay algo que quiero que entendáis —prosiguió el profesor—. Esta asignatura no existe para enseñaros a utilizar el Numen.
Señaló a la clase.
—Porque no puedo hacerlo.
Caminó entre las mesas.
—Podría pasarme los próximos veinte años enseñándoos cada principio conocido y ninguno de vosotros sería capaz de manipular una sola partícula si no habéis despertado.
Se detuvo.
—Estudiamos Numentología porque el Numen forma parte de nuestro mundo, aunque la mayoría nunca pueda utilizarlo directamente.
Señaló hacia la ventana.
—Las grandes puertas del castillo.
Otro alumno respondió:
—Numen.
—Los mecanismos de elevación del Puerto Alto.
—Numen.
—Los resonadores.
—Numen.
—La vinculación de los dragones utilizados para transporte.
Lucián respondió esta vez junto a varios compañeros:
—Numen.
—Exactamente.
El profesor regresó a su mesa.
—No necesitáis ser numentores para vivir en un mundo construido, en parte, gracias a ellos. Pero sí necesitáis comprender qué hacen.
Eiden regresó a sus pensamientos: doce años, cuatro menos de los que él tendría al terminar su formación, y ya todo el mundo conocía su nombre.
—¿Cree que podremos conocerlo algún día? —preguntó una alumna.
El profesor sonrió.
—Si Eiden Darel continúa progresando como hasta ahora, sospecho que algún día será difícil no conocerlo.
El timbre sonó.
La última clase había terminado.
* * *
El camino de vuelta transcurrió sin nada destacable. A esas horas las calles estaban más concurridas que por la mañana y Lucián tuvo que abrirse paso entre puestos, carros y vecinos que regresaban a casa.
Cuando llegó a casa dejó sus cosas y fue directamente al comedor, donde encontró a su madre.
—¿Padre?
—Trabajando.
—¿Todavía?
Aurora asintió.
Lucián pensó en llamarlo con el resonador, pero decidió no molestarlo.
Ya hablarían por la noche.
Subió a su habitación y colocó los libros sobre el escritorio: Historia, Leyes, Oficios y Numentología. Ordenó las pieles con sus apuntes y comenzó a estudiar.
Solo quedaban dos días. Durante un rato repasó historia; luego, legislación. Finalmente retomó los ejercicios relacionados con la evaluación de reflejos y repasó mentalmente cada uno de los errores que había cometido durante los últimos entrenamientos.
Cuando levantó la cabeza, la habitación estaba oscura. Habían pasado horas. Cerró el último libro, lo colocó encima de los demás y alineó sus bordes. Antes de acostarse, preparó el uniforme para la mañana siguiente.
Se tumbó realmente agotado tras dos noches en vela.
Cerró los ojos. Pensó en los exámenes, en el director y en aquellos dos alumnos que habían rechazado su asignación: parias. No comprendía cómo alguien podía arrojar su futuro de aquella manera.
La idea desapareció tan rápido como había llegado, sustituida por la imagen de un dragón: un enorme cuerpo cruzando el cielo, un carruaje suspendido tras él y, delante, ocupando el lugar del jinete, el propio Lucián. Sonrió.
Dentro de dos días demostraría para qué había estado preparándose durante toda su vida. No tenía ninguna razón para tener miedo: todo iba exactamente como debía.
Y aquella noche, finalmente, Lucián Thessaly se quedó dormido.