1. El día señalado #2
La escuela no estaba destinada únicamente a enseñarles a leer, escribir o comprender el mundo.
Su verdadero propósito era prepararlos para encontrar el lugar que ocuparían en él.
Al terminar su formación, cada joven recibía una profesión. Con ella comenzaría su aprendizaje bajo la tutela de alguien experimentado. Lo acompañaría, aprendería de él y, llegado el momento, ocuparía su lugar.
Algún día sería él quien recibiera a un nuevo aprendiz.
Así había funcionado siempre. No era un castigo ni una elección; era, simplemente, la manera en que funcionaba el mundo, y Lucián nunca había encontrado nada extraño en ello.
—La asignación que recibáis marcará vuestra vida —continuó el director—. Tomáoslo con la seriedad que merece.
El profesor se levantó.
—Y permitidme añadir algo.
El director le cedió la palabra.
—Llevo muchos años con vosotros. Precisamente por eso espero que lo ocurrido el año pasado no se repita.
Las expresiones cambiaron.
—Dos alumnos rechazaron su asignación.
Los susurros aparecieron inmediatamente.
—Parias…
—Desagradecidos.
—Mi padre dice que no hay que acercarse a ellos.
—Son escoria.
—¿Después de todo lo que han hecho por ellos?
Lucián escuchó sin intervenir. Tampoco comprendía cómo alguien podía hacer algo así.
Tras tantos años preparándose, ¿por qué rechazar aquello para lo que habías demostrado ser más apto?
—Seguro que acabaron robando.
—Todos terminan igual.
—¡Silencio!
CRAC
Las garras del director recorrieron la pared.
Parte del viejo revestimiento se desprendió y varios fragmentos de ladrillo cayeron al suelo.
La clase enmudeció.
—No toleraré ese lenguaje dentro de esta institución.
Nadie respondió.
—Tomaron una decisión. Conocían sus consecuencias y deberán vivir con ellas. Pero antes de convertirse en parias fueron alumnos de esta escuela. Se sentaron donde vosotros estáis sentados ahora.
Clavó los ojos en la clase.
—Mientras yo sea director, nadie celebrará la desgracia de un antiguo alumno bajo este techo. ¿Ha quedado claro?
—Sí, director.
Lucián asintió también. Rechazar una asignación estaba mal; alegrarse de la desgracia de alguien, también. No le parecía especialmente complicado.
El timbre sonó.
* * *
Lucián salió al exterior junto al resto. Tenía casi dos horas libres.
A aquellas alturas del curso apenas quedaban clases teóricas. La formación estaba terminada y los profesores se limitaban a organizar repasos y algunas actividades físicas.
Sus compañeros se dirigieron hacia el patio, pero Lucián tomó el camino contrario, como hacía siempre que podía. Los alumnos de su edad tenían permitido abandonar la escuela durante las horas libres, siempre que regresaran a tiempo.
Y él siempre iba al mismo lugar: el Puerto Alto.
La caminata lo llevó fuera de las calles más transitadas y continuó por un sendero ascendente que recorría una pequeña elevación cercana a la ciudad.
Lucián conocía el lugar exacto: una roca grande, ligeramente inclinada, desde la que podía verlo todo. Se sentó sobre ella y esperó.
No tardó mucho. Una sombra atravesó el terreno.
Alzó la cabeza de golpe.
El dragón pasó sobre él.
Incluso desde aquella distancia pudo escuchar los enormes golpes de sus alas. Tras la criatura avanzaba un carruaje suspendido en el aire, unido mediante un complejo sistema de arneses. Su madera oscura estaba cubierta de adornos dorados que destellaban bajo el sol.
En la parte delantera viajaba el jinete.
Lucián siguió el carruaje con la mirada hasta que comenzó a descender hacia el Puerto Alto.
Otro se preparaba ya para despegar y un tercero esperaba su turno.
Dragones de distintos tamaños esperaban junto a las plataformas mientras trabajadores revisaban arneses, cargaban mercancías o ayudaban a subir a los pasajeros.
Lucián podía pasar horas allí; de hecho, solía hacerlo. Pero algún día no estaría sentado sobre aquella roca, sino ahí abajo.
Notó que su cola se movía detrás de él.
—Lo voy a conseguir —murmuró.
Un dragón emprendió el vuelo.
Lucián sonrió.
—Voy a ser jinete.
Lo había preparado todo durante años: entrenamiento, esgrima, equitación, ejercicios de reacción y disciplina. Ignoraba qué decidirían los evaluadores, pero tenía claro lo que quería.
—Ese va a ser mi sitio.
Algo vibró contra su pecho. Bajó la vista.
El pequeño resonador que llevaba sujeto bajo la camisa emitía una pulsación tenue.
Lo sacó.
El objeto cabía en la palma de su mano. Su familia poseía varios, aunque no eran precisamente comunes. Un numentor había trabajado sobre cada pieza para permitir que dos resonadores vinculados transmitieran la voz a grandes distancias.
Reconoció la señal: su padre. Activó el objeto.
—¿Padre?
* * *
Darian Thessaly se ajustó el primer guante.
—¿Qué tal la mañana?
Al otro lado de la habitación, un hombre atado a una silla comenzó a forcejear.
Darian levantó un dedo.
Uno de sus hombres sujetó al prisionero por el hombro.
—Bien —respondió la voz de Lucián desde el resonador—. El director ha venido a hablarnos de los exámenes.
Darian introdujo lentamente la otra mano en el segundo guante.
—¿Y ha conseguido que dejes de pensar en ellos?
—No.
—Entonces no era muy buen discurso.
La ocurrencia hizo reír a ambos.
El hombre de la silla tenía las muñecas atadas a los brazos de madera y las piernas inmovilizadas. Una mordaza le impedía hablar.
Darian comprobó que el segundo guante estuviera bien ajustado.
—¿Dónde estás?
—En el Puerto Alto.
Darian cerró los ojos brevemente.
—Por supuesto que estás en el Puerto Alto.
—Tengo dos horas libres.
—Eso no significa que tengas que pasarlas mirando dragones.
—Podría hacer cosas peores.
Darian dirigió la vista al hombre atado.
—Sin duda.
El prisionero comenzó a negar desesperadamente con la cabeza.
Darian se acercó.
—¿Has desayunado todo?
—Sí, padre.
—¿Tu madre te ha visto terminar?
La pausa al otro lado del resonador fue suficiente respuesta.
—Eso es jugar sucio.
—Entonces no has terminado.
—He dejado un poco.
Darian sonrió.
—Lo sabía.
Se detuvo frente al prisionero.
Uno de sus hombres dejó sobre una mesa varios instrumentos.
Darian los observó tranquilamente mientras escuchaba a su hijo.
—¿Vas a venir a comer?
—Tengo trabajo.
—Últimamente tienes mucho.
—Hay semanas complicadas.
Darian escogió uno de los instrumentos.
El hombre de la silla comenzó a respirar con violencia.
—¿Y tú? —preguntó Darian—. ¿Necesitas algo?
—No, estoy bien.
Darian se agachó hasta quedar a la altura del prisionero.
—Entonces estudia esta tarde.
—Eso pensaba hacer.
—Y esta noche duermes.
—Eso ya no puedo prometerlo.
—Pues promételo igualmente.
A Lucián se le escapó una risa.
Darian sostuvo la mirada aterrorizada del hombre.
Su expresión no cambió.
—Nos vemos esta noche, hijo.
—Hasta luego, padre.
La luz del resonador se apagó.
Darian dejó el aparato cuidadosamente sobre la mesa. Tras una breve pausa, centró la atención en el hombre atado. La sonrisa había desaparecido.
—Bien.
Se ajustó el guante por la muñeca.
—¿Dónde estábamos?
* * *
Lucián guardó el resonador bajo la camisa.
Un dragón enorme acababa de aterrizar y Lucián se quedó contemplándolo. Pasó un minuto, quizá dos o alguno más, hasta que algo en su cabeza hizo clic.
Alzó la vista hacia el sol.
Se puso en pie de golpe.
—No.
Echó a correr.
* * *
Cuando llegó a la escuela, respiraba con dificultad. Atravesó el pasillo a toda velocidad y alcanzó el aula justo antes de que comenzara la siguiente clase.
Era Historia. Ocupó su sitio intentando que nadie reparara en su respiración agitada.
Aquella vez entró un profesor al que no estaba acostumbrado a ver.
Era alto y muy delgado. Una capa de pequeñas escamas recorría parte de su cuello y desaparecía bajo la ropa. Sus pupilas estrechas se movieron de un lado a otro al observar el aula.
Los alumnos se levantaron.
—Sentaos.
No necesitó decirlo dos veces.
El profesor dejó varios rollos sobre la mesa.
—Vuestro profesor habitual no ha podido venir. Así que hoy me tendréis que soportar a mí.
Alguna sonrisa tímida apareció entre los alumnos.
—Me han dicho que estáis repasando las civilizaciones antiguas.
Lucián preparó su pluma.
La clase comenzó con acontecimientos que ya conocía. Antiguos asentamientos. Restos encontrados en lugares que llevaban siglos deshabitados. Construcciones cuyo propósito todavía se discutía.
Hasta que uno de los alumnos levantó la mano.
—Profesor.
—Dime.
—¿Es verdad que los antiguos podían cruzar el mundo sin dragones?
Algunas cabezas se giraron.
El profesor apoyó las manos sobre la mesa.
—Eso creemos.
—¿Cómo?
—Si supiéramos cómo, no estarías haciéndome esa pregunta.
Hubo algunas risas.
—Se han encontrado caminos enormes —continuó—. Algunos atraviesan territorios en los que no existe constancia de asentamientos actuales. También estructuras, objetos y restos de mecanismos que no sabemos reproducir.
Otro alumno levantó la mano.
—¿Eran numentores?
—No tenemos pruebas de ello.
—Entonces ¿cómo lo hacían?
—Tampoco lo sabemos.
Aquello sí llamó la atención de Lucián.
El profesor caminó lentamente frente a ellos.
—Ese es uno de los mayores errores que podéis cometer al estudiar historia. Pensar que porque algo ocurrió antes que nosotros, quienes lo hicieron sabían menos que nosotros.
La clase quedó en silencio.
—Sabemos que existió una civilización anterior. Sabemos que alcanzó una extensión extraordinaria. Y sabemos que desapareció.
—¿Por la guerra? —preguntó alguien.
El profesor demoró la respuesta.
—Eso indican muchos de los restos.
Desenrolló una de las pieles que había llevado consigo.
Sobre ella había dibujado el contorno de una construcción parcialmente destruida.
—Encontramos ciudades enteras reducidas a ruinas. Zonas en las que durante muchísimo tiempo apenas pudo desarrollarse vida. Restos de armas que no comprendemos. Todo apunta a conflictos de una magnitud difícil de imaginar.
—¿Y quiénes eran?
El profesor se volvió hacia el alumno.
—Eso no lo sabemos. Sabemos lo que dejaron, no necesariamente quiénes fueron.
Lucián frunció ligeramente el ceño.
Lucián anotó aquella frase, no porque creyera que fuese a entrar en el examen, sino porque simplemente le había gustado.